Entrevistas
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4 Julio, 2012

La nueva Señora Lackington

Hasta hace poco era una obrera de la actuación, que creía más en el empeño que en el glamour. Hoy quiere inyectarle fantasía y sensualidad a su condición de actriz: no solo ser, sino también parecer. Está delgada, sofisticó su look y hasta cambió su manera de hablar y caminar. ¿Qué le pasó a Solange Lackington?

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paula 1099 sábado 7 de julio 2012

Si la vida de Solange Lackington fuese un libro, sería un bestseller con trasfondo de autoayuda, de esos que llegan al cine como películas que pueden irritar al crítico-intelectual, pero que siempre sacan aplausos en el público femenino, deseoso de tramas inspiradoras. Títulos como Bajo el sol de Toscana o Comer, rezar y amar; historias de mujeres maduras que se separan, viven su duelo intensamente, se reencuentran con el amor y alcanzan la felicidad. Solange Lackington no tuvo que viajar a Italia o a la India para experimentar su transformación.

La actriz de 49 años dice que recién ahora es capaz de valorar quién es, de apreciarse como “una actriz integral”, como si antes no le hubiese tomado el peso a sus 28 años de trayectoria televisiva y teatral. “Estaba acostumbrada a ver a través de un vidrio empañado, entonces, cuando lo limpias, todo aparece distinto”, explica.

Estudió Teatro en la Universidad Católica, trabajó en Teleduc y en 1982 debutó en las teleseries como extra de Alguien por quien vivir, de TVN. De ahí vinieron La torre 10, Marta a las ocho, Las dos caras del amor, Bellas y audaces, etc. Son más de veinte producciones en las que se ha movido con soltura entre el drama y la comedia, entre personajes cuicones y populares. Junto con transformarse en un rostro conocido, se construyó como una actriz de carácter, merecedora en 2001 del Altazor a Mejor Actriz por su interpretación en Piel canela (Canal 13). Hoy es Luisa Tapia, la madre agobiante del personaje de Paz Bascuñán en Soltera otra vez (Canal 13) y, tras una exitosa temporada en Santiago, combina las grabaciones con presentaciones en regiones de Redoble fúnebre para lobos y corderos, trilogía de Juan Radrigán, donde hace el monólogo Isabel desterrada en Isabel. El cine sigue siendo un asunto pendiente.

Actriz las 24 horas
Llega en un 4×4 al café ubicado en Ñuñoa, que eligió para esta entrevista; se estaciona y, acto curioso, el copiloto se baja para abrirle la puerta. Entonces, aparece ella, de sombrero, pelo tomado, anteojos oscuros, chaqueta de lana negra de Laura Ashley, pantalones camel y botas negras. Una apariencia muy distinta a lo que solía asociarse al nombre Solange Lackington, en parte por el carácter populachero que han tenido algunos de sus roles de teleserie, como la recordada Martuca, de Brujas (la del célebre dicho “toma, cachito de goma”). El mismo hombre, que se presenta como su agente de marketing, le acomoda la silla para que se siente, pide una carta de té y organiza todo para que ella no tenga que esforzarse en nada. Una reina. Durante las dos horas de entrevista Solange jamás se saca los anteojos, y aunque se refiere a su marido, ni siquiera da una pista sobre quién es y a qué se dedica.

Este es el nuevo look, las nuevas formas y parte de la nueva vida de Solange Lackington, que pronto cumplirá su primer aniversario de matrimonio. El 27 agosto de 2011 la actriz se casó por primera vez por el civil y la Iglesia. Esto, después de separarse hace dos años de su pareja por más de dos décadas y con quien tuvo cinco hijos hombres (de 21 a 4 años). El quiebre coincidió con el interés de la agencia Marketing Estratégico por inyectarle nuevas energías a su perfil, encargarse de sus contratos y trabajar en lo que ella llama “una carrera internacional” que, hasta la fecha, se ha materializado en un par de charlas sobre el oficio actoral en Ecuador y Perú. “Las charlas, que también doy en Chile, tienen que ver con darle una altura a mi profesión y hablar sobre lo que sé hacer muy bien. No estudié Teatro como un hobby”, dice.

Lackington se ha tomado muy en serio esta nueva etapa y se sometió a un cambio radical que incluyó bajar 12 kilos (come, cada cuatro horas, pequeñas raciones y hace pilates), cambiar su clóset, y reeducar su manera de hablar y de caminar.

Después de 28 años de carrera estás pensando en trabajar fuera de Chile. ¿Nunca antes tuviste ese interés?
En 2000 el director peruano Francisco Lombardi me invitó a ser parte de Pantaleón y las visitadoras, película basada en el libro de Vargas Llosa. En su momento dije: “Bueno, lo guardaré como anécdota para mis hijos”. No me atreví a filmar en la selva, ni a irme con mis dos hijos chicos de entonces, ni a ponerme las mil vacunas que me exigían. Tampoco tuve el apoyo ni la contención de una pareja para dar el salto. Pero siempre existió ese deseo de ir más allá.

¿Qué fue lo que esta agencia de marketing vio en ti?
Vio a una actriz de trayectoria, versátil, con un acento neutro –algo positivo para trabajar fuera–, pero, además, me mencionaron dos aspectos que, al escucharlos, me sorprendieron: que yo era elegante y delicada.

¿Cómo te veías tú?
Como una mujer funcional, sin tiempo para la elegancia y la delicadeza. Durante muchos años tuve que tirar una carreta muy pesada, no siempre bien acompañada, que no me daba el tiempo para mirarme. Solo estuve en la subsistencia: trabajar, organizar mi casa, criar a mis cinco hijos, sostenerlos emocional y económicamente. Me gustó escuchar que yo podía sacarles brillo a esas características y entendí que la vida de una actriz debe tener fantasía y glamour. El actor debe generar una cierta tensión y curiosidad. Es parte de nuestro trabajo. Si Brad Pitt entra por esa puerta, lo menos que haces es inquietarte. Si se acerca a la mesa y me pega un codazo, se acabó la magia. He aprendido a reconocerme como una actriz las 24 horas al día y ya está, es así.

Bajo esa lógica, ¿qué es lo que has tenido que cambiar de tu comportamiento?
Corregí mi manera de hablar. Dejé de decir garabatos, por un tema de educación, pero también para ampliar mi lenguaje y enfrentar mejor mis charlas. Reeduqué mi postura corporal, aprendí a asumir mi cuerpo con su volumen, contextura, altura, hombros, huesos. Dejé de estar agachada, como escondida, vestida con lo primero que pillaba, sin maquillaje porque no alcanzaba y sin tiempo tampoco para caminar bien, sin que se notara si tenía o no busto.

Ahora te vistes distinto. Antes eras como más destartalada.
Sí, y fue bien raro, porque tenía guardada ropa y accesorios que alguna vez compré y nunca usé, pero que tenía el deseo de ponerme. Esos fueron los únicos elementos que rescaté para mi nuevo clóset. Estoy, por primera vez, disfrutando el acto diario de elegir mi ropa. Creo que es el sueño de toda mujer. Ahora tengo un estilo, antes nunca lo tuve.

¿Y por qué pasaba eso?
Mi teoría es que era producto de una baja autoestima, de no creerme el cuento de lo que valía en lo personal y lo profesional, de pensar que disfrutar con la ropa y verse linda era mucho para mí. Eso provocaba que muchas veces mi apariencia fuera leída como la de una persona rebelde, que no se adecuaba a los contextos, pero detrás no había más que la intención de perderse en la masa y la incapacidad para asumir una identidad.

¿Te sentías una mujer atractiva antes de este cambio?
Me sentía una buena actriz y no le daba ningún valor a lo atractiva o no que podía ser. Es más, siempre acuñé la frase “si tengo trabajo es porque soy trabajadora, no porque tengo una cara bonita o soy un rostro que venda”. Una premisa muy de una generación de actores y que sesga, ya que te ubica solo en un lugar y te autocensuras frente a la posibilidad de que te miren desde otros lados.

¿Cómo ha reaccionado tu entorno frente a esta renovación tuya?
Mucha gente que consideraba amiga me ha cuestionado que ya no diga garabatos. No falta quien me ha dicho “te perdimos, ya no eres la misma”.

¿Qué te ha pasado con eso?
Hay personas que se te acercan y se contienen cuando te ven mal porque no les generas competencia y te vuelves útil en su miserable vida. Que estés mal les permite generar una relación de dependencia, que tú las necesites, que ellas sean protagonistas. Pero cuando ven que te reinventaste, que estás guapa, feliz y mejor que nunca en el trabajo, les incomodas.

El nuevo amor
“En la vida yo solo sumo y multiplico, no resto ni divido”. Es una de las máximas de Solange Lackington. Una frase que nace de las conclusiones que sacó tras su separación y una relación de la que no guarda los mejores recuerdos, según se desprende de su relato.

Te separaste a los cuarenta y tantos. ¿Algo que ver con la crisis de los 40?
No creo en esas crisis: que la comezón del séptimo año, que los 30, que los 40. Tampoco tuve tiempo para detenerme en esos hitos de la edad.

¿No te causó terror separarte cerca de los 50?
No, porque me lo tomé con mucha calma. No me vinieron ningunas ganas de lanzarme a la vida, porque era lo más predecible que podía pasarme y si hay algo que me carga es lo predecible. Sabía que mi separación era algo que venía cuando decidí que ya no quería seguir viviendo de la manera en que lo estaba haciendo, con esa calidad de vida que no me merecía, aparentando una felicidad que no era, una armonía que no estaba o que era solo a ratos. Cuando tomé esa conciencia, canalicé toda mi energía hacia mis hijos y mi trabajo.

¿Te ayudaste con alguna terapia?
Sí, conocí a una mujer que me ayudó a identificar los dolores físicos y cómo esas dolencias hablan de lo que sucede en el alma. En ese momento tenía problemas de circulación y se me ponían los dedos de las manos blancos e insensibles. Me dolían los brazos, los codos y las muñecas. Me hice un chequeo médico, y no tenía nada, entonces la pregunta era de dónde salía todo ese dolor. Tomar conciencia de lo que estaba viviendo y hacerme responsable me ayudó a sanarme.

¿Cómo fue reencontrarte, después de 20 años, con tu espacio: tu pieza, tu baño, tu individualidad?
Fue liberador, para qué te voy a mentir. Fue liberador no despertar a sobresaltos, sin miedo, ser dueña de mi lugar, de mí tiempo, hasta mi mirada en el espejo comenzó a ser distinta. Hice, con pequeños elementos, cambios en mi pieza para crear mi propio espacio y que mis hijos entendieran que esa era la pieza de la mamá y solo de la mamá.

A los 48, y por primera vez, te casaste, y por la Iglesia.
Yo quería casarme antes, pero para que eso ocurriera debía haber otro con las mismas intenciones.

¿Te casaste de blanco?
No, no me casé de blanco. Lo hice por el civil y la Iglesia en una ceremonia muy íntima en la casa de mis padres, con un sacerdote franciscano. Sentí que, a los 48 años, pude darles el honor a mis papás de ver a su hija casada.

En un par de entrevistas has contado que tu actual marido te abre la puerta del auto, entre otros detalles muy asociados a la galantería. Parecieran gestos poco importantes para una mujer empoderada.

Al contrario, son detalles absolutamente necesarios. Creo que la relación hombre-mujer se ha enredado y entrampado. Que una mujer sea resuelta en términos profesionales no significa que no requiera de un hombre atento y educado. Y tampoco porque una mujer sea dueña de casa u operaria en una fábrica no merece a un hombre que la regalonee y acondicione un espacio para su femineidad y sensualidad. Las mujeres hemos sufrido un atentado contra nuestra femineidad con esta seudoindependencia e igualdad entre los sexos, esta competencia de quién es el más autónomo, quién gana más plata.

Hoy, tu vida cotidiana, ¿es distinta?
Mi casa tiene una vida que antes no tenía. Es una casa donde siempre hay flores frescas, donde se escucha música, donde hay un orden, una disciplina y una calma que antes no había. Hoy escucho un “buenos días mamá”, “un buenos días mi amor”.

Y en esta nueva vida en pareja, ¿qué espacio tiene la posibilidad de tener o no otro hijo?
A esta edad me ha tocado pensar la pareja y el amor desde otro lugar, sin la necesidad, incluso la fantasía, de tener hijos. De hecho, un día mi marido me dijo: “Tú y yo vamos a tener una hija que vamos a cuidar para siempre. Esa hija se va a llamar felicidad”. Esa es nuestra hija, la única pues tengo puros hombres.

¿Este es el cambio más radical de tu vida?
El más radical de todos. Tomé conciencia de que mi tiempo pasado pudo haber sido mejor y decidí, repito, decidí, que en lo que me queda de vida quiero ser feliz. Hoy, el tiempo para mí va mucho más rápido, no tengo 20, ni 30, ni 40, cuando tienes la libertad de equivocarte más, pues no sientes ni la muerte, ni las enfermedades cercanas. Antes me sentía muy identificada con el conejito de Alicia en el país de las maravillas que corre y corre de un lado para otro, siempre con urgencia. Cuando eres joven, eso lo ves como un sinónimo de vitalidad, pero a la larga te desgasta y pasa la cuenta. A mí me la pasó. Llegó un momento de calma y aparecieron todas esas cosas que estaban ocultas. Este proceso de cambio tiene que ver con mi separación, con reencontrarme con mis padres, con mi espiritualidad –soy católica y muy mariana–, con la aparición de un amor sólido, con una agencia que quiere potenciar mi carrera y no creo que sea gratuito. Me lo merecía o me lo gané. No sé si son esos los verbos, pero en eso estoy. ·

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