Primera infancia y pantallas

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Primera infancia y pantallas

Por María José Buttazzoni / Ilustración: Holly Jolley

La primera infancia, según la UNICEF, se define como el período entre la gestación y los ocho años. La OMS recomienda que los niños menores de un año no deberían estar expuestos a ningún tipo de pantalla, y que entre los 2 y los 4 no debieran tener más de una hora sedentaria de pantalla al día.

Pero la realidad es otra. Muchos padres estamos usando las pantallas como una forma de poner a los niños en pausa y darnos un respiro. O como forma de mantenerlos entretenidos y portándose “bien”, sin entender, o sin tomar en cuenta que existe gran evidencia que avala el daño que producen en la primera infancia. Algunos creen que los extremos nunca son buenos y que un poco de pantalla “no hace nada”, pero realmente a esta edad no solo no se justifica, sino que reporta daños importantes en el desarrollo de un niño.

Entiendo que es un problema que no queremos ver. Preferimos negar, mirar para otro lado y bajarle la urgencia. Pero es urgente. Niños expuestos varias horas al día a pantallas, además de lo que ocurre en sus cerebros, se están perdiendo horas de juego físico, no están practicando actividades que desarrollan la motricidad gruesa como correr, caminar y saltar. Se limitan también las oportunidades de intercambio verbal y no verbal, que solo ocurre en interacciones sociales, esenciales para un desarrollo óptimo.

Dentro de este período de edad, ya no se trata de “cuánto es bueno” y cuánto no”, esto se aplica para niños más grandes, con los que es más fácil negociar y hay más capacidad de auto regulación. A esta edad, lo que los niños se pierden por estar frente a las pantallas es simplemente crucial para su buen desarrollo integral, para no dañar sus capacidades de aprender, incluso de poder leer un libro. La mayoría de las aplicaciones de pantallas están diseñadas igual que una máquina tragamonedas del casino, con una serie de sonidos, likes y recompensas que operan en el cerebro igual que una adicción.
Otro gran problema de la incorporación de las pantallas a nuestra rutina familiar es que las hemos comenzado a usar y a abusar de ellas en los tiempos de comida. Niños con un plato de comida al frente y una pantalla que los distrae para que coman “felices”. Alerta roja, morada y fosforescente. Estamos formando un hábito. El hábito de comer mirando algún video de Peppa Pig, Paw Patrol o lo que sea. Además, los niños están comiendo sin hacer consciente este proceso vital. Solo están abriendo la boca y tragando algo, pero no están conectándose con su alimentación y no están disfrutando lo que comen. Comer distraídos puede causar que un niño coma más de lo que puede, saltándose la sensación de saciedad que su cuerpo le envía. También hace que no mastiquen su comida lo suficiente. Y por último, y demasiado importante, se están perdiendo interacciones claves familiares que solo se dan en el contexto de una mesa.

Erróneamente, muchos creen que las pantallas solucionan problemas tales como “niños mañosos”, pero es al revés, comer sin consciencia de comer, a largo plazo, aumenta los casos de niños malos para comer, desarrollando además muy malos hábitos y posibles trastornos alimenticios. Últimamente, cada vez que he ido a un restorán veo familias en una mesa en las que cada niño está con una pantalla en sus manos para que los grandes coman tranquilos. Esto es botar plata a la basura. Mejor no ir a un restorán para sentar a un hijo o hija frente a un celular. Ir en familia a comer a alguna parte es para poder vivir las interacciones que esto trae. Mirar un menú, elegir qué comer, decidir compartir algún plato y tener instancias para saber de cada uno mientras probamos cosas que nos gustan. Al “empantallar” a cada comensal para que no moleste, le estamos dando la señal de que las comidas familiares son encuentros de cero importancia. Les estamos diciendo que no tenemos tiempo para ellos y que no vale la pena conversar.

Muchos se preguntarán cómo hacer el cambio. Y es igual que dejar de fumar: se hace de un momento para otro. Se sacan las pantallas de la vida de nuestros niños en la primera infancia, se les explica por qué con toda la convicción de que estamos haciendo algo por su bien. Se alinean todos los adultos presentes en la vida diaria de ese niño, porque deben estar todos de acuerdo y no puede haber uno que cede frente a la primera pataleta, que sin duda va a haber en las primeras dos semanas posteriores a esta decisión. Y van a haber pataletas porque aparece el síndrome de abstinencia, el que nos ayuda a darnos cuenta del efecto nocivo en los cerebros de nuestros hijos al ver esta reacción. Los hábitos se demoran alrededor de dos meses en establecerse. Y si bien ese tiempo de pataletas y llantos suenan a película de terror, es tal el nivel de beneficios que esto va a reportar que vale la pena y el mal rato. De paso, se descubren nuevas interacciones familiares, llenas de vida y de momentos deliciosos que van derechito al baúl de los recuerdos familiares para la vida. A hacer el cambio radical, con convicción y por el bien de estas generaciones más chicas.

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