
Carmen Silva, Pintora y Maestra.
Por: Daniela Novoa Díaz
Carmen Silva fue mi tercera abuela. Cuando la conocí me sentía frente a una leyenda, mito de la mujer aventurera y fuerte. Ella, generosa, me acogió en su casa y en su vida, compartió sus historias de juventud, sus ideales, sus amores y su arte.
Carmen se casó y tuvo hijos cuando aún no salía del colegio. Desde joven tomó sus decisiones, y tras un par de años se separó cuando hacerlo era equivalente a convertirse en paria social. Con la frente en alto vivió su vida según sus parámetros, sin preocuparse del qué dirán y luchó por desarrollarse profesionalmente en libertad. Cambió la mansión familiar por una pieza diminuta en un edificio añoso de París, no sin antes raparse la cabeza, para que su papá no se preocupara de que su hija se convirtiera en una suelta. En Francia tuvo maestros como Roberto Matta, conoció gente interesantísima, tomó vino de madrugada, conversó, rió, pintó y encontró su propia mirada frente al arte y la vida.
Un par de años después partió a Nueva York, donde encontró la vocación que le acompañaría para siempre, la educación. A finales de los sesenta sintió que debía volver y compartir lo que había aprendido con aquellos que soñaban como ella, con un país mejor. Carmen fue una revolucionaria, una mujer pensante y consecuente, que a su regreso se dedicó a trabajar en poblaciones y, a través del arte, ayudar a quienes no eran tan afortunados como ella, tarea que retomó al volver de su exilio y que junto a sus clases de pintura, no desentendió hasta sus últimos días. En sus años en Ecuador iba cómodamente del mundo del arte y la política, a vivir en pueblos perdidos de la selva. Cuando yo la conocí, a unos 15 años de su retorno a Chile, ella seguía recibiendo cartas de esa gente cuyas vidas, como la mía, cambiaron al conocerla.
Carmen fue una gozadora siempre dispuesta a compartir sus aventuras de novela con quien quisiera escucharla. Fue una mujer inspiradora que creó y crió a generaciones de jóvenes que todavía la sentimos una maestra.