Carolina Varela: La doña
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1 Agosto, 2012

Carolina Varela: La doña

Carolina Varela pagó 5 millones de dólares por su nuevo centro de estética. Partió hace cuarenta años haciendo masajes reductivos a domicilio con vendas untadas en sales y parafina brasileña. Antes de eso, ella misma remodeló su cuerpo de 140 kilos. Esta es la historia de una mujer que le saca el rollo a las mujeres en Chile.

Por Andrea Lagos / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Francisca La calle / Maquillaje: Elvira Montero

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Paula 1101. Sábado 4 de agosto 2012.

A los 20 años pesó 140 kilos. Estaba casada con un “intelectual” que debía viajar frecuentemente a Brasil por asuntos de gobierno. Allá, echada sobre la playa, gorda como un mastodonte, se dijhttp://www.paula.cl/wp-admin/post.php?post=81183&action=edito a sí misma: “Voy a cambiar mi cuerpo”. Y fue así como inventó un plan a su medida con ejercicio, dieta y máquinas: las mejores y más nuevas máquinas de los años setenta. Con la idea fija en la cabeza, en un año bajó 90 kilos y se quedó en 54. Para mantener a la “Nueva Carolina” compró sistemas que estimulaban los abdominales mediante corrientes eléctricas, mientras leía revistas de mujeres hermosas.

Y así, lentamente, se hizo el cuerpo que quería. “Quedé flaca, apretada, estupenda, para qué estamos con cosas. Yo veo fotos y era muy regia. Ahora no, pero fui estupenda”. De vuelta a Chile nadie la reconocía. “Era otra”.

En una pieza de su casa instaló todas las máquinas que la mantenían a raya con los kilos y rollos. Sus amigas la veían y comenzaron a pedirle que les aplicara los tratamientos que se había autorrecetado. La llamaban, le rogaban. Pronto, se lanzó con sus tratamientos a domicilio que patentó como la técnica “Carolina Varela”.

Así corrió la voz hasta que salió un artículo suyo en una revista de mujeres. “La gente hacía cola en la calle para hablar conmigo. Mi marido estada furioso porque decía que ‘cómo yo iba a trabajar en esto’. ¿Y tú crees que me pasaba el BMW para ir a hacer masajes? No, no, no: yo figuraba colgando de la micro” cuenta hoy desde el gran edificio de Luis Pasteur. En ese tiempo, cuando recién partió y las clientas se fueron multiplicando, arrendó una casa con un cheque a fecha. “No tenía ni un peso, pero creía que podía adelgazar a toda chilena que me lo pidiera, si me lo proponía, si me mentalizaba. Yo me concentro y todo lo consigo: todo”.

Cuarenta años después, está aquí, parada en el montacargas del edificio que le costó 5 palos verdes. Cada gabinete está equipado con maquinaria traída desde Italia: camas de agua tibia que cambian de color al compás de una música new age; equipos de última generación en radiofrecuencia para destruir adipositos, sistemas de cavitación, bandas de criolipólisis, pistolas que destruyen la grasa, personal trainer como sacado de la revista Men Health, 60 estacionamientos subterráneos, nutricionista y un arsenal de kinesiólogas, médicos y terapeutas. Todos atienden a un ejército de mujeres que pagan al mes setecientos mil pesos, y ella les da garantía mediante contrato firmado.

¿Quién es la mujer detrás de este imperio? Ella, la Varela: la que se separó de su marido para irse con un árabe, la que estuvo viuda por más de treinta años y ahora pololea con un brasileño que le canta canciones de amor. Ella, la que va en un Porsche blanco del año y come casi pura lechuga y, a veces, dos galletas de agua.

Carolina Varela, ¿cuánto vale este auto?
Como 45 millones. No, si no es caro.

¡Cómo me dices que no es caro!
Es que hay autos más caros. Y se ríe.

¿Cuánto te costó hacer este edificio?
Cinco millones de dólares.

Ni puedo imaginar cuánta plata es eso.
Era mi sueño, que fuera monumental. Pero esto para mí no es un negocio, es mi hobby. Acá a la gente les cambio la vida, las convierto en otras personas. Yo hago plata con mi inmobiliaria, La Escorpión.

Pero acá los tratamientos son caros.
Son baratos para lo que cuestan las máquinas. Esto es lo mejor, de lo mejor del mundo. No hay hoy un centro igual en Sudamérica. Esto no es a nivel de Chile, es demasiado para Chile. De acá las mujeres salen perfectas. Yo no dejo que nadie se vaya si no sale perfecta. A mí me gusta la perfección.

¿Qué tipo de mujeres llegan a tu centro?
De todo tipo: desde los 14 hasta los 80 años. Mujeres a las que las han dejado los maridos por gordas, hombres que no encuentran amor por guatones, personas en estados calamitosos.

¿Qué buscan?
Mejorar, verse bien. Verse bien, desnudas, y verse bien, vestidas. Las mujeres mayores quieren verse elegantes, pero no les interesa ir a pasearse con bikini a la playa. Las mujeres jóvenes son diferentes. Todas buscan tonificar, eliminar celulitis, reducir y rejuvenecer. Quieren salir como nuevas. Yo las hago de nuevo.

¿Cuántas mujeres han pasado por tus manos?
No tengo idea.

“Me gasto la plata en viajes. Ahora viajo con mi pololo. Me gusta la ropa. La compro en Italia. Soy adicta a las carteras Hermès. Tengo de todos los colores. Tú entras a mi sala de vestir y dices: “pero esto es una tienda de carteras”.

¿No tienes una estadística?
No, yo tengo una cábala: no sé cuánto gano ni cuánto gasto. No tengo idea. No me interesa y nunca me voy a preocupar, porque el día que tenga todas estas cosas anotadas me va ir pésimo. Esto está lleno siempre, hasta el tope. En el banco se ríen de mí: no sé cuánta plata tengo.

¿En qué gastas la plata?
Viajo. Ahora viajo con mi pololo. Me gusta la ropa, la compro en Italia. Soy adicta a las carteras Hermès. Tengo de todos los colores. Tú entras a mi sala de vestir y dices: “Pero esto es una tienda de carteras”. Sí, me gustan los zapatos. Los quiero de todos colores, aunque no los use nunca. Mi billetera eso sí, tiene que ser roja.

Perdona que me ponga catete, pero hay gente que vive con 193.000 pesos al mes, el sueldo mínimo.
Qué pena ¿ah? Pero dime una cosa, yo pongo un aviso de secretaria, excelente sueldo y no viene nadie. Olvídate lo que cuesta contratar gente. Y eso que te digo yo, te lo pueden decir todos los empresarios de Chile: hay gente que le gusta que todo le regalen. Y no poh, la vida no es un regalo, la vida se la hace uno.

Chilena es chilena

De tanta mujer que ha pasado por acá ¿cómo es el cuerpo promedio?
Tipo pera: son flacas para arriba y gorditas hacia abajo.

Aclaremos que tu ves chilenas con plata.
Sí, pero igual. Chilena es chilena, viva en La Pincoya o allá arriba. Pero, claro, hay algunas que tienen genes italianos, alemanes u otras contexturas. Ahora las lolas son estupendas: todas altas y flacas, como que cambió el gen.

¿Viene gente que no lo necesita realmente? ¿A veces te llegan flacas?
Llegan flacas, pero sin autoestima. Ahí me encargo yo de decirles: “Tú estás estupenda. No necesitas nada. Cuando realmente lo necesites, vienes. Ahora da gracias a Dios por esa facha”. Esto no es un negocio, es un tratamiento serio. Aunque, la mayoría de las chilenas tienen las piernas gorditas, el popis grande para lo bajitas que son.

¿Qué les haces?
Emparejo la talla, elimino la celulitis, tonifico, levanto los glúteos. Las hago de nuevo. Pero la mujer está mejor. Antes, la chilena era más desastrosa. Cuando yo recién me inicié, la gente era gorda y a maltraer. Había que explicarles y enseñarles todo. Ahora no, ahora las mujeres son regias. Tienen detalles que no se ven cuando están vestidas. Antes se decía: “Mientras más gordita más bonita”. Eso no debe ser. Cuando tengas guagua preocúpate. Nada de darle cosas que engorden desde chica, porque después va a ser gorda cuando grande.

¿Has cambiado a alguien radicalmente, así como lo hiciste contigo misma?
Sí. Una vez Canal 13 me pidió que eligiera gente para un capítulo de Diagnóstico. Yo elegí a una niña bien amorosa. Feíta, gordita, muy gordita. Y la hice bajar 35 kilos. La cambié ¡y ahora parece modelo! Trabaja conmigo. Fue impresionante como le cambié la vida y la personalidad: ahora ella es rubia. ¡Está estupenda, estupenda! La saqué de un lado y la puse en otro: fue como a Cenicienta.

La perfección

Para entender de qué se tratan los tratamientos de Carolina Varela pido una hora con ella. Me pesan, me miden la cintura y me pasa a una cama de agua que cambia de color mientras me aplican una máquina que parece hielo en mi vientre. Después, una kinesióloga me pasa una pistola por los rollos que se supone destruirá la grasa abdominal con ultra sonido. En la mitad de la sesión, entra ella, La Doña.

Tú estás bien guatona ¿ah? Yo te voy a sacar toda esa guata. Date vuelta para atrás. Ya, tú estás bien, súper bien formada, pero tienes que cumplir con bajar tres kilos mensuales. Si no cumples, pierdes la garantía. Tú cumples tu parte, yo cumplo la mía. Por ejemplo, en el caso tuyo qué te haría: te sacaría toda la grasa, aplanaría esta zona, aplanaría acá y esto y esto de aquí. Si yo elimino ese rollo de las caderas, te subo el popi… te cambia entera. A los tres meses encuentras siete pololos al tiro.

Ja, ja, ja, ja: ¿y todo eso con puras máquinas?
Y ejercicio también. Son veintiocho minutos con un personal trainer.

¿Por qué veintiocho y no media hora?
Porque veintiocho es mi cábala.

¿Y a qué máquinas me meterías?
Terapias de calor primero con electrosauna. Luego masaje con drenaje linfático y placas de fotomasaje y radiofrecuencia que eliminen la grasa y la celulitis a nivel profundo. Con radiofrecuencia no vuelves a tener celulitis. La cavitación elimina la grasa con un escáner y la plataforma vibratoria te hace drenar de arriba abajo. Tienes que tomarte un litro y medio a dos de agua al día e ir a la nutricionista del centro. Después de eso tienes la criolipólisis, que es una maravilla, yo te sacaría toda esa grasa al tiro de ahí. Y después con las ondas de choque se pulveriza y chao la gorda.

¿Cuánto tiempo hay que tener para toda la cosa?
Yo te haría un tratamiento de unos tres meses. Hora y media al día, cuatro días a la semana.

¡¿Pero quién tiene tiempo para tanta cosa?!
El que quiere celeste, que le cueste.

¿Cuánto tendría que pagar?
Setecientos mil pesos al mes. Mira yo te voy a mostrar. A mí no me importa mostrar. (Se levanta el vestido que lleva puesto) ¿Cuánto crees que peso?

¿Unos 70?
No: 86 kilos.Tengo talla 40 a puro tratamiento. A las mayores de 50 les hago reducir, pero no bajar de peso para que no se les arrugue la cara.

Oye, acá tú no puedes desparramarte ni ponerte gorda. ¿No te estresa eso?
No porque es una forma de vida. Yo amo esto por eso. En mi casa tengo un espejo tremendo. Salgo y me miro entera. Y, aunque no lo creas, siempre me encuentro gorda, aunque esté flaca. Tú, ¿cómo me encuentras?

Bien, estás bien.
No dirías la vieja gorda.

No, nunca.
Pero yo me encuentro gorda, porque la persona que ha sido gorda, siempre va a tener ese trauma, aunque peses treinta kilos. Yo, en los noventa, iba a todos los programas de televisión, me invitaban como consultora de belleza. Un día me vi en televisión y encontré que la pechuga estaba un poquito grande. Así que fui adonde Héctor Valdés para que me las achicara. Pasé una semana en la clínica y dije: “voy a escribir un libro”. Y lo escribí. Comienza así: “Me acabo de operar con el doctor Valdés. Tengo que estar una semana en la Clínica Alemana y ¿qué voy hacer?, voy a escribir un libro”. Me las achiqué a los 40 años. Parece que me han crecido de nuevo (risas).

Todas las mujeres quieren tener las pechugas grandes y tú, chicas.
¿Sabes qué pasa? Yo era una Marlen Olivari y ¿para qué tanta pechuga?

¿Te operarias de nuevo?
A estas alturas de mi vida, me operaría lo que me hiciera falta. Pero la cirugía estética arregla una cosa y te echa a perder otra. Te deja cicatrices. En cambio con mis tratamientos quedas estupenda desde el cuello hasta la punta de los pies.

¿Y cómo te mantienes tan estirada?
Tengo un tratamiento maravilloso con oxigenación. ¿Quieres probarlo?

¿Pero te has hecho algún estiramiento quirúrgico?
A los 45 sentí que los ojos se caían. Y le dije a Héctor: “Háceme unas pinzas aquí y por acá. Me saqué las bolsas con él también. Nada más.

Dame un nombre de algún famoso que se haya enchulado acá.
Yo nunca he dado un nombre, nunca. No lo he dado ni lo daré jamás.

La garantía

Almorzamos con Carolina Varela una ensalada, un jugo y un postre. Sí, un postre. Ella dice que se lo permite solo por hoy y que después se mete a la criolipólisis y listo.

Y ¿qué hacemos con el pan?
Es que el pan es tan rico. Si me das una langosta y un pan con mantequilla, yo prefiero el pan. Si comes uno no te va a pasar nada, pero si te comes seis marraquetas vas a estar terrible. Ahora que vamos a comer postre no comamos pan.

–En mi casa tengo un espejo tremendo. Salgo y me miro entera. Y, aunque no lo creas, siempre me encuentro gorga. Aunque esté flaca. Tú, ¿cómo me encuentras?
–Bien, estás bien.
–No dirías la vieja gorda.
–No, nunca.

¿Nunca, nunca comes de más?
Yo como muy poco. Casi pura lechuga y proteína. Pero una vez yo quería comer un hot dog. Uno largo con tomate y mayonesa. Ah qué rico y lo pedí. Mi yerno me dijo: te están todos mirando. Yo le dije ¿sabes que más? Me importa un pito, me lo voy a comer igual.

Entonces no eres tan maniática.
Soy maniática para todo, mi casa parece museo, mi sala de vestir es todo perfecto, porque todo es perfecto en mi vida, todo. El auto tiene que ser perfecto, hoy día se pinchó un neumático y llamé a la Porsche ¡¡¡lo voy a devolver!!! ¡Me voy a quedar con el Audi! Y volaron a cambiarme la rueda.

¿Cómo te soporta el resto de la gente? ¿Ese deseo tuyo por la perfección?
Debe ser difícil. Qué difícil. Si es difícil para mí, imagínate cómo será para los demás.

Si una clienta tuya no queda perfecta ¿qué haces?
Le hago la cetonuria para ver si realmente hace la dieta. En el azúcar de la sangre se ve si está comiendo o no. Y si comen mucho, las reto.

¡Cómo las retas!
Se van de castigo. “Ya”, me dicen, lo que tú digas.

¿Cuál es el castigo?
Dejan de entrar al tratamiento. Se les da una tarjeta que no tiene ningún costo. Y tienen que venir a una hora de ejercicio con una dieta especial. El castigo puede durar diez días, veinte días. O me baja los kilos que me debe o no vuelve al tratamiento.

¿Kilos que te deben?
Kilos que prometieron bajar. Y si tengo que repetir el tratamiento se los repito. Y les tengo que devolver su plata se las devuelvo, porque yo no tengo problema económico, esta es una empresa solvente y los pacientes de aquí tienen que salir felices y perfectos.

¿Felices y perfectos?
Sí, felices y perfectos.

¿Cómo tú?
Como yo.

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