Michelle Bachelet, la historia no contada
Entrevistas Archivo Paula
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12 Enero, 2012

Ministra de Defensa

Michelle Bachelet, la historia no contada

Bachelet la única mujer Ministra de defensa en la historia de Chile no tiene el corazón blindado. Es capaz de contar de contar cuán difícil le ha sido la vida de pareja o revivir los momentos más dolorosos de la muerte de su padre. Pero no guarda rencor: ni siquiera cuando se encuentra en el ascensor con el hombre que torturó a su madre.

Por Carolina Díaz / Fotografía: Renato del Valle / Maquillaje: Constanza Martínez para Trucco

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El día que Michelle Bachelet y su madre se reencontraron en la escalinata del avión que las llevaría el exilio, después de estar durante dos meses detenidas y sin verse en Villa Grimaldi, se abrazaron con emoción. Tras el abrazo, se desbordaron: “No nos paró la lengua. Nos contamos todos los detalles, nos vino una cosa muy adolescente de ponernos al día. O sea, sentimos una enorme emoción y felicidad mezcladas de dolor porque nos estábamos yendo de nuestro país. Pero no nos fuimos llorando todo el viaje, nos fuimos conversando”, relata sin dramatismo, 27 años después, Michelle Bachelet Jeria la primera mujer ministra de Defensa en la historia de Chile y de América Latina. Antes, había sido ministra de Salud.

A los 50 años, Bachelet (separada, tres hijos) ha sido calificada –por quienes verdaderamente saben– como uno de los civiles que mejor comprenden la mente militar en el país. Sin embargo, ella es pediatra de formación. Entró a estudiar Medicina por una casualidad: en 1970, sin decidirse todavía entre Veterinaria, Sociología o Medicina, un día le tocó acompañar a la Posta a un pololo que tuvo un problema dental y estuvieron sentados durante horas esperando para que le sacaran la muela. “Vi lo que pasaba allí y me dije que tenía que hacer algo para que eso cambiara. Nunca se me habría ocurrido que terminaría siendo ministra de Salud”, comenta.

Tampoco se le ocurrió que algún día su padre, el general de Aviación Alberto Bachelet, terminaría arrestado por sus propios compañeros de armas y que moriría de un paro cardíaco en la Cárcel Pública, en 1974, sin entender qué había pasado en Chile el 11 de septiembre de 1973. “Mi padre tenía 50 años cuando murió y había ingresado a la Fuerza Aérea a los 16. Era toda su vida. Él amaba profundamente a su institución y nunca entendió cómo pasó a ser, de un día para otro, un enemigo. Eso fue brutal para mi padre”. De niña, cuando vivía con su familia en las bases aéreas de Antofagasta y Quintero, la ministra jugaba con los paracaídas que encontraba botados. En esos juegos infantiles, su hermano mayor, Alberto, se ponía las camisas con presilla del papá y la manduqueaba. Michelle se sometía un poco a la fuerza, porque su hermano tenía cinco años más que ella. La ministra recuerda su infancia como una fotografía en colores: un padre elegante y juguetón que la llevaba arriba de los hombros, una madre cariñosa y disponible que le enseñó con el ejemplo que las mujeres podían trabajar: era jefe de presupuesto en la Universidad de Chile y estudió Arqueología cuando sus hijos eran universitarios. “Tengo una imagen de la placidez de mi infancia: cuando ocurrió el terremoto en el sur, en 1960, en las noches nos quedábamos en silencio, escuchando las noticias de la radio, sentados a oscuras en el living. Después, mi papá ponía música clásica. Yo me sentía tremendamente segura”, recuerda. “Mi padre adoraba a mi madre. Ella era tan buenamoza que concitaba la admiración de muchos hombres, y eso a mi padre le cargaba. Pero eran muy buena pareja: lo pasaban bien juntos”, dice. Prueba de ello es la última carta que el general Bachelet le escribió a su mujer, 20 días antes de morir; empezaba así: “Mía y más mía que nunca…”.

“Yo siempre sentí que mi familia era un espacio bueno y protegido”, dice la ministra. “Por eso, cuando yo era chica y mis padres viajaban, no podía parar de preguntarme ‘¿Estarán bien sin mí?’ Hasta que llegaban sanos y salvos”.

–¿Cómo se enteró de que su padre había muerto?
–Eso fue impactante. Yo estaba en cuarto año de Medicina y ese día pasaba visita a los pacientes de cirugía cuando, de repente, vi aparecer a mi madre en la sala con una cara que yo supe al tiro que algo había pasado. Ahí me dijo que mi padre había muerto y, no sé, supongo que me debo haber puesto a llorar, pero no me acuerdo. Fui con ella al Instituto Médico Legal y ahí estaba mi papá, en unos refrigeradores, porque un juez tenía que dar la orden para enterrarlo. Cuando le di el beso de despedida estaba tan frío…, tan frío. Esa sensación me acompañó durante muchos años.

–¿Lo sentía cerca suyo?
–Sí. Cuando mi papá estuvo con arresto domiciliario, se aburría como ostra, porque él era muy activo. Entonces, cuando yo estaba en el living estudiando, él pegaba la nariz a mis libros y me hacía morisquetas para que yo lo pescara un poco. Por eso, después de su muerte, y durante mucho tiempo, cuando estudiaba sentía que él estaba. No es que estuviera viendo fantasmas –yo no creo en cosas raras– pero era una conexión muy vívida con ese recuerdo, como que revivía la emoción de la sensación.

–¿Recuerda el entierro?
–Sí, pero es un recuerdo muy mezclado. Yo soy mala para expresar estas cosas. El tema de la razón no me cuesta nada, pero encontrar las palabras adecuadas para describir mis emociones, me cuesta. Soy un poco como mi madre. A ella le enseñaron que no debía molestar a los demás con sus emociones. Si bien ella no me inculcó eso directamente, fue el modelo que tuve. Pero, sí… fue un bello funeral aunque, pese a los 35 años de carrera, ninguno de sus compañero asistió.

En la época en que el general Bachelet estaba preso, los militares que gobernaban en Perú –quienes lo conocían de varios campeonatos deportivos– le ofrecieron vivir allí su exilio. El general se negó, porque pensó que irse de Chile era asumir su culpabilidad. Sin embargo, lo consultó con su hija y ella confirmó su decisión. Hoy la ministra piensa otra cosa: “Me he preguntado muchas veces si no me equivoqué al aconsejarle eso. Tal vez, si le hubiera dicho que se fuera, yo habría tenido a mi papá más años y mis hijos habrían conocido a su abuelo. Pero, en ese momento, yo sentí que era lo correcto, porque él no había hecho nada malo”.

El avión que Michelle tomó con su madre en 1975 se dirigía a Australia, donde desde hacía años vivía su único hermano, Alberto. De allí, a los pocos meses, la actual ministra se fue a Alemania Oriental. “Australia era un buen país, pero yo me sentía demasiado lejos y preferí quedarme en Europa”, comenta. Allí trabajó como auxiliar en un hospital y se dedicó a aprender alemán mientras esperaba a su pareja, un dirigente socialista de la universidad. Él fue a verla, estuvo unos días y luego volvió a Chile. “Desde entonces está desaparecido. No lo volví a ver más”, comenta, cerrando el tema.

Sin embargo, se volvió a enamorar y se casó con un chileno egresado de Arquitectura, con quien tuvo a sus dos primeros hijos, Sebastián y Francisca. El mayor nació en Alema-nia, pero llegó a los ocho meses de vida a Chile. Michelle había pasado cinco años fuera del país cuando decidió volver.

–¿Volvió con miedo?
–Volví con muchas ganas, pero sin saber qué me esperaba. Tenía que terminar mi carrera, ya tenía un hijo, había que ver cómo íbamos a sobrevivir económicamente. Con mi marido hicimos un acuerdo: él trabajaba y yo terminaba de estudiar Medicina y de especializarme en Pediatría. Cuando terminé, me puse a trabajar y él pudo sacar el título de arquitecto que tenía pendiente. Siempre compartimos todo. La plata la me-tíamos en dos sobrecitos, uno para gastos fijos, otro para las demás cosas. Nos salió naturalmente.

Michelle trabajó en una ONG donde atendía a los hijos de retornados y desaparecidos políticos. De esa época conserva a su grupo de amigos más sólido –a quienes ve todos los veranos en el lago Caburgua, donde veranea desde entonces– y también guarda el doloroso recuerdo de su primera separación.

Luego se volvió a emparejar, tuvo una hija –Sofía– y se separó en 1993, cuando la niña tenía un año. Fue difícil, pero irremediable: “él se enamoró de otra mujer y me dejó”. Hoy Sofía tiene nueve años y los apoderados del colegio al que asiste ven a la ministra bajarse del auto oficial y acompañar a su hija de la mano hasta la misma puerta. “Yo hice todo lo necesario por salvar mis matrimonios: conversaciones eternas, terapia de grupo, mucho cariño, lo que fuera. En eso me siento muy tranquila, porque puse todo de mi parte. Pero no iba a pasar 30 años pegándome cabezazos contra un muro si no obtenía respuesta. Estuve muy puesta en mis matrimonios. Pienso que quizás demasiado, construyendo yo sola la relación, como una mamá. Y eso agota”, confiesa.

–¿Piensa que la imagen de su padre la marcó en su relación con los hombres?
–No, no creo porque… ¡Ay!, no me quiero exponer delante de todo el mundo…

–Pero un poco que sea.
–Creo que he sido una mamá con mayúscula en mi relación con los hombres. Mi padre, en cambio, fue un padre con mayúscula para mí. Con mis parejas, yo no busqué un papá. Tal vez, si lo hubiera hecho, me hubiera ido un poco mejor…

–¿Con esto quiere decir que sus ex parejas no se parecen a su padre?
–No se parecen en nada. A mí me han gustado unos tipos con cara de poetas tuberculosos de principios de siglo, pálidos, con aire misterioso. Mi padre era pura energía, fortaleza, salud, chispa. Ocurre que yo peleaba mucho con mi papá; a lo mejor éramos muy parecidos y, en general, uno no se enamora de sí mismo. A lo mejor, en el fondo de mi alma, yo quería a alguien como mi papá, pero me enamoraba de parejas completamente diferentes y por eso no me ha ido bien. Difícil de saber.

–¿Le pesa no haber consolidado su vida afectiva?
–Imagino que sí, porque no he podido volver a emparejarme. También tiene que ver con que no estoy buscando, porque no tengo tiempo, y no estoy en esa parada. En ese sentido podría estar desencantada, pero… no sé. Una vez leí en el baño de mujeres de un restorán un graffiti que decía “Estoy sola. Duele”. Abajo, alguien había puesto: “Estoy acompañada y mi pareja es lo peor. Duele el doble”. Me cargaría quedarme sola por el resto de mi vida, pero entre tener una pareja con la cual no haya ninguna posibilidad de desarrollar una relación hermosa, armónica, adecuada, es mejor estar sola. Pero me encantaría andar de la mano por la playa, bailar con alguien, hacer tantas cosas que me gustan. Yo soy romántica.

–¿Cómo ha enfrentado las separaciones?
–No tiendo a la depresión, aunque algunos dolores sentimentales me han llevado a profundos cuestionamientos, a una desvalorización personal, a una autoestima medio resquebrajada, pero sin llegar a niveles dramáticos, porque siempre he tenido que seguir adelante por mis hijos. Las metas y las responsabilidaes han impedido que me deprima. He estado en el borde, pero no he caído.

–¿Ha analizado qué ha hecho mal?
–Elijo mal, pero es una manera de decir. Es como si tuviera una tendencia a tropezar con la misma piedra, porque hay un cierto patrón de persona con la que, por alguna razón, me engancho y después la cosa no funciona.

–Quizás necesitaba a alguien como su padre.
–Es que mi padre era tan militar que trataba de terminar todas las discusiones con un “Soy tu padre y lo digo así”, y yo le contestaba: “¡Aaajjjjj, atrás satanás, nada de rigideces, ¡la razón triunfará sobre la sinrazón!”. Siempre discutíamos, sobre todo en la época en que yo tenía opiniones acerca de todo y creía que las tenía de lo más elaboradas… y no era para tanto.

Casi Hippy

En su juventud, Michelle usaba el pelo largo, vestidos con flores, collares de mostacillas, chalas, lloraba a mares con la película Busco mi destino, escuchaba a Los Beatles, se emocionaba con los discursos que llamaban a la paz, y participaba en el grupo de teatro que tenían el Liceo 1 y el Instituto Nacional. “No llegué a ser una hippy total, porque siendo hija de militar era difícil. Vivía con mis papás, era buena alumna, era responsable, llegaba a la hora, pero mis valores eran los de una hippy”, dice. Aún recuerda con cierta incomodidad cómo su padre amenazaba a sus pretendientes para que devolvieran a Michelle, a más tardar, a las 12 de la noche: “Les decía, como al pasar, que era campeón de tiro al disco. Con eso me traían de vuelta a diez para las doce”, relata.

Ella fue más tolerante cuando sus dos hijos mayores transitaron por la adolescencia. Los permisos se alargaron hasta las tres de la mañana. Y no se escandalizó cuando Sebastián llegó con 20 aros en cada oreja y se dejó crecer el pelo más abajo de los hombros. Después Francisca, quien hoy estudia Antropología, se hizo piercings en una ceja y a un lado de la nariz y cambió el color de su pelo oscuro a morado. “Yo eso lo encuentro divertido”, comenta la ministra.

Su estilo siguió siendo hippy, al menos en la vestimenta, hasta que en el año 2000 fue nombrada ministra de Salud. “En esa época, yo tenía un solo traje de dos piezas, así que partí corriendo a las grandes tiendas a comprarme ropa. Después me quedé sin tiempo y encontré a unas mujeres que me traen ropa al Ministerio y yo elijo”, dice.

–Dicen que es trabajólica y que no sabe parar.
–Sí, creo que tengo una actitud medio trabajólica y puede que no sea sana. Pero yo tiendo a asociar las ganas de no trabajar con sicopatía y, a veces, digo en broma que me haría bien sicopatizarme un poquitito y ser capaz de cancelar una reunión y quedarme en la casa. Pero no puedo. Nunca he faltado al trabajo. Ni un solo día. Quizás alguna vez, por la enfermedad de un hijo, me he ido más temprano, pero parece que ninguno se ha enfermado desde que soy ministra.

–¿La culpa no la deja flaquear?
–Sí, soy lo más culposa que hay. Cuando algo no resulta me pregunto qué no hice bien y no pienso en qué se equivocaron los otros. Quizás eso me venga de la niñez, porque cuando no me tomaba la mamadera, mi nana me hacía tomar dos. Y quizás eso también explique lo buena que soy para comer…

–¿Cómo es para ponerse metas personales que no tengan nada que ver con el país, como una dieta, por ejemplo?
–Me voy dejando y dejando estar. Como toneladas de verduras para bajar de peso, pero no lo logro, porque igual me tiento y como otras cosas. Quiero bajar de peso, me lo he propuesto, pero mi vida es una vida tratando de bajar de peso, subiendo, bajando, porque me encanta comer, lo encuentro lo más rico que hay, lo hago con placer.

–O sea, no toleraría una dieta frugal.
–Lo he hecho y he bajado de peso, pero ahora estoy todo el día en la pega. Y aunque no como tanto, no he bajado porque estoy gastando poca energía física. Quiero nadar, hacer gimnasia, pero no me he podido organizar. ¿En qué minuto, si la mayoría de los días llego a mi casa a las diez de la noche?

El mundo militar

En 1990, Michelle Bachelet entró a trabajar al Ministerio de Salud, primero en el Servicio de Salud Metropolitano Occidente y luego en la Comisión Nacional del Sida. La llegada de la democracia hizo que una inquietud empezara a rondarla: “De pronto tuve la convicción de que era indispensable un acercamiento del mundo militar con el mundo civil. Y eso no podía hacerlo cualquiera, porque si había un acercamiento a través de códigos políticos sería un diálogo de sordos. Había que formar interlocutores válidos con un lenguaje accesible, y para eso había que estudiar y aprender”.

Todavía no sabe cuánto de emoción y cuánto de razón había en este convencimiento, pero sostiene que, de repente, pensó que ella podía ser el puente entre los dos mundos.

–¿Esta convicción le vino de un día para otro?
–No, lo fui madurando de a poco. Al principio sentía que no iba a poder, porque no sabía nada, pero un día descubrí que existía en Chile la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (Anepe), un lugar donde se pueden estudiar los temas militares. Después, por casualidad, llegó a mis manos un folletito donde decía que los funcionarios de ministerios podían postular a esta academia. Ahí me decidí y traté de ingresar, pero mi jefe me dijo que no, porque me necesitaba. Estuve tres años intentando ir hasta que, en 1996, pillé a mi jefe con las defensas bajas y me dio permiso. Estudié media jornada durante un semestre y, en la tarde, me iba al Ministerio y me quedaba hasta la hora del cuete. Pero fue muy bueno, porque fue mi reencuentro con las Fuerzas Armas. Me tocó sentarme al lado de un militar y hacer trabajos con él.

–¿Pudo conversar íntimamente con sus compañeros de curso militares de sus respectivas experiencias?
–Algo. Yo no suelo contar mi experiencia a todo el mundo. No es que me sea difícil, es que a mí me enseñaron que mis problemas son mis problemas y que hay que relacionarse con las personas fuera de eso. Pero sí. Ha habido personas con quienes se ha dado ese espacio.

–Usted también hizo un curso de un año en Fort Leslie, de la Universidad Nacional de Defensa en Estados Unidos. ¿Qué descubrimiento profundo hizo sobre el mundo militar?
–Entendí parcialmente, no sé si totalmente, la manera de razonar de los militares, las cosas que les hacen click, que los enganchan. Entendí cierta lógica que tienen. Y, tal vez, ratifiqué con fuerza que el monopolio de los buenos y de los malos no lo tiene nadie.

Michelle Bachelet se trasladó con sus tres hijos a Washington durante el tiempo que duró su curso. Antes de irse, en 1997, vivía en Santiago, en una casa de La Florida que había comprado al vender el departamento de Américo Ves-pucio con Apoquindo, donde compartió su juventud con sus padres. Al regresar, en 1998, se enteró de que su viejo departamento estaba a la venta y pagó el doble con tal de recuperar sus recuerdos. Sin embargo, en ese edificio la esperaba una aterradora coincidencia. Un día se dio cuenta de que el vecino entrado en años y tan amable con quien solía toparse en el ascensor era Marcelo Moren Brito, el agente de la DINA que la interrogó cuando estuvo detenida en Villa Grimaldi.

–¿Qué sintió cuando supo que Moren Brito vivía en su mismo edificio?
–No me acuerdo bien, pero no podía creerlo: de todos los edificios de Chile, tenía que elegir el mío. Pero eso es Chile: toparse a diario con tu historia y tus dolores. Ahora, cuando lo veo, no empiezo a perseguirlo diciéndole: “Cuando yo estaba en Villa Grimaldi…” No, la verdad es que yo he cambiado mucho. Tengo dolores profundos, pero tengo menos rabia, porque la he encauzado al tratar de construir. Cuando veo a Moren Brito, no me pasa nada. Este país no puede darse el lujo de desperdiciar a todos sus ciudadanos: tenemos que hacer un esfuerzo grande para ver cómo resolvemos nuestra herida.

–¿Anhela que la Fuerza Aérea le haga un homenaje a su padre, tal como el Ejército lo hizo con el general Prats?
–Me cuesta contestar eso. Por un lado, no sería una gracia, porque pudiera ser que lo hacen porque soy ministra de Defensa. Los reconocimientos tienen un sentido cuando las instituciones hacen un proceso y asumen parte de su historia, y yo siento que muchas instituciones se han negado a sí mismas, sobre todo en lo relativo a sus propios miembros. Me gustaría, porque le haría bien a la Fuerza Aérea y, por supuesto, a mi familia, pero los procesos se dan, no se fuerzan. A lo mejor algún día hay condiciones para un homenaje.

–Imagínese que hay condiciones para que sea Presidenta de Chile.
–No me imagino.

–¿No quiere?
–No es algo que me haya dedicado a pensar.

–¿No aspira a serlo?
–Ay, no me haga pensar en eso ahora.

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