Los cassettes de mis primos

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Los cassettes de mis primos

Por Alejandra Apablaza / Collage Silvia Caracuel

Como muchas familias chilenas, la mía se separó de golpe en los años setenta. Tengo tíos en Francia, primos en Suecia y una abuela en Australia que cumplió 100 años hace poco y después de eso, murió. En realidad no era mi abuela, era la de mis primos, pero yo la sentía mía también, aunque solo la vi 2 veces. Por distintas razones (algunas políticas y otras no tanto) todos ellos encontraron en esos países un mejor lugar para vivir. Yo nací en Viña del Mar en el ‘80, y aunque los vine a conocer muchos años después, ya sabía que tenía familia repartida por el mundo, donde solo se podía llegar en avión y eso era muy caro.

Por esos años, las cartas eran la forma de contar las novedades del país de asilo. Y a veces demoraban meses en llegar. A los adultos les llegaban postales: las suecas con escarcha y troquelados con relieves; las francesas mucho más sobrias, con reproducciones de acuarelas de Notre Dame o de la Torre Eiffel. A los niños nos llegaban grabaciones en cassettes. A mis primos chicos les hablaban en español en su casa, pero yo encontraba que hablaban raro. Tenían ese acento neutro, como de español internacional, sin tono, o tal vez, sin patria. En sus grabaciones nos contaban cualquier cosa, casi siempre hablaban ellos. Teníamos 4, 5, 6, 7 años. La mayoría eran saludos de cumpleaños o de Navidad, intentos por acortar la distancia que nos separaba. Eran cassettes sin edición, estaba todo el momento registrado: los llantos de los niños, los silencios, los otros sonidos, las preguntas de por qué estaban grabando eso y a quiénes les estaban hablando. Me acuerdo de un cassette en especial, uno en el que mis primos suecos nos mostraban la música que estaba de moda en Europa: Together Forever, de un, en ese entonces desconocido en Chile­, Rick Astley. Con mis hermanas también hicimos varios cassettes y les mandamos grabaciones jugando a la radio.

He pensado mucho en esos registros últimamente. No guardé ninguno. Sin duda fue un tiempo triste, pero nunca nadie lo dijo, eso se colaba en los silencios. Esas grabaciones nos dieron cercanía y juego a los niños. Era una alegría recibir un cassette.

Cuando conocí a mis primos en el ‘90, le puse cara a sus voces. Aunque los había visto en fotos, nunca los había visto hablar. Se quedaron unos días en nuestra casa. Solo vinieron de visita esa vez. Nunca volvieron a Chile. Ahora miro sus vidas por Instagram, conozco a sus hijos y ellos a los míos, y pienso lo fácil que es verse, aunque los kilómetros sean los mismos.

También pienso que no hay emoticón que reemplace las palabras, los respiros y el calor de una palabra dicha. Que no hay sustituto de un adjetivo, de un silencio que significa una palabra, de una palabra después de un suspiro o entrecortada por una carcajada. Y que aunque las redes sociales nos den caracteres limitados, y la tecnología nos llene de siglas para acortar la tarea, las palabras seguirán siendo la mejor manera de decir.

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