El valor del tiempo

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El valor del tiempo

Por carla guelfenbein

Uno de los descubrimientos literarios que hice este verano fue la autora canadiense Rachel Cusk. Esta escritora desarrolla una radiografía honesta de las relaciones humanas de nuestro tiempo. Uno de los personajes de su novela A contraluz es un griego que se encuentra con la protagonista, que es ella misma, en un vuelo de Londres a Atenas. El griego lleva a cuestas tres fracasos matrimoniales, y además ha perdido buena parte de la fortuna que amasó en su juventud. No está del todo descontento, hay una cierta tranquilidad en haberlo perdido todo y vivir al margen de las exigencias que le deparaba la vida cuando estaba casado. Vive en Atenas y tiene un viejo yate aparcado en un puerto deportivo, en el cual, cuando puede, sale a navegar. Como todos los personajes de Cusk, el hombre posee una gran capacidad para narrar su vida y expresar sus sentimientos.

En un momento, cuando le habla de su primer matrimonio, de su mujer y de sus hijos -el más largo y los únicos hijos que tuvo- dice: “Habían pasado ya casi treinta años desde el final de su primer matrimonio, y cuanto más se alejaba de aquella vida, más real se le antojaba. O no, ‘real’ no era la palabra exacta. Lo que le había pasado desde entonces había sido muy real. La palabra que estaba buscando era ‘auténtica’: su primer matrimonio había tenido una autenticidad que ninguna otra cosa había vuelto a tenerla jamás. Cuanto mayor se hacía, más veía él en ese matrimonio una especie de hogar, un lugar al que anhelaba volver”. Pero luego agrega algo fundamental, que desmitifica de forma realista el matrimonio, y que le otorga el peso adecuado a lo que ha expresado antes: “Aunque lo recordaba con franqueza y, más todavía, cuando hablaba por teléfono con su primera esposa -algo que hacía cada vez más raramente- la antigua sensación de asfixia regresaba”. Más adelante dice: “Desde entonces ya nunca había vuelto a creer de aquel modo. Tal vez en aquello -en la pérdida de la capacidad de creer- radicara su añoranza de su antigua vida”.

Es cierto que los fracasos van mermando nuestra capacidad de creer. Pero hay otro elemento, que estoy segura provocaba en él aquella impresión de realidad, de honestidad, cuando recuerda su primer matrimonio. Algo que el hombre no menciona directamente, pero sí de forma tangencial: el tiempo. Las relaciones que se extienden en el tiempo adquieren en la vida un peso y nos dan un sentido de realidad que aquellas de corta data no tienen. Sin darnos cuenta, con el tiempo se van acumulando experiencias compartidas, descubrimientos, dolores, instantes, visiones, que permanecen en la memoria, constituyendo una identidad autónoma, que no pertenece ni a uno ni a otro, sino que a ambos.

Los recuerdos compartidos son un territorio que crece con el tiempo, un territorio bien asentado en la conciencia, y al cual el ser humano vuelve una y otra vez en busca de sentido. No es fácil construir este territorio, implica un gigantesco esfuerzo de paciencia y entrega, a las cuales muchas veces no estamos dispuestos. Tal vez esto explica, en parte, la proliferación de relaciones de corta data, en las cuales este territorio no alcanza a crecer cuando al primer vaivén se hunde. Estas son, de alguna forma, relaciones desechables. Se llenan muy rápido de pasión, de promesas, de futuro, y se vacían con la misma rapidez. Me recuerda lo que ocurre con mi celular. Cuando lo pongo a cargar no tengo que esperar mucho rato para que la batería esté completa y poder salir con él al frenesí de la vida. El problema es que no he llegado siquiera a mi destino cuando está de nuevo descargado, como si la rapidez con que se sacia fuera también la medida con que se vacía.

 

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