El dominio de Nelson
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12 Junio, 2008

El dominio de Nelson

América Latina envía una exportación no tradicional a Europa: niños futbolistas, genios de la pelota, pobres la mayoría. El argentino Lionel Messi partió a los 13 años al Barcelona, el mexicano Giovani dos Santos llegó al mismo club a los 16 y el chileno Luis Jiménez fue fichado por el Ternana a los 17. son parte de los 162 latinoamericanos que juegan en España, Italia, Inglaterra, Francia y Alemania. Otros no tienen tanta suerte.

Por Roberto Farías

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¿Cómo estás, Nelson?
Hola, tío. Bien.
A todo quien se le acerca mucho lo trata de tío. Está lejos. Solo. Es un niño.
Desde agosto de 2007, Nelson Bustamante vive en Brescia, una pequeña ciudad al norte de Italia, muy cerca de los Alpes, en el Centro San Fillipio, una finca campestre de dos pisos y muchas habitaciones, tapiada de enredaderas, especialmente adaptada como hotel por el poderoso club de la ciudad, el Brescia Calcio, fundado en 1911. Brescia es un portento de la industria de la leche, el banco regional y los automóviles de lujo Lancia. Tiene estadio propio y pronto inaugurará uno de los más modernos de Italia, junto con el del Milan. Han invertido fuerte para volver a la primera división italiana gastando tanto en infraestructura como en jugadores. Han apostado a las divisiones inferiores, como se denomina en la jerga militar-deportiva a los niños.

En el hotel de “la giovanile” del Brescia, Nelson convive con 40 niños que están en barbecho para convertirse algún día en la primera plana del club e ídolo nacional. Habla áspero, tiene la voz ronca. A veces apunta una mirada torva, ruda, hosca, ésa que sólo tienen los niños de la calle. Su pelo está teñido de rojizo; sus pantalones bolsudos muestran los tobillos. Parece uno de esos niños a los que la televisión enseña que hay que temer.

En los días previos a partir a Italia se detiene un minuto entre las calles Santa Marta y Los Morros, un hervidero de viviendas sociales, poblaciones y villas de blocks que delimitan San Bernardo y Puente Alto, y nadie queda indiferente. Domina la pelota con destreza de malabarista y pronto lo aplauden. Despierta la simpatía hasta el fervor y de pronto toda hosquedad se hace remota y la gente lo rodea. Lo estrujan para tomarse una foto con él, frente a una rápida cámara. Un hormiguero de personas lo saluda, le da consejos en la calle y, aunque es un niño, se nota que el personaje comienza a poseerlo: el de ídolo futbolístico.

Tres meses después, el tono italiano se le ha pegado, se tropieza con las palabras; en suma, ahora habla un “flaite” rarísimo.
–Acá hay cabros italianos de provincias, uno que es inglés, alemanes, africanos…

Además de varios de distintas repúblicas eslavas impronunciables para Nelson y un solo latinoamericano: él. Todos son pequeñas estrellas del fútbol en sus provincias y países. Sus edades oscilan entre los 14 y los 16 años.

Desnutrición severa

La historia de Nelson está copiada al dedillo del guión del melodrama futbolístico. Es hijo de un obrero de la construcción de San Bernardo que vive en una pieza y una madre que ha pasado por problemas de drogas y alcohol y ha tenido parejas cercanas al lumpen. En cuasi abandono, Nelson sufrió una desnutrición severa hasta los cuatro años, que fue tratada en consultorios municipales con magros resultados: tiene 15 años y la talla de un niño de 10: mide 1,45 m y pesa 45 kilos. Cuando sus padres se separaron, quedó al cuidado de su abuela Ana Álvarez en el peliagudo sector Santa Marta con Los Morros. Pero como ella trabajaba –y trabaja– haciendo aseo de noche en un supermercado Líder de Gran Avenida, él se arrancaba de día, mientras la abuela dormía, a pedir limosna haciendo malabares con la pelota en un semáforo. Era un portento. La gente quedaba admirada y los fanáticos del fútbol no bajaban la ventanilla con menos de mil pesos en las manos.

Nadie en su familia sabía de su peculiar talento. Él decía que obtenía el dinero (hasta cien mil pesos en un día) ayudando a limpiar jardines. Su abuela se enteró de todo un día que fue detenido en el Paseo Ahumada por mendicidad.

Dejó y volvió a la escuela varias veces. No lee de corrido y ha repetido dos veces. Antes de partir a Italia había llegado hasta quinto básico. En dos ocasiones se fue de la casa y estuvo a un tris de que la ciudad lo consumiera con su boca negra. Pero, como dice el guión, “la suerte tocaría a su puerta”, y en ese semáforo de San Bernardo lo descubrió un empresario que, consciente de su talento inigualable, lo fue a ver jugar a la cancha del barrio, le tomó cariño y lo promocionó en los clubes hasta lograr venderlo a la escuadra italiana del Brescia Calcio en 210 millones de pesos, la cifra más alta que se ha pagado por un jugador menor de 15 años en Europa.

Contrato de beneficios

–¿Pronto? ¿El Brescia club?
–¡Aló! –Gianlucca Nani, ex director deportivo del club Brescia Calcio, habla perfecto español y, al parecer, sólo le gusta tocar el tema de los niños en línea generales.

Dice escuetamente: “Todos los niños han firmado un contrato de beneficios, pues la ley italiana impide formalizar un contrato laboral hasta pasados los 16 años”. Los 300 mil euros (210 millones de pesos) que pagaron por Nelson son parte de un peculiar convenio que implica un tratamiento de crecimiento para superar la desnutrición, su educación formal hasta la enseñanza media y un depósito millonario que será liberado a su nombre cuando tenga 18 años.

El Brescia apuesta duro a tener una plana de futbolistas de peso en las ligas europeas, donde, por regla general, los jugadores a los 18 años ya tienen representantes, clubes propietarios y hasta sponsors.
–Por eso salimos a buscar talentos extranjeros, muy pequeños, que podamos formar y a su vez aporten al fútbol europeo. Nada más. Tuuu, tuuu, tuuuu.

Nelson tiene una habitación compartida con Rafaelle, un italiano alpino de 15 años que lleva un año viviendo ahí. El cuarto es amplio, tiene baño, televisor, dvd, computador; el club le pasó un celular para llamar a la abuela en San Bernardo, quien contesta en un almacén.
Les avisan para comer, desayunar, cenar. La mayoría puede elegir un menú con cuatro opciones, pero Nelson recibe una comida especial, pues el club tiene un médico para él, el doctor Marino, quien lo tiene bajo una dieta de crecimiento, pues el principal problema de Nelson sigue siendo su baja estatura por la desnutrición.

Por ahora no va a la escuela, sólo tiene clases de matemáticas y de italiano dos horas diarias, con profesores privados. El resto del día lo ocupa en las prácticas deportivas de alto rendimiento dirigidas por el cuerpo técnico del “profe” Marisa Romano.

A las dos semanas de haber llegado a Italia se le notaba el nuevo acento por teléfono:
–El pasto es impecable, la casa es bónita, la comida buenísima…
La abuela aprovecha de hablar con él.

–¿Y te tratan bien, Nel?– le pregunta Ana Álvarez desde Chile– ¿Te tratan bien de verdad?– Se pasea preocupada por el living de su casa en calle

Santa Marta en San Bernardo. Lo crió desde los 7 años, cuando sus padres se separaron, y él estaba flaquito y demacrado.

Las paredes de la casa de Ana Álvarez necesitan una mano de pintura. La mesa, una barnizada. Marcelo, el hermano menor de Nelson, de 11 años, cojea y usa una muleta, pues un herpes le dañó la cadera también debido a la desnutrición.

En el living están los sillones, la cocina y el lavaplatos donde se arruman ollas y loza vieja. Las puertas del único mueble de cocina están colgando. Los dormitorios están detrás de una cortina.

La abuela trapea el supermercado desde las 12 de la noche hasta las 8 de la mañana. Las otras mujeres le dicen en el trabajo: “Qué está haciendo acá, a su edad, con un nieto futbolista famoso”.
–Ya, mi niño…– termina la abuela Ana el llamado. Cuídese. No eche de menos. Y si por cualquier cosa… si le pasa algo, o usted sabe, quiere venirse, lo esperamos con la puerta abierta.

La puerta está sostenida por un alambre enroscado en un clavo. El perro Aquiles la abre con facilidad y se echa en un sillón.
A Nelson le prometieron dos viajes anuales a Italia para dos personas de su familia. Tiene prohibido viajar a Chile hasta que obtenga la nacionalidad comunitaria (que implica un permiso para trabajar), así es que a fines de 2007 el club pagó la estadía en Brescia de la abuela, el padre y el hermano menor de Nelson durante un mes. El siguiente viaje es este invierno.

El semáforo de la suerte

En una luz roja, en abril de 2005, René Curaz, un empresario minero vinculado al negocio del fútbol –que había estado a punto de comprar un club mediano– lo vio desde su camioneta dominando la pelota en forma tan sorprendente que bajó la ventanilla y le preguntó a bocajarro:

–¿Y tú juegas tan bien como la dominas?
–Sh, claro. Juego mejor.

–¿Y dónde?
–Acá en San Bernardo, en Los Morros.

Luz verde.
Curaz partió sin darle propina.
Una semana después, luz roja nuevamente.

–Hola. ¿Cuándo juegas para irte a ver?
–Pucha, tío, venga el domingo, poh. Juego en el equipo de mi papi.

Primera sorpresa. Era tan bueno que en el barrio no lo dejaban jugar con los jóvenes, a quienes bypaseaba como quería, sino que jugaba contra los adultos. Y también se los bailaba dejándolos en ridículo. Curaz anotó las coordenadas. Verde. De nuevo partió sin darle propina.

Y nunca le daría. Fue a verlo y quedó tan sorprendido que le ofreció promoverlo ante un equipo grande y encargarse de sus gastos.

–Es lo más parecido a Maradona que he visto jamás –repite a quien se lo pregunte.

Por entonces los hijos de Curaz iban a la escuela de fútbol de la Universidad Católica, en San Carlos de Apoquindo, y el empresario sabía que los clubes buscan talentos cada vez más chicos, pues cuando pasan de los 16 la mayoría tiene representante, abogados y hasta ofertas de clubes. Él se arriesgó y antes de que alguien se le adelantara se convirtió en el representante de Nelson. En una notaría firmaron un acuerdo que rige hasta 2017, es decir, hasta que Nelson tenga 22 años.

Todo lo que se genere por traspasos, ventas y contratos se reparte así: 10% para Nelson y 90% para Curaz. A cambio, Curaz se haría cargo de alimentación especial, ingresos para no pedir limosna, educación, vestuario y entrenamiento del chico.
Cuando se le toca el tema, Curaz no responde. Sólo dice que ha gastado en pasajes a Europa (donde ha viajado dos veces con Nelson, por 15 días cada vez) lo que equivale a una camioneta que no tiene.

Grabó dos videos de 20 minutos y con ellos promovió primero a Nelson en los equipos grandes chilenos. La telenovela acabaría demasiado pronto si nuestro protagonista no hubiera vivido en carne viva el rechazo en su propio país: la Católica y Colo-Colo lo probaron y lo rechazaron por su baja estatura. Farreándose la oportunidad, no quisieron invertir en superar las consecuencias de su desnutrición. Lo dejaban jugar, pero sin pagarle. Aún así, Nelson estuvo yendo tres meses a San Carlos de Apoquindo. Pero el Transantiago volvió tan largo y penoso el viaje que siguió entrenando en la sede de Colo-Colo en la comuna de El Bosque.

A comienzos de este año, Curaz, junto a Frank Lobos, el ex sub 17 que nunca volvió a jugar y luego apareció vinculado a una mafia de apuestas rusas que pretendía arreglar partidos chilenos, enviaron los videos de Nelson al Atlético y al Real Madrid, en España, y a dos equipos italianos. En julio de 2007 Nelson viajó a Europa a probarse. La mejor oferta la hizo el Brescia.

Hoy, ambos videos están en los respectivos archivos de Telemundo Europa, la televisión mexicana, TVN y Canal 13.
Play. A los cinco minutos, Nelson corre tras la pelota ante niños de 16 años, todos del club de la Católica mucho más grandes que él. Robustos, bien alimentados. Todos, quizás, futuros jugadores de primera línea. Pero el duelo es de igual a igual. Nelson saca la pelota de entre los pies de un jugador al centro de la cancha. Corre por la izquierda, es zurdo, se lleva dos por delante y los confunde con un rápido cambio de pies. Corre. Se saca a dos más. Llega al área. Queda solo ante un defensa. Baja la velocidad y, de puro gusto, en lugar de tirarla hacia adelante, lleva la pelota a su espalda y con un golpe de talón la saca por arriba de su cabeza directo hacia el arco.

El defensa se ve gracioso girando en redondo sin detectar hacia dónde salió la pelota. El arquero trata de elevarse, pero está demasiado adelantado y ambos ven cómo la pelota da una suave curva y entra en el arco limpiamente. Gol.

En otra escena, Nelson se para en el centro de una cancha de baby fútbol. Domina la pelota y, de un tiro, acierta en el arco. ¡El de básquetbol!
Nelson corre por la cancha y hace un gesto fuera de sí, como si anduviera en bicicleta. El personaje ha comenzado a poseerlo. El de ídolo futbolístico.

–¿Te sientes ídolo, Nelson?
–Pucha sí, tío, a veces. Cuando se toman fotos conmigo, cuando me paran en la calle. El otro día me presentaron por los parlantes y me aplaudieron en un entretiempo de los adultos del Brescia. Mi padrino –René Curaz– dice que hay que ser himulde… humirr… Tapa el auricular y se dirige a alguien: “¿Come è la parola?”.

Tráfico de niños futbolistas

En la prensa del fútbol italiano, donde Nelson ha aparecido, lo apodan “el Messi chileno”, mote que él, como buen ídolo, detesta.
Lionel Messi llegó a España con 13 años, 35 kilos y 1,46 m de altura. Venía de Rosario. A los 15 años lo compraron los italianos, quienes lo hicieron crecer e invirtieron en su desarrollo físico. Hoy, a los 20, Messi es un ídolo internacional.

Sin embargo, no todo viaje al extranjero augura gloria.
En Tucumán, Argentina, de lo que menos quieren oír 6 niños es de volver a Italia. Los llevó en 2006 un supuesto representante del club español Getafe que, a poco andar, sufrió una crisis económica. Los niños quedaron en la calle y sus padres debieron costear su retorno meses después.

El propio ex ministro del Deporte de Brasil, Pelé, denunció el año pasado que más de 830 niños brasileños han sido “exportados” a clubes italianos bajo condiciones económicas abusivas (porcentajes de 10% a 90% que se repiten en la mayoría de los casos). Según sus estadísticas, sólo el 5% de esos niños llegará a las ligas profesionales y los demás podrían terminar corriendo riesgos innecesarios en las calles europeas, abandonados a su suerte. Ya se han dado casos. Leonardo, un jugador connotado de Brasil, pasó experiencias durísimas para abrirse paso luego de ser abandonado por los clubes que lo llevaron originalmente a Europa.

Muchos casos se denuncian en CBF Nike, un libro del periodista Aldo Rebelo que denuncia la injerencia de la marca de ropa, dirigentes, ex jugadores y hasta diplomáticos en la salida de niños futbolistas brasileños al fútbol europeo.
En Italia, Saro Pettinato, diputado y ex presidente del Atlético Catania, presentó un proyecto de ley para impedir el tráfico de niños futbolistas, pero la iniciativa no prosperó. Él mismo denunció que cuando era presidente del club le ofrecían niños argentinos y brasileños por cinco mil dólares. “Y no los derechos o su pase, sino a las criaturas físicamente”, dijo.
En el sindicato de futbolistas profesionales chileno están conscientes de este tema, pero no han podido avanzar mucho. Además del caso de Nelson, saben de otro niño que partió a Estados Unidos y de dos ex jugadores que están ofreciendo niños a clubes extranjeros en condiciones que se desconocen.

El 14 de agosto de 2007, el último día que Nelson Bustamante estuvo en Chile, la jueza del Cuarto Juzgado de Familia de San Bernardo intentó conocer los detalles del contrato que vincula a Nelson con René Curaz, el empresario que lo vendió al Brescia. La magistrada quiso saber la opinión de los padres y de la abuela, tutora legal del niño. Sólo llegaron la abuela y Curaz. Media hora después, la jueza archivó el caso que Nelson tenía pendiente por mendigar en el Paseo Ahumada. Con dicho proceso judicial abierto, el chico no hubiera podido salir del país. Finalmente, la magistrada autorizó que Nelson viajara a Italia.

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