Una mujer con suerte

Columnas

Una mujer con suerte

Por carla guelfenbein / ilustración consuelo astorga

Sin ser religiosa, soy de esas personas que se levantan en la mañana con una cierta gratitud en el cuerpo, una sensación de benevolencia. Básicamente, porque me considero una mujer con suerte. ¿Pero qué es la suerte? Podría definirse como un evento exitoso producto ‘en apariencia’ del azar. La clave está en esas dos palabras: ‘en apariencia’. Lo consideramos así porque no podemos ver todo aquello que jugó en el camino para que ese evento se produjera. Cuando logramos algo que no esperábamos o que considerábamos remoto, se lo adjudicamos a la suerte. No solemos mirar cuáles fueron todos los pasos, insignificantes algunos, fallidos otros, que nos llevaron hasta ahí.

Recuerdo, años atrás, cuando viajamos juntos con mi amigo Pablo Simonetti a la feria de Guadalajara. Pablo había recién publicado su primer libro de cuentos, pero era muy poco conocido, y yo llevaba en el brazo una pésima novela (que nunca publiqué) con la esperanza de encontrar un editor que se enamorara de ella. Era un riesgo, íbamos por nuestra cuenta y éramos extraños al círculo cerrado de escritores y editores. De hecho, las cosas no salieron bien. A tal punto llegó nuestro aislamiento que decidimos volvernos antes. Pero ambos corrimos el riesgo. Y cuando miramos hacia atrás, sabemos que fue ese acto temerario y a la vez inocente el que nos empujó hacia adelante. Estábamos, después de aquella experiencia, preparados para todo.

Más tarde sería un editor que conocí en aquel viaje quien se enamoraría de mi siguiente novela: El revés del alma. Mirado desde afuera alguien podría decir que tuve suerte en publicar en una de las editoriales más importantes del mundo, pero estoy segura de que fue ese viaje apocalíptico el que me dio la fuerza para llegar hasta el final. La suerte, como dice Tina Seelig, académica de Harvard y experta en innovación y emprendimiento, es como la vela de un barco que debe orientarse correctamente para que la buena ventura nos mueva. El viento puede venir de cualquier lado. Por eso, una de las formas de orientar la vela es tomar riesgos. Salir de nuestra zona de confort. Aventurarnos en el espacio ignoto al cual más tememos. Como Guadalajara para una escritora inédita. Una segunda forma de orientar la vela, según Tina Seelig, es la de considerar que cada persona que nos ayuda en el camino ha dejado de hacer algo para sí misma o para otro, y ha depositado sus energías en nosotros. No puedo estar más de acuerdo.

Yo nunca he dado nada por sentado, y siempre me sorprende y emociona cuando alguien me ayuda, comparte, responde o me da el empujoncito que necesitaba. Y lo agradezco. Agradecer es una forma de hacer andar la rueda de la fortuna. No hay nada malo que pueda surgir de agradecerle al otro habernos dado una mano -aun cuando consideremos que es su deber-, solo buenas cosas. Lo ha hecho por nosotros. Para nosotros. La tercera actitud que Tina Seelig considera esencial, es cambiar nuestra relación con nuestras ideas y las de los demás. Muchas de las ideas que hoy conforman nuestro mundo moderno fueron, en su semilla, consideradas malas. Las ideas que se ven perfectas a primera vista, lo más probable es que provengan de lugares comunes, conocidos y ya explorados. Las ideas imperfectas, en proceso, estoy segura son las que llegan más lejos. Nada más adverso a los vientos de la fortuna que las certezas incuestionables. Por eso, tal vez uno de mis instrumentos más importantes como mujer y como escritora es la duda.

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