Permitir la tristeza

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Permitir la tristeza

Por María José Buttazzoni / Ilustración: Holly Jolley

En tiempos de campanas, regalos, navidades y diferentes celebraciones en las que debemos estar felices, alegres, saltarines y agradecidos, quiero hablar de la tristeza. Una emoción como cualquier otra, pero a la que le tenemos miedo, a la que no queremos darle un espacio en el sentir de nuestros niños. Frases como “los hombres no lloran”, “no llores por una tontera”, “deja de llorar que no es para tanto”, “ponte feliz, tienes que estar feliz” llevan a que, sin quererlo, no les damos permiso para estar tistes, o sentirse tristes. Nos incomodamos con la pena de nuestros hijos, queremos solucionarles a toda costa su malestar y sacarlos de ese estado lo más rápido posible. Y es entendible la intención: para qué dejar sufrir a un niño si es tan fácil quitarle ese dolor. Pero hay que tener cuidado: las consecuencias a futuro que tiene el no dejar que los niños experimenten distintas emociones son tan dañinas que debemos replantearnos este tema y ver cómo los ayudamos a entender cada una de ellas.

Si le preguntamos a cualquier mamá o papá qué es lo que quieren para sus hijos, creo que la mayoría contestaría “quiero que mis hijos sean felices”. Pero creo también que intentar hacer a nuestros hijos felices todo el tiempo no es el camino adecuado, ya que estamos criando niños frágiles, con cero tolerancia a un gramo de infelicidad, y que no conocen estas emociones porque como padres nos lanzamos a tratar que de no las sientan. El tema es que en la adolescencia y adultez, inevitablemente, las van a conocer, solo que no van a saber cómo manejarlas y como convivir con ellas. Quizás una de las razones de por qué ha aumentado tanto la depresión y ansiedad infantil tiene que ver con esto. Con tenerle miedo a la tristeza de nuestros hijos, con no dejarlos conocerla, experimentarla, ensayarla.

Pienso que el camino es no tratar de que estén todo el tiempo felices, ni evitarles todo tipo de sufrimientos y penas, sino que enseñarles a tolerar y lidiar con emociones grandes como tristeza, enojo, frustración, desilusión. Y no protegerlos de éstas. Si un hijo o hija amanece triste o decaído, veamos cómo podemos acoger el estado de ánimo con el que amaneció en vez de lanzarle un: “ya ya ya, arriba el ánimo, no podemos estar con pena, hay que estar feliz”. El preguntarle cómo amaneció y darle la libertad de expresar cómo realmente se siente, lo hace sentirse visto y validado. Luego podemos contarles que nosotros también algunas veces amanecemos tristes, y que es algo normal. Los niños aprenden en su mayoría del ejemplo de nosotros los adultos, por lo que de la manera como nosotros manejamos nuestras emociones será la que ellos aprendan y repliquen.

Debemos ser capaces de tolerar los sentimientos negativos que puedan tener nuestros hijos sin tratar de saltar de inmediato a solucionarles el problema. Quizás lo único que necesitan es sentirse vistos y escuchados. Luego de que nos cuenten cómo se sienten o qué les pasa, podemos preguntarles ¿qué quieren hacer? o ¿qué harían diferente la próxima vez? Esto permite que ellos mismos resuelvan su problema y no hacerlos dependientes de nosotros para entender y solucionar todo lo que tenga que ver con sus emociones. Es importante también empatizar con lo que sienten y no negarles sus emociones. Muchas veces decimos: “ya, para de llorar, no te dolió tanto”, pero esto realmente no hace que la emoción desaparezca. Eso sí, debe generarles una rabia infinita que uno les desvalore así su sentir. Si les acogemos y validamos lo que sienten, los hacemos sentirse seguros.

Tampoco caigamos en el error de tratar de que desaparezca una emoción a cambio de comida o regalos. Algunas veces caemos en decirles “¿te doy una galleta y paras de llorar?”. Este “parar de llorar” solo será temporal. Debemos dejarlos que practiquen sentir sus emociones, contenidos y guiados por nosotros, pero deben sentirlas.

Esta Navidad podemos quizás hacer el ejercicio de preguntarle a cada miembro de la familia qué siente o cómo se siente y podemos validar cada sentimiento, no imponiendo la idea que “debemos” estar felices porque es la Pascua. Para muchos adultos éstos son tiempos melancólicos y a veces un poco tristes. Quizás a algunos niños les pase lo mismo, y está bien. Es irreal pretender que estén felices y dichosos todo el tiempo. Y si por ahí un hijo queda frustrado con lo que recibió de regalo (que no me cabe duda que pasa siempre), en vez de solucionarle el problema, dejémoslo sentir esa frustración, guiándolo a entender lo que siente y a ver cómo puede salir de esa sensación. Felices fiestas de fin de año, démonos permiso, niños y adultos, para sentir distinto a lo que la publicidad nos manda a sentir.

María José Buttazzoni es educadora de párvulos y directora del jardín infantil Ombú. Además, es co-autora del libro “Niños, a comer”, junto a la cocinera Sol Fliman, y co-fundadora de Soki, una plataforma que desarrolla cajas de juegos diseñadas para fortalecer el aprendizaje y la conexión emocional entre niños y adultos.

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