Por Andrea Lagos
Entre el 28 y el 30 de marzo pasados, en la Estación Mapocho, tuvo lugar un evento inaugural en la moda chilena: Pasarela Santiago. Se trató del primer certamen que congregó a más de 30 diseñadores independientes, argentinos y chilenos, más cercanos a las tendencias alternativas que a la moda comercial convencional. Con el auspicio de La Tercera y revista Paula y el apoyo de ProChile, la Fundación Exportar, el Grupo Pampa Chile, se presentaron 14 desfiles y se montaron showrooms que dieron cuenta de un talento emergente de alto vuelo.
Pasarela Santiago no fue una suma de desfiles insulsos. Hubo concepto y actitud de los diseñadores. Hubo público interesado en el lenguaje de las vestiduras construidas y deconstruidas. Hubo energía. Hubo pasión.
Muñecas vip avanzaron por la pasarela blanca o la pasarela negra, los dos escenarios montados para alternar propuestas de ropa que no sólo apostaron por una concepción estética, sino también política y ciudadana, ya que en los diseños se plasmaron problemáticas de la vida diaria y la contingencia. Esto último le dio a Pasarela Santiago un gran plus, que constituyó su mayor acierto: dar cuenta de una moda con identidad local.
Las colecciones se desplegaron en menos de veinte minutos cada una –cuestión inusual en los desfiles chilenos, que se eternizan por horas– tiempo que bastó para entender qué quería decir cada diseñador.
La atmósfera se pinchó con agujas. Hubo densidad cultural en el ambiente muy bien combinada con frescura y renovación aportada por las nuevas generaciones. Una liviandad llena de contenido.
Todo, al vaivén de las góticas canciones de la película de Tim Burton El cadáver de la novia, de cintas misteriosas de Hitchcock, de sonidos electrónicos futuristas y de cánticos étnicos de mujeres mapuches.
Backstage
Detrás de la pasarela, un mundo. La foto de arriba muestra una vista general de la colección de Amén, marca chilena que recibió el premio al mejor desfile: telas especialmente estampadas para sus piezas de ropa y una acertada alianza con zapatos Camper. Abajo, de izq a der: la máxima expresión de una modelo, el retoque a minutos de salir en escena y las joyas de Chantal Bernsau.
Kevin Kobeck
La propuesta teatral y efectista de Kevin Kobeck, inmortalizada en esta especie de Juana de Arco contemporánea. La modelo va por la pasarela con la mirada perdida en el flash. Poseída de la interpretación del traje que le cubre el cuerpo. Va con el glam en los ojos. Va como heroína posmoderna. Bella. Perfecta de tan imperfecta.
Modelos Argentinos
Acostumbrados a eventos de esta envergadura, los modelos trasandinos esperan relajados su turno y bromean con el típico tonito arrastrado de sus voces. Abajo, a la izquierda, Rocío Somoza, catalogada como “el pájaro supremo” por Nina Mackenna. A la derecha, Victoria Malbrich, la ganadora al premio Paula a la mejor modelo del evento, mención que fue compartida con la argentina Macarena del Corro.
El ritual
Uno de lo invitados extranjeros, el argentino Pablo Ramírez, puso los pelos de punta con su soberbia colección de vestidos negros en mujeres gigantes. Su muestra parecía el ritual de una película con banda sonora de ópera y cintas de cine gótico. “Cuando una mujer argentina quiere un vestidito negro, va adonde Ramírez”, fue la frase de bronce del socio del diseñador. Un lujo.
Juana Díaz, ganadora
La colección de esta diseñadora chilena (al centro con anteojos) resultó premiada como la mejor. Su moda con concepto arrancó aplausos por su propuesta estético-política y su excelente confección. Destacaron sus pollerones, piezas únicas y numeradas, bordadas a mano con consignas y poemas. También sus poleras con contingentes estampados de micros.