Manual para trogloditas desorientados

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Manual para trogloditas desorientados

Por Carolina Pulido / Ilustración Consuelo Astorga

Me había propuesto dejar de hablar de feminismo porque hasta yo misma me canso de la reiteración y la guerrilla en las redes sociales y en la sobremesa. Pero con el episodio de Villegas me doy cuenta de que sigue siendo fundamental explicar conceptos, insistir, hasta que entre por osmosis. Lo conté en Twitter, sin ningún objetivo, solo para apoyar lo que ya era un secreto a voces: “Alguna vez fui a entrevistar a Villegas a su casa. Contestó la mitad de mis preguntas con su cara de sopor de siempre, y con una mezcla de desprecio y calentura puso su mano sobre la mía y preguntó si era casada”. Eso fue todo. Al poco rato ya era trending topic y los comentarios de apoyo no paraban.

Debe haber sido muy duro, el acoso es algo difícil de vivir y cosas por el estilo. Yo sonreía leyendo porque, la verdad, fue molesto, el tipo era un gorila misógino y yo salí de la entrevista bastante asqueada, pero a la hora de comida ya lo había olvidado. Será que me pasó demasiadas veces en mi vida y dejé de verlo como algo grave. Por supuesto no fue tema porque en aquellos años la sola idea de mencionarlo te hacía parecer amargada o conflictiva. Al día siguiente del tuit aparecieron los troles, la ola feroz indignada con el movimiento feminista: por qué lo cuentas 15 años después, cómo vas a considerar que tocar tu mano es acoso, buscas la fama destruyendo a un hombre y su familia. Sí, muy gracioso. Incluso varios mencionaron que cómo podía haber una mezcla de desprecio y calentura al mismo tiempo. Contesté que era una excelente pregunta para hacerle a cualquier misógino y lo comprendí todo. El machismo está tan enquistado que ni yo misma lo veo… imposible que lo comprenda entonces un machista, simplemente va más allá de sus posibilidades. Así que confeccioné este pequeño instructivo para los varones que últimamente han optado por ponerse a la defensiva. Tome nota:

1. Las preguntas son claves en este proceso, compañeros. Y la primera debería ser esta: si prácticamente todas las mujeres hemos vivido situaciones de acoso pero casi ningún hombre reconoce haber acosado a una mujer, ¿no será que está tan normalizado el acoso que no te das ni cuenta? La misma pregunta aplica para violencia de género, discriminación, desigualdad.

2. Empatía. Alguien escribió en Twitter un simple pero eficaz ejercicio que todo hombre puede realizar frente al relato femenino de un acoso sexual: imagina que te saludan con un beso chupeteado, te dicen obscenidades o te toquetean, estando tú en la cárcel, en un campo de concentración o en cualquier situación de inferioridad.

3. Importante saber hasta qué momento hablamos de piropo y desde cuándo entramos en el terreno del abuso: según la RAE, la definición de piropo abarca necesariamente 3 requisitos básicos que deben cumplirse: conocimiento, confianza y consentimiento.

4. Dejar de cuestionar el que la víctima hable o no a tiempo o el nivel de recato de su vestimenta. La víctima NUNCA es responsable y tiene derecho a hablar cuando pueda.

5. Considerar los beneficios que puede tener el movimiento feminista para los hombres. Es la oportunidad de abandonar mandatos opresivos como la presión de proteger, proveer y procrear y descubrir, por ejemplo, la paternidad afectuosa, las amistades con intimidad, otras formas de sexualidad.

6. Recuerda: no es una guerra. La mayoría de las feministas creemos en un universo construido por todos; hombres y mujeres. Los cambios los haremos bailando tango o vals o cualquier ritmo que se baile tomados de las manos y no en una pista oscura en la que saltamos sin compañía. Y para eso es clave desaprender, deconstruirse. Como dice la escritora Virginie Despentes, autora del subversivo manifiesto Teoría King Kong: “No se trata de oponer las pequeñas ventajas de las mujeres a las pequeñas conquistas de los hombres, sino de mandar todo bien a la mierda”.

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