Vivir y morir en el campo

Columnas

Vivir y morir en el campo

Por Alejandra Apablaza

Hace un tiempo mi hijo encontró un polluelo en el pasto. Era tan chico que ni siquiera se ponía de pie. Después de mucho observar e investigar, concluimos que era un tiuque. Su nido debe de haber estado en los eucaliptos del fondo del jardín. Ahí hemos visto que anidan. Si mi hijo no lo hubiera tomado, probablemente alguno de mis perros lo hubiera hecho.

Criamos al tiuque casi un mes. Le dábamos comida en el pico porque no sabía bajar la cabeza para comer solo. También le dimos agua con una jeringa. Lo llevamos a todos los lugares a los que fuimos en su caja de cartón forrada con hojas de eucalipto, palitos y restos de lana. Me acostumbré a su piar, le hablaba desde la cocina.

Cuando empezó abrir las alas, nos dimos cuenta que había crecido mucho en dos semanas. Lo llevábamos afuera para enseñarle a volar. Algo completamente desconocido para nosotros, desde luego, pero que honestamente creímos que iba a funcionar. Por supuesto que no voló. Agitaba sus alas y al mínimo intento, caía al suelo en picada.

A la cuarta semana estaba enorme y ya comía solo. Nos dio pena mantenerlo en la caja en el lavadero y lo llevamos al sauce donde mis hijos tienen una casita de madera. Buscamos un lugar alto y seguro, y le llevamos insectos para que comiera. Creemos que fue feliz ahí.

Una mañana fuimos a alimentar a las gallinas y mi hijo vio plumas en el suelo bajo el sauce. “Mamá, los perros se comieron al tiuque”, me dijo. Fuimos a mirar y tenía razón. La escena era una masacre. Yo esperé a que él demostrara alguna emoción. “Bueno, al menos lo conocimos y lo cuidamos”, me dijo, mientras se encogió de hombros y seguimos rumbo al gallinero.

Desde que vivimos en el campo, hemos visto decenas de animales muertos. Algunos fueron tiernos compañeros y lamentamos su partida, como la gata Siniestra, bautizada así porque era tuerta y se veía maquiavélica. Otros, indeseados huéspedes, como los enormes ratones que aparecen cuando trillan el campo de al frente y que eliminamos con sebo en las típicas trampas de Tom & Jerry. También hemos visto miles de conejos muertos (los que a mí me parecen hermosos en todos sus estados, menos a la mostaza), y enterrado a gallos heridos y perros ancianos. La muerte acá es cotidiana, podría decirse que ha vuelto a ser natural. La aceptamos, la conocemos y la olemos. La pensamos y la recordamos. No nos impacta en sí misma, algunas veces sí en sus formas, las que suelen ser grotescas y, algunas veces, un poco asquerosas.

Estas vivencias les enseñan a mis hijos, y nos recuerdan a todos, solo una cosa: que todo lo vivo tiene que morir un día. Porque si no muere, nunca vivió.

 

 

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