Más que una nueva ola feminista

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Más que una nueva ola feminista

Por Luna Follegati Montenegro

El movimiento feminista siempre ha planteado sus reflexiones interpelando al contexto y el momento histórico en que se sitúa: desde la lucha por los derechos civiles y políticos hasta la reivindicación de derechos sexuales y reproductivos, las feministas han buscado tensionar la estructura político jurídica que margina nuestra participación y restringe nuestras libertades. Su eje común –tanto a inicios del siglo XX, como en la actualidad– ha estado en la capacidad de alterar el presente y transformar lo actual. Los feminismos buscan transformar un orden común que normaliza la subordinación y opresión de las mujeres, para lo cual es necesario cambiar las estructuras que permiten la reproducción de formas patriarcales. El feminismo siempre es contingente porque está en diálogo con lo que sucede en todos los planos de la vida y en la política de un momento dado: el sistema constitucional, la economía neoliberal, las condiciones laborales o las formas de seguridad social.

A diferencia de otros movimientos sociales, las reivindicaciones y problemáticas del feminismo en Chile siguen siendo similares a pesar de los distintos contextos históricos. La demanda por igual salario igual trabajo o la autonomía por nuestros cuerpos poseen una trayectoria de más de cien años en los programas feministas. Las reivindicaciones del movimiento –lejos de conquistarse de una vez para siempre– son constantes, lo que permite que aparezca una y otra vez la movilización.

Actualmente es común escuchar que estamos frente a una nueva ola. Eso implica que aparece y desaparece, que avanza y retrocede tal como lo hace el mar. Las olas feministas se han denominado así porque son períodos que logran establecer un clímax e internacionalizar las demandas del movimiento, con una clara reflexión feminista y un reconocimiento a nivel social. Sin embargo, la historia de las olas del feminismo no es lineal ni transversal: posee bemoles y particularidades. Si bien la primera ola de principios del siglo XX fue de alcance internacional –con las demandas por los derechos civiles y políticos del movimiento sufragista–, la segunda ola será diferente según cada región del mundo: en los países del norte está centrado a finales de los sesentas y setentas, mientras en América Latina tuvo su potencia en los ochenta, bajo las dictaduras militares en el cono sur.

En nuestro continente, el feminismo de los 80’ se reconoció más allá de la consigna de “lo personal es político” –propia de la segunda ola del norte–, reflexionando en todas las esferas. Además de cuestionar los espacios del trabajo productivo remunerado y el trabajo no remunerado, vinculado a tareas de cuidado y hogar, las feministas reflexionaban sobre la manera en que se comprendía y practicaba la política, proponiendo espacios y formas de organización distintas a las tradicionales. De telón de fondo estaba el profundo problema que vivían las democracias. El carácter patriarcal de la sociedad y el autoritarismo se vivenciaban no sólo en la esfera estatal, sino que en todos los planos de la vida cotidiana. “Democracia en el país y en la casa”, era la consigna.

Las olas del feminismo funcionan como marcadores que buscan encasillar ciertas etapas, y a veces tienden a ocultar las particularidades regionales o locales bajo el prisma de un feminismo universal, homogéneo. Además, cuando no hay ola es porque hay un ocaso: la ola se retrae, las reivindicaciones pasan a segundo plano, el feminismo deja de estar en boga y se silencia el movimiento. Pero la historia del feminismo ha dado cuenta de lo contrario. Más que un hito excepcional, su reflexión y sus interrogantes se mantienen latentes una vez desactivada la ola. La reflexión feminista ha sido una constante con distintas etapas que han logrado generar una perspectiva transformadora en la sociedad y han sido determinantes en lo que son los feminismos de hoy. Y la frecuencia de sus despertares se mantendrá mientras persistan las condiciones de desigualdad, de explotación y opresión hacia las mujeres.

Más que caracterizar al movimiento feminista en Chile como una nueva ola, concepto que de alguna forma trata de marcar lo excepcional, nuevo o internacional del movimiento, me parece importante entender que en cada momento histórico la potencia y el auge del movimiento feminista han estado vinculados a la capacidad de las mujeres de articularse y de transversalizar el feminismo en todos los espacios, de darlo a entender y generar participación social. En este sentido, me parece más interesante describirlo con la metáfora de marea: movimiento que supera los límites nacionales, que trastoca fronteras y que en su camino va ampliando conocimiento y fortaleciendo las conciencias.

Uno de los aspectos característicos del movimiento actual es su pluralidad, y eso da cuenta de la historia y trayectoria de los feminismos en los últimos cien años. Feminismos antirascistas, feminismos disidentes, feministas autónomas, lesbofeministas, feminismos populares, feministas estudiantiles, partidos políticos feministas, feminismos decoloniales, comunitarios y un largo etcétera. Los feminismos son diversos porque no tienen una norma o patrón común, una línea específica o condicionante principal. Más bien apelan a las experiencias propias de mujeres y diversidades, articulando distintas estrategias que a veces pueden ser excluyentes entre los propios feminismos. Por lo mismo, propiciar un movimiento transversal es un desafío, más aún en el contexto de fragmentación e individualismo que vive la sociedad actual. Hoy las feministas estamos en una gran disputa: por un lado deberemos reconocer la pluralidad del movimiento, y por otro la capacidad de articularnos entre diversidades.

Nuestras demandas por el fin a la violencia de género y a la precarización de la vida de las mujeres se encuentran en peligro frente al avance de sectores de ultraderecha y el aumento de neofacismos a nivel mundial, como es el caso de la elección de Jair Bolsonaro en Brasil. Se ha afianzado un discurso conservador que busca restituir los roles tradicionales de género, con fuertes opiniones y acciones antifeministas que violentan y denostan públicamente a las mujeres. ¿Cómo el feminismo puede resolver, desde su diversidad de voces y formas de ser feminista, el problema de la unidad reivindicativa y de la articulación política para enfrentar el avance del conservadurismo? Ese es el gran desafío. Sólo así podremos hacer frente a un posible “retroceso” de la ola y marcar un hito histórico dentro del avance de los derechos de las mujeres y la transformación de la sociedad.

Por eso necesitamos esa fuerza conjunta, esa potencia. Debemos aprovechar la composición en red del movimiento, su pluralidad y la comprensión del feminismo desde distintos cruces e intersecciones. Desde mujeres trabajadoras, migrantes, afrodescendientes y dueñas de casa; desde la diversidad y la disidencia sexual; desde estudiantes y políticas. El feminismo está presente en todos los espacios y sin homogeneizar ni superponer sus múltiples luchas –como educación no sexista, aborto, violencia de género o precarización de la vida– debemos coordinar sus distintos escenarios.

Hoy el feminismo debe proyectarse en un movimiento que pueda profundizar en la lucha de los últimos dos siglos, que reconozca su larga trayectoria histórica, que de cuenta de los aprendizajes adquiridos y no olvide su memoria de acción y activismo. Más que una ola particular, o la consecución de múltiples idas y venidas del movimiento, lo significativo del momento actual es mantener en la esfera pública al feminismo como una interpelación a toda forma de subordinación, opresión y violencia. El movimiento no puede decaer: debe mantenerse en la cúspide como una acción que busca la transformación colectiva y sustancial.

Luna Follegati Montenegro es historiadora y teórica feminista.

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