Tolerar las frustraciones

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Tolerar las frustraciones

Por María José Buttazzoni / Ilustración: Holly Jolley

La capacidad de tolerar las frustraciones es una habilidad para poder sortear y superar obstáculos o eventos estresantes. Y aunque esto se enseña, se entrena y se aprende, a diario vemos a padres y madres que no toleran ver a sus niños tristes o decepcionados y que ceden a lo que el niño o la niña quieren ante el primer llanto. Quizás creen, de muy buena fe, que la felicidad de sus hijos significa que tienen que obtener todo lo que quieren y que ser feliz significa nunca llorar, nunca frustrarse, nunca tener conflictos. Pero es todo lo contrario. Y les estamos haciendo un escuálido favor al no enseñarles a enfrentarse a los conflictos, a solucionarlos y también a frustrarse.

Pensemos en nuestra vida, en nuestro trabajo y en el día a día. ¿Cuántas veces no obtenemos lo que queremos, no logramos lo que nos habíamos propuesto o no recibimos algo que creíamos merecer? Si un niño en la seguridad de su familia -que es el lugar donde aprendemos las primeras normas y funcionamientos sociales- nunca ensaya frustrarse para aprender a auto regularse, de adulto no va a tener las herramientas para enfrentar las grandes frustraciones que la vida le va a poner por delante. Al no saber cómo lidiar con ellas, tarde o temprano eso se traducirá en altos niveles de ansiedad. Como de niño se acostumbró a siempre tener lo que quería, de adulto será incomprensible no poder obtener algo.

Muchos papás y mamás parecieran tenerle miedo a decirle que no a un hijo o hija. Quizás prefieren evitar el conflicto, la pataleta y el llanto. Pero lo que realmente lograremos con esto es privarlos de herramientas y habilidades fundamentales para la vida. Esto se entrena, se enseña y se aprende. ¿Cómo se hace? Desde las primeras interacciones que tenemos con nuestro hijo. Por ejemplo, a una guagua de 12 meses le resulta totalmente atractivo jugar con un vaso de vidrio, algo que a los adultos nos resulta peligroso y que nos llevará a quitárselo. Inevitablemente la guagua va a llorar a gritos, lo que no hace que le vayamos a devolver el vaso, pero sí podemos contenerla y explicarle que entendemos que sienta rabia, que el vaso era muy entretenido, pero que es peligroso. A cambio podemos pasarle algún juguete que llame su atención. Probablemente siga queriendo el vaso, y llorará mucho, pero tendrá que empezar a auto-regularse ya que no va a obtener el vaso de vidrio. Si cedemos frente al llanto, que de seguro es con lágrimas de cocodrilo, la guagua aprende de inmediato que consigue lo que quiere con una gran pataleta. Otro ejemplo: una niña de 5 años quiere ponerse traje de baño y chalitas en pleno invierno. Sabemos que no es la ropa adecuada para el frío, pero ella decidió que esa es la tenida perfecta y no quiere ponerse nada más. Tratamos de vestirla, de ponerle chaleco y la pataleta se hace insostenible. Ceder es bastante tentador, o negociar que adentro de la casa puede quedarse en traje de baño, para que no se enoje tanto. Pero no es el ideal. Esa frustración es importante vivirla. Puede que se enoje un rato largo, pero ese enojo va a pasar y ella desarrollará la capacidad de auto-regulación para así poder tolerar las otras miles de veces que no obtendrá lo que quiere.

Claro está que ninguno quiere ver a sus hijos tristes. Nos nace tratar de evitarles cualquier pena, sufrimiento, o emoción negativa. Pero las reacciones emocionales establecidas durante la infancia son las que formarán el futuro emocional de una persona. Si durante la infancia podemos hacernos cargo de esas emociones negativas, contenerlos y dejar que las experimenten, ensayen y aprendan, les estamos entregando la capacidad de reducir el impacto y los problemas asociados que derivan de estas emociones. El aprender a administrar emociones negativas durante la niñez en un ambiente seguro y protegido como la familia los ayudará a desarrollar una serie de mecanismos de auto regulación y capacidad para lidiar con las situaciones adversas. Las frustraciones son una de las emociones más potentes que pueden afectar la autoestima de un niño, por lo que aprender a tolerarlas en una etapa temprana les permite comenzar a construir las bases de la resiliencia.

Los niños con intolerancia a las frustraciones generalmente presentan síntomas como ansiedad y a veces depresión. Además, presentan reacciones de comportamiento como agresividad, pataletas descontroladas, oposición a las figuras de autoridad, y se resisten a participar de actividades que no tengan recompensa a corto plazo. Tampoco se trata de enseñar esto diseñando situaciones ficticias para que se frustren. Esto no debe forzarse. Simplemente debemos dejar que aparezcan las frustraciones normales de la vida. Por ejemplo, en un juego familiar, en competencias deportivas o jugando con los hermanos, donde siempre alguien va a perder. Cuando la frustración ocurra, podemos acompañar a nuestro hijo sintiendo con él esta emoción que es incómoda. Los podemos ayudar a identificarla, reconocerla y validarla, pero no tratemos de evitar que la sientan.

Tampoco intentemos minimizar su llanto o su sentir, ya que el llanto es algo necesario, es una respuesta positiva y el primer paso para la auto regulación. Y definitivamente, no debemos tratar de hacer algo para compensar esta sensación de fracaso. Si queremos evitarles esas emociones, solo lograremos que nuestros hijos no tengan la posibilidad de trabajar en el desarrollo de habilidades básicas como la paciencia, aceptación, resolución de conflictos y creatividad.

Y es que solo así podrán ser niños más felices y con más herramientas para sortear los momentos difíciles. No le tengan miedo a decir que no, no le tengan miedo a ver a sus hijos llorar y pataletear. Todas esas instancias son momentos cruciales de aprendizaje que deben darse en la infancia, ya que no estaremos al lado de ellos toda la vida, ni en cada paso que den. Enseñarles a tolerar las frustraciones es permitirles desarrollar una buena salud emocional.

María José Buttazzoni es educadora de párvulos y directora del jardín infantil Ombú. Además, es co-autora del libro “Niños, a comer”, junto a la cocinera Sol Fliman, y co-fundadora de Soki, una plataforma que desarrolla cajas de juegos diseñadas para fortalecer el aprendizaje y la conexión emocional entre niños y adultos.

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