Laura Gutman: La Gurú de la  maternidad
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27 Abril, 2012

Laura Gutman: La Gurú de la maternidad

Sobre los veladores de las jóvenes madres argentinas no puede faltar un libro de la sicoterapeuta Laura Gutman (53). Especializada en temas de mujer y familia, su voz y su rostro también invaden, por estos días, 
la radio y la televisión trasandina. Es bestseller internacional y ha sido traducida a cinco idiomas. Ahora, acaba de publicar su séptimo trabajo El poder del discurso materno, que en Chile se lanza en abril. “Basta de hablar de culpas”, les dice a las madres. “Somos mujeres adultas. Empecemos a hablar de responsabilidades”.

Por Cecilia di Genaro / Fotografía: Magdalena Diehl

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Exiliada en Francia, tras el golpe militar de 1976, con solo 18 años, Laura Gutman descubrió su vocación de sicoterapeuta familiar. Se formó en la Universidad París 8, en Sicopedagogía Clínica Aplicada a las Ciencias de la Educación, a la vez que se convertía en una activista femenina de la primera hora, interesada en la reivindicación de la mujer dentro de la sociedad patriarcal. Pero fue el desarrollo dentro del universo de la maternidad lo que de a poco se convirtió en eje de sus investigaciones. Hoy, desde el Centro Crianza –la institución que fundó y que dirige en Buenos Aires– habla de escuchar nuestra propia intuición, volver al origen para saber quiénes somos y así lograr ser responsables de lo que generamos.

Convertida en una auténtica gurú de las madres contemporáneas argentinas, la entrevistada sigue las premisas de sus mentores, la sicoanalista francesa Françoise Dolto y el obstetra Michel Odent, pionero en temas de parto natural y acuático. Pero, más allá de lo académico, lo que prende en las mujeres 2.0 es el concepto que se repite en cada uno de sus libros de que aquello que reciba el bebé apenas nace es lo que marcará su futuro. Habla de la importancia de descifrar el sello de fábrica que todos traemos y de aprovechar el momento de la maternidad para capitalizar ese aprendizaje. Revolucionaria o no, la propuesta de Gutman de revisar nuestra biografía emocional y preguntarnos qué tenemos para ofrecerles a nuestros hijos entra en los hogares porque pone en palabras amigables la contradicción evidente entre el lugar que tiene la mujer en la sociedad actual y su obligación más primitiva, esa necesidad de proteger a la cría.

“Dejemos de culpar al trabajo. Lo que complica el apego es nuestra dificultad para conectarnos con las emociones y las necesidades del bebé”.

¿Qué análisis haces del éxito que tienes entre las mujeres? ¿Qué le aportaste a esta nueva generación de madres?
Mis primeros libros, sobre todo La maternidad y el encuentro con la propia sombra (Del Nuevo Extremo, 2008) y La familia nace con el primer hijo (Del Nuevo Extremo, 2011) prestaron palabras a sensaciones y vivencias femeninas internas que no eran habitualmente mencionadas. Son libros con los cuales las mujeres nos identificamos y nos ayudan a generar preguntas de otro tipo: “¿Qué tengo que ver yo, mi historia, la parte que desconozco de mí misma, con esto que ahora me duele de mi maternidad? ¿Qué relación hay entre esa dificultad que tengo para ser madre con lo que me ha acontecido a lo largo de mi vida?”.

Socialmente a una mujer actual se le exige que reparta su vida entre su crecimiento profesional, su belleza y su maternidad. 
¿Es la fórmula de la felicidad como la venden o era mejor la vida de nuestras madres?
Antes, no era mejor ni peor que ahora. Era distinto. Lo que pasa es que las mujeres desplegaban su identidad puertas adentro y ahora la desplegamos puertas afuera. Pero, desde la vivencia del niño, las cosas están igual que siempre: sometidos al desamparo. En la actualidad, las mujeres nos sentimos visibles y reconocidas si trabajamos. En cambio nos sentimos peor si nos quedamos encerradas en la crianza. De todas maneras, esto no se resuelve ni quedándose en casa ni yendo a trabajar, sino contactándonos con nuestras verdaderas dificultades, que son emocionales.

Pero esta exigente división de roles no ayuda.
No creo que el problema sea la multiplicación de roles. Lo fundamental es el dolor que nos produce el contacto afectivo, la incapacidad de vincularnos desde el conocimiento de quiénes somos. Por eso surgen obstáculos al momento de comprender, aceptar y operar a favor de los niños, sin poner en tela de juicio lo que les pasa, sino simplemente respondiendo a sus demandas. Las personas podemos trabajar, tener relaciones amorosas, hacer deportes, viajar, ocuparnos de problemas de nuestra familia ascendente y, en esos casos, no decimos que tenemos demasiados roles que cumplir. Sin embargo, cuando se trata de la crianza de los niños pequeños, ahí sí aparece el hartazgo por tener que asumir múltiples tareas. Lo que está en el centro es un problema de discapacidad emocional, como consecuencia del desamparo en nuestra primera infancia: “A mí no me dieron esto cuando era pequeña y ahora me cuesta entregarlo yo”.

En todos tus libros hablas del apego como núcleo fundamental en la relación de la madre con el bebé. ¿Cómo pueden practicarlo la mayoría de las mujeres que deben volver al trabajo pocos meses después de tener a sus hijos?
Dejemos de culpar al trabajo. Lo que complica el apego es nuestra dificultad para conectarnos con las emociones y las necesidades del bebé. Podemos ir a trabajar diez horas. Lo importante es que miremos qué es lo que toleramos cuando regresamos a casa. ¿Nos quitamos la ropa y nos metemos en la cama con el niño pegado a nuestro cuerpo? ¿Accedemos a darle de mamar sin horario? O, por el contrario, ¿al llegar a casa otorgamos prioridad a otras demandas del mundo externo? Si el niño espera a su madre durante el horario de trabajo y cuando la madre regresa a casa, efectivamente la encuentra, ese niño sabrá nutrirse para poder tolerar la ausencia al día siguiente. En cambio, si un niño espera a su madre, pero cuando esta regresa, no se funde con su hijo, entonces el niño sabrá que está solo. Insisto: las mujeres culpamos al trabajo, pero en el fondo lo usamos como una excusa para evadir nuestras capacidades o discapacidades para amar.

Entonces la solución de la mujer moderna, para no sentirnos culpables, es dedicación full time al regreso.
Basta de hablar de culpas. Empecemos a hablar de responsabilidades. Si somos mujeres adultas y hemos parido un hijo, tenemos dos opciones: hacernos cargo o no hacernos cargo. Si nos hacemos cargo, no estaremos pendientes de nuestra culpa, sino de las necesidades del bebé que llegó al mundo absolutamente dependiente de los cuidados maternales. No puede resolver nada por sí solo y depende de su madre. Ahora bien, si decidimos no hacernos cargo, entonces, sigamos lamentándonos.

¿Pero cuál es tu consejo más concreto?
Cuando llegues a tu casa, después del trabajo, levanta a tu bebé en brazos y átalo a tu cuerpo. Llévalo contigo a todas partes y permítele acceso libre a tus pechos. Entonces, al día siguiente el niño podrá esperar pacientemente una nueva jornada de ausencia. Justamente, porque confiará en que regresarás y lo nutrirás una y otra vez.

“Si somos mujeres adultas y hemos parido un hijo, tenemos dos opciones: hacernos cargo o no hacernos cargo. No culpemos al trabajo. Lo que complica el apego es nuestra dificultad para conectarnos con las emociones y las necesidades del bebé. Podemos ir a trabajar diez horas. Lo importante es que miremos qué es lo que toleramos cuando regresamos a casa. ¿Nos quitamos la ropa y nos metemos en la cama con el niño pegado a nuestro cuerpo? ¿Accedemos a darle de mamar sin horario? O, por el contrario, ¿al llegar a casa otorgamos prioridad a otras demandas del mundo externo?”.

¿Y qué pasa con la mujer que, por alguna razón, no puede amamantar?
Antes de determinar que una madre no puede lactar, tenemos que saber qué es lo que aconteció. ¿Atravesó un parto maltratado? ¿Pasó mucho tiempo entre el nacimiento del bebé y las primeras puestas al pecho? ¿Tiene un entorno hostil respecto a la lactancia? ¿Las personas allegadas han desestimado sus capacidades maternales y le han infundido miedo? ¿Está infantilizada? Hay que revisar cada caso en particular y ver qué deseos, miedos, anhelos o prejuicios tiene cada madre, antes de evaluar que no puede amamantar. Si esa mujer está inundada por otras dificultades familiares o afectivas y eso es lo que le ha impedido amamantar, serán esas mismas dificultades las que le van a impedir dedicarse con apego y entrega total a su bebé.

Desde los medios de comunicación nos invaden con consejos de todo tipo sobre qué hacer y qué no hacer cuando somos madres.
Tampoco les echaría la culpa a los medios de comunicación. Si funcionamos según reglas o modas impuestas desde la televisión o la opinión social, es porque en algún modo nos acomoda y nos exime de la propia responsabilidad. Asumimos una actitud infantil dando importancia a opiniones sobre la crianza que cualquiera emite. En cambio, no andamos preguntando a diestra y siniestra de quién enamorarnos o 
adónde irnos de vacaciones.

¿Y por qué les damos valor a opiniones ajenas cuando se trata de nuestros hijos?
Creo que la infantilización de las mujeres empieza en el inicio del embarazo. Apenas tenemos el resultado positivo, corremos a una consulta médica para que nos digan qué está bien y qué está mal. Llegamos al parto con un nivel de ignorancia sobre nuestras capacidades femeninas y de sometimiento a las prácticas médicas que nos convierte en meras espectadoras. Después vivimos el parto sistematizado por rutinas hospitalarias que nos transforman en objetos. Para ese entonces ya hemos perdido nuestras referencias internas y nuestra seguridad interior. Luego, con el bebé presente, sintiéndonos poco menos que un insecto, nos creemos desprovistas de cualquier saber. Y preguntamos a quien sea lo que sea. A veces resulta que somos gerentas de una multinacional, o profesionales liberales y autónomas, o intelectuales o políticas, es decir, mujeres acostumbradas a tomar decisiones. Sin embargo, en el ámbito personal, creemos que no sabemos resolver un resfrío o una noche sin dormir. Esa inseguridad es el caldo de cultivo de todos los consejos para madres. Es preciso que revisemos desde qué momento delegamos en supuestos saberes ajenos a nuestro propio devenir.

“Las mujeres tenemos tendencia a enamorarnos de nuestras 
propias fantasías. Y claro, apenas ese señor no funciona como esperábamos, nuestra decepción es enorme. Los hombres, en 
cambio, no son tan fantasiosos, al menos no anhelan ‘cambiarnos’”.

Es fuerte lo que dices, pero muy real. También tienes una visión sobre la vida en pareja. ¿Qué crees que desea encontrar el hombre actual en una mujer y qué es lo que buscamos nosotras?

Hay que modificar el punto de vista con el que salimos a buscar pareja. No importa qué es lo que yo quiero encontrar sino qué es lo que tengo para dar al otro. Todos queremos encontrar lo mismo: amor. El problema es que no ponemos atención en qué calidad de amor tenemos para dar. Y esta discapacidad es igual en hombres y mujeres.

¿Cuál es el mito más evidente que ves en la forma amorosa de relacionarse de hoy?
Las mujeres tenemos tendencia a enamorarnos de nuestras propias fantasías. Y claro, apenas ese señor no funciona como esperábamos, nuestra decepción es enorme. Los hombres, en cambio, no son tan fantasiosos, al menos no anhelan “cambiarnos”. En lo que sí solemos ser iguales es en el infantilismo, en un profundo desconocimiento de nosotros mismos: somos más hambrientos de ser amados que capaces de amar. Por eso las parejas se resquebrajan en presencia de los hijos. En ese momento –frente a la crisis por la inmensa demanda afectiva de los hijos– se hace visible la falta de generosidad para dar prioridad a las necesidades de otro.

¿Cómo se construye el rol de la mujer en esta nueva sociedad que quiere correrse de a poco de la estructura patriarcal?
No hay cambio posible si no revisamos el nivel de desamparo que hemos padecido cuando fuimos niños. Luego, es imperativo registrar qué niveles de egoísmo emocional manejamos, o qué nivel de guerra o de ceguera o de miedo padecemos. Recién entonces podemos pensar si estamos dispuestos a cambiar a favor del amparo hacia nuestros hijos, parejas, amigos, hermanos o quien sea que nos toque vincularnos. La estructura patriarcal es una estructura de dominación. Para dominar se requieren guerreros. El maltrato en la primera infancia es la manera más rápida y eficaz para generar guerreros. Si eso no nos gusta y anhelamos una sociedad diferente, tenemos que hacer algo.

¿De qué hablamos cuando hablamos del discurso materno?
Mi último libro, El poder del discurso materno (Del Nuevo Extremo, 2011), describe la distancia que hay entre aquello que hemos vivido siendo niños y aquello que fue nombrado por nuestra madre. Por ejemplo, si nuestra madre se ha quejado durante toda nuestra niñez de los sacrificios que tuvo que hacer para criarnos, nosotros vamos a recordar ese sacrificio, pero posiblemente no recordemos el nivel de necesidades no satisfechas que tuvimos que, al no haber sido nombradas, la conciencia no las puede organizar. Y eso genera una zona de conflicto.

Hablas del desamparo emocional. ¿De qué se trata y por qué es importante identificarlo?
Mis libros describen principalmente el desamparo en la primera infancia y los estragos sobre todos los hombres y las mujeres que devenimos en adultos llevando a cuestas una gran inmadurez emocional. Es fundamental mirar eso con claridad para evitar malos entendidos posteriores que traen desacuerdos y frustraciones.

Trabajaste junto con las primeras feministas en Francia. ¿Con qué soñabas en aquella época y qué transformaciones esperas para el futuro?
Supongo que nada muy diferente a lo que sueño ahora: mayor madurez emocional en los adultos, hacernos cargo de lo que generamos, ser conscientes de nuestras limitaciones, trabajar sobre nosotros mismos antes de pretender que los demás cambien.

* Los libros de Laura Gutman pueden comprarse en

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