Los nuevos derechos
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20 Junio, 2012

Francisco Cox

Los nuevos derechos

Ha puesto sobre la mesa derechos humanos del Chile de hoy, que tienen que ver con las libertades individuales más que con el pasado político reciente. El destacado abogado penalista afirma que el respeto a las libertades de las minorías –los indígenas, los homosexuales, los inmigrantes– es el mejor antídoto contra la violencia social porque cuando la gente no es feliz se desborda. Y entonces aparece el mal.

Por Paula Molina / Fotografía: Sebastián Utreras

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Paula 1098. Sábado 23 de junio de 2012

Francisco Cox Vial (44), destacado abogado de la plaza, empuja la respetable puerta corredera de madera que da paso hacia su amplia oficina en el bufete que lleva su nombre y el de sus socios, “Cox, Balmaceda y Piña” en calle Nueva York, a pocos pasos del edificio de la Bolsa de Santiago. Todo lo que lo rodea habla de un tradicional abogado santiaguino, pero este fue uno de los defensores de Karen Atala ante la Corte Interamericana, el que reivindicó el derecho de una mujer homosexual a formar una familia con su pareja y sus hijas, obteniendo un fallo histórico contra el Estado chileno.

Cox proviene de una extensa familia donde, asegura, todos eran pinochetistas, exceptuando sus padres. “A mí me chocaba su clasismo, su racismo. Decían cosas horrorosas. Recuerdo haberme ido de almuerzos familiares porque me violentaba”. Nació en 1968 y, por los estudios y el trabajo de su padre, funcionario del Banco Mundial, vivió en Inglaterra y Estados Unidos. De vuelta en Chile se encontró en una elite “monocromática, donde todos eran iguales, iban a los mismos colegios y hablaban las mismas leseras”, dice, sin perder el tono amable y tranquilo.

Antes de los 7 años, viajando al campo de su abuelo, supo que en Chile se violaban los derechos humanos. “Vivíamos en Inglaterra y allí nos habían llevado a un museo donde se recreaba un campo de concentración nazi. Poco después nos trajeron de vacaciones. Íbamos en auto y desde el camino vimos una instalación igual a la del museo: la reconocimos porque había dos torres y militares armados afuera. Y le dijimos a mi abuelo: ‘¡Mira: un campo de concentración!’. Y él (sin darle mayor importancia) nos dijo: ‘No. Eso es una cárcel no más’.

Estudió en el Colegio San Ignacio que, dice, lo marcó definitivamente. Luego se graduó como abogado en la Universidad Diego Portales, hizo el máster en Derecho en Columbia, Nueva York, y trabajó para Human Rights Watch, una de las organizaciones internacionales más relevantes en la materia. Es Human Rights Fellow 1999 y ha visto casos de atropellos a los derechos humanos en escenarios límites como Rwanda, Sierra Leona, Chiapas en México y Guatemala. Hoy representa en Chile al Centro por la Justicia y el Derecho Internacional, y acaba de renunciar a la Dirección del Centro de Derechos Humanos de la UDP que cada año publica un revelador informe sobre Chile.

Todo el derecho

¿Crees que ha cambiado el concepto de derechos humanos para la sociedad chilena?
Uno de los grandes logros ha sido incorporar en una misma visión de derechos humanos no solo los temas directamente vinculados a la dictadura, sino otros temas que antes se trataban de manera tangencial, como los derechos de homosexuales, transexuales, mapuches, mujeres. Vemos nuevos temas que se apoderan del lenguaje de los derechos humanos y eso es muy valioso, porque lo que antes se podría haber reclamado en términos vagos, se plantea en otros términos cuando se echa mano al concepto de derechos humanos. Uno de los grandes logros del movimiento por los derechos humanos, nacional e internacional, ha sido establecer que los derechos no se pueden dejar a la voluntad. No basta con decir: “No tengo problema con que los homo- sexuales se den besos en su casa, pero esto de andar por la calle de la mano no me gusta”. Los homosexuales tienen derecho a andar de la mano, como cualquier pareja, y a incorporarse plenamente a la sociedad.

¿Y tienen derecho a adoptar hijos?
La sociedad debe dar a todos la posibilidad de ser padres, ser felices y desarrollar el plan de vida que quieran sin afectar a otros. Bajo ese concepto creo que el matrimonio homosexual es igual al matrimonio entre un hombre y una mujer. No entiendo el fetichismo con la palabra “matrimonio”. O sea, si ya aceptaste que dos hombres vivan juntos, regulen su régimen patrimonial, deberes y derechos ¿por qué no lo llaman matrimonio? Creo que tiene que llamarse matrimonio y que los homosexuales tienen derecho a adoptar hijos. No lo digo yo, lo dice la Corte Interamericana en el caso de la jueza Karen Atala: la familia es un concepto que abarca la convivencia homosexual con sus niños.

El argumento en contra de que los homosexuales adopten hijos es que esos niños pueden ser estigmatizados.
Ese argumento me parece aberrante; como cuando se prohibía el matrimonio interracial en Estados Unidos. Puede ser que los hijos de matrimonios homosexuales sean discriminados, y puede ser que un judío y un protestante sean discriminados. Según eso ¿vamos a prohibir el judaísmo, la Iglesia Protestante y los matrimonios interraciales? ¿Y qué hay de los prejuicios en contra de las diferencias de edad muy marcadas en las parejas? Los padres toman muchas decisiones que marcan a sus hijos. En todo caso, los derechos de las minorías sexuales en Chile están avanzando. ¿Y cuál fue la genialidad? Hoy, cuando la gente piensa en minorías sexuales piensa en las nuevas figuras homosexuales mediáticas, que son tipos bien conectados, de buena facha, de “buena familia”. Entonces el cuiquerío chileno dijo: “Yo a estos gallos los conozco, son amigos de mis hijos”. Rolando Jiménez, del Movilh, lleva 15 años trabajando en este tema. Antes era un grupo chico, marginal, sin acceso al poder, totalmente invisibilizado, cero marketing.

¿Pero hay también un cambio de actitud de la sociedad chilena frente a la homosexualidad?

Esta “revelación” de que la sociedad chilena no era tan conservadora muestra el clasismo de manera irritante. Tiene que salir un tipo de la elite para que el tema se acepte.

¿Podría pasar algo parecido con el tema mapuche?

Probablemente si hubiera un mapuche en la elite de la sociedad chilena, los temas mapuche tendrían más acogida. En Chile el clasismo hace que lo ajeno se mire con desconfianza. Fíjate en cualquier reunión social: lo primero es preguntar en qué colegio estuviste, quiénes son tus amigos. Quieren ver si perteneces al grupo. Y si perteneces puedes hablar de lo que quieras; si no, imposible. Y el mapuche, el aimara, no pertenecen. Pero está pasando algo interesante.La Corte Suprema se ha ido sensibilizando al derecho internacional y el sistema internacional de derechos humanos tiene una gran gracia: a él pueden recurrir los que no tienen poder en sus países. Allí no corren los llamados telefónicos, ni la opinión de los inversionistas; allí se habla de derechos y se ponderan acciones en igualdad de condiciones.

Convengamos en que tú eres parte de esa misma elite.
Sí. Es mi karma. La gente me ve a mí, escucha mis apellidos y asume cosas. Ahora, eso también me permite acceder a gente que otros probablemente no pueden y con un discurso diferente. Mis hijas van a los colegios de elite, yo soy parte de la elite, pero tengo una visión muy distinta. Viví en la diversidad y conocí su riqueza.

La vida no es un valor absoluto

¿Qué es primero? ¿El derecho gatilla los cambios sociales o la evolución social empuja cambios en el derecho?

La visión tradicional es que la sociedad evoluciona y el derecho reconoce esa evolución, pero creo que cuando el derecho establece algo, gatilla un efecto. Mira lo que sucede con Pinochet: los pinochetistas encubiertos, que son muchos, no se atrevieron a ir al homenaje en el Caupolicán porque el derecho ya dijo su palabra. Los tribunales dijeron: “Esto fue una dictadura, aquí hubo tortura, hubo crímenes de lesa humanidad”. Y eso influye en la conducta.

Lo que dice el derecho genera cambios importantes.
Exacto. Somos una cultura legalista: si el derecho dice “los homosexuales pueden contraer matrimonio”, habrá ciertas generaciones que no podrán tolerarlo, otras aprenderán a vivir con eso, pero las que vengan después lo asumirán como algo normal. Ya está dicho.

Que Chile sea legalista es algo que en general se critica. Hay quienes dicen que en Chile todo se arregla con leyes.

No me parece un problema. Lo preocupante es que el derecho no refleje realmente a la sociedad chilena. Piensa todo lo que demoró el divorcio o la píldora del día después. Y la legislación que terminó con los hijos ilegítimos viene de los tratados internacionales con los que Chile se puso al día con los gobiernos democráticos. Pero la realidad igual se impone. Por eso el sistema judicial tuvo que inventar el chanchullo de la nulidad, porque la gente se divorciaba igual.

¿Y por qué el derecho es más “pacato” que la sociedad?

Porque tienes a una elite eligiendo a las autoridades y un empate político que te impide discutir. Hay algo que yo le reconozco a Marco Enríquez-Ominami como diputado, y es que él fue y presentó un proyecto de aborto. Y dijo: “Discutamos el tema”. Pero, de hecho, en el Senado se prohibió discutir sobre el aborto. Esa frontera no se ha movido.

¿Qué piensas tú sobre ese tema?

Creo que es una discusión sumamente difícil, pero creo también que no existen valores absolutos, excepto en el caso de la tortura, que no tiene ninguna excepción que la justifique. Pero la vida no es un valor absoluto. Hay gente que dice que está a favor de la vida y por eso no aprueba ni siquiera el aborto terapéutico. Ese argumento adolece de un error conceptual, porque si el valor de la vida es absoluto entonces se acaba el derecho a la legítima defensa al interior de la casa, se acaba la guerra. Hay que ponderar los derechos. Y creo que la mujer tiene derecho a interrumpir un embarazo bajo ciertos parámetros.

El argumento pro vida no agota, a tu juicio, la discusión sobre el aborto.
Es que ser partidario de la vida no debería impedir la discusión. Los principios se ponderan, se discuten. Probablemente es obvio que la autonomía de la mujer cede frente a la viabilidad del feto cuando hay ocho meses de embarazo, pero si estamos hablando de los primeros dos meses, cuando no hay un desarrollo pleno, el cerebro no se ha unido a la espina dorsal y no hay sufrimiento, se podría ponderar qué pesa más: si la autonomía de la madre o ese proyecto de vida. No se puede decir: “Yo estoy por la vida y por eso no discuto”.

Los malos

En el ambiente judicial Francisco Cox suena como uno de los más destacados penalistas entre los abogados jóvenes. Ha estado en casos muy renombrados. Fue querellante en los casos de María del Pilar Pérez y en el robo y homicidio de la ejecutiva María Soledad Lapostol, entre otros.

Te ha tocado ver mucha maldad. ¿Tienes alguna teoría al respecto?
He visto maldad, la he documentado, la he escuchado en relatos y declaraciones. Y creo en la sanción de la maldad, porque soy un querellante. Pero no me atrevo a juzgar a la gente. La miseria humana te asusta, pero también te fascina, porque te hace consciente de que somos frágiles, que las barreras son débiles, que bajo ciertas circunstancias la gente puede hacer cosas horrorosas. Yo estuve con Pilar Pérez en una diligencia y antes de irse me dijo: “Señor Cox, mándele muchos saludos a mi hija”. Le dije: “Se los voy a mandar, pero no creo que me los reciba”. Y se rió. Cuando no has visto mucha maldad, te cuesta mucho creer lo que es capaz de hacer la persona que tienes al frente. Por eso en el juicio de María del Pilar Pérez eran tan importantes los muñequitos vudú: jurídicamente eran una lesera. Pero mostraban los desbordes de esta persona. Porque ella se veía como una señora, como la mamá de cualquiera de nosotros. Y a los jueces les puede haber pasado, que pensaran: “Esta señora no se ve tan mala”. Tenías que mostrar los desbordes de maldad. Muñecos vudú la gente no tiene. Y ahí logras hacer ver que esa persona se desbordó, vaya a saber uno por qué.
Es como los nazis. Quemaban, torturaban, después llegaban a su casa y abrazaban a sus hijos. El ser humano tiene distintas capas, creo. Y eso no me asusta, pero me llama la atención. No me siento capaz de juzgar, sí de reprochar.

¿Has llegado a concluir que cualquiera es capaz de cualquier cosa?

No sé si de cualquier cosa. Hay gente que no va a cruzar ciertos límites. Pero las circunstancias determinan cosas aberrantes. Yo vi casos en Sierra Leona y en Rwanda, donde el vecino que ayer comía contigo te agarraba a machetazos después. Y no es porque sea África. El desborde tiene que ver también con la pérdida de la individualidad. En colectivo, el riesgo de hacer cosas inimaginables puede ser terrorífico.

¿Y eso cómo te afecta?
El caso que más me ha conmovido fue el de Alfredo Cabrera, que me trajo la ONG Humanas. Cabrera tiró a su hija por la ventana. Recuerdo cuando leí que la niña tenía 6 años y pensé que ella, mientras caía, tuvo un segundo para saber que su papá era quien la estaba lanzando. La niña se llamaba igual que mi hija: Javiera. Ese caso me dejó muy afectado.

Y él se veía como cualquiera.

Eso es. Yo en México vi casos que consideré impensables. Y cuando me mostraban a los acusados, ellos te saludaban muy amables. Yo soy agnóstico. Si me preguntan en qué creo, creo en el ser humano, creo en crear instituciones más solidarias, que nos conecten más, que estemos más en comunidad. En la medida en que nos definimos como un país “católico, apostólico, romano, mayoritariamente descendiente de españoles”, estamos excluyendo a todos aquellos que no pertenecen a estas categorías. Y así se crean riesgos para estos desbordes. El fundamento de mis convicciones es que todos seamos más felices. Que vengan los peruanos y traigan su cultura, que los homosexuales puedan desarrollarse plenamente, que los transexuales puedan ser felices, que todos puedan ser felices. Porque creo que si todos estamos un poco más felices, los desbordes son menos probables.

Pensé que me ibas a decir que creías en el derecho.
Creo en el derecho y en la miseria del ser humano.

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