Columna de Francisca Feuerhake: Los monstruos no existen

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Columna de Francisca Feuerhake: Los monstruos no existen

Por Francisca Feuerhake

Me gustaría pensar que Laura Restrepo fue astuta y escribió a propósito una novela casi humorística (porque en muchos pasajes da risa, genuina risa) y dicharachera, media al lote, sabrosona, con repeticiones que no le importan mucho y soltura admirable de la mano, justamente para mostrar con qué desparpajo se cometen estos delitos, se cuentan y luego se olvidan.

*Francisca Feuerhake es licenciada en Letras e ilustradora.

El fin de semana pasado leí Los Divinos de Laura Restrepo, una ficción a partir de un caso verídico intragable: un hombre de mediana edad y de clase alta rapta, viola y mata a una niña pobre de siete años, en Bogotá. La novela la narra en primera persona el Hobbit, apodo de uno de los cinco integrantes del grupo de amigos entre los cuales se encuentra el asesino, llamado “Muñeco”.

Cuando abrí la solapa del libro me llamó la atención la foto de autora, una señora pituca de lo más maquillada y bien vestida que me daba la sensación de ser demasiado vieja como para poder encarnarse tan salvajemente en un narrador adolescente. Merezco una bofetada por prejuiciosa y discriminadora. Pensé en mis personajes, y en las limitaciones que me he autoimpuesto: la vieja cuica, la catita, y Valentina, la protagonista de mi primera novela.

¿Qué pasa que no me atrevo a decir más de tres frases que vengan de la boca de un hombre? ¿Qué habrá hecho Laura Restrepo para atreverse a meterse en la cabeza de un hombre, la alteridad absoluta? Primero que nada, tolerancia y humildad, me imagino. Creo imposible publicar un libro tan difícil con la pretensión de que sea perfecto, inmaculado. En algún momento esta señora tuvo que decir: bueno, ya está, esto es lo que puedo hacer en este momento.

Por otro lado, tuvo que dejar de lado toda la teoría que dice que sólo se habla bien de lo que uno maneja como propio. Y tercero, se tuvo que meter al bolsillo a algunos extremistas que le dirán que cómo se le ocurre hablar de feminicidio desde la voz de un hombre, que qué se ha creído, que cómo ha desaprovechado tan grandiosa oportunidad de dar voz a una mujer protagonista, que tanto escasean.

El epígrafe del libro de Restrepo es de Michel Tournier: “para empezar, ¿qué es un monstruo? Ya la etimología nos reserva una sorpresa un tanto pavorosa: monstruo viene de mostrar.” Y claro, el epígrafe también es pavoroso y estremecedor. Sabemos como lectores que estamos a punto de ver a un monstruo en acción, pero esta novela está escrita con tanto modismo colombiano de clase alta, que la lectura sufre tropiezos. Me costó agarrar vuelo, igual como cuando leí a Rafael Chaparro. Pucha que hablan difícil estos huevones, pensaba, mientras luchaba por concentrarme a pesar de mis hijos saltando alrededor y de mi perro que hace pipí y caca dentro de la casa.

Finalmente entré en el dulce vaivén del lenguaje del libro. Cuesta que suceda, y es equiparable a lo que ocurre con las series, a las que hay que tenerles paciencia por uno o dos capítulos antes de empaparnos del lenguaje y la atmósfera. Sólo una vez que nos sumergimos en esas aguas ajenas podemos volver a bañarnos en la misma piscina con facilidad. El lenguaje de Laura Restrepo me resultaba todo menos natural o familiar, pero quizás eso mismo lo hizo adictivo.

En cierto punto de la novela llegué a pensar que de no ser por el lenguaje exquisito y deformado a gusto por Restrepo, la historia sería intolerable. ¿Habrá sido esta novela una manera de la misma autora de digerir el crimen macabro que vio en las noticias Bogotanas? O tal vez, sospeché después, la novela entera es una ironía, una manera de decirnos que lo más cruel e inhumano termina siempre tapado por las palabrería y el adorno. En algún minuto el narrador da una pista de aquello, al referirse a la pequeña víctima: “Por amor y por respeto a ella ocultaré su nombre; no diré cómo se llama. Para mí, ella es la Niña-niña. Eso es. La Niña-niña.

Alguien tiene que encontrarla antes de que el sátiro le haga algo.” (133) Y luego, el protagonista critica lo mismo a los canales de televisión que transmiten la noticia: “Se vale darle vueltas y más vueltas a la historia rodeando de eufemismos y silencios la secuencia de la violación, la turtura y la muerte, por respeto a la menor, por consideración con la sensibilidad de la familia? (…) ¿protegernos de lo atroz a expensas de la niña?” (165)

Me gustaría pensar que Laura Restrepo fue astuta y escribió a propósito una novela casi humorística (porque en muchos pasajes da risa, genuina risa) y dicharachera, media al lote, sabrosona, con repeticiones que no le importan mucho y soltura admirable de la mano, justamente para mostrar con qué desparpajo se cometen estos delitos, se cuentan y luego se olvidan. Lamentablemente no hay otra manera; es imposible que los lutos se mantengan eternamente. En todo caso es un consuelo que una mujer haya puesto un “stop” a su mundo y haya escrito una novela de este caso, sin preocuparse demasiado de la exactitud de los detalles. Todo lo imaginó, partió de un punto base y el resto es ficción.

Una vez que se devela el crimen en la novela, Restrepo pone en boca de un personaje la siguiente frase: “A Muñeco no se le debe llamar monstruo. ¬–No es un monstruo– insiste–, es un ser humano. Y esa es la tragedia, que esto lo ha hecho un ser humano.”

Creo que ese es un alto punto del libro, un libro que tiene como meta indicar cómo es que somos incapaces de hablar pan pan, vino vino.

Llamar monstruos a los criminales es injusto con la víctima: la niña no era una caperucita roja despistada que fue abducida por un lobo irracional, por una bestia que no hacía más que obedecer a su instinto. El monstruo no era el mismo del doctor Frankenstein, tampoco. Era un ser humano, como todos nosotros. Eso es lo que lo hace más intolerable. Hannah Arendt, en “la banalidad del mal” habla de lo mismo, del criminal, (en su caso Adolf Eichmann) como un tipo tremendamente común y corriente, que, como dice Leila Guerriero en “Los malos”: “El malo no como un monstruo; (…) sino como el vecino que cada domingo baja a pasear el perro y que, de lunes a viernes, aplica chorros de electricidad sobre una embarazada. El malo como bestia, pero bestia humana” (16) Es interesante cómo la novela juega con los dobles: mientras un lenguaje coloquial y relajado disfraza un relato horroroso, el “Muñeco”, un tipo encantador y dorado, disfraza a un violador de menores.

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