
Ema Mella Jorquera
Por: Daniela Palacios Maureira
Durante septiembre de 1937 en Santiago se pulían los preparativos del primer Campeonato Nacional de Básquetbol Femenino. Siete años después, la tía Ema sería una de las figuras del torneo. Así al menos lo señala el recorte que guardaba en su velador: “Ema Mella y Sylvia Mella, las dos jugadoras más eficientes del Crav de Viña…”. Y me cuenta, llena de orgullo, que no sólo fuela más eficiente ese año, sino durante seis años consecutivos, como jugadora de la selección de básquetbol femenino desde 1944 a 1950.
El Crav, el equipo que consagró a la tía Ema, pertenecía a la “Compañía Refinería de Azúcar de Viña del Mar”. Allí, mientras su padre trabajaba, Ema corría del colegio a las prácticas de básquetbol en el gimnasio de la fábrica. Primero con el 0 y luego con el número 1 en su camiseta, fue durante varios años una de las mejores seleccionadas del país. La “goleadora” según sus propias palabras. En su memoria, con 84 años de edad, aún resuenan los nombres de jugadoras como María Gallardo y las hermanas Penelli, estrellas de la época dorada del básquetbol en Chile.
Y la tía Ema, con sólo 1,56 de altura y en su puesto de alero, era parte importante del equipo. Incluso recuerda con picardía cuando le hizo una falta a una de las Penelli, noticia que salió en portada de un diario nacional. “Recuerdo que contaban como anécdota que la jugadora de menor altura lesionó a la más alta. ¡Imagínate! yo era bajita, calzaba 34 y me tenían que hacer zapatillas especiales y sin embargo como era ágil, podía competir con las mejores”, me cuenta, mostrándome las fotos con su buzo del Crav.
Y yo, mientras converso con la tía en el living de su acogedor hogar, me pregunto cómo hay personas que, a pesar de no ser del estereotipo específico, logran triunfar en la vida. De seguro aquel día de 1926, en aquella casa de Viña del Mar que la vio nacer, la brisa marina traía consigo algo especial, aquella esencia mágica que hizo de mi tía una gran deportista y, sobre todo, una gran mujer.