“Mi huerta me sanó”. Mi rincón verde: Michelle de Rurange

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“Mi huerta me sanó”. Mi rincón verde: Michelle de Rurange

Por Victoria Misito / Fotografía Constanza Miranda

“A mí mi rincón verde me salvó la vida. Hace cuatro años era otra persona. Llevaba una vida muy agitada, con un horario recargado de trabajo y encerrada en una oficina. Sentía que me estaba enfermando pero durante mucho tiempo no le hice caso a mi cuerpo. Comía chatarra de lunes a domingo, fumaba una cajetilla diaria y tomaba diez pastillas al día. Sufría problemas a la tiroides, colon irritable, depresión, dolores de cabeza. Y sin darme cuenta, empecé a destruirme a mí misma.

Cuando llegamos a esta casa con Tomás, mi marido, me propuse hacer mi propia huerta. Sabía bien poco sobre el tema, pero estaba tan convencida en hacer un cambio, que me quise arriesgar igual. Apenas pusimos un pie en el espacio donde está ubicada, supimos que era el lugar. En ese momento estaba lleno de escombros y era un terreno muerto, sin embargo, de a poco, fuimos armándola. Inevitablemente, y de forma muy orgánica, me tuve que detener y adecuarme a los tiempos de la naturaleza. Tiempos que son muchos más pausados y que requieren de bastante paciencia y observación. Y cuando empecé a trabajar en ella, sentí una conexión tan fuerte conmigo misma, que terminó por convertirse en mi mejor panorama.

Durante un año seguí con mi trabajo de oficina. Sufría porque no quería estar más tiempo encerrada y porque sentía que no estaba haciendo nada que realmente valiera la pena. Para mí, mi mundo tenía sentido cuando metía las manos en la tierra y cultivaba mi huerta. En ese espacio ganaba tiempo, no lo desperdiciaba. Estaba tan fascinada con todo lo que estaba pasando en mi casa, que mi cabeza no podía concentrarse en nada más. Tomás, quién ha sido un pilar súper importante para que esto funcione, me dio el empujón que necesitaba para hacer el cambio. El 1 de abril del 2015 agarré mis cosas, renuncié y partí a la peluquería a cortarme el pelo bien cortito. Necesitaba comenzar de cero y resetear mi alma. Empecé un proceso de auto sanación y nos replanteamos el tipo de vida que queríamos para nosotros. Juntos empezamos a hacer talleres de huerta y a ver esto como un proyecto familiar.

Han pasado tres años desde que tomé la decisión y no puedo estar más feliz y orgullosa de haberlo hecho. Fue un proceso lento. Mi huerta me permitió sanarme y ahora, aunque suene exagerado, siento que soy otra persona. Es que la naturaleza te entrega la medicina que necesitas. Estoy completamente sana, no dependo de ni un remedio, no fumo y hasta soy vegana. Me pasó que cada vez que comía carne me sentía muy mal. Cuando uno cosecha sus propios alimentos y forma parte de sus procesos, se hace mucho más consciente de la cadena perversa que hay en el mercado. Nosotros no quisimos formar parte de ella, pero tampoco juzgamos al resto. Sabemos que cada uno tiene que vivir sus propios procesos y que no se puede obligar a nadie a adoptar un estilo de vida que no le acomoda.

Para mí cada estación del año es un tesoro. Te muestra colores, aromas y sabores distintos. Y es impresionante como cada época te entrega los nutrientes que el cuerpo necesita. No es casualidad que en el invierno crezcan frutas altas en vitamina C, como como los pomelos, limones, naranjas y kiwis. Y que en el verano sean mucho más hidratantes, como la sandía y el melón. Otra cosa muy linda de cultivar tus propios alimentos es que te das cuenta que muchas cosas que no se venden en el supermercado sirven. Acá yo trato de usar todo para la cocina. La infusión de diente de león sirve para los riñones, la ortiga -además de ser un excelente indicador de que la tierra está fértil- se puede comer en ensaladas y tortillas. Lo mismo ocurre con las hojas de las zanahorias o las betarragas.

En general, tratamos de ser lo más naturales posible. Todos los restos orgánicos los transformo en compos o en hummus. Y los no recomendados, como los cítricos, los transformo en pociones mágicas para limpiar la casa. Junto todas las cáscaras, las meto en un vidrio con vinagre de manzana y las dejo macerando por tres semanas. Luego lo cuelo y lo uso para los vidrios, baños y pisos. Este espacio también tiene una chimenea, la cual nunca quisimos ocupar, hasta que descubrimos un sistema llamado Filtro Vivo que ayuda a las plantas. Cada vez que le encendemos, se prende un motor ecológico de bajo consumo que absorbe el humo, lo enfría y lo lleva a un tótem que las alimenta con CO2.

Aquí casi no hago control de plagas ya que, al ser una huerta orgánica, no tiene nada de químicos. Para poder lograrlo se necesitan tres tipos de cosas: las hortalizas, que son las plantas que se cosecharán; flores que ayudarán a traer polinizadores y hierbas aromáticas que van a ayudar a repelar las plagas o se sacrificarán para que no les llegue a las frutas y verduras.

Trato de estar la mayor parte del tiempo en mi rincón verde. Me despierto a las seis de la mañana y a las nueve ya estoy acá. Veo qué está listo para cosechar e intento cocinarlo de inmediato para no perder sus nutrientes. Hay que tener mucho ojo con eso. Entre más horas pasan, más muerta está la planta, y por consecuencias, aporta menos propiedades al organismo. En las tarde me gusta instalarme a leer y a escuchar música. Es increíble la paz que se siente estando aquí y también pasa algo increíble: este es el único lugar de mi casa donde puedo sentir todo lo que está pasando a mí alrededor. Los pajaritos cantando, el sonido del agua y su goteo, los autos de la carretera.

Me encantaría tener todo tipo de frutas y verduras en mi huerta, pero prefiero ir por etapas. Cada vez voy sumando más cultivos y explorando más, en la medida en que yo también me sienta capaz. La idea de esto es que solo aporte beneficios y que no se trate de una carga más. Una vez escuché que basta con mirar el jardín de una persona para saber cómo está, y al ver lo frondoso del mío puedo asegurar que estoy sana y feliz”.

Michelle tiene 40 años y es la creadora de Chile Huerta.

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