Perdí al amor de mi vida

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Perdí al amor de mi vida

Por Banessa Blanco / Ilustración: Gertrudis Shaw

“Tengo 24 años. Soy de Calama pero me vine a Santiago para estudiar periodismo en la Universidad Católica. Siempre he hecho gimnasia rítmica. Cuando estaba en séptimo básico, entrenaba en el segundo piso del gimnasio de mi colegio y mientras elongaba tenía la costumbre de mirar para abajo a los hombres que practicaban handball. En realidad, miraba al arquero. Se llamaba Álvaro. Él era de los chicos más cotizados en esa época. El mino, el musculoso. Aunque estaba en mi misma generación, no lo conocía porque era de otro curso. Me paseaba por ahí con cara de suspiro, pero nunca me atreví a acercarme.

En 2008 la generación de arriba de nosotros tuvo 30 alumnos repitentes. Eso hizo que el colegio tomara la decisión de combinarnos y hacer un curso más. Pasábamos a primero medio, y éramos todos muy unidos así que al principio nos negamos mucho a este cambio, pero ocurrió igual. Para mi sorpresa, uno de mis nuevos compañeros era Álvaro. Yo estaba que me moría de la felicidad.

Durante ese año, la profesora de matemáticas estaba muy enojada con mi nuevo curso porque conversábamos mucho en clases. Para aplicar algo de disciplina, un día nos sacó a todos para afuera de la sala y nos ordenó en parejas designadas por ella. Yo era la más matea, tenía puros siete. A Álvaro no le iba muy bien, así que nos puso juntos para que yo fuese una buena influencia para él. Ahí comenzó todo. En clases me robaba besos y en mayo de ese año me llevó a una plaza cerca de mi casa. Había luna llena. Eran cerca de las 9 de la noche y puso en su celular la canción Somewhere over the rainbow. Me acostó en sus piernas y me preguntó si quería pololear con él. Con Álvaro tuve mi primera relación importante. La única que he tenido en mi vida.

Después de unos años de pololeo empezó la parte negra de mi vida personal por algunos problemas familiares. En ese proceso Álvaro se convirtió en mi pilar, era lo único que me levantaba. Su familia también tenía sus problemas, entonces entre los dos hicimos nuestro propio mundo y salimos adelante. Llorábamos juntos, maldecíamos al mundo. Él era mi partner. Nos contábamos todo.

A pesar de que Álvaro se había quedado repitiendo en tercero medio, salimos juntos del colegio porque él hizo un 2 x 1. Yo me vine a Santiago a estudiar College en la Católica y él entró a periodismo en la Católica del Norte, en Antofagasta. Por un semestre nos veníamos solo por Skype ya que no teníamos plata para viajar en avión solo por el fin de semana. Él renunció a su carrera en el primer semestre porque no le gustó y la segunda mitad del año trabajó en diferentes cosas. En marzo siguiente se fue a Viña del Mar a estudiar ingeniería en sonido. Nos veíamos de viernes a domingo. Fueron dos años así, época en la que fuimos muy felices. Íbamos a ver partidos del Colo-Colo al estadio todos los domingos, hacíamos panoramas, lo pasábamos muy bien. Pero de nuevo nos abordó la tragedia. A su papá lo despidieron del trabajo y empezó a tener problemas sicológicos que afectaron al resto de la familia. Álvaro sintió que no podía estar lejos si en su casa estaba la embarrada, así que se volvió a Antofagasta para tratar de ayudarlos. Fue una decisión en conjunto. Yo viajaba cada dos semanas a Calama a ver a mi familia y después partía en bus a verlo a él, pero cada vez se hizo todo más complicado. Lo empecé a notar extraño. Ya no tenía la energía y esa felicidad que lo caracterizaba. Álvaro estaba muy apagado, algo le pesaba.

El 29 de junio del 2016 me llamó a las 8 de la mañana. Estábamos medio peleados, así que no le contesté. Ahí me llegó un WhatsApp contándome que su papá se había muerto. Me quedé helada. Me compré un pasaje y partí a Antofagasta de inmediato. Fue horrible. Álvaro ni siquiera se podía mantener de pie. Después de ese episodio, todo se fue a la cresta. Y el Álvaro que yo conocía empezó a desaparecer. Viajé a Antofagasta a verlo. Ahí conocí a su sicóloga, quien me explicó que tenía una depresión muy profunda.

Al volver a Santiago sentí que nuestra relación estaba muy distante. Y aunque llevábamos 10 años juntos, a veces lo sentía como mi pololo pero otras no sabía quién era. Después de unos meses volví a viajar a Antofagasta a conversar con él. Lo encontré muy mal, pero con ganas de retomar la relación. Él sabía que yo estaba dispuesta a estar con él en todas. Quedamos en que se vendría a Santiago conmigo. Hasta que un día me llama para contarme que su gata había saltado del octavo piso y se había muerto. Él la adoraba, y esto llevó a que cayera de nuevo en el hoyo. Aunque esta vez, en uno mucho más profundo. Pasamos unas malas semanas. Y luego de tres días sin hablar, recibí un llamado de mi mejor amiga. Eran las 9 de la mañana del jueves 25 de mayo de 2017. “Álvaro está muerto”, me dijo. No le creí. No le quise creer. Me metí a Facebook. Ahí, un tío de él había publicado que Álvaro lamentablemente había tomado la decisión de dejarnos.

Esa misma tarde partí a Calama, y al día siguiente mi mamá me acompañó a Antofagasta. Fue ella quien me contuvo, quien me refugió. Juntas fuimos al velorio y al cementerio. Después vinieron los días de reflexión, de luto. Esos días de sentirme sola, de preguntarme el por qué.

Cuando pasó todo esto me sentía enamorada. Y, más de un año después, me sigo sintiendo así. Es bien loco estar enamorada de alguien que ya no está, pero todavía en algún sentido me siento comprometida con él. A veces tengo mis lapsus; días en que lloro todo el día y no salgo de mi cama a ninguna parte, pero trato de evitarlos. Intento pensar en lo que viene, en lo que me hace feliz. No puedo enmarcarme en la tragedia. No puedo quedarme pegada, porque él ya no está.

Álvaro siempre me decía que lo que más le gustaba de mí era que yo veía el lado blanco en lo negro. Que constantemente encontraba una solución. Siempre me pareció raro que me dijera eso, ya que había sido él quien me lo enseñó cuando yo estaba en ese período oscuro con todo lo de mi familia. Él era mi luz blanca, me enseñó a ver el lado positivo de las cosas. Repetiría todo lo vivido con él. Cada momento de los felices, porque fue una persona a la que amé mucho. Fue mi primer amor, mi primer hombre, mi primer todo. Pienso que si esto no hubiese pasado, si no nos hubieran tocado tantas tragedias, yo ahora estaría casada, viviendo con él otro mundo, otra historia. Nunca me he cuestionado el amor que Álvaro sentía por mí, incluso después de haber hecho lo que hizo. Como ya llevábamos tanto tiempo juntos, hablábamos el mismo idioma. Por eso sé que me amaba muchísimo, pero su cabecita estaba mal. A pesar del final, la nuestra fue una historia muy linda. Fue un amor de polos opuestos. Él era mi amor rebelde, y yo su niña buena.

Desde la muerte de Álvaro, no he tenido ningún contacto con otro hombre, es algo que evito. De cierta forma, creo que en el amor estoy bloqueada. A mis amigas les digo en broma, aunque puede que ocurra, que como estuve diez años pololeando ahora me dejen estar diez años soltera. Quiero volver a enamorarme, pero tengo miedo de no poder hacerlo. Sé que tengo que soltarme para poder darle esa confianza que tenía con Álvaro a alguien más. Pero me cuesta. A veces también pienso que cuando tenga mi nueva pareja va a ser complicado contarle mi pasado, ya que cualquiera saldría arrancando. Todavía me cuesta contar esta parte de mi vida. De hecho, de cierto modo decidí compartirlo aquí para romper esa barrera. Esto ha sido muy triste, pero sé que no solo me ha pasado a mí. Me imagino que muchos han perdido al amor de su vida y viven con el mismo miedo que yo a volver a enamorarme.

Banessa Blanco tiene 24 años y es estudiante de periodismo en la Universidad Católica.

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