Mi rincón verde: Ana Silva

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Mi rincón verde: Ana Silva

Por Victoria Misito / Fotografía Valentina Bird

“Yo soy un rincón verde. No tengo uno, sino miles. Cada espacio de mi casa está ocupado por una planta o algo relacionado a la naturaleza. En total debo tener unas 600, pero no siempre fue así. Esto comenzó hace dos años, luego de que mi papá padeciera una enfermedad que casi lo mata. Él sí es un experto.  A lo largo de su carrera como agrónomo ha publicado importantes libros sobre el tema y su nombre es bastante conocido en el rubro. Mis recuerdos de la infancia son totalmente asociados a su fascinación con ellas. Eran más importantes que cualquier otro elemento de la casa y tenía miles por todos lados.

El año pasado se enfermó y lo traje a mi casa con la idea de que muriera en paz. Durante su tratamiento, que después fue dando paso a una recuperación, lo motivé a volver a poner sus manos en la tierra. Eso lo salvó. Vi cómo las plantas lo revivieron. Mi casa pasó a ser su centro de operaciones durante un año y medio, y ahí sembró varias especies. Me acuerdo que tenía el jardín colapsado. También, junto a mi hija Isabel, reeditamos un libro muy famoso que publicó hace años atrás sobre los jardines del Parque del Recuerdo, que fueron creados por él. Eso lo hizo florecer y le dio el impulso para reencontrarse con la naturaleza.

Hace un mes que volvió a su casa en Curacaví, y a mí me quedó fascinando su trabajo. Y ahora me dedico gran parte del día a cuidar las plantas que, en gran medida, él me dejó. Las siembro, riego y limpio. Creo que era algo que estaba en mi ADN. Siempre me han encantado, pero ahora les agradezco a las plantas por salvarlo. Estoy segura que ellas están felices con eso. A mí, por ejemplo, los cactus no me pinchan. Y eso es solo por el amor que nos tenemos. Cada vez que viene mi jardinero lo tengo que ayudar porque o sino a él lo pican. “Con sus plantas no me meto”, me dice.

Para mí esto es un sinónimo de vida. Me transmiten energía. Cuando el Pata de vaca que tengo en la entrada está florecido, me levanto todos los días en la madrugada a oler el aroma que tiran sus flores, porque solo en ese minuto del día se puede sentir. Es terapéutico.

Otra cosa que me gusta es rehabilitarlas. Mi papá siempre me dice que las mejores plantas son las robadas. Así que cada vez que puedo sacar alguna, lo hago. Ahora me fui al chancho porque tengo demasiadas. No me sé ningún nombre, aunque mi papá marcó cada una con un palito de helado para que me los aprendiera”.

Ana Silva tiene 58 años y se dedica al cuidado de sus 8 hijos. Su padre es el agrónomo y paisajista Raúl Silva.

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