“Todos los años mi papá despejaba un camino en la nieve de casi un kilómetro de largo para unir nuestra casa con el colegio”. La casa en que crecí: Ximena González.

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“Todos los años mi papá despejaba un camino en la nieve de casi un kilómetro de largo para unir nuestra casa con el colegio”. La casa en que crecí: Ximena González.

Por Consuelo Lomas

“La casa en la que crecí estaba en un pueblo pequeño a las orillas del Lago General Carrera llamado Puerto Sánchez. En esa época era difícil vivir en un lugar así porque estábamos muy aislados del resto del país. Creo que por eso con mi familia nos integramos muy bien a la comunidad y recuerdo que muchas de las actividades que se hacían en ese lugar eran grupales, todo era compartido. Si había un cumpleaños, todos estaban invitados. Si se organizaba un picnic o una celebración, todo el pueblo iba. Cuando se hacían paseos, caminábamos juntos en una especie de peregrinación hacia las afueras del pueblo. Me acuerdo que había un tractor antiguo en el que íbamos los niños y la comida, mientras los adultos nos seguían a pie. Otra de las actividades que hacíamos era ver películas en el cine comunitario, que más que un cine, era el bar del pueblo. Íbamos todos los días domingo, y cada uno tenía que llevar su propia silla desde la casa o sentarse en el suelo.

Durante el día los fines de semana, mis hermanas y yo, desde muy chicas, salíamos con mi papá a recorrer los bosques. Además, hacíamos muchos paseos en bote a las Islas Panichini en el Lago General Carrera, donde están las catedrales de mármol. En esa época no las llamábamos con ese nombre, pero las conocíamos perfecto porque las recorrimos muchas veces con mi familia.

Nuestra casa era de concreto, blanca y estaba a la orilla de río, en una especie de pequeña parcela. La construcción era bastante grande, incluso para nosotros que éramos cinco. Estaba construida en forma de ele y tenía dos comedores, un living y varias habitaciones. La cocina también era muy amplia, y tenía una despensa enorme que era realmente era una pieza donde se guardaban las provisiones de todo el año. Todo se almacenaba en sacos y en grandes cantidades, porque la mayoría de la mercadería que recibíamos llegaba de Argentina o a través de vendedores ambulantes. A pesar de que habían muchas habitaciones, mi hermana del medio y yo compartíamos una pieza. Éramos súper desordenadas y siempre estábamos llenas de tierra porque nos gustaba mucho jugar afuera o cerca del río. Mi infancia fue muy especial, porque teníamos animales y mucho espacio para jugar. Recuerdo que tuvimos una vaca, caballos, patos, gansos y conejos, además de un palomar lleno de palomas mensajeras de color blanco. Para mí poder convivir con todos esos animales en ese entorno tan natural era como vivir en un cuento. A las diez de la noche se cortaba la luz y quedábamos a oscuras.

El invierno era muy crudo. Todos los años mi papá despejaba un camino en la nieve de casi un kilómetro de largo para unir nuestra casa con el colegio, que estaba enfrente, para que así mis hermanas pudieran ir a clases. Como yo era la menor, me quedaba mirándolas por la ventana cuando se iban. Recuerdo que sólo se podían ver los pompones de los gorros de lana alejarse en medio de la nieve que lo cubría todo. En el ante jardín de nuestra casa habían dos arcos de madera que en primavera se llenaban de flores porque los cubría una enredadera. En el mismo sitio en el que estaba nuestra casa había otra más pequeña, pero muy moderna, donde cada cierto tiempo  se alojaban geólogos e ingenieros de todas partes del mundo que venían a hacer proyectos o investigaciones a la zona.

Era un lugar tan aislado, que no teníamos hospital ni servicios médicos. Por eso, una vez cada tres meses llegaba un dentista y un doctor para hacernos un chequeo a todos los habitantes del pueblo. Si alguien se enfermaba o si ocurría un accidente en el intertanto, la única atención que podías recibir era de una practicante de enfermería. Recuerdo que en varias oportunidades mi papá, que trabajaba en la mina de cobre, tuvo que hacer las veces de su asistente y ayudarla a suturar alguna herida. Todo era así, casi salvaje. Había que ser muy aventurero para vivir allá en esos años.

El día que nos fuimos de Puerto Sánchez fue muy triste. Recuerdo que pasamos casa por casa despidiéndonos de todos los vecinos del pueblo. En esos años era poca la gente de fuera que llegaba a vivir allí porque significaba realmente aislarse del resto del país, de la familia y de los amigos por un tiempo largo, ya que no existían las facilidades que tenemos hoy para comunicarnos. Llegar a un lugar como Puerto Sánchez era una travesía. Y salir de ahí, también lo fue: desde el puerto, que era muy pequeño, nos embarcamos en un bote que nos llevó a Chile Chico. Desde ahí viajamos por tierra hasta Coyhaique, donde solamente existía un avión hacia Puerto Montt. Recién ahí podías embarcarte a tu destino. El nuestro fue Punta Arenas”.

Ximena (57) es diseñadora y mamá de cuatro hijos. Se crió en el sur, pero vive en La Serena hace más de 30 años donde tiene su propio emprendimiento de tortas.

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