De Nueva York a Santiago, migrar a los 15

Columnas

De Nueva York a Santiago, migrar a los 15

Por Emiliana Pariente

Emiliana Pariente es periodista. Lleva 10 años viviendo en Chile y en esta columna relata cómo fue trasladarse de una de las ciudades más grandes y modernas del mundo a Santiago. Y todo eso en plena adolescencia.

Recuerdo como si fuese ayer el día que mi mamá me dijo que íbamos a dejar Nueva York, lugar donde nací y donde había vivido toda mi vida, para probar suerte en un país que ninguna de las dos conocía: Chile. Yo tenía 15 años recién cumplidos y la única noción que tenía de ese país tan estrecho al sur del mundo eran los libros de Neruda que mi mamá guardaba en el velador, los amigos chilenos que trabajaban en el restorán de comida italiana de mi familia, y las canciones de Violeta Parra y Los Jaivas que solían poner esos mismos amigos los viernes por la noche, al finalizar el turno y con varias botellas de vino chileno.

Ese día en el que me enteré que mi vida iba a cambiar era un típico día de invierno en Nueva York: eran las 5 de la tarde y ya había oscurecido. En ese entonces vivíamos en un departamento en la calle 10 y la Séptima Avenida, en plena bohemia del West Village, justo arriba de uno de los restoranes italianos que mi familia fundó en esa época, llamado Tanti Baci –una suerte de negocio familiar y comunidad de amistades en el que trabajaba mi abuela, mi mamá, mi papá, mis tías y todos los familiares que venían llegando del extranjero con el sueño de ganarse la vida en N.Y–. En fin, ese día me estaba preparando para estudiar y de repente algo llamó mi atención; no estaba segura de haber escuchado bien entonces repetí, en un intento de dilucidar mis pensamientos, lo que creí haber escuchado: “¿esto no va implicar un problema para el bebé?”, le preguntaba mi mamá a otra persona por el teléfono. Quedé en estado de shock.

Emiliana Pariente
Emiliana junto a su mamá en EE.UU.

Hasta ese entonces había sido hija única por el lado de mi madre, y me gustaba que así fuese. Le pregunté con quién había hablado y, sin darse muchas vueltas, me dijo que estaba embarazada y que el papá era Manuel, un pololo reciente que yo había visto apenas dos veces –pasaría, más adelante, a ser mi padrastro y una persona muy importante durante mi estadía en Chile–. Era chileno, vivía en Chile, había viajado varias veces para ver a mi mamá y ahora estaba dispuesto a dejar todo para irse de manera definitiva a Nueva York. Pero mi mamá –nacida en Argentina y de padres italianos– también lo estaba: su esfuerzo por mantener una aparente estabilidad durante años ya estaba caducando y lo que realmente quería –motivada por su hermoso espíritu aventurero– era conocer nuevos horizontes, como ya lo había hecho múltiples veces. En su adolescencia había dejado Buenos Aires para seguir su carrera de bailarina de ballet clásico. Luego de eso viajó un tiempo a El Salvador para trabajar en campañas de alfabetización y así fue pasando de un lugar a otro, sin muchas ganas de echar raíces. Pero ya llevaba muchos años en Nueva York y ahora quería conocer “la tierra de las montañas y los poetas”, como ella misma decía.

A partir de esa tarde todo avanzó de manera fugaz, tan fugaz que fue poco lo que logré retener entre mis recuerdos –la mayoría siguen siendo un poco borrosos–. Sentí, desde ese minuto y hasta que aterricé en Chile, un par de meses después, que todo había sido como un torbellino y que esos últimos meses, entre las despedidas, los llantos y mis rebeldías de adolescente, se precipitaron encima mío de tal forma que no logré ni darme cuenta de lo que pasaba. Entré en un estado de negación. Era consciente de que la situación, por ningún motivo, era grave, pero en mi realidad y mi contexto era lo más radical que me había tocado vivir. Mi vida de quinceañera en Nueva York se estaba desmoronando.

Emiliana vivió hasta los 15 años en Nueva York.

Llegué a Chile en septiembre del 2006 y los primeros meses fueron de descubrimiento. Estaba repitiendo todos esos procesos que uno vive en la infancia y no me quedaba del todo claro si esto iba a ser una etapa transitoria de mi vida o algo permanente. Pero, por mientras, decidí bajar esa muralla imaginaria que me escudaba y abrirme a nuevas experiencias. Mi mamá, por su lado, estaba feliz de haber dejado una vida tan frenética y alejada de la naturaleza, y la motivaba la idea de criar a su segunda hija en un país donde la infancia seguía siendo tan valiosa. No sabía, aun, que Chile no cumpliría sus expectativas.

Yo seguía padeciendo “el mal del neoyorquino”, como suelo decirle a ese estado casi inconsciente al que se somete todo aquel que ha vivido toda su vida en Nueva York y que consiste en creer que no hay otro lugar que se compare. Tiene que ver con el hecho de tener todo al alcance; esa excitación y exuberancia propia de las grandes ciudades que no permite pensar que existen otras realidades. Tal como me habían comentado mis amigas neoyorquinas cuando les dije que me iba: “¿vas a poder vivir en ese país?”, como si vivir en otro lado fuese algo aterrador.

De a poco fui dejando esos prejuicios de lado y fui forjando mis opiniones: todo era tan distinto y, en cierta medida, emocionante. Entré a un colegio italiano, para seguir con la escolaridad ligada a esa nacionalidad que había tenido hasta ese entonces y también porque, digámoslo, necesitaba refugiarme en alguna cultura ya conocida. En poco tiempo mi rutina dio un vuelco: pasé de ir a un colegio chico al frente del Central Park, en una casona que había sido habilitada para ser colegio y en la que convivían hijos de famosos que llegaban en limosina y otros que vivían en los suburbios, a un colegio en Escuela Militar. Las juntas empezaron a ser en los malls, cosa que nunca antes había experimentado –hay que tener en cuenta que estamos hablando del Chile de hace 10 anos atrás–. Se tomaba once, se “copuchaba” y una serie de otras cosas con términos inventados que yo nunca antes había escuchado, pese a que en mi casa siempre se había hablado castellano. Cuando les preguntaba si salían de noche, a sus 15 o 16 años, me decían que el “carrete” era estar en casas de amigos tomando. Pocos, sin embargo, admitían que tomaban, o que fumaban, y hablar de ciertos temas, aunque se tratara de cosas que sí se hacían, incomodaba. Ese doble estándar fue, quizás, lo que más me impactó.

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Me di cuenta, en ese tiempo, que en este país existían otras prioridades. De un día para el otro me encontré en un lugar donde la familia era y sigue siendo fundamental y donde el concepto de familia unida y tradicional como eje central de la sociedad sigue siendo algo ejemplar. Un país en el que los domingos se come en familia y un sinfín de tradiciones que yo nunca había tenido y que no calzaban con mi concepción de familia. Me parecía exagerado y no iba para nada con mis costumbres –o falta de costumbres– familiares, pero al mismo tiempo me hizo cuestionar si la alternativa correcta era la de volverse una persona alienada y totalmente desconectada del núcleo familiar, como suele pasar en las sociedades en las que reina el consumo, lo inmediato y un fast living.

También descubrí que había llegado a un país de poca tolerancia, en el que un extranjero –fuese boliviano, francés o hindú–, en ese entonces al menos, era un bicho raro. Pero también un país donde, pasada la barrera de lo “raro”, la gente se intrigaba por conocer, por auto superarse y por exigir mejorías. Un país que reconocía sus fallas y que anhelaba adoptar lo bueno del desarrollo, no solo lo malo. Un país que estaba forjando opiniones críticas y que, por ser más joven, seguía sin tener todo resuelto. Eso me llamaba la atención, porque daba paso a debates que en otros países ya estaban zanjados, desde cosas macro como la educación y la salud, a cosas más específicas, como la libertad de expresión, de culto, la libertad de ser o vestirse como uno quisiera, la sexualidad, el aborto y el respeto a la diversidad.

Por otro lado –y era difícil no notarlo–, había llegado a un lugar donde las mujeres se vestían de gris y pelaban a las personas diferentes. Las de mi edad, que querían romper con las actitudes anticuadas de las madres, todavía no lo lograban del todo. Los que no calzaban con la norma eran “atrevidos” o “agrandados”. Se respiraba envidia, especialmente entre las mujeres, y mucho conservadurismo, y no solo en las minorías muy católicas, pese al intento de disimularlo. Reinaban aun, y de manera notoria, los valores religiosos y la moral. Era el 2006 y todavía pesaban las secuelas de una fuerte opresión, o al menos eso sentía yo, que venía de un lugar que vela, supuestamente, por las libertades individuales.

Con el tiempo me hice consciente de todos esos contrastes pero también los asumí como parte de la realidad particular de este país. Conocí gente muy genuina, con ganas de descubrir, conocer y desafiarse, y forjé amistades y vínculos muy especiales. Hoy, a 10 años de mi llegada, sigo sin tener patria muy definida pero me siento capaz de identificarme con cada uno de los países que compone mi historial familiar. Esa condición me ayudó en los distintos procesos de adaptación que tuve que enfrentar y me sirvió para darme cuenta que cuando llegué, justo en esos tediosos años de la adolescencia, acá en Chile la gente estaba despertando y pasaban cosas admirables. Era un periodo de transición en el que se empezaban a ver cambios y la gente exigía sacar a la luz temas que habían permanecido ocultos. Daba la impresión de que la mayoría se estaba conectando con las necesidades básicas y las cosas simples de la vida.

En Nueva York, en cambio, me parecía que la gente se estaba alejando cada vez más de eso y que habría sido fácil caer, sin quererlo, en un estilo de vida banal, lleno de frivolidades, inconsciencias e –irónicamente– poca tolerancia hacia otros estilos de vida más simples. Han pasado 10 años y contra todo pronóstico sigo aquí –mis amigos están aquí y mis actividades también–, habiendo tenido la posibilidad de irme y sin tener muy claras las razones del por qué. Pero estoy consciente de que existió una evolución en mi manera de pensar que permitió darle una posibilidad al lugar que no figuraba, bajo ningún pretexto, dentro de las “mejores opciones”.

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Hoy Emiliana Pariente es periodista y lleva 10 años viviendo en Chile

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