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5 Septiembre, 2003

30 años del golpe

Lo que ocurrió en Chile  el 11 de septiembre de 1973 marcó la vida de todos los chilenos. En un recorrido por estas tres décadas, personas comunes y corrientes dan cuenta de cómo el aconteci•miento cruzó sus historias personales.

1973

Mi golpe
El día del golpe, Galo Sage tenía ocho años y un grupo de amigos de barrio. Su padre era aviador y la familia vivía en una población de altos oficiales de la Fuerza Aérea. Desde su ventana Galo veía las casas del general Leigh y del general Bachelet. Los niños de ese pasaje formaban una compacta pandilla. Así fue hasta el martes 11 de septiembre, cuando la noticia del golpe los dividió en dos ban•dos: “En una vereda nos pusimos los que defendía•mos la Unidad Popular y, en la del frente, los que apoyaban el golpe. Mis mejores amigos quedaron al frente. Sin que nadie dijera nada una onda hostil nos envolvió a todos, y los dos bandos nos empeza•mos a insultar y a escupir. Y arriba de nosotros, en el cielo, los hawker hunters disparaban y veíamos caer las municiones como en las películas. Ésa fue la última vez que vi a mis amigos, porque nadie volvió a salir a la calle. Dos semanas después, un camión de mudanza se llevó nuestras cosas. Nos fuimos a vivir a otro barrio y ahí supe que lo que había pasado era grave. A mí nadie me explicó nada, pero a partir de entonces entendí que no podía confiar en todo el mundo. Cambió mi vida, no de manera drástica, pero sí profundamente”.

1974
El barco
En mayo de 1974 Jaime Vidal se embar•có rumbo a Europa. El grupo familiar era especial: viajaban con él su madre y otra mujer con quien su padre había tenido un hijo. También ese medio hermano, a quien Jaime acababa de conocer y que tenía casi su misma edad. Hasta septiembre del 73 ambas mujeres habían mantenido distancia, pero en la crisis se convirtieron en alia•das. Juntas planearon el exilio, vendieron muebles y casas y partieron juntas. “Eran emociones cruzadas, porque el golpe había roto muchas cosas, pero en mi caso también había hecho que se uniera gente que, en otras circunstancias, jamás se habría unido. Yo tenía 16 años y estaba enrollado en mis dramas adolescentes. Había dejado en Chile a quien entonces creía que era el amor de mi vida y eso me tenía angustiado. El barco paraba en distintos países y con mi hermano fantaseábamos con escaparnos y regre•sar en moto entrando por Estados Unidos. Soñábamos juntos pero, en el fondo, sentía angustia. Yo sabía que me esperaba algo
tan duro que ni siquiera podía imaginar”.

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1975
Éste no soy yo
Carlos Vergara (59): “Mi abuelo era militar, mi padre era militar, mi hermano era militar. El ejército era mi familia. Yo entré a los 15 años y estuve hasta los 30. Me echaron siendo capitán, poco después del golpe, porque no apoyé lo que hizo Pinochet. Eso fue un quiebre en mi esencia, me sentí completamente desarraigado. Me quitaron todo: la gorra, el traje, las insignias. Eso sí: el carné de militar se les olvidó pedírmelo. Recién, en 1975 llegó a buscarme a mi oficina un agente del gobierno. Me llevó a una sede militar y ahí les entregué el carné. Era lo último que me quedaba.
Yo nací predestinado a ser militar, nunca concebí la vida fuera del ejército y aún no me acostumbro a ser civil. Si veo a un militar en la calle me da una envidia sana, como nostalgia. A pesar de que me ha ido bien como civil y que he llegado a estar mejor económicamente, hay algo que se me partió en el alma. A veces estoy parado en una esquina y me veo vestido de civil, con terno y corbata y digo: ¿Quién es ése? Ése no soy yo”.

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1976
La búsqueda
En 1976 Héctor Contreras usó, por primera vez, una expre•sión que repetiría muchas veces en los próximos veinte años de su vida: “detenido-desaparecido”. Ése fue el año en que el gobierno militar anunció que ya todos los presos políticos habían sido liberados. Sin embargo, muchos de ellos no llegaban a sus casas y las familias comenzaban a buscar•los. Acudían a la Vicaría de la Solidaridad, donde Contreras trabajaba como abogado. “Recién ahí nos dimos cuenta que habían desaparecido. Nos sentíamos absolutamente impo•tentes, porque cargábamos con una terrible verdad que no podíamos decir. Todo el aparato del Estado la negaba y gran parte de Chile estaba engañado. Pero también había mucha gente que sabía y no quería asumirlo, porque saber la verdad obligaba a hacer algo. Había madres que buscaban a sus hijos a escondidas del resto de la familia, porque los otros hijos les decían: ‘No busques a mi hermano. Si él se metió en problemas es su culpa’.
Durante esos años me di cuenta de que todos éramos de alguna manera víctimas y victimarios. Me tocó escuchar testimonios de gente que pertenecía a los aparatos represi•vos. Algunos iban a confesar porque tenían miedo, se habían peleado con sus jefes y pensaban que podían matarlos. Venían para que nosotros les salváramos la vida. Otros esta•ban realmente arrepentidos. Tenían cargo de conciencia. A ellos también se les destrozó la vida”.

1977
Toque de queda
A Gonzalo Castillo (46) lo pillaron cinco veces caminando durante el toque de queda. Tres veces pasó la noche en la comisaría. “No siempre fue a la salida de una fiesta. Cuando el toque era a las 11 de la noche tenía que irme corriendo desde el preuniversitario a la casa”. Castillo recuerda gente corriendo de noche: “En las esquinas te cruzabas con gallos que corrían y te decían ‘están a dos cuadras’. La apuesta que yo hacía era que alguien me iba a llevar a dedo. Si a los cinco minutos no pasaba nadie, sabía que tenía que empezar a correr”, relata. “Hoy pienso que detrás de las veces que me pillaron había un torpe gesto de rebeldía de mi parte porque llegué a la adolescencia y no pude vivir esa experiencia de autonomía que viven todos los jóvenes: la exploración de la noche en libertad”, reflexiona.

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1978
Los hornos
Enrique Medina (45): “Yo tenía como 20 años cuando supe por la prensa que habían encontrado cuerpos de 19 personas en unos hornos de aquí, de Lonquén. No lo podía creer. Desde chico siempre he ido a pasear a ese lugar, porque es muy lindo, con una explanada de pastito verde. Muchas veces estuve parado junto a los hornos jugando, sin imaginar lo que había adentro. Apenas unos días antes de que se supiera la noticia, había estado de picnic con mis amigos ahí”.

1979
Amigas
Rebeca Prieto y Carmen Vicuña son íntimas amigas desde los 12 años y en 1979 se encontraron en posiciones antagó•nicas. Mientras Rebeca escondía a gente y buscaba a dete•nidos, Carmen apoyaba el gobierno militar. Pero su amistad fue más fuerte que las diferencias.
“Es una de las pocas amigas con quien tengo una conexión profunda”, dice Rebeca. “Sabemos que nuestras posi•ciones políticas son opuestas, pero ninguna trató nunca de convencer a la otra; tenemos un acuerdo tácito de respetarnos”.
“Francamente, yo la entiendo, aunque no comparto nada de lo que piensa”, confirma Carmen. “Nunca hemos peleado por política. Nuestra relación es muy fuerte para echarla a perder. Ha pasado toda una vida, y aquí estamos, queriéndonos”.

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1980
Algo así como mi papá
Macarena Aguiló tenía 9 años y vivía en Europa. Su madre decidió ingresar clandestinamente a Chile y la dejó al cuidado de un compañero de partido, Iván Badilla. Él era un soltero de 25 años, y no sólo se hizo cargo de Macarena, sino también de otros dos niños de 3 y 5 años que estaban en situación similar. “Yo tenía que hacer de todo: trabajar, ir al supermerca•do, cocinar, lavar pañales, contar cuentos”, relata Badilla, quien los crió durante cuatro años como si fueran sus propios hijos. Macarena todavía recuerda el pequeño departamento en Cuba donde formaron una verdadera familia. “En esos años, Iván•fue la persona que estuvo afectivamente más cerca de mí. Su ejemplo me marcó. Fue algo así como mi papá. Sé que él va a estar ahí cuando lo necesite, más que cualquier otra persona en el mundo”.

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1981
A escondidas
A Paulina Elissetche (52) le encargaron que ayudara a entrar clandestinamente al país al dirigente político Jaime Gazmuri. Para eso tenía que hacerse pasar por su mujer. En el opera•tivo, se enamoraron de verdad y en 1981 se fue a vivir con él.  Pero nadie debía saberlo.
“No podíamos ir juntos casi a ninguna parte y yo tenía que ocultar mi relación. Durante dos años pasé por soltera, incluso para mis amigos más cercanos y muchos familiares. Si íbamos al cine, teníamos que entrar y salir cuando estaba oscuro. Vivíamos en el barrio alto, y Jaime pasaba por un intelectual que trabajaba en la casa, para justificar el hecho de que no saliera. Yo era su enlace con el mundo, estaba atenta a todo, adónde iba, si llevaba o no puestos los lentes. No podía escaparse ningún detalle. En esos años él se dejaba barba o bigote, se teñía el pelo o se lo encrespaba, y usaba dos carné de identidad. Para todos, él era José Manuel, y para mí también. Cuando salió de la clandestinidad, me costó mucho llamarlo por su verdadero nombre. Fue una situación rara para mí, pero estaba con el hombre que amaba”.

1982
Sin lugar
Fabio salas tenía 21 años, estudiaba Literatura en la Universidad de Chile y se sentía un bicho raro.“En ese tiempo había una intolerancia radical que atravesaba todos los ámbi•tos de la sociedad, era muy difícil crecer en ese ambiente. Yo sentía que me imponían una visión en donde habían sólo dos bandos y uno estaba obligado a meterse en uno. Si no lo hacías, eras el raro. Era una cosa estática, asfixiante. Yo era de oposición, pero no me identificaba con el canto de protesta porque lo encontraba depresivo, dolorífico. La alternativa a eso era la onda disco, que representaba lo complaciente, lo comercial, y que tampoco me gustaba. Lo mío era el rock”.
En 1982 Salas publicó una tesis sobre rock que terminaría transformándose en un libro de culto. “En el rock encontré una música gozosa que tenía, a la vez, una idea de transfor•mación de sociedad. Una música que me estimuló a expan•dirme mental y físicamente. Eso no era fácil en esos años”, recuerda.

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1983
Las protestas
Ximena Zomosa (36) estaba en tercero medio cuando comen•zó a ir a las protestas que se organizaban en lugares como la Alameda y el Parque O’Higgins. “A pesar de que a mis padres no les gustaba que fuera, no me perdí ninguna. En eso había una rebeldía contra mi familia, pero también una necesidad real de romper con el encierro.
Nunca tuve miedo, por el contrario, se sentía una gran com•plicidad, porque todos estábamos unidos por una misma causa. También había euforia, mucha adrenalina, porque eran espacios en los que uno podía desahogarse. En esas grandes concentraciones yo sentía una energía que atra•vesaba todos los grupos sociales y que abarcaba la ciudad. Creo que ése ha sido el único momento en mi vida en que me sentí parte de un cuerpo social y que tuve la conciencia de estar viviendo un momento histórico crucial”.

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1985
El retorno
Alonso Rojas (63) estuvo diez años exiliado en Inglaterra y cada uno de esos días deseó volver a Chile. “Salí obligado y me prometí a mí mismo que pronto regresaría. Nunca des•empaqué la maleta, no me instalé, no compré casa y jamás me proyecté con nietos allá. Echaba de menos a los amigos, la comida, la cordillera, todo. En 1985, cuando al fin regresé, no me cupo duda de que éste era mi lugar. Lo único triste es que mi señora y mis hijos decidieron quedarse en Inglaterra, porque se habían arraigado allá. Pero yo sentí que me traicio•naba a mí mismo si me quedaba afuera”.

1984
Al margen
En 1984 Ana Luisa Jouanne (39) estudiaba Periodismo en la Universidad Católica y mientras muchos de sus compañeros participaban en las protestas, ella se mantenía al margen. “Yo no protestaba, porque pensaba distinto. Era gremialista y consideraba que la universidad no debía politizarse al extre•mo al que se había llegado. Además para mí era necesario concentrarme en mis estudios, porque estaba casada y traba•jaba. Pero no por eso me era indiferente lo que pasaba en mi escuela. En ese tiempo había mucha tensión y polarización. Eso me afectaba. A veces me sentía marginada porque, indu•dablemente, era más atractivo ser parte del grupo activista. Sin embargo, esa experiencia fue fundamental para todos. Ahí aprendimos el valor del respeto y la tolerancia”.

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1987
El triunfo de mi hermano
El día que el ciclista Peter Tormen ganó la Vuelta de Chile, en 1987, le dedicó el triunfo a su hermano Sergio, campeón chileno de ciclismo, detenido desaparecido. En ese mismo instante Canal 7 se fue a negro y cortó la transmisión en directo. Sergio Tormen fue detenido en 1974. Era un as arriba de la bicicleta y se estaba convirtiendo en estrella deportiva desde que ganara los Juegos Panamericanos del 71. Cuando se lo llevaron tenía 24 años y estaba arreglando su bicicleta. Su hermano Peter tenía 14 años y lo seguía a todas partes. Por eso estaba con él ese día y también lo detuvieron, aunque lo soltaron a los tres días. “Yo lo admiraba. Quería ser su compinche. Lo miré tanto en mi vida que hoy cierro los ojos y lo veo exactamente como era”.
Catorce años después Peter ganó la prueba usando la misma bicicleta que montaba su hermano. La había hecho su padre en el mismo taller de donde Sergio desapareció para siem•pre.

1986
El daño
Amelia de la Maza (72) estuvo dos años presa y perdió a un hijo, por haberle arrendado la parte trasera de su casa a un joven que conoció en 1986. Jamás imaginó que él estaba vin•culado a una internación ilegal de armas.
“Mis arrendatarios me parecían encantadores. Eran cua•tro jóvenes y me habían dicho que tenían una empresa de materiales de construcción. Yo tomaba unos recados que ahora me dan risa: ‘Avísele a Roberto que están todos los materiales dispuestos y que los vaya a buscar el lunes’. Un día llegué a mi casa y estaba la CNI. Eran puros gallos de civil. Habían puesto –como en una exposición– banderas del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, pasamontañas y panfle•tos. ‘Todos ustedes son del Frente’, me dijeron. Yo no entendía nada, jamás había visto esas cosas. Me interrogaron toda la tarde y de repente uno gritó: ‘¡Aquí está!’. Me mostraron unos tubos metálicos y me preguntaron: ‘¿Qué es esto?’. Yo, sin entender mucho, respondí: ‘Son fierros’. No sabía que en la jerga terrorista la palabra fierro significaba arma. Y claro, era una metralleta desarmable.
Me detuvieron a mí y a mis tres hijos, uno de los cuales era esquizofrénico. A mis arrendatarios no los pudieron encon•trar. Yo pasé dos años en la cárcel, que fueron como una eternidad, y a mi hijo enfermo lo pusieron en un hogar espe•cializado. Un día me avisaron que se había perdido. Logré que me liberaran para salir a buscarlo. Lo encontré en la morgue. Lo habían atropellado”.

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1988
La guagua del No
Hace unos tres años Antonia Mouat (14) iba en el auto con su papá y en las noticias de la radio empezaron a hablar del triunfo del No en el plebiscito del 5 de octu•bre de 1988. “Yo no iba escuchando la radio, pero mi papá sí y me dijo ‘Tú fuiste producto de esa celebración’. ¿De qué fui producto’’, le dije yo. ‘De que tu mamá y yo celebramos el triunfo del No y esa noche fuiste conce•bida’. Yo quedé para adentro. Fue una de las cosas más impresionantes que he escuchado en mi vida. Llegué a mi casa y le pregunté a mi mamá. Me dijo que sí, que yo era “la guagua del No”. Al otro día se lo conté a todos mis amigos”, relata.

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1989
Tenía miedo
Cuando Aylwin ganó las elecciones, Marcela Barros (50 años) temió que se repitiera la historia que le destrozó la vida a su familia. Su padre agricultor perdió las tierras durante el gobierno de la UP y eso lo sumió en una crisis económica que impidió, entre otras cosas, que Marcela pudiera estudiar. “Para mi familia la UP fue una época de mucho temor, apenas nos atrevíamos a salir a la calle. A mis padres se les vino el mundo encima, porque perdieron lo único que tenían. Yo cele•bré el golpe. Después trabajé para el Sí y me dio mucho miedo cuando ganó el No. Imaginaba que iba a volver el desorden y la falta de seguridad que vivimos en los 70. Quizás haya gente a quien le cueste entenderlo, pero yo tenía mucho miedo”.

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1990
El perdón
Luis Berger (57), ingeniero:“Yo era pro•fesor de la Universidad Santa María y le había dedicado muchos años de mi vida, pero me exoneraron el año 75. En el 90 me llegó una carta del nuevo rector en la que me pedía que aclarara las circunstancias de mi despido y me ofrecía un acto de desagravio moral que podía ser privado o público. Al principio me sorprendí, jamás pensé que fueran a hacer algo así; la verdad es que lo valoré mucho. Primero pedí que fuera privado, pero después me arrepentí y solicité que fuera público, porque pensé que este gesto debía tener mayor repercusión. Fue un acto muy solemne. Éramos varios en la misma situación. El rector nos dio una carta y, al entregarla, uno por uno, nos fue diciendo ‘perdón’. Fue muy emocionante”.

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1991
Mi profesor
El día en que mataron a Jaime Guzmán, Carlos Frontaura, su alumno en la Escuela de Derecho de la Universidad Católica, tenía que hablar con él un pequeño asunto del centro de alumnos. Lo esperó a la salida de su clase, pero el senador se quedó conversando y Frontaura dejó pendiente el tema. Una hora después se enteró del atentado. “Partí corriendo al Hospital Militar y ahí supe que había muerto. Yo tenía 22 años y, en ese momento, sentí una enorme desazón y tuve un extraño sentimiento de orfandad. Había ido a comer a su casa tres o cuatro veces, solía pedirle su opinión con respec•to a materias jurídicas y me impactaban su tolerancia, su inteligencia y su franqueza. Ese mismo día sentí que debía encauzar el ejercicio de mi profesión hacia el servicio públi•co fuera como fuera, porque así nos entusiasmaba Jaime”, recuerda. Y, efectivamente, Carlos cambió de rumbo: dejó de procurar y empezó a hacer ayudantías. Hoy es profesor de Historia del Derecho y presta asesorías jurídicas en la Fundación Jaime Guzmán. “Mi tarea académica es el centro de mi actividad. Modestamente, quiero continuar la labor de mi profesor”, declara.

1992
El maquillaje
Margarita Marchi es hoy una de las maquilladoras más solicitadas del cine chileno y la•presidenta del Sindicato de Profesionales y Técnicos del Cine. Su fama se consolidó en 1992, después que la película La Frontera diera a conocer su talento. Desde entonces no ha parado: Mi último hombre, Rapa Nui, Coronación, Cielo ciego, Paraíso B, Subterra, y la serie de TVN Justicia para todos son algunas de las produ•ciones que llevan su sello. Probablemente ninguno de los directores con quienes ha trabajado sepa cómo Margarita aprendió su oficio. Fue en París, durante su exilio. Entonces se especializó en caracterización y efectos especiales. No era su vocación –había estudiado Licenciatura en Arte– pero alguien tenía que camuflar a los militantes de su partido que reingresaban clandestinamente al país. Y ella lo hizo.

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1994
La traición del padre
Ricardo Fletcher (44) “Un día de 1994 me llamaron para contarme que mi papá había muerto hace dos años. No sentí ninguna emoción. Había roto hace mucho con él porque para el golpe, cuando yo tenía 14 años, estuve detenido y él no me defendió. Incluso sospecho que fue él quien me entregó a las fuerzas militares. Él era suboficial de la marina y era muy estricto. Sin que él supiera, en 1° medio yo me metí al FER, el brazo estudiantil del MIR. Para el 73 me refugié en la casa de un amigo, pero mi mamá me mandó a buscar, porque dijo que estaba enferma y quería verme, y fui. No pasó ni una hora cuando los tiras se dejaron caer y me llevaron detenido, sin que mi mamá se levantara de la cama. Me llevaron a un cuar•tel encapuchado, me colgaron de las muñecas y me tortura•ron varias veces; decían que había deshonrado a mi padre. Un tratamiento similar recibí en la base naval de Talcahuano.
Cumplí 15 años estando preso en la isla Quiriquina. Éramos cerca de 600 personas, pero me sentía demasiado solo. A todo el mundo le llegaba algo de su familia, aunque fuera una carta, a mí nada. Cerca de la Navidad mi papá fue a verme. Me dijo que estaba bien lo que me estaba ocurriendo y que así yo iba a aprender mi lección. Lloré mucho, mucho. Han pasado treinta años y nunca he vuelto a estar en paz. Yo caí preso para toda mi vida”.

1993
Shiile
Leo Essemyr de los Reyes nació en 1993 en Visby, la capital amurallada de la isla más grande de Suecia. Paulina, su mamá chilena, no tenía cómo saber que un hijo suyo nacería en ese país nórdico y que crecería bajo inviernos con 25 gra•dos bajo cero. Pero ella salió de Chile en 1977 como refugiada política y en Suecia se enamoró de Mats, un sueco en cuya familia nunca había habido un extranjero.
Leo, que ahora tiene 10 años, piensa en sueco y habla en sueco con sus hermanos, pero practica castellano con su mamá y con su mormor, la abuela. Vive en Uppsala, su mejor amigo se llama Marten y cuando nombra el país en el que nació su mamá, dice Shiile.

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1995
Los uniformes
Los padres de Nicolás Troncoso (26) enmudecieron cuando les anunció que quería ser carabinero. Ellos eran de izquierda y varios de sus amigos habían muerto en los años de la dicta•dura. Nicolás había nacido en el exilio y ahora les confesaba esta decisión. “Cuando le dije a mi papá que quería entrar a Carabineros, se deprimió mucho, estaba totalmente desorien•tado. Se negó inmediatamente. Pasó un tiempo, y como vio que yo estaba tan embalado con el tema, cedió. Pero me dijo que eligiera cualquier otra rama. En 1995 entré a la Fach. Todos los domingo me iba a dejar. Estuve un año, pero empecé a echar de menos y decidí salirme. Cuando llamé a mi papá para decirle que me iba, me fue a buscar muy contento”.
“Desde niño, me gustó lo de los uni•formes. Cuando íbamos al estadio a ver al Colo Colo, en vez de ver el partido, me fijaba en lo que hacían los carabineros en la cancha. Me gustaba lo del honor, la lealtad y el espíritu aventurero. Quizás si hubiera sido carabinero todavía estaría adentro”.

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1996
El secreto
Por más de veinte años Tamara Callejas (32) vivió convencida de que sus padres adoptivos eran sus verdaderos padres. Hasta que, en 1996, una amiga, que estaba investigando casos de violaciones a los derechos humanos, le dijo la verdad:
ella era hija de una detenida desaparecida. Tamara entró
en shock: “Fue demasiado fuerte”, cuenta. “Supe que a mi madre biológica la detuvieron cuando yo tenía sólo un año, y fue muy extraño ver sus fotos: era como ver a mi doble. De todos modos, entiendo que mis padres adoptivos hayan tenido miedo de contarme, y no les guardo resentimiento. En un principio pensé que si mi madre biológica se hubiese asilado, como tanta gente le pidió, toda esta historia habría sido distinta. Yo habría vivido con ella en el extranjero y tal vez hubiésemos vuelto. No sé si así habría estado más dañada o menos dañada. Ésa es la pregunta que me hago. En todo caso, no quiero ser una víctima eterna ni tengo traumas. Tuve una buena infancia, nunca me faltó nada y mis padres adopti•vos me dieron la estabilidad para afrontar todo este tema”.

1997
El amor
Hernán Torres (35) y Camila Salinas (32) se conocieron en la época del Sí y del No, cuando él iba a desayunos de apoyo a Pinochet y ella leía por primera vez los testimonios archivados en la Vicaría de la Solidaridad que relataban la desaparición de su padre. “Pololeamos tres meses, pero estábamos en lados contrarios. Para mí era el colmo que apoyara a Pinochet. Para él, si mi papá había desaparecido era porque andaba metido en algo. Unos años después nos reencontramos. Hernán había perdido a su padre y eso lo cambió. Aunque seguía siendo de derecha, la política había pasado a un segundo plano”, relata Camila. Llevan 7 años de matrimonio y están esperando su tercer hijo. “Yo soy de izquierda y quisiera que juzguen a Pinochet. Hernán admira el gobierno militar. Lo importante es que nos queremos y que tenemos una familia. Yo les conté a mis hijos lo que le pasó a su abuelo. Hernán les explicó las circunstancias que vivía el país”.

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1999
La testigo
La noche del 15 de junio de 1987 Edith Vergara (51) miraba por la ventana del living de su casa. Lo que vio no la dejó dor•mir durante varios años. “De unos furgones bajaron a siete personas descalzas, semidesnudas, con las manos amarra•das en la espalda” recuerda. “Los empujaron adentro de una casa abandonada que estaba al frente y 20 minutos después oí ráfagas de bala que duraron una media hora”. Cuando en la mañana oyó en las noticias que el suceso se presentaba como un enfrentamiento entre agentes de seguridad y miem•bros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, supo enseguida que era mentira. Ella había visto, con sus propios ojos, la matanza que hoy se conoce como Operación Albania. No tuvo el valor de contárselo a nadie y durante doce años cargó sola con el peso del recuerdo. “Yo los vi entrar a todos vivos, y luego vi que sacaban sus cuerpos. En las noches lloraba imaginando cómo habrían muerto”. En 1999 no soportó más y decidió contarle todo al ministro Milton Juica.

1998
El azar
A la doctora Avelina Cisternas (51) le tocó una de las pruebas más difíciles de su vida un día de 1998. Estaba de turno en la Posta Central y llegó como paciente uno de los asesinos
de Rodrigo, el padre de su hijo. “Para mí, como médico, el paciente no tiene credo religioso, ni ideología política, ni condición social; el paciente es el paciente. Pero éste era un paciente que tenía que ver conmigo, con mi propia historia. La vida me puso a este hombre en la situación más difícil que me podía imaginar, porque se trataba de mi ética, de mi pro•fesión. Estaba muy nerviosa, como si estuviese rindiendo un examen. Traté de tranquilizarme y responder como médico. Lo examiné, le receté un remedio y me fui a seguir mi recorri•do. Pero quedé muy mal. Siempre tuve la sensación de que el día que me encontrara con alguno de ellos, le iba a preguntar por qué. Pero no pude preguntarle nada, me quedé para adentro, absorta en mi pena. Puedo decir que nunca vi más allá de lo que vi, no quise ponerme a interpretar qué decían sus ojos o qué no. Al final esa experiencia me reafirmó en lo que soy, en mis principios como ser humano, en mis valores. Me siento contenta de no guardar rencor, de no tener espíritu de venganza. Me siento libre”.

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2000
La carta
En el año 2000 Josefa Ruiz Tagle (30) sacó del computador una larga carta que había guardado sin leérsela a nadie durante casi dos años, y la hizo pública. La había escrito poco des•pués de ser madre por primera vez. Acababa de cumplir 26 años, la misma edad que tenía su padre cuando murió, víctima de La caravana de la muerte, cuando ella era una guagua. Éste es un extracto de ese texto.
“Cuando nació mi primer hijo supe que él heredaría esta historia de vio•lencia. Me puse a llorar, porque supe cómo mi abuela había querido a mi padre y cómo mi padre me había que•rido a mí. Cómo cada uno desea poder proteger a sus hijos del sufrimiento y la brutalidad. Y cómo, de forma más o menos radical, todos fracasaremos”.

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2001
Frente a frente

El 19 de abril de 2001, el militar responsable de la desaparición de mi padre se acercó a mi familia y pidió disculpas. Fue el mismo día de la reconstitución de escena, en Lago Ranco, donde lo mataron. Estábamos allí y nos dijeron que Sergio Rivera Bosso, el teniente de marina que había estado a cargo de la operación y que estaba confeso, quería hablar con nosotros. Nos sentamos frente a frente y el juez Guzmán nos dijo ‘Pueden hablar’. Rivera Bosso pidió disculpas, dijo que lo habían mandado, que se había dado cuenta tarde de que el plan Z no era verdad. Nunca levantó la cara. Se veía un hombre enfermo, acabado, con poca fuerza. Yo me quebré, me faltó el aire, no podía hablar, pero le dije: ‘¿Por qué tantas molestias?, ¿Por qué lo lo hiciste caminar hasta el muelle, lo subiste a una embarcación, le disparaste y después lo tiraste al fondo del lago? ¿por qué tantas molestias?’. Rivera Bosso no hablaba, no decía nada. Estaba muy nervioso.
Yo tenía con mi padre una relación muy especial, algo muy profundo. Me duele mucho saber que nunca vamos a encontrar sus restos. Mi madre dice que siente a mi padre en el viento, en la tierra, en los árboles. El viento sur sopla desde el lago hacia el pueblo. A mí el lago ya no me parece tan hermoso. Tiene los restos de mi padre sin querer, no es su culpa, pero ya no lo puedo mirar como antes”.

2002
El reencuentro

El periodista socialista Carlos Jorquera (79) le debe la vida a un miembro del Estado Mayor de la Defensa Nacional, Ra••fael González (68). Y hoy, ese hombre es uno de sus grandes amigos. A González le tocó ingresar a La Moneda el día del golpe. Su misión era sacar la documentación conflictiva del lugar, pero un general se cruzó en su camino. De un grito, lo conminó a ubicar al “Negro” Jorquera y dispararle un tiro en la cabeza. En lugar de hacerlo, González lo llevó a un lugar seguro en el subterráneo del ministerio de Defensa y le con•siguió cigarrillos y un antiinflamatorio porque Jorquera tenía el brazo agarrotado. “Yo no estaba para ser un asesino” , dice González. Tiempo después fue destituido y terminó exiliado igual que el periodista. Un día se encontraron en la calle y se abrazaron durante varios minutos. Desde entonces, celebran casi a diario en el bar Las Lanzas el placer de estar vivos.

2003
El alivio
Hace 15 años José Peña se negó a ayudar a un hombre que escapaba de los fusilamientos de la Operación Albania. Durante todo este tiempo vivió con culpa, pues creyó que a ese joven lo habían matado. Este año, como consecuencia de uno de los muchos reportajes que se han hecho sobre estos treinta años, supo que ese joven estaba vivo y respiró aliviado.
“Un día de 1987 oí balazos y me asomé por la ventana. Ahí me fijé que, debajo del medidor de agua del patio, había un joven de unos 20 años al que le estaba corriendo mucha sangre. Me pidió ayuda. Yo estaba muy choqueado y justo venía una micro de Carabineros. Me asusté mucho y no lo ayudé. Cuando llegó la micro me gritaron: “¡A cuántos tenís!”. Yo me quedé mudo, sólo atiné con el dedo a mostrar que al fondo de mi casa había uno. Como veinte carabineros sacaron al joven, le pegaron, lo tiraron en la micro como saco de papas y se fueron.
Quedé impresionado y con mucho miedo. Pensaba que iban a venir los familiares del joven a matarme. Pasé todos estos años atormentado, porque él era sólo un niño. Hasta que este año, llegaron unos periodistas del programa Contacto a tocar mi puerta. Venían con él. Fue una alegría tremenda saber que no lo habían matado y lo felicité por estar vivo. Al fin me siento tranquilo”.  n

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Producción: MODO y Equipo Paula Textos: Carolina Díaz y Catalina Mena Fotografía: Renato del Valle

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