El lugar que ocupamos en la familia

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El lugar que ocupamos en la familia

Por María José Buttazzoni / Ilustración: Holly Jolley

Muchas veces mi hijo mayor se queja que no le gusta ser el hermano mayor, ya que siente que caen sobre él más responsabilidades que en los otros, o que tiene que dar el ejemplo y porque al tener otras tres personas por debajo lo “molestan” e interrumpen en sus actividades de hermano más grande. Yo también me he preguntado alguna vez si mi personalidad o mi vida serían diferentes si hubiera sido la menor en vez de la mayor de mis hermanos. Cada lugar que un hijo ocupa en el grupo familiar tiene sus cosas buenas y otras no tan buenas. También el trato que como padres damos a cada hijo, es muy diferente. Y algunas veces, sin querer, mostramos esas diferencias que los otros perciben.

 

Algunos estudios sobre este tema muestran que el orden en el que nacemos dentro del grupo familiar trae consigo respuestas características y patrones de comportamientos específicos al número de hermano. No quiere decir que todos los hijos número 1 son idénticos, pero si se dan ciertos patrones. El hijo mayor, generalmente, es la novedad y a la vez el experimento de iniciación al convertirnos en padres, por lo que opera el ensayo y error como estilo de crianza, o el guiarnos, al pie de la letra, en libros y guías. Éstos, tienden a identificarse con el padre o madre que toma la mayoría de las decisiones en la familia y es más proactivo. Tradicionalmente, esta figura era el papá, pero ahora también puede ser la mamá. Los hijos mayores suelen ser más perfeccionistas, responsables, organizados y muy apegados a la regla.

 

Los hijos que nacen en segundo lugar, llegan a unos padres con más experiencia, por lo tanto más relajados con ciertas normas y menos aprehensivos. De nacer un tercero, pasan a ser “el de medio”, lo que los deja en un cierto limbo de no ser el mayor ni el menor y definitivamente reciben menos atención. Los segundos tienden a identificarse con la figura más emocional y más expresiva. Suelen conectarse con otros a un nivel más emocional, y la sensación de pertenencia es muy importante para ellos. Son más independientes, pueden ser más rebeldes y en general prefieren evitar los conflictos. Penosamente, la cantidad de fotos entre el primero y el segundo, es altamente notoria.

 

Los hijos que nacen en el puesto número tres, tienen a relacionarse más con dos miembros de la familia. Buscan también mantener el equilibrio en las relaciones, y para eso muchas veces usan el humor y el hacerse los divertidos, para enfrentarse a diversas situaciones.

Y los cuartos, que ya casi ya no hay, y que muchas veces llegan sorpresivamente a completar el grupo familiar, buscan mantener la armonía familiar. Pueden sintonizar con las emociones individuales y grupales, y tienden a usar su encanto para lograr sus objetivos. Y sí que lo logran. Es mi caso, que tengo que disimular lo derretida que estoy por mi cuarto hijo, quien despliega todas sus plumas para no pasar inadvertido.

 

El lugar de cada hijo no es mejor ni peor que el otro, y cada uno tiene sus ventajas y desventajas. Tampoco es una ciencia exacta, pero vale la pena fijarse en las características de personalidad que puedan estar dadas por el lugar que ocupamos en la familia. Saber más de estas características puede ayudarnos a empatizar con cada uno de nuestros hijos y entender de donde vienen sus exigencias y demandas emocionales. También puede que nuestro comportamiento con determinado hijo esté dictado o influenciado por el lugar en el que nosotros nacimos. Por ejemplo, si un padre fue hermano mayor y sentía el peso de tener que cuidar a sus hermanos más chicos, puede que le cueste empatizar con el hijo menor, por lo que vale la pena dedicarle un tiempo a pensar y analizar qué significó para nosotros nacer en el lugar que nacimos y cómo eso puede estar influenciando, sin que nos demos cuenta, cómo somos con cada hijo; qué le exigimos a cada uno y qué le entregamos a cada uno.

 

Por ejemplo, a los primeros, podemos quitarles un poco de auto exigencia, desordenarlos un poco, y sacarles de encima la presión de ser perfectos. Reafirmarles que tenemos suficiente amor para ellos, que llegaron primero, y para todos los que le siguen. También podemos ayudarlos a tener un poco de privacidad y tiempo solos, para que no se sientan invadidos constantemente por el grupo de hermanos más chicos, que le sacan todo y que quieren hacer todo lo que el mayor hace. Al segundo podemos ayudarlo reforzando constantemente su autoestima, ya que puede sentir que el primero hace todo bien y ellos no. También acordarnos de imprimir, enmarcar y colgar fotos de ellos, para que se sientan igual de importantes y queridos. Poner atención también a la interacción del mayor con el segundo, para asegurarnos de que la relación sea de alguna manera justa y no abusiva ni dominante. Y así con los siguientes. Que cada uno sienta que tiene un espacio y un lugar especial en la familia. Que cada uno es necesario e indispensable y que cada uno aporta algo fundamental al grupo familiar. Les recomiendo el libro “Birth order blues” (Amazon) para aprender más sobre cómo ayudar a los hijos a aprender a lidiar con los desafíos que trae el orden en el que nacemos. En caso de no tener tiempo para ahondar en este tema, siento que con ya tener la intención de fijarse en este orden, y ver a cada uno de nuestros hijos en la posición que ocupan, ya ayuda para que se sientan vistos y comprendidos.

 

María José Buttazzoni es educadora de párvulos y directora del jardín infantil Ombú. Además, es co-autora del libro “Niños, a comer”, junto a la cocinera Sol Fliman, y co-fundadora de Soki, una plataforma que desarrolla cajas de juegos diseñadas para fortalecer el aprendizaje y la conexión emocional entre niños y adultos.

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