“Como hay gente que necesita ir a terapia, yo necesito meter mis manos en la tierra”. Mi rincón verde: Carla Castro

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“Como hay gente que necesita ir a terapia, yo necesito meter mis manos en la tierra”. Mi rincón verde: Carla Castro

Por Victoria Misito / Fotografías Constanza Miranda

“Tengo un recorrido bastante amplio sobre lo que ha sido mi conexión con la naturaleza y me gusta dividirlo en etapas. La primera persona que sembró una pizca de verde en mí fue mi bisabuelo Agustín. Él vivía en un campo en Talca y me acuerdo que cada vez que íbamos a visitarlo junto a mi mamá y hermana, nos hacía un recorrido por su frondoso jardín. Para mí él era como el ‘loco de las plantas’ porque le fascinaba todo ese rubro y era alucinante escucharlo. Sabía de todo, era como una pequeña enciclopedia. Sus plantas eran su vida y no tenía problema en reconocerlo. De hecho, una de las cosas más divertidas que recuerdo de esa época, es que en todas las fotos que él nos tomó durante esos paseos aparecemos nosotras borrosas atrás, ya que sus flores debían ser las protagonistas. Pese a que murió cuando yo todavía era una niña, sufrí mucho con su partida.

Cuando cumplí 21 años vino otro proceso de mi vida que me hizo conectar mucho más con la naturaleza. En esa época, me encontraba un poco desilusionada de la humanidad y necesitaba sanarme de las constantes infecciones urinarias que me daban. Por lo que contacté a la lawentuchefe mapuche María Quiñelén, quien me enseñó todo sobre las plantas y hierbas medicinales. Recuerdo que la primera frase que dijo cuando entré a su taller fue: “La margarita nunca se va a disfrazar de rosa” y eso me hizo darme cuenta de los reales y auténticas que pueden ser las plantas. De a poco, me fui interiorizando con ellas y hoy terminaron por convertirse en mi refugio.

Para mí las plantas son el medio que necesito para conectarse conmigo misma. Me ayudan a estar en el presente y no colapsar en algunas situaciones. Si estoy mal, inmediatamente me acerco a ellas para sentir su calma. Son como mi escapatoria y cobijo. Como hay gente que necesita ir a terapia, yo necesito meter mis manos en la tierra. Una de las cosas que más me llama la atención de ellas es que, pese a que sean un ser ‘estático’, igual se comunican, respiran, sienten. Y nunca me deja de impresionar el ver una planta nacer de la nada, entre dos bloques de cemento, por ejemplo. Yo pienso que si la humanidad se llega a extinguir, lo verde igual logrará salir a flote. Son muy poderosas.

 

La primera vez que fui testigo de los efectos positivos que entregan las plantas en abundancia fue cuando me fui a vivir con varios amigos. Una de mis roomate coleccionaba suculentas y tenía miles en el jardín. Ella me enseñó cómo cuidarlas y eso me hizo consciente del amor que necesitan. Cuando quedé embarazada, me fui a vivir con mi pareja a un departamento súper chiquitito y decidí llenarlo de verde. Quería que mi hijo creciera en un ambiente cálido y acogedor. Y creo que sirvió un montón porque ahora él, que tiene tres años, respeta mucho la naturaleza. Saluda a todas las plantas y entiende perfecto que merecen respeto. Quizás también influyó haberlo parido en ese espacio, ya que apenas abrió sus ojos, se encontró con una mini selva.

Hace unos meses llegamos a esta casa, que es mucho más grande que el espacio donde vivíamos antes, y creé mi nuevo rincón verde. Uno que es aún más frondoso que el anterior. Nunca las he contado bien, pero estoy segura que debe haber más de cien plantas distribuidas entre el living y el jardín. Igual siento que ya llegué a un tope. Me encantaría tener más, pero también sé que es una responsabilidad y quiero prestarles a todas la atención que necesitan. Aunque reconozco que feliz tendría en mi pieza también, pero le llega muy poca luz y no les podría hacer eso.

Al principio era muy metódica para cuidarlas, pero ahora se me hace tan natural, que no tengo ninguna rutina. Creo que lo más importante es observarlas, interpretarlas y actuar desde la intuición. Lo que sí trato de hacer siempre es sacarlas una vez por semana al jardín para regarlas y que tomen sol. También me encanta hablarles, cantarles y bailarles. Soy súper ñoña para eso igual. Es que no hay nada que me ponga más contenta que ver que están brotando flores y hojas nuevas, así que hago de todo para lograrlo.

Mi planta favorita es la Monstera. Esa fue la primera que compré para recibir a mi hijo y la elegí porque encuentro que es muy poderosa. Como no sabía que iba a tener tantas, me quise ir a la segura con ella y así sentir que mi departamento tenía algo selvático. Quién iba a pensar que mi amor por ellas terminó por habitar casi todos los espacios”.

Carla Castro tiene 30 años y hace talleres de macramé. Su trabajo está disponible en @filodendro_

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