Educación en deuda

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Educación en deuda

Por Sofía Aldea y Daniela González / Producción periodística: Nicole Febrero, Manuela Jobet, Constanza Anguita y Carla Magri/ Fotografía: Sebastián Utreras / Asistente de Fotografía: Fernando Villalobos / Producción: Daniel Pacheco/ Maquillaje y pelo: Marcelo Bhanu para Dior

Crecimos escuchando que si estudiábamos más, tendríamos asegurado un mejor futuro: más ingresos, más prestigias, más satisfacción. Y nunca antes en la historia tantos chilenos habían alcanzado los niveles educacionales de hoy. Pero los jóvenes que constituyen la primera generación de sus familias en la Educación Superior se enfrentan, con frecuencia, a una realidad amargamente decepcionante. Este es un reportaje para entender el descontento.


No todos los chilenos tienen asegurada la calidad de la educación superior que pagan. De las 60 universidades que hoy existen en Chile, 53 están acreditadas. Hay 73 centros de formación técnica y 45 institutos profesionales, de los cuales sólo 13 y 15, respectivamente, tienen acreditación de calidad.
(Fuente: Servicio de Información de Educación Superior (SIES) Mayo 2011).

365 mil chilenos son deudores de créditos para financiar su educación superior.
(Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras, 2011).

Deudores

Natalia lleva ocho años pagando su carrera. Hoy las cuotas de los tres créditos con los que la financió suman $ 250 mil mensuales. Para cumplir con la deuda trabaja hasta 14 horas diarias en tres lugares distintos. Felipe figura moroso y en Dicom, mientras tramita una denuncia en el Sernac por cobros indebidos por parte de su universidad. A Constanza, su mamá le está ayudando a pagar la deuda ya que por sus trabajos esporádicos no la puede costear por sí misma. Estuvo 9 meses en Dicom. Gisela está desesperada: solo le falta titularse para ser ingeniera civil hidráulica de la Universidad de Chile, y tiene plazo hasta agosto. Pero no le darán su cartón si no paga al menos.

$ 2.500.000 de los $ 26.000.000 que debe. No sabe cómo los va a conseguir porque, al estar morosa, no es sujeto de crédito. Según el Ministerio de Educación, suman 110 mil los morosos del crédito del Fondo Solidario, que se entrega a estudiantes de las universidades del Consejo de Rectores. Cada uno de ellos debe, en promedio, 2 millones 700 mil pesos. Otros 216 mil son deudores del Crédito con Aval del Estado, que cubre a otros establecimientos acreditados_de Educación Superior. Estos últimos, se estima, terminarán pagando casi el doble del valor de sus carreras, debido a los altos intereses del crédito, que promedian un 5,48 por ciento anual.

 

COLUMNA MARIO WAISSBLUTH
El ocaso del chilean dream
Por Mario Waissbluth, presidente, y Gabriela Cares, socióloga, Fundación Educación 2020.

Las familias hacen un gran esfuerzo por llevar a sus hijos a la educación superior, con serias dificultades económicas, pero con la convicción que se trata de un sacrificio que vale la pena. Sin embargo, la realidad del chilean dream es que los aranceles de las carreras son mucho más elevados que el sueldo mínimo que se discute en el Congreso. Para algunos, la promesa ni siquiera es conversable.

De acuerdo a la OCDE, nuestra educación superior es de las más caras en el mundo, y costeada en un 80% por los propios estudiantes, todo lo contrario a la tendencia internacional. Paradójicamente, esto no garantiza la calidad de la educación, ni ha llevado a las universidades chilenas a un lugar destacado en rankings internacionales. Para solicitar un crédito, quienes poseen menos recursos económicos deben enfrentar condiciones más duras. Son los estudiantes de más recursos quienes tienden a rendir mejor en la PSU y acceden en mayor proporción a las universidades tradicionales y las mejores alternativas de financiamiento. Muchos ingresan y egresan de la educación superior sin entender lo que leen, pues el problema viene de atrás.

Las deprimentes tasas de deserción –generalmente en carreras no acreditadas y de dudosa calidad– afectan especialmente a los jóvenes de menores recursos, doblemente frustrados: sin título y endeudados. Los que logran concluir su carrera, en promedio, ingresarán al mercado laboral con un salario mayor al que tendrían sin título. Sin embargo, la calidad de la educación recibida, su reputación y la posibilidad de armar redes de contacto difieren enormemente entre universidades. Muchos de estos títulos no servirán para cubrir ni en 20 años la deuda adquirida. Se les hizo una falsa promesa. El “mercado” educativo ha sido desregulado, con información opaca para el “consumidor” y, en ocasiones, engañosa, y una acreditación casi inservible. No es libertad sino libertinaje de mercado. Parte importante de la sociedad lo ha sufrido y con razón está molesta. Hoy se expresa en las calles con manifestaciones tan masivas como no se veía hace décadas.

¿Qué hay detrás de un sistema educativo que reproduce y consolida las diferencias de nuestra segregada sociedad? Lamentablemente, no es un problema del sistema educativo. Se trata de una sociedad donde quienes deciden, no han creído hasta hoy en la educación como bien público, ni mostrado disposición a jugársela por ella.

Esta familia tiene un sueño

 

Marcelo Soto (38) y Sandra Ahumada (37) son la primera generación de sus familias con un título de educación superior. El padre de él trabajó llevando cuentas en una oficina; el de ella es chofer de camiones. Crecieron convencidos de que educarse les cambiaría el destino. Él trabajó y estudió al mismo tiempo para costear su carrera de ingeniero en ejecución en el Inacap. Ella, tras salir de un liceo comercial, trabajó durante 9 años en los que fue ahorrando para estudiar, hasta que encontró la carrera de su vida: Perito Criminalista en la UTEM. “ Yo veía la serie CSI y al ver el folleto pensé: ‘esto es lo que siempre he soñado’”. Su padre fue aval en el crédito Corfo que aún está pagando. Pero Sandra nunca ha podido ejercer. Ni ella ni ninguno de los 500 que estudiaron lo mismo: la carrera no tiene campo laboral viable (hubo incluso una demanda judicial por publicidad engañosa). Ahora Sandra busca trabajo, nuevamente, como secretaria. Marcelo nunca ha podido ejercer su profesión: emite facturas en una empresa computacional. Con los $ 340 mil que gana al mes mantiene a Sandra y a su hija Javiera, de dos años.

Pero siguen soñando: Marcelo pidió un crédito para estudiar, por un año, contador general. Tendrá que ir a clases todos los sábado durante doce meses. “La universidad es importante. La sociedad siempre te está preguntando qué eres y a mi hija le van a preguntar qué es su papá. Seré profesional de cartón, pero soy profesional”. No están dispuestos a dar su brazo a torcer: “Mi mayor alegría sería ver a Javiera estudiando Medicina“, resume Sandra.

ENTREVISTA JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER
Expectativas frustradas

Puede que sea injusto o incluso cruel. Pero la realidad ha puesto en jaque la respetada creencia de que “la educación es la llave de la movilidad social”. JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER, profesor e investigador de la Universidad Diego Portales –donde dirige el Centro de Políticas Comparadas de Educación y el proyecto SOC01 sobre Políticas de Educación Superior– plantea aquí que es hora de revisar el paradigma, pues imaginar que la educación, por sí sola, mejorará el estándar de vida de las personas es una idea errónea que está generando falsas expectativas y mucha confusión.

¿Cuál es la mejor manera de que los jóvenes que son primera generación de sus familias en la educación superior, aseguren una vida mejor que la que tuvieron sus padres?
La movilidad social no depende exclusivamente de la educación como se predica en Chile. Esa una posición muy cómoda, pues permite desplazar toda la responsabilidad por la equidad hacia los colegios, los profesores y las instituciones de educación superior. Con esto se evita discutir otros problemas que obstaculizan la movilidad social: el clasismo que persiste sutilmente en la sociedad, el racismo; la discriminación por razones de género y preferencia sexual; la mala distribución de la carga impositiva; el menguado rol del Estado en diversos sectores; la falta de reconocimiento al esfuerzo en beneficio del clientelismo y el familismo. Además, se evita discutir a fondo sobre el bajo gasto público en la educación.

En general, las actuales generaciones están mejor que sus padres. La desigualdad es menor y sus posibilidades de movilidad, aunque limitadas, son mayores. Pero, para seguir mejorando, no basta con ocuparse de los problemas de la educación. Hay que tener una visión más equilibrada del desarrollo global del país y no insistir en la ilusión de que los certificados educacionales son una suerte de llave mágica para llegar a la cúspide. Con rigor hay que decir: ¡no es así!

¿Les conviene a los jóvenes de la primera generación que accede a la enseñanza superior cursar carreras de base académica compleja y de larga duración?
En una sociedad más justa, todo joven debiera tener la posibilidad de seguir la carrera que le haga sentido, sin consideraciones sobre su cuna y herencia socioeconómica y cultural. Pero en Chile no es así. Por eso, en general, a los jóvenes que son primera generación en la universidad no les conviene cursar ese tipo de carreras. Esto no es producto de una falta de capacidades naturales sino, exclusivamente, un efecto del escaso capital heredado en el hogar y de la baja calidad de la trayectoria escolar que han debido soportar a lo largo de la educación obligatoria. Las carreras universitarias de base disciplinaria, larga duración y orientación académica son exigentes, suponen un hábito cultural sofisticado, competencias cognitivas altamente desarrolladas, buenas capacidades de comunicación oral y escrita y un entrenamiento para aprender autónomamente. Todos estos son logros que en parte se “heredan” de la familia y luego se cultivan en colegios efectivos. En suma, sin hacer de esto un determinismo ni biológico ni social, parece evidente que para los jóvenes que en sus familias son primera generación que accede a la educación superior, hay mejores alternativas que estudiar aquellas carreras que son intensas en el uso de conocimientos disciplinarios.

¿Están conscientes esas familias y estos jóvenes de que el éxito profesional en dichas carreras es todavía dependiente del capital social de las personas?
En general sí lo están, aunque, razonablemente, con cierto rechazo emocional. A nadie le gusta reconocer que el éxito personal depende de factores externos y no únicamente del talento y esfuerzo propios. Es una conquista de la sociedad burguesa imaginar que la “carrera de los talentos” debiera ser el fundamento del progreso individual. Pero en ninguna parte esta carrera es puramente meritocrática. En Chile, en particular, pesan de manera desmedida los factores del capital social y cultural heredado. Por eso, hay que mejorar todavía más la información del estilo de aquella que se halla disponible en www.futurolaboral.cl la cual muestra el nivel de empleabilidad en diversas carreras y sus ingresos promedio.

¿La política pública debería estimular la oferta de carreras cortas, desincentivando las vacantes en áreas profesionales que suponen estudios complejos y prolongados?
Es lo que ha empezado a ocurrir durante los últimos tres años con efectos notables: ha crecido de manera muy llamativa tanto la oferta como la demanda por estudios vocacionales, en carreras técnicas, de tres o cuatro años de duración, directamente orientadas al mercado laboral. Hay que reforzar esta tendencia con mayores y mejores becas para jóvenes que desean estudiar carreras vocacionales cortas, con créditos subsidiados y, a la vez, flexibilizar el posterior ingreso a carreras universitarias para jóvenes que egresan de carreras técnicas.

De qué me sirvió
“Buenas tardes, gracias por llamar a Claro. Mi nombre es Lorena Pedreros, ¿en qué lo puedo ayudar?”. Cientos de veces al día esta periodista de la Universidad de Santiago repite esa frase. Desde que se tituló en 2007 no ha podido encontrar trabajo en su profesión. Hace un año es parte del staff de un call center, en el que gana $ 200.000. “Me fue bien en el colegio, en la prueba y en la universidad… ¿para qué?”.
Cuando sus amigos lo invitaban a carretear, Luis Salgado (23) prefería ir a la biblioteca. Con un padre taxista y una madre asesora del hogar, soñaba con un título universitario que cambiara su vida. Tras tres años de estudios y 3 millones de pesos invertidos, en 2010 se tituló como técnico en sonido del Instituto Profesional de Chile. No ha encontrado trabajo, pero se gana la vida como DJ y promotor en un mall

 

Un siete en la tesis, un siete en el examen de grado. María Belén Fernández (25) es sicóloga de la Universidad del Pacífico y, después de mandar más de 100 currículums durante el último año, en el único trabajo que consiguió le ofrecieron menos de $ 300.000 de sueldo. Hoy gana más como recepcionista de un hotel. “Estudié seis años y esto es lo que conseguí”, dice.

49% DE LOS TÉCNICOS Y 44% DE LOS UNIVERSITARIOS, NO TRABAJA EN ÁREAS RELACIONADAS A SU CAMPO DE ESTUDIOS.
(Sexta Encuesta del INJUV, 2010).

Cesante
Más del 24% de los jóvenes con título universitario está cesante, según la Sexta Encuesta del Instituto Nacional de la Juventud (Injuv, 2010).

Daniela Alarcón (27) es uno de los rostros detrás de la cifra. Trabajadora social de la Universidad Santo Tomás, titulada en 2008, ha enviado 500 currículums, ha sostenido más de 25 entrevistas de trabajo y, pese a que todos los días visita sitios online de ofertas laborales, continúa cesante. “Son tres años de buscar y buscar, pero no pierdo las esperanzas. Sé que va a llegar el momento en que alguien me verá como un aporte. Ahora abrí un bazar en facebook. Leí el otro día que en las protestas hubo destrozos por 20 millones. Y pensé: ‘Es la misma cantidad que debe un solo estudiante’. Entiendo la decepción de la gente”.

ENTREVISTA HARALD BEYER
No es crisis, es desigualdad

El doctor en Economía de la UCLA y subdirector del Centro de Estudios Públicos, HARALD BEYER, es un líder de opinión indiscutido en temas de trabajo y educación. Aquí, asegura que acceder a la educación superior aún sigue siendo un instrumento de movilidad social, pero que las inequidades e ineficiencias del sistema están pasando una cuenta muy alta a las familias y al Estado.

¿Cuáles son las principales razones de la crisis de la educación que hoy se ha puesto en el escenario de la contingencia?
Voy a disentir de que la educación chilena esté en crisis. Tanto en la prueba PISA como en el SIMCE se observan avances y reducciones en las brechas de desempeño. Un sistema que está en crisis no experimenta esos cambios. Por supuesto, estamos lejos de un sistema ideal y tenemos problemas serios. El principal es que aún la inequidad en resultados es muy elevada y el origen socioeconómico sigue siendo un determinante importante de los resultados. Este debiera ser el gran objetivo de los próximos años: reducir el impacto del origen en los desempeños. Luego, asegurar que nuestros educadores sean de calidad, lo que es una materia pendiente. La educación técnico profesional, a la que ingresa más del 40 por ciento de nuestros jóvenes, también deja mucho que desear. En educación superior el tema más relevante, a mi juicio, es la alta deserción. Ello tiene que ver con la falta de articulación del sistema, el largo de las carreras y la excesiva especialización de las mismas. Esta falta de eficiencia genera costos que pagan las familias y el Estado.

¿Cree que en Chile todavía “la educación es la llave de la movilidad social”?
La educación es una fuente de movilidad social relevante, pero no la única. Me atrevería a decir que es una de cuatro llaves. Las otras tres son: empleo, una sociedad competitiva, y confianza social y calidad institucional. En ninguna de estas dimensiones Chile está particularmente bien. Pero en educación la condición más relevante es que el origen social no determine los desempeños. Actualmente este requisito no se cumple. Por ejemplo, en la prueba PSU los estudiantes que provienen de hogares con ingresos superiores a 1,5 millones de pesos obtienen un promedio que es 160 puntos superior a los de los de hogares de menos de 288 mil pesos. Está claro, entonces, quiénes van a las universidades y a carreras más selectivas y quiénes no.

Para modificar esta situación hay que invertir desde muy temprano en la educación de los más vulnerables. Al respecto, es grave que la cobertura en educación preescolar en Chile sea aún muy reducida. A los tres años en el quintil de menores ingresos la cobertura es de 36 por ciento. En el quintil de mayores ingresos es de 68 por ciento. Como a esa edad ya se producen diferencias importantes en habilidades cognitivas y no cognitivas entre niños de mayor y menor nivel socioeconómico, habría que asegurar una cobertura de gran calidad y luego mantener ese enfoque durante el resto de la vida escolar de esos niños.
De todos modos, yo diría que llegar a la educación superior sigue siendo un factor importante de movilidad social. La evidencia indica que los estudiantes que egresan de las universidades tienen mejores ingresos y menos desempleo que personas similares que se quedaron solo con la enseñanza media.

¿Qué debe pasar –y cuánto tiempo– para alcanzar un mejor panorama en la educación?
En educación nada es demasiado inmediato. En educación escolar puede avanzarse aplicando con decisión las reformas aprobadas recientemente que promueven la elección de mejores directores y mejor remunerados, la creación de la agencia de calidad y la nueva exigencia de que los establecimientos escolares cumplan con estándares de desempeño para seguir recibiendo la subvención. Me tocó coordinar un panel de expertos que promovió una desmunicipalización de la educación pública, pero manteniéndola descentralizada a través de agencias locales de educación con giro único. Sigo pensando que ese esquema es la mejor solución para la educación estatal. En cuanto a la educación técnico profesional, debe repensarse radicalmente y moverse hacia educación dual, pero tomará tiempo. En educación superior se requiere privilegiar carreras más cortas y un sistema más articulado. Y, sobre todo, repensar los sistemas de becas y créditos para asegurar una mayor equidad. Los créditos deben estructurarse para que la cuota que se pague guarde relación con el ingreso de la persona. Así, se ajusta el plazo de pago, pero no se exige un pago imposible a los egresados.

Ilusiones rotas

 

Clemente Quintana (60), vendedor de productos lácteos, estaba convencido de que su hijo mayor, Cristián (27),_sería el primer profesional de la familia. Cuando él salió del colegio no dudó en endeudarse por $8.400.000 con un crédito Corfo, para financiarle los estudios de Ingeniería Comercial en la Universidad de Las Américas. Cristián se aplicó y fue un buen alumno. Estaba en quinto año y le faltaba un semestre para terminar, cuando su padre quedó cesante y no pudo seguir repactando el crédito. Se vio obligado a dejar los estudios y perdió la opción de egresar. Después de dos años de cesantía, Clemente volvió a encontrar un trabajo como vendedor. Le pagan $_172.000, y por la deuda irresoluta casi le embargaron la casa. Cristián está en Curicó cuidando a su abuela. Al entregar su testimonio, Clemente lloró.

Paciencia universitaria

 

Mientras estudió en el colegio, los padres de LORNA AGUILAR (31), periodista de la Universidad Andrés Bello,_le abrieron una cuenta de ahorros para pagar su educación universitaria. Cada peso extra en la casa se guardaba religiosamente para eso. Egresó en 2005 y recién, después de casi seis años, consiguió un trabajo en una agencia de comunicaciones. Durante este periodo fue sucesivamente monitora del Transantiago, voluntaria en un consultorio y coordinadora de la sección novios de una multitienda. “Nunca perdí la esperanza”, dice. ·

Cada vez más chilenos accedes a la educación superior: no eran más de 220 mil en 1990 y hoy suman casi medio millón. Pero más de la mitad deserta antes de titularse. Entre las principales razones están los problemas económicos y las dificultades académicas que genera una mala base escolar.
(INE/Estudio del Centro de Microdatos del Departamento de Economía de la Universidad de Chile).

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