Mi mujer, once años mayor

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Mi mujer, once años mayor

Por Jorge Núñez / Ilustración: Gertrudis Shaw

Claudia y yo tenemos una diferencia de edad de 11 años. Estamos casados hace tres y tenemos una hija de casi dos. Cuando la conocí, sentí una corazonada muy fuerte. Creo que solo en un par de meses supe que era Claudia con quien debía vivir, casarme, formar una familia, un proyecto de vida. Me enamoré muy rápido, a una velocidad de la que anteriormente no tenía registro emocional. Yo tenía 25 años. Ella, 36.

Cuando estás casado con alguien mayor hay algunos temas generacionales. En el humor a veces se nota una diferencia abismal, y es a mí la que más me impacta. Cuando a Claudia le muestro memes o gifs, ella siempre sonríe, pero no llega a la carcajada. Y si ríe mucho, es porque hubo una explicación posterior. No suelo, eso sí, explicarle cosas en el cotidiano, porque por lo general es al revés. Ese título “Los hombres me explican cosas” no corre para mí. Pero los memes son nuestra excepción. Aunque tampoco entiende muy bien mi fascinación por Luis Jara como prócer del humor, sin querer serlo.

En diciembre de 2014 conocí a sus padres cuando fuimos a su casa en Pichilemu. Eso sí, iba en calidad de amigo, no de pololo. Nunca entendí muy bien eso porque a mí me gustan las formalidades y las categorías, pero Claudia prefirió que fuese así, y así fue. Desde el primer momento sus papás se mostraron muy cercanos y amables conmigo, lo que me llamó la atención. A pesar de que iba en calidad de amigo, sentí que intuían que yo tenía algo con su hija. Para ellos la diferencia de edad no fue tema. A pesar de que son de derecha, son más bien liberales en lo valórico. Siempre he sentido que me quisieron desde ese día. Desde que me subí a un bote con mi suegro en Cahuil y hablamos sobre nuestras infancias.

Lo de la categoría de “pololo” fue tema para mí. Creo que le pedí pololeo cuatro veces a Claudia, nunca logrando una respuesta positiva de su parte, aunque ya estábamos juntos desde la semana en que nos conocimos. Finalmente, Claudia me pidió pololeo. Costó un par de meses, era entendible: a veces el miedo acumulado por hombres estúpidos del pasado provocan estas cosas.

A mi madre le cuento todo o casi todo. Y le conté de Claudia la misma semana que comenzamos a conocernos. No le había mencionado que era mayor que yo, pero sí le dije que era amiga de mi prima Paula Ilabaca, que también es escritora. Yo creo que medio adivinó que tendría una edad similar a la de ella. “Mamá, Claudia tiene 11 años más que yo”, le dije mientras tomábamos té en casa, casi como una sentencia. Ella contestó que no le importaba porque importaban otras cosas, y que me diera el tiempo de conocerla. Le encantó la idea de que fuese escritora y le mostré una foto y me dijo que era mucho más guapa que mis pololas anteriores, que “tenía asunto” y que “no era una niñita”. Mi papá lo tomó diferente. Lo primero que me dijo fue “mira, cuando ella tenga 40, tú vas a tener 29. Cuando tenga 50, tú vas a tener 39”. Me enojé por dentro, pero no le dije nada. Luego se retractó. Cuando la conoció me dijo que la diferencia de edad no se nos notaba, que le había caído muy bien y que cuidara esa relación.

Entre diciembre de 2014 y enero de 2015 comenzamos a hablar de la idea de vivir juntos. Y lo concretamos en marzo. Claudia me esperó en el metro Irarrázaval. Yo venía con muchas maletas que traía de Maipú, donde viví 25 años con mi mamá y mi hermana Amanda. Tenía miedo, no por el hecho de abandonar mi casa, sino por no dar el ancho en el cotidiano. Nunca había vivido solo, y si bien tuve algunas responsabilidades de hogar cuando viví con mi mamá y mi hermana, nunca había estado a cargo de la totalidad de uno. Esa fue mi primera gran meta y creo que lo he logrado, con cierta dificultad pensando que Claudia es algo maniática del orden, quizá su único y peor defecto. Ella no entiende que dentro de mi desorden tengo mi propia lógica, y que el orden es algo que me encarcela. Compenso eso con otras cosas como limpiar el piso, ir a comprar al supermercado. Bueno, lo importante es equilibrar cuando uno sabe que falla en algo.

Algunos de mis amigos creyeron que lo mío con Claudia solo sería un “veranito de San Juan” y que en realidad la soltería era algo que me asentaba bien, pero cuando se dieron cuenta que la cosa iba en serio, quedaron sorprendidos, impactados. No fue tanto por la diferencia de edad, sino por el hecho de vivir juntos, compartir un hogar y estar pensando desde el principio en un posible matrimonio y tener hijos.

Y así fue. Nos casamos en diciembre de 2015 en el patio de nuestra casa, y en enero de 2016 lo hicimos por la iglesia. Para mí era muy importante casarme. Creo que los simbolismos y ritos dan otro carácter a las cosas. Ahora somos padres de Eloísa y tenemos un proyecto laboral en común, que es una editorial independiente de libros que ha crecido muy bien con el paso del tiempo. Siento que podría resumir nuestra historia en una cita del escritor peruano Jaime Bayly: “Si no fuera por el amor de mi esposa, ya estaría muerto. Si no fuese por el cariño de mi hija, yo sería un cadáver. Ellas me han salvado la vida, o me han insuflado una existencia placentera que había perdido, o que creía no merecer. Estos últimos años con ellas han sido memorables”.

 

Jorge Núñez Riquelme es editor y traductor de los libros Nadie sabe por qué estamos aquí, de Tao Lin; y Cuán paranoico puedo volverme esta noche, de Noah Cicero. Trabaja junto a su mujer, la escritora Claudia Apablaza, en la editorial Los Libros de la Mujer Rota. Es papá de Eloísa Núñez Apablaza.

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