Busco mi destino
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18 Enero, 2010

Sebastián Piñera

Busco mi destino

Sebastián Piñera odia estar solo. No tolera la lentitud ni la intimidad. Le carga que su mujer le diga: “Hablemos de nosotros”. Piñera no puede parar y le cuesta perdonar cuando sus amigos han roto la confianza y la lealtad. Piñera no se cambia por ninguna persona, porque no quiere ser igual a nadie.

Por Claudia Alamo/ Fotografía: Renato del Valle

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El domingo, temprano por la mañana, los vecinos le habían hecho un reclamo formal. Sebastián Piñera no entendía la razón de esa molestia. “¿Puedes creer que me retaron porque aterricé con mi helicóptero en mi jardín?”, dice sorprendido mientras explica que, salvo el ruido, no ve cuál es el problema de estacionar su nave en su enorme y cuidado pasto.

Aunque sabe que, para muchos, puede parecer excéntrico, se autodefine simplemente como “distinto”. Anda, piensa y habla demasiado rápido. Se exaspera con la lentitud. Está todo el día funcionando en diversos asuntos que incluyen la política, sus empresas y otros ambiciosos proyectos. El domingo en que se efectuó esta conversación, cuando todos los mortales estaban aprovechando el día para descansar, él programó así su jornada: primero, volar, luego lanzarse río abajo por el Mapocho y después darnos la entrevista. Un par de horas antes de posar para la foto había navegado en una balsa inflable con el equipo de CQC. ¿Por qué? ¿Para qué? Porque, además del helicóptero, otra de sus últimas obsesiones es transformar el Mapocho en un lugar de divertimento para deportes náuticos. También lo apasiona otro proyecto: convertir una zona de bosque nativo de Chiloé en un gran Parque Nacional. Por esos mismos días, Piñera había alterado la pradera de la Derecha cuando anunció que no trabajaría para el comando de campaña de Joaquín Lavín y, simultáneamente, viajaba a Buenos Aires para concretar la expansión hacia toda América Latina de Lan –empresa de la cual es propietario–, preparaba también un viaje para reunirse en París con su mujer, Cecilia Morel.

Para que todo eso resulte, Piñera despliega una energía sin límites y una impresionante capacidad de control sobre sus asuntos. Está en todo y sólo funciona a elevadas alturas.

–¿Viste la película El aviador?
–Sí.

–¿No te sientes parecido a ese personaje, el millonario Howard Hughes?
–Eh… Un poco. A él le tocó enfrentar al mundo y muchas veces se estrelló contra los muros de esta vida, pero igual luchaba con fuerza por sus causas. Algo de esa personalidad está en mi genética.

–¿Y eres así de obsesivo?
–No, no. No soy obsesivo.

–¿No eres obsesivo?
–… A ver, momento, volvamos atrás. Soy obsesivo sólo con algunas cosas. Por ejemplo, con mis papeles. Yo tengo miles de carpetas con papeles en mi pieza y en mi oficina. Y eso que para todo el mundo es un caos, para mí es el orden perfecto. Sé exactamente dónde está cada papel y cuando me los tocan, me muero. A veces mi mujer me dice: “Te ordené los papeles”. Eso es guerra mundial, porque ella hace un orden estético, para que se vea bonito, pero mi orden no es así.

–Pero el protagonista de El aviador es bastante megalómano. ¿No te identificas con esa parte de su personalidad?
–Bueno, todos tenemos algo de megalómanos, de egocentrismo.

–Voy a cosas más concretas. Eres el dueño de varias empresas, te va muy bien, pero siempre quieres más. Estás constantemente expandiéndote…
–No, no. No es de megalómano. Soy una persona distinta. El problema es que en Chile todos quieren ser iguales. Nadie quiere diferenciarse. Yo no soy así. Me gusta ser distinto y enfrentar la vida con mucha fuerza. Y, además, me pasa algo muy curioso. No sé por qué, pero a mí todo el mundo me tutea. Voy por la calle y la gente me grita: “Hola Sebastián, ¿cómo estái?”. Cuando era senador, los demás eran “Don Sergio” y yo era “Sebastián”. Con esto te quiero decir que yo tengo una forma muy horizontal e informal para enfrentar la vida. No pongo barreras para protegerme y eso se nota mucho en la política. Hasta el último pelafustán se siente con derecho a criticarme.

–Ése es otro tema. Eres un hombre resistido por el mundo político. ¿Por qué sigues peleando por estar ahí? ¿Para qué?
–Mira, en esto me pasa lo mismo que cuando era niño y mi papá nos preguntaba qué queríamos de regalo para la pascua. “¿Un monopatín, una pelota, una bicicleta?”. Nos atolondrábamos. Lo queríamos todo. Así es mi vida para mí. Tengo muchas vocaciones. Durante una época fui académico a tiempo completo y de un día para otro, a fines de los 70, empecé a sentir una especie de inquietud interna. Abandoné todo y entré al mundo de la empresa. Durante los 80 me dediqué a crear empresas, a inventar proyectos y, curiosamente, a fines de esa década, sentí de nuevo una inquietud interna. De la noche a la mañana entré a la política. Mi mujer siempre me dice que se casó con tres hombres distintos…

Mono porfiado

–Y para la década del 2000, ¿cuál es el plan?
–Estoy en busca de mi destino. No tengo idea de qué viene por delante.

–¿Eso no te angustia?
–No. Lo que me angustia es tener mi futuro resuelto. Ahora no sé hacia a dónde voy. Sí he aprendido que el día tiene 24 horas y que no puedes hacer todo lo que quieres. A veces, por estirar tanto el elástico, pagas costos muy altos con la familia. Porque, déjame decirte que, simultáneamente a todo eso, en estos años me bajó una pasión por los deportes de aventura: el parapente, el buceo, el rafting y ahora por el helicóptero.

–¿Qué te dio por volar?
–Volar es desafiar la ley de la gravedad, desafiar las limitaciones de la naturaleza. Te mueres con la libertad que te da andar en helicóptero. Este verano, en Caburgua, yo tenía mi helicóptero estacionado a 5 metros de la puerta de mi casa. Me levantaba y me preguntaba: “¿A dónde quiero ir esta mañana?” y partía a ver a mis amigos.

–¿Y fuiste a ver a Michelle Bachelet, que es vecina de Caburgua, en tu helicóptero?
–No. Pero como el lago Caburgua es mágico, esas cosas pasan. Llevo 20 años veraneando allá y la Michelle también va hace mucho tiempo. Lo lógico, lo natural, es verse. Todos los años, organizo un gran asado al palo en mi casa y nos comemos unos corderitos… Siempre aparecen las botellas de vino tinto y la guitarra. Un día de este verano nos juntamos, nos pusimos a cantar y a tomar vino. Y así se nos fue la tarde. Lo pasamos maravillosamente bien.

–Ésas son las cosas que le molestan de ti a la Derecha.
–¿Pero qué concepción tienen de la vida que uno no puede comerse un asado con alguien sólo porque piensa distinto en política? Ella es una mujer excepcional tanto por su historia como por su naturalidad. Cuando estuvimos en el asado, ella era la que más cantaba, la que más tomaba, la que más celebraba. Eso es genial. El mundo está lleno de personajes grises, cortados por la misma tijera, y hay unos pocos que son como de colores, que le dan originalidad a este mundo. Esos personajes me atraen mucho.

–Igual la Derecha te siente como un traidor. ¿Qué te pasa con eso?
–Es tremendamente injusta esa palabra. Lo que pasa es que yo voy de frente y no me gusta hacerle genuflexiones a los poderosos. No me gusta que me quiebren el espinazo. Y a la gente de la Derecha le gusta mandar y que le obedezcan. No resisten a los líderes que tienen personalidad y voluntad propia. Y tal vez hay gotas de envidia por la suerte y la fortuna que he tenido en mi vida.

–¿A veces no te sientes como un mono porfiado?
–Hay algo de mono porfiado, en el sentido de que a mí me pegan, me han dado por muerto un millón de veces, y me vuelvo a parar. No es fácil. Es desgastante. Pero si la alternativa es agachar el moño, prefiero ser un mono porfiado.

–¿Indomable?
–No me gusta que me amansen ni menos que me domestiquen. Ésa sería una pérdida feroz de la libertad. Cuando leo el Quijote me siento identificado. Sé que voy a pelear contra los molinos de viento y que voy a chocar frente al muro pero, como me dicen mis hijos: el instinto es más fuerte. No puedo hacerme a un lado si siento que tengo que dar la pelea.

–La única explicación de tanta insistencia es que sigues en política porque quieres ser Presidente de la República.
–En una época quise ser candidato presidencial y puse mucha fuerza y voluntad. Las cosas no se dieron. Soy distinto a los demás en ese sentido. Hay gente que tiene una meta única en la vida. Es como el que mira la cordillera y ve una sola cumbre. Y su vida va a ser un éxito o un
fracaso según si logró o no logró llegar a esa cima. Yo no. A mí me gusta mirar la cordillera y tener muchas cumbres. Mi mujer me critica. Me dice que, justamente, ése es mi problema: que quiero escalar todas las cumbres al mismo tiempo.

–Importante tu mujer en tu vida. Te sirve de espejo…
–Sí, ella me dice que es mi más dura crítica, mi más fiel compañera y mi más sensual amante. Yo le digo que viene muy de cerca la recomendación.

–Imagino que ella tiene que bancarte mucho.
–Me banca muy bien. Mis amigos dicen que es una santa. Pero yo creo que, para ella, ésta es una vida estimulante, entretenida. Siempre le estoy proponiendo aventuras. Este verano le dije que nos fuéramos a Chiloé a recorrer las tierras que compré, pero que lo hiciéramos
como si tuviéramos 20 años. Nada de hotel, ni de auto, ni de reservas. Nos fuimos a la aventura total.

El dinero

–¿El dinero te ha hecho más libre o más esclavo?
–El dinero y el poder son armas de doble filo. Si los buscas como un fin, te transformas en su esclavo. Sólo vives para acumular. Yo lucho para que el dinero no sea un fin en mi vida, sino que me sirva para hacer cosas. Hace mucho tiempo que el dinero dejó de ser el objetivo de mi vida.

–Claro, porque ya lo tienes.
–Bueno, sí, pero hay muchas personas que mientras más tienen, más quieren tener. A mí no me ha pasado eso. Todo lo contrario. Estoy en una etapa en que me apasiona desarrollar proyectos. No soy un tipo frívolo, que me guste el lujo, ni los relojes de marca. Soy bien sencillo…

–Perdón. En el porsche de tu casa hay estacionados dos BMW blancos, uno último modelo. Nadie podría decir que ésta es una casa modesta…
–A ver, te voy a explicar. Puede que suene raro. Es verdad. Hace poco cambié mi auto y no sabes cuánto me arrepiento. Pero, en fin, a lo que voy, y aunque pueda parecer un poquito soberbio, es que mi nivel de consumo no tiene nada que ver con mi nivel de patrimonio. ¿Me entiendes?

–Sí.
–Es difícil explicarlo sin que suene prepotente pero, si yo quisiera, podría vivir como un pachá, como viven algunos, y no lo hago.

–¿…?
No digo que viva como pobre. Obviamente que me gustan las cosas buenas, pero sólo me intereso por las cosas que de verdad me interesan. Yo puedo gastar una fortuna, como lo he hecho, en comprar un libro. Puedo gastarme una fortuna en el proyecto del Parque de Chiloé o en hacer navegable el río Mapocho, pero no me atrae gastarme una fortuna en ropa o accesorios de lujo. Siempre ando con mi lápiz Bic y con una reglita, que todo el mundo sabe que cuando la pierdo me vuelvo loco. Es otra obsesión; cuando leo, tengo que subrayar para que las cosas no se me olviden más.

–¿Y en qué tipo de libros te has gastado una fortuna?
–En libros antiguos, de historia. Voy mucho a librerías, a las antigüedades y a los remates, y cuando encuentro lo que quiero, lo compro.

–¿Valga lo que valga?
–… Lo compro. Pero yo a mis hijos los he tratado de educar siempre de forma muy austera. Si ellos hicieran un cálculo, podrían imaginarse que tienen la vida comprada. Pero no. Todos son sacrificados. Yo me doy algunos gustos como ahora, que me compré un helicóptero a medias con Andrés Navarro. Pero todos mis amigos ricos me dicen: “¿Cómo puedes andar en ese cacharro? Porque mi helicópetero es un Toyota, no un Mercedes Benz. Lo prefiero mil veces. Lo puedo aterrizar en cualquier lugar y no ando angustiado de que me lo vayan a rayar.

–Pero también tienes otras excentricidades, como cuando invitas a todos tus amigos en un charter sólo para ir a bucear al Caribe.
–Claro, es que siempre he pensado que tengo dos opciones. Una es irme con mi señora, a cuerpo de rey, a los lugares donde van los millonarios del mundo. Y la otra alternativa, más entretenida, es convidar a mis hermanos y amigos y partir en patota a bucear. Al fin y al cabo, lo más importante no es dónde estás, sino que con quién estás.

–¿Y tu señora no se angustia de andar siempre con la patota detrás?
–Sí, se angustia mucho. Lo mismo que cuando vamos de vacaciones al Caburgua. Nos juntamos unas 60 a 70 personas y salimos todos a escalar cerros, a hacer picnic. Ella me dice que para mí es muy fácil, pero que como ella es la dueña de casa, tiene que preocuparse de que todo funcione.

Frágil

–Da la impresión de que eres un tipo muy resuelto en los temas políticos, empresariales, pero escurridizo en lo personal. ¿Eres defensivo?
–Soy introvertido, pudoroso, tímido con las cosas íntimas, con los sentimientos. Mi mujer siempre me dice que me cuesta mucho expresar mis emociones.

–¿Por qué? ¿Te sientes frágil?
–…Muy frágil. Los golpes me duelen más de lo que nadie imagina. Te juro que hago lo posible por disimularlo.

–¿Por qué tanta resistencia a sentir dolor, pena, rabia?
–Tal vez por esa estupidez que a uno le enseñan cuando es niño: que los hombres no lloran.

–¿Y qué haces en los momentos de dolor?
–Mi tendencia es encerrarme en mí mismo. Me llevo la pena hacia adentro y me refugio en el silencio. Puedo estar físicamente en un lugar, pero mi alma está a kilómetros de distancia. No siempre estoy en el lugar donde mi cuerpo está. A veces, eso me hace pasar por mal educado.

–¿Ése es uno de tus defectos? Te pregunto porque hablas de ti mismo con mucho autobombo.
–No, no. Todas las virtudes esconden un defecto. Yo tengo muchos. Soy mal educado y me lo sacan a relucir mucho. Te juro que hago un esfuerzo inmenso por ser más educado y me propongo saludar a todos y prestar atención cuando me hablan. Pero tengo que esforzarme. No me sale natural. Y si me descuido, puede que alguien esté hablando y yo ni siquiera me doy cuenta. También soy impetuoso.

–¿Autoritario?
–A veces. Cuando tengo muy claro lo que quiero hacer y siento que me están desviando del camino, me pongo autoritario.

–¿Toleras la lentitud?
–Me mata la lentitud. Cuando tengo que ir a una parte, basta con que me avisen 10 minutos antes. Salto de la cama, me ducho y estoy listo. Mi mujer no. Ella se da tiempo para sus rutinas. Tengo que hacer esfuerzos para aceptarlo. La lentitud me exaspera.

–¿Y la soledad, la aguantas?
–No. La soledad me produce mucha angustia. Le tengo un tremendo temor. No estoy hecho para vivir solo. Me gusta estar acompañado. Por eso, cuando estoy de vacaciones, me gusta andar con todo un choclón.

–¿No será que te da miedo la intimidad?
–Me cuesta entrar al mundo de la intimidad. Cuando mi mujer te dice. “Bueno, hablemos de nosotros”, eso me produce una inquietud infinita. Para mí, estar juntos, cada uno leyendo su libro, es una forma de intimidad. No tenemos para qué preguntarnos qué nos está pasando o cómo está nuestra relación. Reconozco que a ese mundo le tengo distancia. Creo que cada uno expresa sus sentimientos a su manera. Tal vez soy un poco autista.

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