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9 noviembre, 2017
orla

Un monstruo en mi cabeza

Este es el testimonio de una joven de 17 años que fue leído por ella esta semana frente a sus compañeros de colegio y que da cuenta de cómo vivió su anorexia.

Foto: Hanny Naibaho


Paula.cl

“Hola, tengo 17 años y estoy en tercero medio. Hoy les vengo a hablar de algo muy personal y que cambió mi vida. Es un tema del que se habla poco porque es fuerte y difícil entender, pero es muy importante conocerlo para prevenirlo o poder detectarlo. Hace dos años, sentada al lado de mi mamá y al frente de mi doctora con cara de preocupación, me anunciaron que tenía un trastorno en la conducta alimentaria. Desde ese día partieron las tardes en la clínica, las peleas con mi mamá, las sesiones con mi sicóloga, el terror a engordar y tantas otras cosas. De un día para otro mi vida dejó de ser la misma de antes.

En el colegio nos hablan de los trastornos alimentarios, en las clases de Educación Física teórica si mal no recuerdo. Y no se habla más del tema. Nos muestran la típica foto de una niña a la que se le ven todos los huesos, y que al mirarse al espejo se ve obesa. Eso es todo. Y yo siempre pensé que la anorexia era solo eso, alguien que se siente gorda pero que en realidad está muy, muy flaca. Pero todo es muy diferente, y sabiendo solo lo que el colegio nos había dicho, nunca hubiese terminado en el doctor. Entonces, ¿Cómo llegue a la clínica?: fue un familiar.

Yo sabía que esta familiar estaba teniendo problemas con la comida, así que un día me senté con ella y hablamos al respecto. Empezó a contarme que estaba comiendo muy poco, que estaba todo el día preocupada de las comidas, de qué iba y qué no iba a comer, estaba con el corazón débil, por lo tanto tenía las pulsaciones muy bajas, no le llegaba la regla hace meses y pasaba mucho frío en el día a día. Mientras ella hablaba, las lágrimas corrían por mis cachetes. En ese momento me di cuenta que estaba pasando por lo mismo y que necesitaba ayuda inmediata. Sí, yo le pedí a mi mamá de que me llevara al doctor y así partió todo. Lo que les quiero decir es que, si yo no hubiese hablado con mi familiar, nunca me habría dado cuenta de que algo peligroso estaba pasando en mi cuerpo. No se te tienen que ver los huesos para ser anoréxica, es algo mucho más profundo, es un pánico a engordar, inmensa insatisfacción con tu cuerpo y ver a la comida como tu peor enemigo. A mí me ayudaron y así me gustaría ayudarlos a ustedes contándoles mi experiencia, para que aprendan más de esta enfermedad que es cada vez más común entre adolescentes.

Hay síntomas físicos, además de verse uno más flaca. El cuerpo no tiene la energía suficiente para trabajar al 100%, así que se pone en modo de ahorro de energía. Te para de llegar la regla. Sí, uno diría “Qué cosa más buena”, pero la regla también influye en la fuerza de los huesos. No más regla significa huesos débiles. El corazón late más lento porque no tiene energía suficiente. Llegué a tener 40 pulsaciones por minuto, algo muy peligroso. Esto significó, obviamente, que no pude hacer deporte por casi un año, no podía exigirle tanto a mi corazón. También han sido los años más helados de mi vida. El frío que pasaba era insoportable. Con las uñas y los labios morados, estaba congelada todo el día, no me daban ganas ni de moverme. Se me cayó harto pelo, pero por suerte antes tenía muuucho. Parecía un zombie, con la cara pálida y los ojos más morados. Era claro que mi cuerpo no estaba bien, que, si seguía sin comer, peores cosas iban a pasar. Uno puede terminar en la clínica con riesgo vital. En serio, estoy agradecida de no haber llegado hasta ese punto, quizás porque partí el tratamiento rápidamente y con mucha fuerza.  Es raro pensar que una niña, teniendo todos estos problemas físicos, no era capaz de comer sanamente para recuperarse. Me demoré 2 años en hacerlo. Cuando tuve que subir el último kilo, fue una pelea larga que duró un año aproximadamente. Y era solamente un kilo.

La anorexia es como un monstruito que vive en tu cabeza, así lo veo yo. Está todo el día hablándote y diciendo cosas pesadas. Te mete miedo y hace que veas la realidad de manera diferente. El monstruito se toma tu mente. Yo podía sentir los peligros físicos que tenía, pero eso no era suficiente para que yo empezara a comer. El monstruo me metió un miedo enorme a engordar. Subir de peso era la peor pesadilla. Todas las comidas eran una amenaza. Yo pensaba en ese momento que tan solo un grano de arroz me podía hacer engordar 4 kilos, y no estoy exagerando. Uno se mete en un hoyo oscuro, en donde lo único que importa es ser flaca, tu vida depende de eso. Es como una adicción y, aunque sepas que no comiendo te estás haciendo daño, es muy difícil empezar a comer.

Uno piensa que mientras más flaca, uno va a ser más feliz, pero no. Lo único que les puedo decir es que los años que estuve más flaca, fueron también los años que peor lo pasé. Era un círculo vicioso que se repetía todas las semanas. Me restringía toda la semana, intentaba  comer lo menos posible sin que mis cercanos se dieran cuenta. Y, mientras menos comía, sentía más control y me sentía más fuerte sabiendo que estaba haciendo algo malo que tendría futuras consecuencias. Al final de la semana, llegaba a la nutrióloga y había bajado de peso. Me sorprendía cuando veía la pesa, pero dentro mío sabía que iba a bajar. Me retaban, yo lloraba y mis papás sufrían, no hay nada peor que ver a una hija haciéndose daño y no poder resolverlo. Muchas veces me amenazaron con internarme en la clínica o ponerme vigilancia en el almuerzo. Afortunadamente siempre me salvé, apenas.

Fue muy difícil romper este círculo, y durante el proceso mucha gente salió herida, como mi familia y amigos. Con mi mamá siempre tuve una relación muy cercana, somos muy amigas. Lamentablemente, el trastorno alimentario interfirió. Mi mamá era la que me tenía que obligar a comer. Y yo lo que menos quería era comer, por lo tanto, la veía como una bruja que me quería hacer daño. Mis papás querían ayudarme, pero para mí lo único que querían era hacerme engordar, y eso me daba pánico. Me peleé muchísimo con ellos. Vi a mi mamá llorar porque no estaba comiendo, y ver a tu mamá llorar por tu culpa es lo peor que puede pasar.

Mis hermanos no lograban entender por qué no quería comer siendo que estaba tan flaca. Y mi hermana chica, que me copia todo, veía cómo no comía y cómo lloraba. Mentí con la comida, cosa que nunca haría, mentirles a mis papás y doctores en la cara. “Sí, me comí las almendras”, “Sí, almorcé bien”, “No, no comí solo ensalada”, les decía. Puras mentiras para esconder la verdad: no había comido nada, porque si les decía que me había saltado el almuerzo, me hubiesen hecho comer el doble el resto del día.

Así es. El monstruo se mete en tu cabeza y cuesta mucho que salga, casi siempre se queda ahí toda la vida. El mío sigue ahí, estoy mucho mejor pero siempre estará ahí presente esperando para atacar nuevamente. Cada vez habla más despacito, y no lo voy a dejar hablar más fuerte y que se lleve otra vez a la persona que soy. Yo siento que me fui por dos años.

Algunos la han escuchado y otros no. Tengo una risa de bruja fuerte. Me encanta bailar, conversar y estar con amigas. Por dos años, esa persona no estuvo. La risa de bruja desapareció, bailaba solo para quemar calorías, sin disfrutarlo, y me distancié de mis amigas. No hay nada que me haga más feliz que poder haber recuperado la que soy. Quizás no estoy tan flaca como antes, pero estoy 1000 veces más contenta. Volví a disfrutar la comida y verla como una instancia para compartir con otros. Volví a reír con ganas y a gozar el baile. Nunca más quiero perder a la que soy ahora, porque perderse a uno mismo es lo más doloroso que hay, y nadie debería pasar por eso.

Mi objetivo aquí es hablar de la anorexia. Esta fue mi experiencia, y ojalá nadie aquí lo esté viviendo o lo viva en un futuro. No vale la pena parar de comer por conseguir el cuerpo perfecto, que igual nunca vas a lograr porque una vez dentro de esta enfermedad, uno nunca está suficientemente flaca. La enfermedad está a la vuelta de la esquina, aunque no lo crean, no es muy difícil entrar a este túnel oscuro. Y una vez que uno entra, es muy difícil salir y sufren muchos. La comida no debería ser una amenaza para nadie. Comiendo balanceado y dándose unos gustos de vez en cuando se puede lograr tener un cuerpo bonito y una mente sana. Busquen ayuda. Si se llegan a sentir identificadas con cualquiera de las cosas que dije, hablen rápido. Con sus papás, con alguna amiga, doctor, o incluso conmigo. Ningún problema en que se acerquen a mí a preguntarme algo o lo que sea. Soy todo oídos.

El cuerpo es lo de menos, lo que importa es cómo eres como persona, lo que está dentro. Quiéranse como son, cada uno en esta sala es único y especial. No apaguen esa chispa por alcanzar el cuerpo perfecto. Al final, todos tienen un cuerpo ideal, con sus ventajas y desventajas. Amen lo que les guste de su cuerpo y aprendan a hacerse amigas de sus defectos, todos los tenemos. Y, por último, si quieren bajar de peso, hablen con un doctor, háganlo controladamente. No se vayan a los extremos. Me encantaría que alguien me hubiese advertido de todo esto antes de partir haciendo mis dietas. Porque es así, con una dieta mal cuidada  puedes terminar con un monstruito en la cabeza.

Muchas gracias”.

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