¿Por la paz?

Columnas

¿Por la paz?

Por Constanza Michelson / Ilustración Camila Ortega

Carne trémula.

Paula 1248. Sábado 7 de abril de 2018.

Recibí una invitación a un evento de yoga. Como una conocida fiesta electrónica hay que ir de blanco. Pero no hay que confundirse. El objetivo no es el placer, sino que se trata de hacer una ofrenda de sudor y dolor de espalda a la pacha- mama por la paz mundial.

Raro igual.

Pero lo entiendo. Ofrecer un sacrificio de baja o mediana intensidad como señal de amor, es una estrategia presente en muchas cosas. Por ejemplo, cuando se le ofrece a algún santo un ayuno temporal (generalmente de cosas dulces) para que obre a nuestro favor. Seguramente si el santo o el planeta pudieran pronunciarse, dirían que se trata de una sinverguenzura. O al menos del colmo de la autoestima. Porque esperar una recompensa a cambio de una muestra de dolor que nadie ha pedido ¿no es acaso suponer que mi carne vale oro?

Más que una desfachatez, pienso que se trata de una inercia religiosa: el sacrificio como prueba de amor. Y sí, el amor a veces exige sacrificios. Pero otras tantas, no es más que un simulacro, donde exhibimos nuestro dolor o una entrega total y sufriente, que ciertamente no es ni por amor ni por la paz. Como cuando alguien pasa la cuenta con un “¡mira lo que hago por ti!” y que dan ganas de responderle con un “por favor no lo hagas”.

Si hay un lugar donde esta estrategia es especialmente confusa, es en el amor romántico. Aunque la nueva educación sentimental nos diga que “si duele, entonces no es amor”, esta pedagogía no considera que a veces el dolor es autoinflingido. Por ejemplo, en aquellas relaciones en que hay uno que supone que ama más que el otro, porque sufre. Confundiendo la propia obsesión (esperar como loro en el alambre un mensaje, pensar compulsivamente en el otro y sobreinterpretar cada una de sus palabras) con estar entregado. Esas entregas sin límite no le hacen ningún favor al otro, sino que suelen ser un vampirismo emocional: parece un dar, que en realidad es una demanda feroz.

Dos veces lo viví. Primero como tragedia, luego como comedia (dicen que la historia se repite así). Fueron dos amores no correspondidos donde se me ocurrió, por razones ajenas a los sujetos implicados, que estaba profundamente enamorada y dispuesta a dar un todo que nadie solicitaba. La primera vez casi muero de angustia. La segunda, el dolor pasó a ser chiste gracias al consejo sexual de una abuela para atrapar a un hombre: “Tiene que dejar seco al hueón, mijita”. Y sí, eso era lo que estaba haciendo sin saber, lo estaba dejando seco, lo quería entero para mí. Con justa razón huyó.

Y siempre huirán.

Dar no siempre es amor, ni el sacrificio piedad.

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