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11 septiembre, 2017
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Suicidio: respuestas insuficientes

Por Jorge Barros B., médico siquiatra, profesor asociado del Departamento de Siquiatría, Facultad de Medicina, PUC.


El mariscal Rommel se suicidó, Marilyn Monroe (suponemos) también. Ellos decidieron poner fin a su vida, tal como lo hizo María Callas, bajo circunstancias y biografías muy distintas. Destinos comunes para existencias enteramente diferentes.

No se puede entender la vida de alguien desde el lugar al cual llegó.

El suicidio es una conducta altamente compleja, es decir, una conducta en la que concurren muchos factores. Iba a escribir “un sinnúmero de factores”, pero este término solo es justo de manera parcial. Es correcto pues, efectivamente, son innumerables los factores, protectores o determinantes, involucrados en él. Pero es también incorrecto, pues quien lleva a cabo una conducta suicida actúa movido por una limitada constelación de circunstancias personales. Si bien la acción, o el resultado de la acción, es similar, lo que la incita es individual, particular.

Si tuviese que escoger cuál es la reacción más común al enterarnos de un suicidio, diría que es la perplejidad. Es posible que haya pocas acciones humanas que hayan generado tantas preguntas como esta. Desde la Antigüedad hasta nuestros días, muchos intelectuales, muchos filósofos y teólogos se han planteado las preguntas necesarias para intentar comprender la decisión de quienes acaban con su vida. Un escritor del siglo pasado, con celebridad, advirtió que el único problema importante para la filosofía era el suicidio. La voluntad por comprenderlo se mantiene, como se mantiene también nuestra ignorancia.

Desde mediados del siglo XIX, la sociología, la sicología y la medicina han abordado el problema usando estrategias muy sofisticadas para explicar esta conducta que, para todos, pareciera ser “evitable”. Son muchos los estudios de investigación que, con el fin de predecirla y prevenirla, han intentado precisar cuál o cuáles serían los hechos que la explican. El resultado de todo este trabajo sistemático, llevado a cabo por distintos grupos de investigación de países muy diversos, es, a la vez, desalentador y alarmante. Hasta hoy no existe manera de predecir la conducta suicida, aun en quienes -por estar sufriendo una enfermedad siquiátrica- tienen mayor riesgo que la población general. Un buen ejemplo de ello es el, quizás, más evidente predictor de suicidio: haber realizado un intento alguna vez en la vida. Este es uno de los factores que mejor predice el que alguien fallecerá, alguna vez, por esa causa. Sin embargo, solo 9 de cada 100 sujetos que alguna vez lo intentaron, mueren suicidados. En otras palabras, este factor de riesgo es de cierta utilidad, pero tiene baja especificidad. Quienes alguna vez intentaron matarse, muy probablemente morirán por otra causa.

Todo ello no sería tan alarmante si el suicidio fuese una rareza, una conducta tan infrecuente que resultara, para algunos ojos, algo así como un hecho irrelevante. Pero no es así. En Chile la tasa de suicidio ha aumentado durante los últimos años. En comparación con las décadas precedentes, hoy hay una proporción mayor de personas que se suicidan. El dato es importante, sobre todo si consideramos que el aumento ha ocurrido a expensas de sujetos más jóvenes. Todos los años se quitan la vida cerca de 1600 personas en nuestro país. El problema no termina allí: por cada persona que se suicida, habrá cerca de 20 o 30 que lo intenten. Es decir, todos los días se suicidan 4 o 5 personas y cada día habrá más de 80 intentos. Es probable que mientras usted leía este artículo, en alguna parte de Chile ocurriera alguno de ambos, o ambos eventos.

Debe sorprendernos, pero así es la realidad, que la sicología y la siquiatría no hayan podido vencer este problema, pese a todo el esfuerzo, el enorme trabajo desplegado y los tremendos y significativos logros que ha podido atesorar la medicina, durante este último siglo. No, frente al suicidio estamos —hay que reconocerlo— ante un problema de una magnitud y complejidad tal, que no debemos encararlo con la pretensión de haberlo resuelto. Si nuestra primera reacción suele ser la perplejidad, la actitud que debería suceder a esa primera impresión es el respeto.

La historia, dicen, la escriben los vencedores. Esa frase insinúa un cierto desdén natural por la realidad y sus complejidades, que suele ser propio de la suerte de los vencedores. Para ellos todo lo ocurrido se explica por sus resultados; por ese factor ordenador que es el fin. Al parecer, el final nos permitiría entender todo lo que ocurrió como si hubiese estado pensado, dirigido, hacia allá. El fin resulta ser un modo de reconstruir el pasado que nos parece, entonces, por completo congruente con todo lo que ocurrió anteriormente.

Pero sabemos bien que la vida es mucho más complicada, que suele contener alternativas, innumerables alternativas, que podrían haber tenido desenlaces muy distintos.

Estoy describiendo nuestra voluntad por dar con una explicación sobre aquello que ignoramos, sobre todo cuando nos sentimos apremiados por tener una explicación, como sucede con la muerte de alguien, en particular si se trata de un suicidio.

Toda muerte exige explicaciones, toda muerte nos obliga a encontrar una causa. No es raro, entonces, que comencemos a buscar para todo suicidio su correspondiente explicación: una ruptura sentimental, una dificultad social, una desavenencia familiar o con personas cercanas, en fin, cualquier motivo que alivie nuestras conciencias y calme nuestra intención por explicarnos lo inexplicable. Cuando en nuestra familia, entre nuestros cercanos, hemos sido afectados por un suicidio, es razonable situarnos ante el dolor con una explicación que nos permita mitigarlo. No solo eso: es lo que debemos hacer.

Pero no deberíamos esperar esta actitud en quienes se encuentran en una situación de más distancia afectiva. Quienes detentan cargos públicos, representando poderes o instituciones, deberían intentar mantener respeto ante un acontecimiento humano tan doloroso y misterioso. En ellos tiene que prevalecer la voluntad de no trazar explicaciones que siempre serán insuficientes, y ocasionalmente también ofensivas para quienes así acaban con sus vidas, y para quienes -azarosa o circunstancialmente- podrían haber estado involucrados en el proceso.

Además, esas explicaciones suelen impedir la búsqueda de otras mejores; al creer que contamos con una explicación, ya no tenemos necesidad de encontrar una respuesta más apropiada y verdadera.

Es muy escasa, escasísima, la investigación que estamos realizando en Chile para lograr comprender este modo tan triste de morir. Pese a ser un asunto muy serio, la actitud de indiferencia y pasividad ha sido enorme. Se requiere aunar voluntades, públicas y privadas, para abordar este problema humano, cotidiano y transversal, de un modo más inteligente, optimista y ambicioso. Nada más destructivo para este propósito que sentirnos satisfechos con explicaciones insuficientes, insatisfactorias, inspiradas por pereza y descuido intelectual. Para encarar el problema del suicidio hay que desplegar toda nuestra inteligencia y voluntad, para lograr disminuir, en alguna medida, la incidencia de una conducta que a todos nos golpea con dureza.

Tomar este problema como comunidad y estar dispuestos a escuchar al que tenemos cerca, a hablar de lo que es emocionalmente doloroso, aceptando que el sufrimiento también es parte de nuestra existencia —y no solo el logro, la alegría o el éxito— es un modo de enfrentar lo que ignoramos sin eludir hacer lo que sabemos.

En varias ocasiones, la Organización Mundial de la Salud ha expresado su intención de conseguir disminuir la incidencia de este problema. Son muchos los países que han tomado iniciativas para cumplir con ese propósito. Nosotros hemos estado investigando y llevando a cabo actividades educativas en diversos lugares de Chile. Una labor particularmente relevante en nuestro medio es la que realiza el doctor Tomás Baader (ver la entrevista que le hizo Paula en 2016) en la Región de los Ríos, buscando adaptar a Chile la nueva y exitosa estrategia de prevención desarrollada en Europa.

Colaboración de Susana Morales, doctora en Sicología.
Ümit Bulut / Unsplash

 

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