“Spring cleaning” en la época del “mamá cómprame”

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“Spring cleaning” en la época del “mamá cómprame”

Por María José Buttazzoni / Ilustración: Holly Jolley

Qué manera de acumular cosas cuando uno tiene niños. Las casas se rebalsan de ropa que va quedando chica, de juguetes buenos y juguetes inservibles. Los juguetes de la tina, zapatos viejos, velas de cumpleaños pasados y cosas que da pena botar o regalar. Trabajos hechos por los niños, regalos, cachureos, chimuchinas, y harta tonterita china, producto de las sorpresas de cumpleaños, o de la maldad hacia las mamás y papás de parte de farmacias y supermercados, que ponen esta serie de productos a la altura de los niños, para que cuando uno está pagando y quiere salir corriendo de ahí empiece el “mamá cómprame” y la pataleta o llanto de rigor al decirles que no.

Esta acumulación de cosas, a mi parecer, va produciendo interferencia. Complica el día a día, lo hace torpe. Y estorba en las relaciones. ¿Cuántas veces nos pasa que vemos a niños tapados de juguetes y no juegan con ellos? ¿Es necesario que un niño reciba 25 regalos para su cumpleaños? ¿Qué efecto tiene comprar y comprar y acumular cosas?

En nuestra sociedad, que progresa y se revoluciona a la velocidad del rayo, los niños comienzan a ser parte del consumo a más temprana edad que hace 20 años. Constantemente están expuestos a un sin fin de publicidad y son víctimas del marketing y sus estrategias y mensajes. Es casi imposible que un niño no quiera el juguete que está de moda. Pero debido a la constante exposición a los medios como televisión, pantallas y feroces y poco ecológicos catálogos de juguetes que llegan a la casa, ese juguete de moda, pasa a estar obsoleto en tiempo récord. El uso que el niño le da es muy corto, y ya quiere el siguiente, con las misma ganas e ímpetu que quería el anterior. Así comienza de nuevo la campaña del “mamá me puedes comprar”, “mamá, todos mis compañeros lo tienen” y diferentes frases de convencimiento, de las que por cierto yo era la reina de chica, pero existía un NO rotundo y había que acatar.

Siento que los padres estamos un poco más entrampados, más culposos, por lo tanto, tendemos a ceder y caer en este círculo de consumismo para no convertirnos en el enemigo de nuestros hijos. Y sobre todo porque el marketing ya no se dirige a los adultos, sino que el target son los niños. Esta redirección ha sido muy exitosa a nivel mundial, aprovechándose de su inocencia, ingenuidad y de su intensa necesidad por querer algo. Y se sabe que es algo dañino. Suecia prohibió en 1991 todo tipo de publicidad dirigida a niños durante los programas infantiles, debido a que un menor de 10 años no es capaz de diferenciar entre un programa y un comercial. Y no son capaces de entender el propósito de éste hasta los 12 años. En un estudio de la Asociación Americana de Psicología, se demostró que un niño menor de 8 no puede comprender críticamente la publicidad en la televisión, y están predispuestos a aceptar estos mensajes como verdades absolutas. Lo que se traduce en una manipulación de conciencia de un niño y de su visión del mundo. Ahora somos los padres los que estamos al medio de esta relación, interponiéndonos entre el niño y el producto del deseo. El resultado de esta nueva dinámica de consumo es que tenemos más niños sufriendo problemas de autoestima y con sensación de insatisfacción constante. Nada los llena. Sienten que lo que tienen nunca será suficiente.

Por lo mismo, cae en nuestras manos la responsabilidad de educar a los hijos sobre marketing y publicidad. Debemos ayudarles a entender que la meta principal de una marca es hacer que uno compre lo que ellos venden, que generalmente es algo que no necesitan y que ni siquiera sabían que querían hasta que vieron el comercial. Podemos explicarles que la publicidad es uno de los mejores negocios del mundo y que hay gente dedicada a inventar cómo hacer para que un niño quiera el juguete de moda. También podemos ayudarlos a procesar sus sentimientos de pertenencia a un grupo en torno a ser el “cool” y a tener el juguete de moda. Podemos preguntarles si alguna vez se sienten mal por no tener ese objeto. O si creen que sus pares los van a querer más si es que tuvieran el juguete. Con niños más grandes podemos conversar sobre los efectos del consumo masivo en el mundo y de cómo afecta el planeta.

Como plan familiar de descongestión del hogar podemos hacer “Spring cleaning”, término en inglés para referirse a limpieza primaveral. Cuando pasa el invierno empezamos a abrir las ventanas, a ventilar la casa, a guardar parcas y chaquetas para recibir nuevos aires. Esta limpieza consiste en botar todo lo que ya no sirva, eliminar todo lo que pueda estar entorpeciendo nuestras vidas. Lo que no usamos y que está ahí porque ahí quedó. Podemos revisar clósets y regalar lo que no usamos y está en buen estado, para que otra persona pueda darle un mejor uso.

Y con los niños, podemos revisar sus juguetes y que ellos vayan tomando una decisión consciente de las cosas que ya no usan para desprenderse de ellas. Podemos aprovechar esta instancia para conversar del consumo y de cómo muchos de los juguetes que tienen apenas fueron usados y no eran necesarios. Y un plan aún más extremo, es que, para el cumpleaños de un niño, en el que reciben 25 regalos, los hagamos pensar sobre esto, sobre si realmente necesitan esa cantidad de cosas y elegir quizás sólo 10 regalos. El resto donarlos a un hogar de niños.

Debemos instaurar en nuestras familias el valor de las relaciones y no de las cosas. Tratemos de gastar tiempo en nuestros niños y no de gastar más plata en ellos, en cosas no fundamentales como el cachivache de turno. Así estaremos invirtiendo en mejor salud mental, mejor autoestima y menos depresión y ansiedad.

A abrir las ventanas, ventilar y deshacerse de todo lo material que pueda estar haciendo interferencia en nuestras relaciones con nuestras personas favoritas.

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