Mirar con otros ojos
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3 Enero, 2013

JULIO OLALLA

Mirar con otros ojos

Lleva más de 30 años dedicado a enseñar y ayudar a la gente a sentirse satisfecha con sus vidas. Padre del coaching ontológico y uno de los referentes mundiales de esta práctica, Julio Olalla (67) ha aprendido, en carne propia, que parte de la clave está en mirar las cosas desde otra perspectiva. “Si no cambia el observador es imposible cambiar hacemos”, asegura. Aquí, su visión de los chilenos y la felicidad.

Por Sofía Aldea / Fotografía: Sebastián Utreras / Asistente de fotografía: Fernando Villalobos / Producción: Álvaro Renner

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Paula 1112. Sábado 5 de enero 2013.

Conocido como uno de los padres del coaching a nivel mundial y líder, junto a Rafael Echeverría del coaching ontológico –con quien creó a fines de los ochenta la primera consultora que ofreció estos servicios en Chile y que con el tiempo derivó en dos oficinas: Newfield Consulting y Newfield Network, de la cual es fundador y presidente–, Julio Olalla lleva más de 30 años especializado en entrenar a organizaciones y personas para que mejoren sus competencias y se sientan satisfechos con su vida personal y laboral. Su receta: “crear un espacio relacional en el que la persona pueda observarse observando al mundo y darse cuenta de que su vida está condenada a ser lo mismo a menos de que el observador cambie”, dice. “La tendencia es creer que las cosas cambian si se actúa distinto, pero no va a pasar nada si se sigue mirando el mundo de la misma manera. El coaching ontológico está enfocado en eso, en cambiar cómo se miran las cosas, lo que te permite hacer, actuar y vivir de otra manera”.

En 30 años, Olalla ha creado un imperio en torno a la enseñanza de este pensamiento: Newfield Network está presente con oficinas propias en Chile, Estados Unidos, Perú, Ecuador y Holanda y cuenta con asociaciones en Colombia, Argentina, Singapur e Inglaterra. Ha escrito dos libros: Del conocimiento a la sabiduría y El ritual del coaching, ambos traducidos al inglés, y hace
doce años creó un programa de formación y certificación de coaches, del que anualmente se gradúan 550 personas en todo el mundo. Empresas como Lan, Codelco y BancoEstado han contratado sus servicios y Olalla viaja desde Colorado, donde vive hace 20 años, para dirigir cátedras a empresas y diplomados de certificación. La gente espera su presencia. Y cuando visita Chile, llena auditorios con personas que anhelan ilusionadas conversar con él. En 2006, además, realizó un curso al equipo de ministros y asesores de Michelle Bachelet a días de asumir como gobierno, para impregnarlos de místicas.

Dejar de lado el resentimiento y comenzar a ver las cosas con otra mirada. Esa fue la decisión que Julio Olalla tomó hace más de 25 años y le cambió la vida. Era 1978 y después de una larga tarde de conversaciones junto a otros chilenos exiliados como él, fue a dar un paseo por el muelle Pier 33 en San Francisco. Mirando la cárcel de Alcatraz, y abrumado por el tono de las conversaciones con sus coterráneos que seguían pegados en el pasado, se dio cuenta de que no quería seguir viviendo así. “El resentimiento es una promesa de revancha, y yo no podía vivir mi vida prometiéndole revancha a nadie. Fue un acto consciente, muy claro de decir ‘aquí termina esta historia y comienzo a vivir completamente en paz’”, recuerda. Hacía cinco años que había dejado Chile por decisión propia ya que sentía que su situación política –trabajaba en la Corporación de la Reforma Agraria, institución encargada de expropiar terrenos durante el gobierno de Salvador Allende–, lo ponía en riesgo. Primero voló rumbo a Argentina –donde tuvo que dejar de lado su profesión de abogado y trabajar como comerciante– y luego a EE.UU. El primer tiempo en San Francisco fue muy difícil. Tuvo que aprender un idioma que desconocía y trabajar en lo que fuera para poder pagar las cuentas y comer. Pero también fue ahí donde conoció y compartió ideas con algunos de los que llama sus maestros: el ingeniero y político Fernando Flores, quien en ese minuto cursaba su doctorado en Lenguaje en la Universidad de Berkeley, y el filósofo y biólogo Humberto Maturana, cimentando los principios de su trabajo como coacher.

“Los indígenas en Ecuador me hicieron esta observación: ‘a nosotros lo que nos interesa es la buena vida, pero ustedes viven todo el día buscando una vida mejor, por lo tanto sienten que la que tienen es siempre menos de la que podrían tener’. Eso hace que vivamos angustiados e insatisfechos”.

Preocupado actualmente por buscar los pilares de una vida más feliz, este año Julio Olalla se ha enfocado en conocer los ideales y formas de vida de comunidades originarias de Latinoamérica y vivirlas en carne propia. Pasó dos semanas junto a su mujer y a su hijo menor con miembros del pueblo Shuar en la selva ecuatoriana, luego otra semana con la comunidad quichua en el norte de Ecuador y, en su reciente visita a Chile en diciembre de este año, viajó a Temuco para reunirse con los principales líderes mapuches. “Participamos en sus ceremonias, comimos con ellos, y compartimos la vida diaria. Ir a caminar por la selva, los bosques o los cerros y que me cuenten lo que ellos ven y yo era incapaz de percibir, fue un regalo. Donde yo veía árboles, ellos ven mundo, relaciones, estaciones, lugares sagrados. Estoy convencido de que parte de la deuda de América Latina para poder sanar el alma latinoamericana es que nos escuchemos con las culturas nativas, cosa que no hemos hecho nunca”, asegura.

Tu historia personal fue en parte la que te abrió al nuevo tipo de pensamiento que enseñas.
Sí, haber tenido una historia de exilio fue el puntapié inicial para tener una reflexión respecto del mundo. Mi padre fue también exiliado de la Guerra Civil española. Y cuando me pasó a mí, se me generó un espacio de reflexión. ¿Por qué razón a mi padre, a quien considero que fue un hombre muy bueno; y a mí, que me considero ser una buena persona también, nos tocó ser inadmisibles en ciertos lugares? ¿En qué consiste ese fenómeno? Y descubrí algo que para mí ha sido central: y es que yo, como la mayoría, miraba el mundo y estimaba que todo el que lo miraba veía lo mismo. Pero no. Después de los estudios de filosofía y los primeros acercamientos al trabajo en torno al coaching ontológico descubrí cuán distinto es el mundo para cada individuo, para cada cultura, para cada era. Y ese descubrimiento, de poder observar observando y observarme observando, me iluminó muchas cosas. Para mí fue una escuela, muy dura, pero una muy buena escuela, el proceso de haberme ido a Argentina y llegar allá sin saber qué hacer, sin tener idea y después tener que partir de nuevo a EE.UU. Yo no sería capaz de hacer lo que hago si no hubiera pasado por todas esas cosas.

¿Cuáles fueron tus conclusiones respecto a tu reflexión en torno a ser exiliado?
Que los seres humanos todavía no aceptamos honesta y finalmente que otro ser humano viva y mire el mundo desde una perspectiva distinta. Nosotros tenemos una manera de desprendernos de eso que es muy fácil: si tú no opinas como yo y no miras el mundo como yo, estás equivocado. Pero es cuando admitimos que somos observadores legítimos cuando el fenómeno de conversar se hace riquísimo. La palabra conversar me encanta porque viene del latín cambiando juntos, y en el fondo es el acto donde tú prestas tus ojos, y otros te prestan los suyos para ver el mundo de manera diferente. Y esa ha sido mi temática en general: cómo nosotros, al poder mirar cómo miramos adquirimos una libertad y un respeto que no es una norma ética, es una deriva natural. Si te comprendo a ti como una observadora distinta, éticamente me veo en la obligación de respetarte.

El coaching busca lograr que la gente encuentre la felicidad. ¿Tú te sientes una persona feliz?
Sí, pero que me sienta feliz no significa que no tenga grandes tristezas en mi vida. No quiero que se entienda la felicidad como ausencia de tristeza o de dolores, ya que hay cosas que me duelen mucho y hay momentos en los que me agobio. Cosas como las masacres que han ocurrido en EE.UU. hacen que me duela profundamente el alma, como también me duele cuando escucho que en Chile hay una red grande de prostitución infantil donde están metidos seres, entre comillas, muy respetables. Soy feliz en el sentido que estoy haciendo algo que amo y estoy rodeado de gente que me quiere. La felicidad tiene que ver con el servir, con que la vida tenga sentido y no debe ser confundida con un mundo ideal donde no hay tristeza.

¿Qué te pasa cuando te definen como una especie de gurú?
No me gusta. Me considero un ser regular y me gusta que me traten como un tipo regular. Tengo una labor de enseñanza porque en lo que hago se produce una relación muy cercana con la gente, pero estoy lejos de ser un predicador.

Eres abogado y el coaching pareciera estar más vinculado a la sicología. ¿Cómo aprendiste a sacarle el rollo a la gente?
En la modernidad nosotros dividimos al saber humano en saber interior y exterior. Y ahora somos expertos en saber exterior, pero al separar el mundo interior se quedó el mundo espiritual afuera y liquidamos el Anima mundi. Todo lo vemos como materia prima. Todo es para el uso, para la transacción, pero no respetamos la vida más allá del espacio utilitario de ella. En mis programas y con mis alumnos me di cuenta de que el espacio emocional es un espacio cognitivo. Por ejemplo, qué distinto es el mundo desde el optimismo que desde el pesimismo, qué distinto es el mundo desde la desconfianza versus la confianza. Son dos mundos diferentes. Creo que nunca se pueden dejar las emociones al lado, porque somos seres emocionales.

¿Cuál es la búsqueda más recurrente de la gente cuando llega al coaching?
Ha variado. Cuando empecé hace más de 20 años la gran cuestión era ser efectivo. Ahora la gente viene porque quiere vivir una buena vida. Se está produciendo un cambio, no detectado en los gobiernos. Por ejemplo, en mi última conferencia un hombre me dijo: “tengo todo lo que me dijeron que si tenía iba a hacerme feliz: auto, casa, casa en la playa. Pero no lo soy”. Eso le está pasando a mucha gente, porque confundimos la felicidad con tener más y estamos sufriendo la desilusión de darnos cuenta de que ese no es el camino.

¿Y por dónde iría la búsqueda de felicidad?
Mi primer descubrimiento es que sin servicio no hay ni siquiera la posibilidad más mínima de una vida plena. Si en el trabajo que haces no sirves a otro, se vive el trabajo desde la amargura. Cuando lo que haces es agradecido por otro, uno se ilumina, y eso es notable. Pero el camino puede resumirse en la búsqueda de una buena vida. Los indígenas en Ecuador me hicieron esta observación: “a nosotros lo que nos interesa es la buena vida, pero ustedes viven todo el día buscando una vida mejor, por lo tanto sienten que la que tienen es siempre menor de la que podrían tener”. Eso hace que vivamos angustiados e insatisfechos. Hay que preocuparse de vivir bien, y para eso basta con ser amado, amar, comer, beber, caminar. Son cosas simplísimas.

CHILE

Has trabajado con ejecutivos de grandes empresas y líderes políticos y sociales. Según tu experiencia ¿qué características crees que tiene que tener un buen líder?
del liderazgo. La comunicación puede ser inteligente pero no llega; la persona puede ser brillante intelectualmente, pero no toca. Además, debe tener una enorme capacidad para escuchar. Una de las cosas que hace fracasar a muchos líderes es que creen que tienen que tener la respuesta para todo, pero esa no es su tarea. Un líder tiene que tener muchas preguntas, ya que de otra manera se dedica a dictar pero no a convocar.

¿Cómo ves el liderazgo del Presidente Sebastián Piñera?
Te voy a hablar con mucho cuidado porque no vivo acá, pero creo que Sebastián Piñera tiene problemas para conectarse emocionalmente con la gente. Más allá de sus buenas intenciones, lo veo ineficaz con el hacer contacto con otros. Casi todas las historias que la gente me cuenta de él son anécdotas de lo que le pasó aquí o allá, pero nunca nadie me ha hablado de su sueño. Eso ya dice mucho. Además, y esta es una opinión muy personal, creo que ve al país como si fuera una empresa, donde los valores y el mercado son los que manejan todo. Y un país que se maneja así al final se empobrece del alma.

¿Qué tipo de liderazgo crees que necesita Chile?
Uno que no se compre el cuento de los norteamericanos. ¡Hasta cuándo con que los gringos saben todo y que la única opción es el desarrollo económico! Cuando uno ve los índices de felicidad del planeta se puede ver que ninguno de los países líderes es muy rico, la única excepción en los primeros diez es Dinamarca. Desde el término de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña y EE.UU. cuadriplicaron su crecimiento en términos del PIB pero los índices de bienestar de la población no han crecido ni un céntimo. Estamos destruyendo el planeta para consumir más, y el nivel de bienestar aumenta cero. Creo en el mundo que viene y que tiene que aspirar a una vida mucho más sencilla y recuperar lo sagrado en la cotidianidad. Para nosotros no hay nada sagrado, y no lo digo en el sentido religioso. El árbol no es sagrado, el mar no es sagrado, estar vivo no es sagrado. Todo es materia transaccional y esto lleva a una vida plana, porque no hay nada que reverenciar. Cuando estuve con el grupo de mapuches en el sur tuvimos una ceremonia y pasó algo maravilloso. Reverencias a la vertiente, al agua, a los canelos. Hay un mundo al que tú le agradeces y este acto reverencial tiene que ver con ser parte de algo mucho más grande. Eso me parece maravilloso porque le da a la vida un sentido, un espíritu. Tenemos que devolverle el ánima al mundo.

“Chile necesita liderazgo que no se compre el cuento de los norteamericanos. ¡Hasta cuándo con que los gringos saben de todo y que la única opción es el desarrollo económico! Estamos destruyendo el planeta para consumir más y el nivel de bienestar aumenta cero. Tenemos que aspirar a una vida más sencilla y recuperar lo sagrado en la cotidianidad”.

Vienes en promedio tres veces al año a Chile. En tus visitas, ¿cómo ves a los chilenos?
Veo dos cosas: por una parte, a un pueblo que se compró el asunto del desarrollo a fondo, lo que es entendible pero creo que vamos a tener que revisar; y por otro a una juventud interesada en aire fresco, que está cansada de más de lo mismo. Se vio en las protestas estudiantiles. Y que no hayan conseguido todo lo que buscaban es porque el sueño estudiantil es un sueño que no se articula muy bien en el mundo actual. Sus petitorios son una especie de “lo que me están prometiendo no me interesa”. En su protesta hay una propuesta a rearticular el futuro. Casi siempre a los líderes que inician un nuevo discurso en un comienzo no se les entiende porque lo que quieren es antagónico a lo que está. Cuando los estudiantes dicen “no me traten como un cliente para el banco, sino como persona”, están hablando de algo importante, pero en un país que se maneja como un negocio esas cosas no se entienden. Para mí este conflicto se traduce en una frase de Einstein: “Los problemas que hemos creado con este nivel de pensamiento no los podemos resolver con este mismo nivel de pensamiento”.

¿Tienes fe en este nuevo discurso?
Sí. Chile y toda Latinoamérica tienen una oportunidad histórica única, ya que desde la periferia podemos desarrollar un discurso nuevo, una narrativa del mundo que queremos. Si nos tomáramos en serio esta posibilidad de crear, de organizarnos de otra manera, de cuidar el planeta y de ser más conscientes de cosas como la crisis energética, el respeto por las comunidades indígenas y el problema de la injusta distribución de la riqueza, podemos ser un ejemplo para el resto de la Tierra. Cuando se habla de un nuevo mundo tiene que ver con esto. Las injusticias y el poco cuidado con el medioambiente van a terminar provocando el cataclismo. Las crisis no son una y vienen como la tormenta perfecta, y si los seres humanos no cambiamos nuestra forma de vida, lo que implica un cambio en nuestra visión, vamos a tener que enfrentar un remezón muy feo a nivel planetario. Además, los niveles de insatisfacción son altísimos. La gente debe dejar de lado la idea de que trabajar y generar riqueza la hará feliz ya que al no lograr esa felicidad, surge la angustia. Tengo la esperanza de que si nosotros somos capaces de involucrarnos de otra manera, podemos crear un mundo más feliz para todos basado en nuevos paradigmas: con un sentido de la vida más sencilla, en la que el corazón tenga un lugarcito más grande que solo la cuenta bancaria.

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