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5 octubre, 2016
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La caleta de los ex niños Sename

A pocas cuadras de La Moneda, en plena Alameda, hay una caleta donde vive un grupo de ex niños Sename. Son jóvenes que se escaparon hasta 25 veces de los centros de protección porque prefieren la calle a estar encerrados. En esta improvisada comunidad, donde las piezas están armadas con cartones y nylon, se da una peculiar solidaridad entre ellos. “Se aprenden mejores valores en la calle”, aseguran. Paula.cl adelanta este reportaje que está incluido en la edición impresa que aparece este sábado.

Por Claudia Godoy / Fotografía: Rodrigo Chodil


Paula 1210. Sábado 8 de octubre de 2016.

Viven a cuatro cuadras de La Moneda, donde hace pocas semanas se anunció que la pobreza ha disminuido de 14,4% a 11,7%. Viven al lado del poder, pero no tienen luz, agua potable, radio o televisor que los conecte con la actualidad o la política, aunque sí logran tomarle la temperatura al país. “Cachamos que está la embarrada en Chile cuando comienzan a haber muchas marchas por la Alameda”.

Son 12 habitantes del casco histórico de Santiago, pero no se sienten ciudadanos, ni siquiera se sienten personas.

–Somos palomas.

¿Cómo es eso?
Palomas. La gente nos mira, a veces nos tiran comida, otras nos espantan, pero la mayor parte del tiempo pasan por nuestro lado, nos miran en menos o no existimos.

Y es difícil conocerlos. Para llegar a ellos hay que introducirse por un orificio de 90 centímetros de alto por 60 de ancho de una histórica fachada en plena Alameda con Los Héroes. Cuando se logra traspasar este pequeño portal improvisado y tapado con una frazada aparece un mundo casi irreal. “Tía se puede dar vuelta que me quiero limpiar”, grita Polette Maliqueo (21) sentada en un inodoro conectado a un hoyo en medio del sitio. A menos de un metro, su pareja, una joven morena de 17 años, prepara algo de comer en una parrilla en el suelo.

Son las 12 del día y el resto de los jóvenes que habitan esta caleta no han salido de sus improvisadas piezas hechas de nylon, géneros de colores, cartones o cualquier material que pueda protegerlos del frío de la noche.

Julio Merino (21) sale a la luz al escuchar que alguien llegó a su territorio, en el que vive hace más de 2 años. Parece ser el líder del grupo aunque no lo reconoce. “Aquí todos somos iguales, nadie manda a nadie. Somos democráticos”.

Mientras se peina con los dedos y se limpia la cara nos invita a sentarnos en una silla coja junto a un desarmado sillón. Se siente cómodo, parece no percibir que en el ambiente se mezcla el hedor por no tener alcantarillado con la humedad de colchones y frazadas botadas entre escombros. Pero no es raro, este enjuto joven vive desde los 13 años en la calle. “Cuando tenía 5 años mi papá falleció por culpa de la pasta y mi mamá cayó presa. Yo estuve en Paternitas pero me escapé junto a mi hermana y nos fuimos a vivir debajo del Mapocho”, relata sin pena, sin rencor; es la vida que le ha tocado y no la discute. Desde ese día nunca volvió a tener una casa, una pieza o una cama bajo techo.

Han sido ocho años de calle y más de 24 pasadas por el Sename. Conoce todos los centros desde Galvarino hasta Tiempo Joven. Lo llevaban por protección y también por robo, pero siempre logró escapar.

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A Polette la abandonaron sus padres. Quedó a cargo de la abuela, quien murió cuando estaba en cuarto básico. Entró al Sename por protección y estuvo en 24 centros: escapó cada vez que pudo. “Me deprimía estar encerrada”, dice.

¿No es mejor estar en el Sename que vivir así en la calle?
Es mejor vivir en la calle. No me acostumbré a estar encerrado, no me gustaba. El COD Pudahuel era terrible. ¿Lo conoce?

Los recuerdos del Sename son confusos. “Tenía que pelear todo el tiempo para defenderme. Pero también aprendí violín y flauta, pero no podía dejar que me pasaran a llevar y los tíos, que son pasados de vivos, nos paqueaban y eso a mí no me gustó nunca”. Su carácter lo traiciona a cada minuto y la Carla, su pareja con la que lleva dos años conviviendo, lo sabe muy bien. Ella con sus 16 años y cara de niña ha logrado cambiar a Julio, a quien contempla con profundo amor mientras sonríe y le da de comer a Tontín, el perro que la acompaña especialmente en la noche para no sentir frío. “Es mi guaterito”.

Ella se presenta así: Carla Pineda Vásquez (16). Es la menor de 9 hermanos y desde los 6 años ha estado en la más absoluta desprotección. Su mamá alcohólica mató a su papá y desde ese momento comenzó su travesía por hogares. Estuvo más de 5 veces en el Sename y también se escapó. Su mejor fuga, según sus propias palabras, fue a los 13 años desde los propios tribunales de justicia. “Salí caminando con la tía que me tenía que cuidar. Llegando al Metro le dije que me soltara el brazo porque me lo llevaba muy apretado. Cuando llegó el carro, ella entró con la gente y yo me quedé atrás. Las puertas se cerraron, el Metro partió y yo en el andén me despedí sonriendo”, dice. El recuerdo le provoca gran satisfacción y sigue riendo por la imagen de la tía con cara de sorpresa al perderla de vista.

Debió vivir bajo el Mapocho buscando un ruco o casucha para protegerse. Pero prefería esa vida que estar en el Sename. “Se aprenden mejores valores en la calle. Aquí se habla con la verdad. Además, a los 7 años, la vida es un juego”.

EL PRIMO
Inquieto, riendo, con un corte de pelo estilo Justin Bieber, pero moreno y “aguja”, como lo califican sus compañeros de vida, aparece de la nada Vladimir Lillo. Es primo de Julio, 1 metro y 40 centímetros de alto, y a primera vista cualquiera diría que tiene 10 años. Hasta que abre la boca. “¿El Sename? Pfff… yo tenía que dormir con un ojo abierto y otro cerrado para que no me violaran. Además, con un fierro para defenderme”.

Vladimir tiene en realidad 14 años, está suspendido del colegio porque le pegó al profesor, se mueve entre los distintos rucos del sitio como si fuera el dueño del lugar y bombardea el ambiente opinando sobre su entorno. “Este (indicando a uno de los residentes) anoche andaba vendiendo su dignidad”, dice y todos ríen por el humor negro que sale de los labios de quien ya tiene responsabilidades mayores.

Tan chico y tan hablador.
Chico, pero tengo mis cosas.

¿Por qué? ¿Qué cosas?
Tengo una hija de 2 meses.

¡Una hija!
Para que vea, soy cumplidor.

SEIS EN UN DORMITORIO
Entramos a una de las piezas, armadas con palos, nylon negros, géneros y frazadas. En un colchón de 2 plazas están acostadas Alejandra (21) y María (29). Sus parejas están en la cárcel y ellas esperan la salida de quienes, sueñan, las harán felices para siempre.

Al lado de ellas, en una plaza y media, se acarician unas jovencitas lesbianas que no aceptan conversar, pero prestan una esquina del colchón para poder sentarnos y conocer la historia de Alejandra. En el mismo espacio, en un sillón donde duerme Rony (29) un limpiador de autos, y Dany (18) un extranjero y, en el suelo, Raúl (29) un homosexual con el que se pelearon la noche anterior y cuya dignidad ha sido burlada por Vladimir.

Alejandra no quiere fotos, dice que la representará en este reportaje Anarquía, una perrita que encontró en un paradero y que jamás se separa de ella. Esta joven cuenta que fue abandonada por su madre cuando era guagua. La dejó con su bisabuelo. “Mi mamá me iba a ver una vez a las quinientas. Me puse rebelde y quería ir a buscarla. Me fui a la calle”. Estuvo en el CTD Pudahuel del Sename y no le gustó. “Me tenían encerrada todo el día sin hacer nada y me asusté cuando a un amigo lo violaron”, cuenta. Se arrancó 5 veces. Dormía en el Parque de Los Reyes o donde la pillara la noche. Tenía 12 años y no tenía miedo. “Sabía defenderme”, precisa. Alejandra es de pocas palabras, un pasado doloroso la mantiene en silencio por horas y cuesta que nos relate lo que ocurrió.

“A los 13 me volví a mi casa. Mi mamá se fue a vivir con nosotros. Lo malo es que llevó a mi padrastro”, no cuesta visualizar qué sucedió esos meses: maltrato y posible abuso. Cuando Alejandra lo acusó, su madre defendió a la pareja y le gritó que se fuera. De ahí a la calle nuevamente y otra vez al Sename. “Estaba embarazada. El juez me quitó a mi guagua porque era menor de edad y vivía en la calle. En el CTD Pudahuel entregaron a mi hija en adopción”. Y nuevamente se arrancó. Vivió bajo el puente, en el Mapocho, tuvo otra hija, deambuló por las calles de Providencia y casas okupa. Hizo todo el recorrido hasta llegar a esta caleta hace 2 años.

Su compañera de cama –no de amor– es María. Lleva 20 años en la calle y 8 pasadas por el Sename. “Cuando murieron mis abuelos me fui”, dice. Otra historia de abuso, de parte de su hermano, la tiró al puente Bulnes, Quinta Normal, Mapocho y las calles de la Posta Central. Fue violada.

¿No pensaste abortar?
No, porque los niños no tienen la culpa.

De esa violación nació su primer hijo. Otros dos vendrían de una historia de amor fallida. Todos ellos están con la abuela, con quien María no se lleva bien. “Mi mamá me echó de la casa y me vine a vivir acá”. Está a la espera de una hora para casarse con su novio (9 años menor) que está cumpliendo condena. “El matrimonio será en la cárcel”, dice y se ve el primer atisbo de ilusión en su rostro.

Carla ha pensado incluso en escribirle una carta a la Presidenta, pero desiste porque cree que nadie la leerá, ni vendrán a conocer sus historias. “¿A quién le puede interesar la vida de cabros que han robado, se han drogado y han vivido todo el tiempo en la calle?”.

PERUANO-COLOMBIANO
El rostro de Dany Zapata (18) no tiene expresión. En su bolsillo una botella de tolueno revela que la noche anterior ha estado drogándose por varias horas.

¿En este momento estás drogado o puedes hablar?
Estoy bien, sé lo que estoy diciendo y con quién estoy hablando.

Aunque de pronto las ideas se pierden tras el ruido de una de las tantas marchas estudiantiles que comienza a gestarse en la esquina de Los Héroes, Dany logra contar que lleva 6 años en Chile. Llegó a los 12 junto a su madre peruana. A su padre colombiano no lo conoció. “Vivíamos en la comuna de El Bosque. Mi mamá era nana en Las Condes y yo me quedaba en la calle todo el día”. Desde entonces consume marihuana y tolueno, lo hace para desahogarse y para evitar el hambre. “Con esto no como”.

En el año 2014 se peleó con su mamá y llegó a vivir a Quinta Normal. Hoy su familia son los habitantes de la caleta. “Me tratan bien, no se burlan. Para ellos soy un chileno más. No hay racismo”. Julio se sienta a su lado y le hace cariño en el pelo. “A este negro culiao lo tenemos que soportar”, ríen a carcajadas como dos hermanos haciendo una maldad delante de la madre.

Dany quiere volver a Perú, pero sabe que no tiene ninguna posibilidad, machetea y vende dulces para conseguir un poco de comida y la droga lo tiene prácticamente consumido. Dejarla y lograr trabajar es un sueño que se ve demasiado lejano. Y él lo sabe. “He hecho tres veces el compromiso de dejarla y las tres veces lo he roto. Me siento mal conmigo mismo”, y sus ojos vuelven a perderse entre los colchones, cocinas y refrigeradores abandonados, la basura y las bombas lacrimógenas que hacen correr lágrimas que se confunden entre la pena y la fuerte bocanada de gas.

MAPUCHE, POBRE Y LESBIANA
Otros ojos negros grandes miran con resignación el lugar donde ha estado viviendo hace 7 meses. Polette Maliqueo lleva 8 años en la calle. Sus padres la dejaron cuando guagua y su abuela mapuche se hizo cargo de ella. Cuando Polette estaba en cuarto básico la mujer, a la que recuerda cada día, murió. Desde ese momento su vida fue prácticamente un infierno.

Llegó al Sename por protección, pasó 25 veces por diversos centros y se arrancó cada vez que pudo. “Me deprimía estar encerrada”. Y las marcas del dolor se ven en sus brazos: tiene más de 20 cortes. “Veía mi sangre y me desahogaba. Por no hacerles daño a otras personas, me cortaba”, dice y esboza una sonrisa de culpa y resignación.

Estar en la calle y ser lesbiana no ha sido nada fácil, asegura. “A los 15 años salí del clóset. Antes tuve una pareja hombre, pero no me gustó. Ser de la calle y además besar a una mujer parece que es un pecado aún mayor. Me han discriminado como a nadie: mapuche, pobre y lesbiana, la peor combinación”.

–¿Iney pingeymen? (¿Cómo te llamas?) –dice Polette.

¿Hablas mapudungún?
Sí, mi abuelita antes de morir me enseñó. Ve que no soy tan tonta.

Al contrario, eres muy inteligente para poder sobrevivir en la calle.
Polette se siente mapuche y no ciudadana chilena, pero no es la única, todos los que habitan esta caleta, ubicada prácticamente en el patio de atrás de La Moneda, sienten lo mismo.

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“Me tratan bien, no se burlan. Para ellos soy un chileno más. No hay racismo”, dice Dany Zapata, quien es peruano, sobre sus compañeros de la caleta.

VECINOS DE BACHELET
Las autoridades locales saben que existen. De hecho los han desalojado un par de veces. “Vienen de la municipalidad, nos sacan los carabineros, lo poco que tenemos lo tiran en un camión y nos llevan a la comisaría. Después de un par de horas nos dejan libres. Terminamos todos parados en medio de la calle, sin nada, sin saber adónde ir y más pobres que antes”, relata Julio con una gran lucidez de lo que ocurre y con pocas esperanzas de lograr salir de esta situación.

Carla ha pensado incluso en escribirle una carta a la Presidenta, pero desiste porque cree que nadie la leerá, ni vendrán a conocer sus historias. “¿A quién le puede interesar la vida de cabros que han robado, se han drogado y han vivido todo el tiempo en la calle?”.

¿Quiénes creen que son los culpables de su vida? ¿Sus padres?
No, nosotros somos responsables de nuestras vidas.

Pero la mayoría fueron abandonados cuando eran muy chicos.
Pero llega un momento en que la vida depende de cada uno. No podemos estar pensando en lo que nos pasó. Yo soy culpable de estar acá.

Sus historias los convierten en una gran familia con un pasado común: abandono, muerte y su paso por el Sename. Fue allí donde no recibieron la protección que el Estado prometió darles, fue allí donde el concepto de hogar jamás existió y donde el encierro los abrumaba. Hoy solo necesitan una mediagua para partir con un verdadero hogar, lejos de la basura, del frío de la noche, pero especialmente para sentir que tienen algo por que luchar. “Sería el puntapié inicial para querer surgir”, concuerdan todos los miembros de este especial clan.

Pero Carla y Julio son drásticos en el análisis de su realidad. No aceptan la compasión. Ninguno de los jóvenes la acepta y aunque el análisis es racional y parece tener una lógica abrumadora, los hechos no los acompañan. Siguen tirados en sus colchones todos los días, todo el día. Y la explicación más clara la da Alejandra: “No me la puedo con los recuerdos, no me dejan vivir. Mi pasado me pesa sobre los hombros, muchas veces no quiero levantarme”.

SUEÑOS LEJOS DEL COLCHÓN
Aunque siguen tirados entre sillones rotos, colchones y plumones recogidos de la basura y escuchan cada vez más fuerte la sirena de carabineros, logran salir de ese casi irreal espacio para contar sus más profundos sueños.

“Vamos a trabajar y arrendar una pieza para esperar a nuestras parejas hasta que cumplan condena. Queremos recuperar a nuestros hijos y vivir sin tomar ni fumar marihuana”, divagan Alejandra y María.

“Quiero vivir en una isla desierta con Julio. ¿Ha visto la película La Laguna Azul? Así, estar solos y comenzar una sociedad de nuevo. Donde nadie nos mire feo, donde podamos tener hijos y no tengan que estar en este lugar”, Carla mira a su pareja con ternura o pena sabiendo que eso jamás ocurrirá.

Polette es menos cinematográfica, “quiero jugar al fútbol, tener una casa y también me gustaría tener un hijo para darle el amor que a mí no me dieron. Tener algo mío que me acompañe el resto de la vida”.

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