Posthumanos

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Columna de Max Colodro, sociólogo y doctor en Filosofía.

A mediados de los años ’60, el filósofo alemán Martin Heidegger planteó que la sociedad moderna no se encontraba sólo ante una crisis del Hombre, sino también, de la ‘esencia’ del Hombre. En síntesis, que algo muy íntimo y propio de la naturaleza humana se hallaba en estos tiempos amenazado por tendencias socioculturales desestabilizadoras, cuyo eje central era el multifacético desarrollo tecnológico.

Hoy esa premonición filosófica se ha vuelto un desafío civilizatorio; y lo que hace unos años partió siendo un debate puramente académico se está convirtiendo en diversas ciudades europeas en tema coloquial de bares y cafés. ¿La singularidad humana llega a su fin?; ¿la biotecnología, la manipulación genética y la inteligencia artificial están ya en condiciones de alterar nuestra naturaleza hasta el punto de anticipar el surgimiento de una nueva ‘especie’?

No son pocos los pensadores que responden afirmativamente a estas y otras interrogantes. En rigor, vivimos en una era que ya no solo permite la clonación de seres vivos, la manipulación de nuestra base genética y el desarrollo de órganos artificiales. También estamos en condiciones de enfrentar amenazas letales como el cáncer reprogramando nuestro sistema inmunológico. Cada vez con más fuerza, científicos y pensadores de vanguardia sostienen que la ‘utopía’ de Frankenstein, es decir, la creación de vida a partir de la materia inerte, se encuentra a la vuelta de la esquina.

Esta nueva y aparentemente cercana singularidad histórica tiene su origen en la definitiva superación de los límites entre lo natural y lo artificial. No solo lo que comemos todos los días o las últimas generaciones de medicamentos, también la cirugía plástica y los transplantes biónicos nos convierten en una genuina especie de mutantes. En la actualidad, lo que se encuentra en vías de extinción es precisamente la ‘selección natural’, un curso evolutivo que sucumbe ante la eficaz alteración técnica de nuestras condiciones biológicas y cognitivas.

¿Pánico o esperanza ante un eventual o inexorable destino posthumano? Al parecer, da igual: no estamos ya en situación de poder detener lo aparentemente inevitable. La humanidad se encamina a pasos agigantados a una forma de existencia donde ya no podrá separarse o distinguirse de la artificialidad con que ella misma se ha dotado. Incluso el ‘espíritu’ y eso que todavía denominamos ‘conciencia’ pueden, en un futuro no lejano, terminar siendo algo similar a un software reprogramado a voluntad. Nuestra herencia biológica y cultural, nuestro lenguaje y la memoria del pasado, podrían ser instalados o desactivados a través de un pendrive.

Como en la película Matrix, no es inverosímil sostener que llegará un día donde no tendrá sentido preguntarnos si somos parte de una máquina, o si es ella la que en realidad piensa y siente a través de nosotros.

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