Soledad Errázuriz: En su mejor momento

Fue Miss Chile en 1970, a los 19 años, y la modelo fetiche de las primeras ediciones de revista Paula. Soledad Errázuriz, que por una década se desenvolvió como productora editorial, hoy tiene 63, cuatro hijos y dos nietas. Asegura que esta es la etapa de su vida en que más libre se ha sentido.




Sin nunca haberme subido a una pasarela, me presenté al Miss Chile con 19 años. Había un aviso en el diario en el que decía que el premio era un Mini Cooper: siempre había soñado con tener un auto, y enganché por ahí. No sé cómo, pero gané. Fue increíble.

En los setenta, todas las modelos estaban en Paula. Llegué a la revista por del concurso. Era una época tan distinta: conocías a todo el mundo. A Roberto Edwards lo conocía. Era muy entretenido, muy familiar, te hacías amiga de todos. Con la Mónica Larson que fue Miss Chile en el año anterior yo me hice íntima amiga. No existía esa competencia de unas con otras que hay ahora.

El modelaje me abrió muchas oportunidades. Nos íbamos de viaje a hacer fotos de moda: conocí Machu Picchu, Bolivia, Tahiti. Viajábamos todos juntos, por mucho rato. Muy entretenido.

A los 19 me casé y a los 24 fui mamá de la Alexandra. Después me separé y tuve 3 hijos más con Luis del Villar, mi actual marido. Fui una mamá muy presente, cuando ellos eran chicos me dediqué 100 por ciento a ellos. Los niños siempre me dicen: "Mamá no sabes lo rico que era llegar del colegio y saber que estabas ahí". Agradezco haber podido hacerlo.

A mis hijas las compadezco. Trabajan todo el santo día, viven corriendo de un lado a otro y apenas tienen tiempo de ir a la peluquería o hacer un trámite. Siempre están ocupadas. Y qué decir cuando tienen hijos; ahí sobreviene un caos total por esta falta de tiempo. Viéndolas a ellas, pienso que es muy difícil la vida para las mujeres hoy. Era más fácil antes.

Durante 10 años fui productora de la revista ED. Lo hice porque mis hijos ya estaban grandes, el menor tenía 10 años. Fue gracias a Ignacio Pérez-Cotapos, a quien conocía, que llegué ahí. Yo no había estudiado nada, no tenía currículum. Pero él me tuvo fe, me contrató y me enseñó todo lo que sé en producción.

En el año 2000 mi hijo Tomás tuvo un accidente en moto y quedó parapléjico Tenía 20 años y el deporte para él lo era todo. A pesar de su estado se propuso volver a esquiar. Se fue a Estados Unidos a aprender, se compró una silla increíble y lo logró. Participó en tres Juegos Paralímpicos. Viendo lo que era capaz de hacer, me di cuenta de que en Chile no existen posibilidades de que un discapacitado practique deporte, por eso intenté formar una asociación de deportes para ellos. Estuve trabajando casi 2 años y logramos organizar un campeonato de esquí en Portillo; salió muy bien, trajimos a deportistas discapacitados de Austria y otros países. Pero al año siguiente todo se derrumbó, no había mucha nieve ni disposición de las instituciones a colaborar. Las trabas burocráticas terminaron por reventarme y finalmente dejé el proyecto. Me entristece no haberlo continuado, pero es que el desgaste fue enorme.

Ahora tengo 63 años. Mis hijos crecieron: dos ya se fueron de la casa y dos viven con nosotros. Pero la relación ya es otra, porque ya no estoy criando. Me siento en una etapa rica, disfrutando. Los fines de semana vamos a Zapallar o a Farellones, siempre en familia. Ya no tengo que volverme los domingos, voy y vuelo cuando quiero y almuerzo todos los días a la hora que quiero. Aprecio mucho esa libertad que tengo a esta edad. La libertad de permitirme hacer lo que yo quiera.

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