*
15 noviembre, 2017
orla

El cura que hace milagros

El ex fraile franciscano Ramón Miranda (49) es famoso en Antofagasta porque dicen que tiene manos benditas y los enfermos mejoran tras sus misas de sanación. Estuvo fuera de la ciudad casi cinco años y, ahora que volvió, se ha vuelto a hablar de milagros en tiempos de apps, internet y exceso de ciencia.

Texto y fotos: Roberto Farias


Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

Apenas se asoma el sol cuando el cura Ramón Miranda (49) sale a barrer enérgicamente media cuadra frente a su capilla Nuestra Señora del Carmen, en calle Colombia, en el sector norte  de Antofagasta. Colillas de cigarros, cajas de vino, tapas, caca de perros, bolsas.

–Algunas damas piadosas me dicen cuando me ven: “No barra la vereda, padrecito. No ve que usted tiene las manos consagradas”.

Él se ríe. Antes que pensar que tiene un don, prefiere ver limpio el frontis de su concurrida capilla.

Este sacerdote llegó a ser muy conocido en 2006 en Antofagasta por hacer delirantes misas donde la gente caía como desfallecida apenas él les tocaba la frente con las manos. Se decía que algunos enfermos se recuperaron milagrosamente: que una pareja infértil tuvo hijos, que una joven se levantó de su silla de ruedas, que un minero con cáncer se mejoró y vive hasta hoy. Entonces era fraile franciscano y estaba a cargo de la parroquia Nuestra Señora de Andacollo, muy cerca del centro histórico de la ciudad. Y lo llamaban “curita milagroso”, “Fray Ramón”, “padre sanador”.

–Si la gente decía que esas cosas pasaron, es que pasaron –dice el cura escoba en mano, reacio a hablar de ese periodo.

Una década después, vestido de parka, jeans y lentes de sol parece un San Martín de Porres moderno. E igual que el mártir peruano, no le gusta que se diga que hace milagros.

–Me causó muchos problemas. Es Él quien los hace. Yo solo soy un medio de transporte –dice. Y cita al padre carismático canadiense Emiliano Tardif, quien sanaba con sus manos y que escribió en los 90: “Yo solo soy como el burrito de Jerusalén”.

El padre Ramón es seguidor de la Renovación Carismática Católica desde el año 2001. Es una pastoral (un tipo de prédica) que aprobó el Papa Paulo VI en 1967 y que permite que “carismas” o dones se revelen en católicos: sanar con las manos, exorcizar, liberar, alabar, hablar en lenguas, hasta profetizar.

–En el fondo, es aceptar la presencia sobrenatural del Señor en la vida cotidiana –resume.

Hasta el 2000 hubo una docena de curas carismáticos en Chile. Pero hoy solo quedan él y los curas Luis Escobar, de Rancagua, y Rodolfo de la Cruz, en Olmué. El salesiano Harry Peterson, otro carismático, falleció en junio. Pero no todos imponen las manos. Y tampoco se ha sabido de milagros.

Antes de terminar de barrer, como buen ex franciscano “escobillonea” el lomo a dos perros callejeros. Uno de ellos, Pulgoso, el perro que adoptó para la parroquia.

–Mucho, ¡marchando! –le dice y le pega un suave escobazo en la cola.

A las 8 comienza su frenético maratón por la ciudad. Lo acompaño tratando de encontrar un tiempo para conversar calmadamente. Los milagros son un tema delicado en estos tiempos tan escépticos.

–¡No paro! Me acuesto pasada las 12 de la noche y a veces de madrugada alguien me llama. Y allá partimos –dice mirando el reloj.

La capilla del padre Miranda es pequeña; él sueña con ampliarla.

***

A las 8 visita a una anciana con cáncer terminal en una pobrísima casa cercana. Le pregunto al hijo de la mujer por qué llamó a este cura y no a otro:

–Los otros curas son flojos. Llamamos a una iglesia e iban a mandar un diácono. Otros dijeron que no. El cura Ramón nos dijo anoche: “Apenas me levante, voy”.

Sus fieles aseguran que va adonde lo llaman, sin distingo de clases sociales o distancias, sin importar si son inmigrantes o lo mal que estén. Los asiste igual.

En el dormitorio lo oigo cantar, Biblia en mano, “Espíritu santo, acompáñame, ilumíname, toma mi vida…”. Mientras los pulmones de la pobre mujer burbujean con cada respiración.

Otras personas aseguran que los agonizantes descansan cuando él les impone las manos y suelen partir en paz.

La comerciante Alicia Guerrero (52) cuenta que su madre, Eva Sandoval, odiaba a los curas. Sin embargo, antes de fallecer, como agonizó durante días sin asomo de morir, llamó al cura Ramón.

–Él llegó, le impuso las manos y oró. Y mi madre descansó. Respiró hondo y se murió esa misma tarde…

–Estaba lista ya la pobre señora –dice el cura Ramón, saliendo de la casa. Uno de los nietos le desliza un billete de 10 mil.

Luego irá a velar a un miembro del Club de Yates.

–Algunos ofrendan, otros no pueden –me dice, al notar que vi el billete y puedo pensar cualquier cosa. Su sueldo de 120 mil pesos apenas le alcanza para sus gastos. Él confía que Dios proveerá. Y provee: una señora le regaló una camioneta suburbana Chevrolet. Antes andaba a pie o en vehículos prestados.

Al mediodía bendice unas bodas de oro. Luego vela a otro muerto. Hace misa de 12. Almuerza al paso y va a saludar a mujeres de la Fundación Kolping. Toma chicha y hasta echa unas payas inocentes. Después bendice a un grupo de baile andino y, ya por la tarde, parte adonde otro moribundo. Por la noche, de nuevo está haciendo misa a 10 almas piadosas.

–Entre tanto ajetreo a veces me atraso –dice poniéndose la alba y la casulla verde, saliendo disparado al altar. –La gente reclama porque empiezo tarde la misa.

En su sencilla homilía sobre el perdón hizo calzar este siguiente chiste:

–Una gaviota ensucia el hombro de una mujer. Grita desesperada: ¡pásenme confort, pásenme confort! Su hijo le dice: “Pero mamá, que eres tonta ¡si nunca vas a pillar a la gaviota!”.

La gente ríe a carcajadas.

No todos los católicos comulgan con su estilo. Lo tildan de “canutólico” por sus cantos, alabanzas, chistes y sus imposiciones de manos más propias del protestantismo. Incluso hay jóvenes que lo critican.

–De 11 curas que hay en Antofagasta, nueve lo odian –dice el laico Alex Rubens, quien canta en el coro.

Voy entendiendo por qué el cura Ramón es reacio a hablar de milagros.

La iglesia se desborda desde temprano, los días que hay misa de sanación.

***

Miércoles 5 de noviembre de 2008. Misa de las 20 horas. La parroquia Andacollo en Antofagasta está llena de bote en bote. Carabineros cierra la calle para contener una multitud de 1500 personas.

–Ya se veía venir. Pero nunca como ese tiempo –dice el cura, quien entonces hacía sus misas de sanación todos los miércoles. Esa fue la última.

La misa se prolongaba dos y tres horas y se armaban largas filas esperando que les impusiera las manos a todos. Y uno por uno iban cayendo al piso de espaldas.

–Terminaba exhausto. Era mucha, mucha gente.

Se produjeron noticiosos milagros como un minero que mostró a la prensa una ecotomografía que revelaba no tener rastros del tumor que lo aquejaba. Una conocida comerciante del mercado aseguraba haberse sanado de cálculos renales. Y el más sonado de aquella época: una joven que llegó en silla de ruedas y salió de la iglesia caminando.

–La joven se llamaba Liliana Scarlett Soto. Por algún problema a la columna quedó en silla de ruedas –recuerda Nirma González, una laica que ayuda en la parroquia.

–Yo la vi y me dije: “Chuta, ¿qué voy a hacer aquí, Señor?”, –agrega el cura Ramón, recordando.

Le impuso las manos. Oró. Lo rodeaba una multitud expectante.

–De pronto sentí el impulso de tomarla de las manos y pedirle que se pusiera de pie. “Camina”, le dije. Y le tomé ambos brazos.

–¿Sintió un impulso? ¿Oyó una voz? –le pregunto.

–Ya… –dice sonriendo y tomándome el brazo como diciendo: “¡Piedad, Señor, con estos incrédulos!”.

Adela Pantoja (59), estuvo en aquella misa multitudinaria de 2008.

–El curita estaba con los ojos cerrados cuando la niña se puso de pie. Si no lo hubiera visto, no lo creo. ¡Salió caminando!

Adela se emociona hasta las lágrimas. Y recuerdo aquel verso de Sor Juana Inés de la Cruz: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas”.

En otro milagro sonado el rector de una conocida universidad lo llamó para que fuera urgente a la Clínica Antofagasta a ver a la joven de 22 años, María José Loyola Abuhadba. Según la prensa local, estaba desahuciada por una septicemia generalizada.

–Estaba embarazada, recuerdo y tenía una septicemia –dice el cura Ramón.

Los médicos le habían pedido que usara guantes, pero él se rehusó diciendo: “Solo voy a orar con ella”. Ese mismo fin de semana la joven recobró la conciencia y, meses después, salió caminando de la clínica tras tener un parto normal.

Tras esas historias llegó a reunir 3 mil personas frente al altar. Tuvo que pedir permiso para celebrar misa en gimnasios y pedir ayuda policial. Ningún otro sacerdote de Antofagasta quiso ayudarlo a repartir la hostia. Solo algunos diáconos y laicos.

La sobreexposición le costó caro. Algunas personas le besaban las manos en la calle. Otros lo veían como a Cristo personificado. Cuando iba a Calama lo seguía una caravana.

Y sus detractores lo miraban con sospecha.

–Si lo veían con niños, lo trataban de cura pedófilo –recuerda la comerciante Alicia Guerrero. –Si lo veían con hombres, era homosexual. ¡Los propios curas! Fui a otras misas y los curitas decían: “No vayan adonde ese payaso, ese chanta”.

Lo llamó Felipe Camiroaga para invitarlo al programa Animal Nocturno. Él quería ir pero el superior franciscano no lo autorizó.

El 11 de noviembre de 2008 le bajaron el telón. Sorpresivamente le avisaron de su traslado a Punta Arenas. Alcanzó a hacer una misa de despedida: 3 mil personas en el Parque Bicentenario de Antofagasta.

–Después me mandaron a Salamanca, luego a La Serena, Santiago, Concepción, Temuco. Ayudaba en la pastoral, pero no hacía misas así (de sanación) para no crear líos. Solo prudentemente –asegura.

Los franciscanos eran escépticos. En Santiago le pidieron que hiciera una misa demostrativa para ver qué ocurría.

–Yo pensé: “Aquí no va a pasar nada”. ¡Y pasó de nuevo! Increíble. Me preguntaban: “¿Pero por qué empujas a la gente con las manos?”. “No los empujo”, les decía, la gente siente algo que los hace caer en paz. En descanso. Pero ellos no creían… A veces los propios curas tienen poca fe –dice, resignado.

Después de cuatro años fuera de Antofagasta, Ramón Miranda pidió ser liberado de sus obligaciones con los franciscanos.

–Y luego de dialogar con Pablo Lizama, quien era el superior de la Orden y también obispo de Antofagasta, pedí mi ingreso a su diócesis, que autorizaron desde Roma.

A fines de 2012 regresó a Antofagasta convertido en cura diocesano, de sotana.

Cuando comienza la imposición de manos, la gente cae como en un trance.

***

El obispo Pablo Lizama fundó la diócesis de Melipilla y conoció a Ramón Miranda de niño, pues él nació en la zona de Chocalán en octubre de 1968. Miranda es el segundo de cinco hermanos y sus padres eran agricultores e inquilinos. En 1986 entró al seminario y el obispo Lizama lo llevó como seminarista franciscano a Antofagasta en 1993. Desde entonces estuvo a su alero.

–En Melipilla éramos muy pobres. Al lado de la casa había una iglesia evangélica y siempre los oía cantar y predicar.

Quizás de ahí le perdí el temor a hacer las misas así, más musicales, más cantadas.

Hoy, a veces, se siente solo. No tiene amigos curas. Y, aunque aún es joven, no se imagina haciendo otra cosa.

De los franciscanos, dice, solo conserva el recuerdo de su formador “un hombre impecable”; una figura de San Pío que adorna su escritorio y su amor por los animales que traduce en caricias con el escobillón a Pulgoso.

Le han ofrecido hacer clases de Religión o ser capellán de alguna institución, para hacerse un sueldo, como lo hace el resto de los curas, pero dice: “No me quedaría tiempo para la gente”.

Hace tres años le asignaron la capilla Nuestra Señora del Carmen, en calle Colombia. Y hace un par, comenzó de nuevo a hacer misas de sanación. Desde el arzobispado le pidieron que hiciera su pastoral “más discretamente”. Y así lo ha hecho. No todos los miércoles, sino solo un domingo al mes. Mucha gente ni siquiera sabe que regresó a la ciudad. Lo prefiere así.

Y han vuelto a ocurrir sanaciones milagrosas. Una de las últimas, a un niño de 3 meses que pasaba hospitalizado con diarreas continuas. Ectasia renal, fue el diagnóstico. Totalmente deshidratado iba a partir un día lunes a Santiago, grave.

–El padre lo tocó y comenzó a recuperarse –dice Mariel Sandoval, la madre, exámenes en mano. –Los médicos explicaban que quizás se habían contaminado las muestras. ¡Pero las diarreas sí existían, estaba mal, mal!

Una de esas tardes, no sé por qué, le comento al padre que desde hace días tengo dolor de espaldas.

–¿A veces o permanente? –me pregunta sorpresivamente con interés casi clínico como queriendo hacer un milagro.

–No se preocupe, se me pasa con ejercicios –le digo.

Cuando se acerca el domingo de misa de sanación, desde días antes la gente pasa a preguntar, le dejan notitas con recados, como este: “Lucas Chávez, 8 meses, está en la UCI”. Se corre la voz. Él se prepara. Come liviano. Se vuelve contemplativo. Más silente.

La parroquia se desborda con 200 a 300 personas. Ese domingo asistieron un ex intendente candidato a diputado y una seremi regional.

Casi al terminar la misa corriente, Rodrigo Ríos se pone a cantar con guitarra. Juana Órdenes, una miembro del movimiento carismático, toma el micrófono y comienza a orar con los ojos cerrados. Alejandra Ruiz comienza a cantar con una voz ultra aguda.

Y el padre Ramón, de casulla roja, se encomienda al ostensorium (un sol de bronce donde se guarda la hostia) y se arrodilla frente a la cruz. Se nota preocupado, se frota la cara. Cierra los ojos. La gente extiende las manos como para captar una energía invisible y la oración monótona y la música, van generando un ambiente hipnótico.

El padre comienza a imponer las manos concentrado y todos van cayendo. Los deben sujetar otras personas. Caen el candidato, la seremi, los enfermos, los sanos; hasta Pulgoso, en la entrada, cae sin que lo toquen.

No me pongo a la fila, tanto por temor a defraudarme como a sorprenderme. Prefiero solo describir.

Luego de un rato una joven se levanta y le pregunto qué sintió:

–¡Yo no quería sentir nada! Te juro. Pero estaba tan nerviosa. ¡Y sentí una paz..! ¡Es que tengo tantos problemas!

Y después el llanto la ahogó.

El padre dice que la gente queda muy sensible, propensa al llanto. Luego sienten calma, relajo. “Quedan en un estado de gracia especial”, dice él.

Una mujer peruana me comenta:

–Vine por mi madre. El padre me dijo: “Piensa en tu madre, concéntrate en ella”. Sentí sus dedos en la frente y, cuando desperté, ¡estaba en el piso! No es que pierdas el conocimiento. Oía, ¡pero estaba tan bien!

A las misas del cura Ramón van más sanos que enfermos; en busca de una sanación quizá más espiritual que física. Y menos curiosos de lo que esperaba.

Cuando todo concluye, la gente fuera de la capilla se consuela, ríen y conversan. El padre tendrá muchas colillas que barrer la mañana siguiente.

Tomando once, una hora después, me pregunta:

–¿Qué le pareció lo que vio?

Pregunta difícil. No sé muy bien qué contestar y, por suerte, él prosigue:

–Es increíble pensar que a veces se sana gente…

–O sea, ¿sí son milagros? –le pregunto.

–Claro, si no, ¿qué? –dice el cura, engullendo un pan con palta, con hambre de trabajador cansado.

Deja tu comentario