Sybila Arredondo: 14 años en prisión
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6 Junio, 2012

Sybila Arredondo: 14 años en prisión

A raíz del próximo estreno de Sybila, un documental que reconstruye la historia de la chilena Sybila Arredondo, reeditamos esta entrevista realizada en 2002 por Delia Vergara. Ex esposa del poeta Jorge Teillier y viuda del escritor peruano José María Arguedas, Arredondo estuvo encerrada durante 14 años en las cárceles de alta seguridad de Perú, al estar acusada de militar en Sendero luminoso.

Desde el penal de Chorrillos, en Perú, texto y fotografía: Delia Vergara

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Paula noviembre 2002. 

Sybila Arredondo está lejos de proyectar la típica imagen de mujer revolucionaria a la que estamos acostumbrados. Es una mujer grande, dulce y refinada, más parecida a una monja que al estereotipo aterrador. Tiene 67 años y es viuda de uno de los grandes de la literatura peruana, José María Arguedas. Antes estuvo casada con el poeta chileno Jorge Teillier, con quien tuvo dos hijos. Lleva 14 años encerrada en cárceles de alta de seguridad en Lima, por una sentencia que la acusa de militar en Sendero Luminoso, el grupo que tomó las armas para hacer una revolución maoísta en el Perú.

Ella lo niega. Afirma que en su expediente no hay ninguna prueba que acredite ese hecho, que ella nunca ha sido militante, ni menos dirigente.

En estos 14 años privada de libertad ha sufrido malos tratos y ha sido testigo de las matanzas al interior de los penales. Ha vivido lo que, para cualquiera, sería la peor pesadilla. Ella, sin embargo, no acusa los golpes. “Los asumo”, dice tranquilamente, “porque soy parte de un proceso histórico”. Esto lo dice y lo repite varias veces: “Soy parte de un proceso más grande que yo, inevitable, que va a traer la justicia y la felicidad a los pobres de este mundo”.

Sybila se ha sometido a su largo encarcelamiento con una sabiduría muy honda, muy antigua. Lo que más impresiona en ella es su falta de rencor. Dice su hija, Carolina Teillier: “Lo mejor de mi madre es su capacidad para ver las cosas por el lado positivo, para tomárselas como vienen y de ahí sacar enseñanzas”.

Su figura salta a la vista entre las 70 presas políticas acusadas de pertenecer a Sendero Luminoso en el pabellón B del penal de Chorrillos. Las demás son más bajas que ella, más agitadas y, en general, más morenas. “Me siento protectora, abuelita, la mayor”, dice.

En mayo cumplió una condena de doce años, Y, aunque le faltan diez meses para completar otra, de quince, legalmente también ya la cumplió, debido a las regalías que otorga el trabajo en prisión. Sin embargo, la justicia peruana no la quiere liberar. Su expediente circula de juzgado en juzgado, como una papa caliente, sin que juez alguno quiera asumir esa responsabilidad. Su hija se encarga, cada día, de la tramitación kafkiana, sin recibir ni una respuesta, sintiendo el cansancio de los últimos metros de una maratón: “Empujando un elefante”, como ella misma define. Desde Chile, la madre de Sybila, la escritora Matilde Ladrón de Guevara, ha hecho campaña incansable para que la liberen. A los 92 años, estira la vida para esperarla.

Existe un mito en torno a Sybila: el de mujer aventurera, musa de poetas, amadora de hombres neuróticos, difíciles, dos de ellos suicidas. Ella se burla: “Soy famosa, soy un mito, un unicornio”, y larga su risa, que la prende entera.

Vida intensa

De chica quiso ser bailarina, también profesora de escuela, pero no le resultó. Terminó trabajando en la Librería Universitaria. Ella piensa que sacó el carácter de su padre, un oficial de la Fuerza Aérea experto en acrobacias, “un hombre muy estable”. Su madre, como era una mujer elegante, trataba de que ella también lo fuera. “Me compraba unos sombreros con velos y frutas, y yo, ¡para nada!” Matilde también la llevaba a unas reuniones feministas y su abuela partía con ella a la Gota de Leche, una organización de caridad, donde por primera vez Sybila supo que había gente viviendo en la miseria y se comprometió con los más necesitados.

En la Librería Universitaria aparecieron los poetas. Se casó enamoradísima con Jorge Teillier, y tuvieron años felices, pero el poeta bebía en exceso y la convivencia se hizo difícil. Tuvo con él dos hijos, Carolina y Sebastián. Se separó después de seis años y entonces la consoló otro poeta, su amigo de niña Enrique Lihn. Sin embargo, la vida le dio verdaderamente un giro cuando apareció en la librería José María Arguedas, veinte años mayor que ella. En un almuerzo en la casa de Neruda lo escuchó cantar en quechua y quedó flechada.

“Partí a Lima, en barco, con los dos niños chicos, a vivir con él, no a casarme”, puntualiza. Pero Arguedas la convenció y se casaron en 1967, dos años antes de que él se suicidara. Vivieron en Chaclacayo, en las afueras de Lima, Sybila trabajando en una librería, él haciendo clases de etnografía en la Universidad Agraria, donde daba rienda a su afán por dar a conocer el mundo quechua. Arguedas tenía un amor comprometido por las empobrecidas etnias peruanas, porque, huérfano de madre a los tres años, fue criado por las indias que atendían a su padre.

Después de la muerte de Arguedas, Sybila se quedó en Perú, “porque quería quedarme con él”, explica. Le ofrecieron trabajar en la Universidad de Huancayo y partió contenta de ir a vivir en la sierra, un lugar que José María amaba. Estuvo ahí unos siete años, a cargo de las publicaciones de la Universidad. La eligieron para la Asociación de Empleados, se juntó con los intelectuales de izquierda admiradores de José María y ocurrió otro acontecimiento importantísimo: tuvo un hijo peruano, Inti. El padre era un profesor de física de la Universidad, Marco Antonio Briones, doce años menor que ella. “Yo siempre quise un hijo peruano, pero pensé que no era necesario casarse,” argumenta. Una editorial le ofreció trabajar en la recopilación y publicación de la obra de Arguedas y partió de vuelta a Lima a hacer el trabajo de su corazón. Con unos derechos de autor de su marido se compró una casa “chiquita pero perfecta” y vivió ahí con su hijo menor (los mayores ya eran adultos), trabajando en la obra de José María, y juntándose con sus amigos de siempre, los intelectuales revolucionarios. Alcanzó a publicar cinco tomos y a dejar listos otros cinco cuando la tomaron presa, el 29 de marzo de 1985.

La acusaron de llevar explosivos para Sendero Luminoso en su pequeño Volkswagen. Tantos explosivos que, en el proceso, un perito de la policía testimonió que de ser cierta la acusación el auto habría explotado. Después de un año y medio presa, la Corte Suprema la absolvió por falta de pruebas.

La volvieron a tomar en 1987, estuvo seis meses en la cárcel, y la Corte Suprema la volvió a absolver. En 1990 fue nuevamente detenida, sin cargos específicos, pero esta vez fue definitivo. La juzgaron los Tribunales Sin Rostro –con jueces sin identidad conocida–, un macabro invento de Fujimori y Montesinos para borrar del mapa todo lo que oliera a Sendero Luminoso. En 1995, cinco años después de estar encarcelada sin condena, la sentenciaron a 15 años de prisión. El año 2000 la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas pidió al gobierno peruano su liberación. No fue escuchada.

“Pienso que los cargos son falsos”, afirma el cónsul de Chile en Lima, Horacio del Valle, quien conoce el caso. “Había que comprometerla por lo que significaba ser la viuda de Arguedas”, indica. Sus amigos creen que también se han ensañado con ella por ser chilena.

En estos años la familia se ha dispersado. Su hijo Sebastián se vino a vivir con sus abuelos Teillier a Lautaro, cuando tenía 10 años y se quedó en Chile. El hijo peruano, Inti, se vino a estudiar a Santiago la segunda vez que la tomaron presa, y se quedó aquí haciendo cine. Y Carolina Teillier, su hija de 44 años, hizo familia peruana, y es la que está allí para apoyarla.

La cárcel

Es hora de almuerzo en el Penal de Chorrillos. El día está soleado y clarísimo y en el patio hay el revuelo propio de un día de visitas. Entramos por la vía diplomática con la vicecónsul de Chile, Elena Navarrete, quien mantiene buenas relaciones con las cárceles peruanas porque atiende a varias prisioneras chilenas.

Sybila nos recibe como una anfitriona, nos sienta en una mesa bajo un toldo amarillo y corre a buscarnos un plato de comida. El pelo canoso trenzado y horquillado en un moño la avejenta un poco, pero ella sonríe siempre, y eso la hace niña.

Cuando nos ponemos a comer, en vez del temido engrudo carcelario, nos sorprendemos saboreando un gustoso locro de verduras frescas acompañado de un arroz graneadísimo. “Cocinamos nosotras”, explica Sybila, y ése es uno de los muchos logros del colectivo de prisioneras: comen bien.

El pabellón es moderno, ordenado, meticulosamente limpio y hay plantas por doquier. Decenas de mujeres (“las chicas”, las llama Sybila) se acercan a saludar. “Ella no debería estar aquí”, repiten una y otra vez. Su celda es pequeña, apenas cabe un camarote y está impecable. Ella ocupa la cama de abajo y en la de arriba guarda sus papeles y sus libros. Al frente, una galería luminosa conecta todas las celdas. Parece más un internado que una cárcel.

 

–¿Por qué estás aquí?, pregunto cuando nos sentamos a conversar en una pequeñísima biblioteca abarrotada de libros, un logro que lleva clarísimo su sello.
–¡Uf! –responde–. Yo, sinceramente, no puedo entender los cargos que me hacen. No tengo cargos en el proceso, los cargos son subjetivos. Yo no he hecho nada como para que me den quince años. ¡Es una exageración! Habla buscando con esfuerzo las palabras, con acento peruano. Tiene una voz clara y joven.

–¿Por qué, entonces?
–Como uno es más o menos culta, esa gente, que debe ser un poco corta de pensamiento, pensó que yo era dirigente del comité central. En tanto soy culta, parece que me consideran peligrosa.

–¿Nunca has sido dirigente?
–Nunca he sido dirigente. Yo sabía lo que estaba pasando, que había un proceso de guerra revolucionaria dirigido por el Partido Comunista del Perú, Sendero Luminoso. Yo puedo haber asistido a cosas organizadas por el Partido. Una persona que no conozco dice, en el proceso, que yo llevaba alimentos y medicinas. He estado llevando alimentos y medicinas durante toda mi vida adonde se necesita. Y en ese momento se necesitaba ahí.

–¿Estabas de acuerdo con la revolución de Sendero Luminoso?
–Yo no puedo negar que comprendo la violencia revolucionaria. Idealísticamente podría decir: “Hagámoslo todo en paz”, pero históricamente ningún cambio importante a favor de los que más necesitan ha sido en calma chicha. Sin embargo yo jamás voy a dirigir una guerra popular. ¡Qué cosa más disparatada! Yo no soy una líder revolucionaria soy una persona bastante simplona y no sirvo para eso. Tú ves que me cuesta hablar y todo.

–¿Y cómo ha sido tu calvario de presa política?
–¿Un calvario? ¡Yo nunca he tenido un calvario!

–¿No te has sentido víctima?
–No pues. Yo estoy viviendo un proceso vital y estoy aplicando todo mi pobre conocimiento cultural para hacerlo. Cuenta de los años terribles. De cuando, en tiempo de Fujimori, se les aplicaba el régimen carcelario más estricto de América Latina: aislamiento total. A ella y a las demás presas políticas las tenían encerradas en las celdas las 24 horas. Podían salir al patio quince minutos de a dos y sólo tenían visitas una vez al mes a través de unas rejas paralelas de alambre grueso, que apenas dejaban verse. En 1992 ella estaba ahí cuando bombardearon el Penal de Canto Grande, luego de una protesta donde murieron decenas de presos y presas de Sendero Luminoso. Relata cuando un guardia empezó a toquetearla con su vara en la oscuridad, cuando luego la interrogaron y acusaron frente a un espejo, sin que nunca pudiera verle la cara ni conocer la identidad de sus interlocutores, en los famosos Tribunales Sin Rostro.

Los tiempos han cambiado en el penal con la llegada de la democracia. Ahora la cárcel es más amable. Paradó

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