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12 abril, 2018
orla

El valor de entender el desafío

Columna de Tomás Recart, director ejecutivo de Enseña Chile.

Por Tomás Recart / Fotografía: gentileza revista Qué Pasa


Paula.cl

Hay profesores que con pocos recursos, en condiciones muy adversas y con el tiempo en contra, logran resultados extraordinarios. Detectarlos es clave para ayudar a otros a mejorar a base de patrones de mentalidad y estrategias que impactan significativamente en el desarrollo de los estudiantes. Después de identificarlos –con la ayuda del barómetro de John Hattie–, investigamos por qué y cómo “en esta clase se está cerrando la brecha independiente del contexto”. La sistematización de estas observaciones hoy son la base de nuestro programa y apuntan a hacer (¡o dejar de hacer!) lo necesario para que los profesores logren desarrollar, sin restricciones, el potencial de sus estudiantes, de Arica a Magallanes.

Identificando estos perfiles docentes, llegamos a Fernanda (no es su nombre real), quien logró que sus estudiantes avanzaran 1,29 desviaciones estándar, lo que equivale a 3 veces lo que haría un profesor en un contexto adecuado. Fernanda es ingeniera civil industrial de la Universidad Católica de Chile, 31 años. Durante la universidad estuvo ligada a muchos proyectos sociales. Al salir de la PUC en 2010 dejó su postulación a Enseña Chile a medias y se fue a trabajar a una prestigiosa compañía aérea a la cual renunció después de tres años para recorrer diferentes países del mundo. Tras 6 meses de viajes se instaló en Londres junto a su pareja, un inglés proveniente de una familia de profesores. Desde esta experiencia conoció de cerca la educación pública y su funcionamiento. Y comprendió lo muy lejos que estábamos en Chile de poder ofrecerles a nuestros niños un sistema justo y digno que les permitiera salir a competir sin que su origen determinara hasta dónde podían llegar. Así fue como de lejos, Chile le dolió más que nunca y decidió regresar para buscar un espacio desde donde empujar cambios concretos. Recordó su postulación inconclusa a Enseña Chile y volvió a la carga.

Postuló a distancia, fue entrevistada por Skype y seleccionada entre miles de candidatos. Llegó a Chile un 4 de enero con una profunda convicción y muchas ganas para sumarse a nuestro plan de formación docente al día siguiente. Su idea era quedarse en Santiago, pero le ofrecieron irse a una pequeña comunidad de la Región de Los Lagos. Conoció su situación y no lo dudó. “Ese contexto tan adverso me ayudó a tomar la decisión, porque lo que de verdad quería era insertarme en la realidad cruda de la Educación Pública”.

Esta “cruda realidad de la Educación Pública” afecta a más de 1 millón de niños en nuestro país, y no existen muchas recetas mágicas o balas de plata porque la “cruda realidad” no solo es muy compleja, además, es distinta en cada contexto. El colegio de Fernanda está inserto en una comunidad con aproximadamente 72.800 habitantes. Una población que tiene “dos caras”, vecinos históricos de la zona y otro grupo compuesto por campamentos erradicados de Puerto Montt y Santiago.

Muchos de los padres o apoderados de nuestros estudiantes trabajan en pesqueras, lo que implica estar con turnos, de día o de noche, y a los chicos les toca quedarse solos muchas horas y cuidar a sus hermanos más pequeños. La mayoría de ellos vive con el padre o la madre, no ambos. Esta ausencia hace que esos niños cumplan diversas funciones de adultos, a tal punto que se ha tenido que institucionalizar esto en los colegios otorgando “pases de ingreso y salida” para aquellos que deben llevar y/o ir a buscar a sus hermanos pequeños al jardín o a otro colegio. Hay varios padres y madres con situaciones críticas de adicción, lo que implica una serie de alumnos vulnerados en sus derechos fundamentales. Y para completar este complejo panorama, hay estudiantes con problemas de consumo de drogas, 22 madres, 7 padres y actualmente 5 embarazadas más entre primero y cuarto medio.

Al preguntarle a Fernanda cómo logró que sus estudiantes inmersos en este complejo panorama avanzaran tanto, lo primero que ella mencionó fue la necesidad de entender dónde está cada uno de sus alumnos y por qué algunos presentan brechas tan grandes: “Tengo estudiantes que están atrasados hasta 6 años”, nos comentó. Ella tomó decisiones en su planificación y ejecución de clases pensando en tres grupos distintos; el grupo de estudiante promedio “ni tan motivado o desmotivado”; otro grupo que, a pesar del contexto, está avanzado, pero que se aburre, a tal punto que “incluso algunos dejan de ir a clases”; y el tercer grupo, “el más difícil, por su gigante desmotivación” es el que no entiende nada, y está sucumbido en la frustración, muchas veces no por falta de interés, sino porque se ha cambiado de ciudad varias veces, ha vivido con sus padres, abuelita y luego una tía y, a veces, “al estar más de cuatro años atrasados los avanzan y se saltan cursos”. Sí, cursos completos que generan lagunas que resultan insalvables sin una estrategia adecuada.

Su objetivo fue desafiar y motivarlos a todos por igual, en todas las clases, sin parar. Fernanda hizo varias cosas, pero destaco un par de focos que me parecen interesantes. La primera fue que incorporó 3 sencillas metodologías: Adicionalmente a las pruebas, les pone nota por esfuerzo y avance, “aunque se equivocaran mil veces ellos podían ganar puntos, lo que alimenta una actitud que en mediano plazo da frutos”. La segunda acción fue desarrollar actividades que impliquen pintar, hacer crucigramas, unir elementos, y a base de respuestas correctas ir avanzando en torno a un dibujo. Fernanda nos explica “Vi alumnos que son padres o madres, que fuman marihuana en clases, que tienen hijos y/o hermanos a su cuidado, pero a los que les encanta pintar porque se sienten niños, una etapa que a muchos se les acortó o sencillamente se saltaron”. El tercer punto se enfoca en conectar a sus estudiantes con los contenidos. “Modificar hasta la mínima cosa de la clase para que tenga al menos ‘algo’ relacionado a ellos, su contexto, aspiraciones y experiencias. Siempre en los ejercicios estoy yo o ellos… ese enganche hace que todos se interesen por el contexto y/o la situación donde uno los está poniendo… eso es lo más difícil porque esto demanda mucha horas de pega y planificación”. Hacer una clase de matemática tradicional fue algo que Fernanda dejó de hacer el segundo día en el colegio.

El segundo gran pilar del trabajo de esta profesora es el vínculo con sus estudiantes, el interés genuino del profesor por las historias de los niños que tiene al frente. Para eso entrevista a cada uno de sus alumnos e interactúa con ellos “en las horas libres, durante actividades u horas de planificación, lo que implica llevarse mucho trabajo a la casa”. De esta manera conoce a sus familias e intereses, entiende las cosas tienen en común y busca elementos para planificar sus clases y entregarles ese “algo” que les dé sentido.

Ninguna de estas iniciativas es muy compleja de implementar, pero sí requieren de mucho tiempo y trabajo. Algunos profesores como Fernanda usan sus tiempos personales no remunerados para lograr entregarles a sus estudiantes lo que requieren, pero esto no es justo ni es sustentable a largo plazo. Se necesitan tiempos y espacios que el sistema actualmente no considera ni reconoce.

Después de 10 años trabajando en estos contextos estamos más convencidos que nunca que ¡todos los niños pueden aprender! Pero necesitamos entender la envergadura del desafío que nos impone cada uno de nuestros estudiantes. Desde ahí las decisiones pedagógicas y las innovaciones se vuelven efectivas y permiten que los niños se motiven, aprendan y tengan la oportunidad de alcanzar su máximo potencial, sin que su origen limite su opciones futuras.