La Habana en los ojos de Paula

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La Habana en los ojos de Paula

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Carolina Vargas, fotógrafa de Paula hace más de 20 años, visitó la isla en este año clave para Cuba. Aquí una galería fotográfica que registró en su paso por este lugar en transformación.

Cuba está de moda. Desde que la isla y Estados Unidos decidieron retomar sus relaciones diplomáticas —tras 53 años quebradas—, los ojos del mundo volvieron a posarse en la isla caribeña. Y lo que pasó fue como un efecto dominó: el domingo 20 de marzo el Presidente Barak Obama aterrizó en Cuba. Seis días después los Rolling Stone llenaban la Ciudad Deportiva de La Habana. Dos meses después, el 3 de mayo, los “ejércitos” de Chanel desfilaban por el Paseo del Prado en La Habana Vieja con sus espigadas modelos coronadas con la boina de la revolución. Un hito político. Un golpe mediático. Un año clave en la isla, donde se respiran aires de apertura, una que nadie sabe muy bien hasta dónde va a avanzar.

La Habana duele y, al mismo tiempo, se celebra: los edificios corroídos por el paso del tiempo dibujan una ciudad que parece recién salida de la guerra o atrapada en un eterno y lento proceso de restauración. Es vieja, pero mucho más joven que cualquier ciudad que conozcamos. Y ahora llena de turistas —sobre todo gringos—, que los isleños no quieren a cualquier precio, porque a pesar de las penurias, en La Habana queda claro que los isleños se acostumbraron a su ritmo.

Carolina Vargas, fotógrafa de Paula desde hace más de 20 años, ha recorrido la capital de Cuba cinco veces. Fue ella quien en esta sexta visita registró, con su ojo sagaz y sensible, los aires y sabores de la isla en transformación. También, el vaivén de los cuerpos en la calle. “Después de 18 años sin pisar la isla, la ciudad ha cambiado un poco. Lo noté en la cantidad de taxis nuevos, también caminando por Obispo, el paseo peatonal donde hoy se asoman algunas tiendas de marcas y varios restoranes y bares con onda. Pero aun así, quedan infinitas imágenes que muestran una Habana que la modernidad todavía no toca. Barrios donde el tiempo se detuvo por más de 50 años. Edificios corroídos por la humedad y el tiempo, coloridas azoteas con ropa tendida. Gente sentada en la puerta de sus casas solo mirando. Es el ritmo de la isla, cuya luz diáfana y brillante siempre me ha conmovido”.

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