El pronóstico del tiempo

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El pronóstico del tiempo

Por Francisco Aravena F, desde Nueva York

Las primeras horas tras el sorpresivo triunfo de Donald Trump ofrecieron un sombrío anticipo de lo que viene para un país profundamente dividido.

Paula Digital.

El día de las elecciones presidenciales en Estados Unidos del martes 8 de noviembre de 2016, el presidente Barack Obama envió un saludo a los electores de su país a través de un video online. Terminaba diciendo: “no importa lo que pase, el sol saldrá por la mañana”.

Ese martes en la noche, las palabras de Obama se perdían en el ruido de la locura del recuento de votos, en las proyecciones de triunfo en cada uno de los estados y en el conteo de electores que Hillary Clinton y Donald Trump sumaban a sus columnas.

En Times Square, el corazón neurótico de la ciudad de Nueva York, cientos de personas se amontonaban mirando las pantallas gigantescas con la transmisión de ABC News, el canal que tiene sus estudios en ese lugar. Se trataba en su mayoría, como se comprobaría luego, de partidarios de Hillary Clinton. Las caras iluminadas por una sobrepoblación de pixeles desde los muros de los edificios del lugar iban de la ansiedad al nerviosismo a medida que pasaban las horas. De cuando en cuando alguno miraba otra pantalla, la de su teléfono, para comprobar que lo que venía era una tormenta que nadie esperaba: la proyección del New York Times, por ejemplo, que al principio de la noche le daba a Hillary Clinton más del 80 por ciento de probabilidades de ganar la elección, comenzaba a bajar esa cifra en beneficio de las posibilidades de Donald Trump. Poco después de las nueve de la noche, el Republicano pasaba a la Demócrata y en sólo minutos gozaba de un favoritismo que parecía irremontable, todo con una rapidez que hacía pensar que un bromista estaba jugando con los computadores del diario de referencia del país.

A esas alturas, el nerviosismo en Times Square empezaba a convertirse en estupefacción. De vez en cuando en algún rincón se sentía la agitación provocada por algún grupo de partidarios de Donald Trump que pasaba o se instalaba para burlarse de los que, contra todo pronóstico, iban en camino rápido a la derrota.

En unas horas, Times Square se convertía en punto de distribución y de encuentro entre la euforia de ganadores y desconsuelo de los derrotados. Por ahí pasaron muchos de quienes habían abandonado el Jacob Javits Center, a unas cuadras de ahí, el centro de eventos con techo de cristal que la campaña de Hillary Clinton había escogido para organizar una fiesta que nunca llegó. Y también los partidarios del candidato republicano que habían decidido dejar sus puntos de festejo unas cuadras más arriba por la Sexta Avenida: los ventanales de las oficinas de la cadena Fox News, y las afueras del hotel Hilton donde Trump tenía organizada su “fiesta de la victoria”.

Arrastrando los pies y con la camisa afuera, un personero del Comité Nacional Demócrata avanzaba entre los pocos transeúntes que quedaban cerca de las tres de la madrugada. Pocos momentos antes, a pocas cuadras, el candidato más controversial, agresivo y divisivo del que tenga recuerdo la política norteamericana había pronunciado un conciliador discurso en su calidad de presidente electo.

En unas horas amanecería y vendría la resaca. En los medios, venía de la mano de una pregunta embarazada de autocrítica: ¿Por qué nadie lo vio venir? ¿Por qué cada modelo predictivo, que combinaba encuestas con datos demográficos, antecedentes electorales y otras variable, falló tan categóricamente? Más importante aún: ¿qué significaba que un candidato que cargó su retórica de campaña de racismo, intolerancia, xenofobia, misoginia, matonaje y violencia ganara la elección?

La verborrea analítica en los medios haría una pausa para escuchar a Hillary Clinton llamar a la unidad y a darle una oportunidad al nuevo presidente, y luego al propio Barack Obama destacar que el respeto y la transición ordenada era una de las marcas características de la democracia estadounidense.

Pero ese día que estaba por llegar también daría una pista del clima social que vendría para un país que hacía 8 años se felicitaba por haber elegido por primera vez a un afroamericano que había transformado la palabra “esperanza” en un eslogan de campaña.

Ahora que la realidad de haber elegido a un hombre que nunca fue categórico para rechazar el apoyo del Ku Klux Klan comenzaba a hacerse tan inevitable como el amanecer, miles de personas comenzaban a cultivar un resentimiento que los llevaría, al final de ese día que comenzaba en la sorpresa de la derrota, a gritar a las calles. La frustración se transformaría en rabia y la rabia se transformaría en marcha. El punto de partida sería Union Square, en la calle 14, y el de llegada no podía ser otro que la Torre Trump en la Quinta Avenida con la calle 57, un edificio negro de grandes puertas doradas donde vive el presidente electo. Lo mismo pasaría en otras ciudades del país. Las manifestaciones se repetirían al día siguiente. ¿Qué buscaban? Dependía de a quién le preguntara uno. Unos dirían que el colegio electoral -que se reúne el 19 de diciembre para formalmente “votar” por el presidente- debía rechazar a Trump (algo imposible). Otros destacarían el dato de que en cuanto a voto popular la candidata demócrata había sumado más que el republicano- que debía reformarse el sistema de elecciones para que algo así no se repitiera. Otros querían simplemente que el mundo se diera cuenta de su tristeza, frustración, rabia y preocupación por la elección que había hecho su país.

Ese 9 de noviembre, y los siguientes, en las redes sociales se sumarían denuncias de incidentes, de agresiones a inmigrantes. Musulmanes golpeados o acosados, hispanos agredidos verbalmente tras hablar en español, o la mujer a la que un alterado individuo le dijo “llévate a tu retardado ser lejos de acá; esto es América”, después de haberla visto conversado con señas con una amiga sorda a través de internet, en un café. Serían algunos de los indicios que llevarían a temer que, no importa cómo se comporte el nuevo presidente, su triunfo significó para algunos de sus partidarios la legitimación de un discurso y un modo de acción violento y excluyente. La frase “This is America” se transformaría en un eslogan de odio.

Toda esta historia tomaba lugar, por supuesto, lejos del corazón geográfico del país, lejos de ese país, ese mundo, que eligió como presidente a Donald Trump. Porque esa sería una de las recriminaciones y autocríticas de muchos en los medios: que no estaban mirando bien al resto del país, que no estaban entendiendo el electorado que existía, invisible, gritando al gobierno su frustración.

Estas escenas de derrota, frustración y rabia sucedían, en resumen, en otro país, en otro mundo, más lejano que nunca de ese mundo que resultó ser más poderoso ahí donde vale: en el sistema democrático.

Fue en este lado de los “estados desunidos” de América donde las palabras del presidente Obama el 8 de noviembre parecían, en el amanecer del día siguiente, como una cruel ironía. Porque sol nunca “salió” el miércoles. Estuvo nublado todo el día.
Y luego llovió.

*Francisco Aravena es periodista, conductor de Hay algo allá afuera de T13 Radio.

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