Wanderlust

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Wanderlust

Por carolina pulido / ilustración consuelo astorga

Por estos días veo una serie fabulosa que descubrí en Netflix. La protagoniza la siempre fantástica Toni Collette y se llama Wanderlust, una palabra que según supe está de moda en el mundo anglosajón y que quiere decir “fuerte deseo de recorrer y explorar el mundo”. Pero la serie nada tiene que ver con viajes, al menos no en el plano físico. Trata de un matrimonio cuarencincuentón, cuya vida sexual se ha vuelto aburrida y, tras un acuerdo, ambos deciden revolcarse con otras personas. O para decirlo lindo: explorar otros cuerpos. Eso que llaman una relación abierta y que últimamente se conoce como poliamor. Lo interesante es que ambos personajes, Alan y Joy, están seguros de que su amor no ha sucumbido y que no se pondrá en duda ante otras experiencias sexuales. Son cómplices. Así, ella decide embarcarse en una aventura con un compañero de su grupo de hidroterapia y él comienza una relación con su colega de trabajo más joven y que es fan de Warren G.

En el camino vemos sus euforias, sus dudas, el dolor de sus hijos y la reprobación del entorno. Vemos también las sesiones de Joy con sus pacientes, porque Joy es terapeuta individual y de parejas, y a su vez visita a su propia psicóloga para hablar de los casos que la inquietan y de su realidad personal. Sin ánimo de spoilear: hay un capítulo que muestra una sesión completa de Toni Collette con su psicoanalista. Magistral ambas en la actuación y magistral también cómo se resuelve, desde el guión, el proceso emocional de la protagonista para arrojar luz sobre las zonas oscuras de su inconsciente. Y de pronto todo cobra sentido.

He estado ahí, en esas sesiones terapéuticas en las que te cae la teja. Se te arma el puzzle. Ves el desenlace o al menos una hebra de la que tirar. A veces son sesiones maravillosas en las que te perdonas o perdonas a otros que al fin comprendes, pero a veces pasa todo lo contrario: esa pantalla de televisión que tienes al frente encarnada en el sicólogo te muestra justo lo que no quieres ver. Eso que te habías esforzado en ignorar. O en olvidar. Y entonces te ves obligado a encarar el dolor, la pérdida, la culpa o el miedo. Y tienes que poner el pecho ante las balas, te guste o no, porque de eso se trata ir a terapia: de hacerte cargo.

Por eso uno puede entender que a tanta gente no le guste. También que algunos opinen que no sirve para nada terapiarse, porque de hecho te puedes encontrar con personajes que no saben ponerse en el lugar de otro, y así no funciona. O puede ser que tú mismo te niegues hasta el infinito a ver, a verte, y por cierto que ahí estás perdiendo tu tiempo y tu plata. Pero dar con quien te puede encaminar hacia tus propias verdades debería ser tan relevante como tener al mejor pediatra para tus hijos, o al menos uno bueno, que puedas pagar y en quien confíes. Tanto mejor serían nuestros vínculos y nuestros líderes.

Wanderlust, que, si lo piensas, como concepto podría aplicarse también al viaje interior y al anhelo de obtener respuestas, me hizo pensar en todo esto.

No tanto en el poliamor, que me parece un estrés (con suerte me las arreglo con unos pocos vínculos estrechos), sino más en la lucidez y en lo necesaria que es la autohonestidad. Y no sé por qué esta columna terminó siendo como de autoayuda (contra la cual no tengo nada y de hecho la he consumido con voracidad en algunos periodos). Debe ser el resultado de sentarte a escribir sin saber a dónde vas a llegar. Como cuando viajas sin itinerario o empiezas una buena terapia.

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