Los tesoros desconocidos del Museo de la Moda

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Los tesoros desconocidos del Museo de la Moda

Por Rita Cox y Manuela Jobet / Fotografía: Alejandro Araya

A los depósitos subterráneos del Museo de la Moda entran solo aquellos privilegiados que su dueño, Jorge Yarur, decide invitar. Allí­ guarda 12 mil piezas de las cuales una mínima parte ha sido exhibida. En este reportaje, algunos de estos tesoros salen a la luz por primera vez.

Paula 1078. Septiembre 2011.

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Marilyn Monroe: El Museo de la Moda tiene 167 piezas (vestidos, pantalones, abrigos, zapatos y ropa interior, entre otros) que pertenecieron a Marilyn Monroe y que próximamente serán expuestas para conmemorar los cincuenta años de su muerte, ocurrida el 5 de agosto de 1962. “Me gusta lo bonita que era, su simplicidad y, especialmente, su vulnerabilidad”, dice Jorge Yarur. Arriba, tres vestidos, dos de ellos de encaje, escote bote, sin mangas y hasta la rodilla. A la derecha, vestido rojo modelo sirena usado por la actriz en 1956, durante el estreno de la obra A view from the bridge, de Arthur Miller, su marido en esos años. El vestido llegó al museo en 2011, muy deteriorado: el terciopelo estaba desgastado, en algunas zonas faltaban trozos de tela, tenía algunas costuras abiertas y su basta estaba deshilachada. La diseñadora textil Priscilla Alvarado demoró cerca de dos meses en restaurarlo.

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EL PRIMERO  Vestido de 1875 del diseñador británico Charles Frederick Worth, el primero en presentar sus creaciones en una tienda; la que tenía en la Rue de la Paix, en París. También fue el primero en usar etiquetas que llevaran su marca. Hecho en seda color crema y verde claro, tiene un pequeño escote en V, con sesgo del mismo color. El faldón recto en el delantero lleva ocho tablas horizontales de tela verde. El ruedo, en tanto, cuenta con dos volantes de la misma tela. En el centro de la espalda hay pliegues que luego se transforman en un polizón drapeado. Faldón trasero con cola. Como miles de otras piezas del museo, este vestido está guardado horizontalmente dentro de una caja metálica libre de ácido. Para asegurar su conservación, se evita que las telas se peguen y por dentro se rellena con papel especial libre de ácido.

El Museo de la Moda ocupa una casa de mil quinientos metros cuadrados (otros diez mil son de parque), contruida en 1958, cuando en Vitacura no había nada. Allí se crió Jorge Yarur, como hijo único del matrimonio compuesto por el empresario textil y banquero Jorge Yarur Banna y Raquel Bascuñán. Gran parte de la casa está ocupada hoy por la cuidada muestra Volver a los 80, pero hay sectores, como el living, el bar, la biblioteca y los dormitorios, que se mantienen intactos; idénticos a los tiempos en que padre, madre e hijo desarrollaban allí su cotidianidad. Con los mismos muebles, los mismos objetos de diseño y pinturas, los mismos cientos de libros que evidencian el sofisticado gusto de la pareja. Pero lo que más impacta es el desgarrador esfuerzo de un hijo por congelar esos momentos pasados. Cuando eran los tres.

Seis pisos hacia abajo
En 1991 murió el padre, cinco años después la madre; mujer preciosa, amante de la moda, dueña de un gusto extraordinario y una colección de zapatos, carteras y vestidos que cuidaba como la
más experta de las coleccionistas. En honor a ella, a todo lo que aprendió de ella, en 1999 Jorge Yarur comenzó a armar el Museo de la Moda. En 2007 abrió sus puertas. Desde esa fecha viene demostrando que su trabajo poco tiene que ver con acumular ropa costosa. Su intención es sacar la ropa de ese sitial de lo efímero, para posicionarla a una altura mayor, como expresión de una época y su particular sensibilidad.

Para no modificar en nada la estructura original de la casa, pero urgido por la necesidad de espacio, Yarur construyó seis pisos subterráneos. En el primero, de arriba hacia abajo, están las oficinas administrativas; en el segundo, los departamentos de Registro (donde llegan, se revisan y registran las piezas adquiridas), Conservación y Restauración y el laboratorio. Más abajo, y con acceso limitado a unos cuantos, los despósitos donde se guardan unas doce mil piezas. Una mínima parte ha sido exhibida.

Comprando en remates en cualquier parte del mundo y directo a particulares, Yarur –que no cuenta con estudios formales, pero afinó el ojo en la casa paterna y en sus incontables viajes, es amante de la historia y del dato preciso, y cuenta con una memoria privilegiada– se ha hecho de una colección de vestimentas y accesorios relacionados al tenis y al fútbol; sombreros y abanicos; uniformes militares de la I y II guerras mundiales; juguetes y ropa de niños; una envidiable colección gráfica con revistas de moda desde 1830 a la fecha, además de vestidos de grandes diseñadores e íconos de la cultura pop, como las fallecidas Lady Di y Marilyn Monroe. Todo está cuidadosamente guardado y clasificado por periodo y materialidad (las fibras naturales deben estar separadas de las sintéticas para su correcta preservación, ya que estas últimas expelen químicos) en muebles de conservación mandado a hacer a Francia con una aleación especial de fierro enlozado a prueba de fuego, agua, humedad, óxido y polvo. Un búnker con luz led donde la temperatura no supera jamás los 19 grados Celsius y la humedad se mantiene entre un 50 y un 55 por ciento.

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Chalecos de hombre en raso de seda hechos durante la segunda mitad del siglo XVIII. El primero, de izquierda a derecha, tiene hojas verdes y flores bordadas en hilo de seda. El segundo, tiene motivos florales, greca de rombos y en el borde inferior una escena en sepia que muestra a un hombre retando a un niño que está en los brazos de una mujer. El tercero, único con cuello redondo y no militar, tiene pequeñas aplicaciones de lentejuelas.
Museo de la Moda
Marco Correa Vestido del diseñador chileno Marco Correa (1943-1992). Confeccionado en los 70, época en que comenzó a experimentar con diseños geométricos, simulando estilos usados por pueblos originarios de América Latina. Piezas como esta se encontraban en la tienda Tai, un taller de tejidos ubicado en calle Merced, en Santiago. El Museo de la Moda tiene 15 piezas de Correa.

Los cuatro pisos de depósito son prácticamente iguales. Albos, pulcros, silenciosos. La locación perfecta para una película de ciencia ficción. Los pasillos se suceden unos a otros con sus estanterías clasificadas por siglos, menos aquellos que atesoran el pasado de la familia. Esas reciben la calificación “Familia Yarur-Bascuñán”. Hay, por ejemplo, una repisa llena de cajas de cartón blanco libre de ácido, codificadas y con dos fotos en color que dan cuenta de su contenido. Cada una guarda una de las 55 carteras que pertenecieron a la madre. Jorge las mira, las saca, las abre, desarma el delicado nudo de la cinta de algodón, también libre de ácido, que las fija en su interior, las muestra, describe en qué periodo fueron usadas y, en el caso de un par, detalla que fueron un regalo hecho por su padre cuando pololeaban. En otro sector, también catalogado como “Familia Yarur-Bascuñán”, pero del depósito gráfico, hay cientos de cajas y sobres –también libres de ácido– con todo tipo de documentación: cartas que el padre le envió a la madre; fotos de todos los cumpleaños infantiles de Jorge; textos legales y económicos del padre. Cientos, tal vez miles de documentos ordenados por tema, año y rotulados. Sería cosa de sentarse allí durante meses, leer y mirar para poder reconstruir esas vidas con máximo detalle.

La muerte y la eternidad

Al Museo de la Moda se ingresa por Avenida Vitacura, pero Jorge Yarur lo hace directamente por un pasaje subterráneo que conecta su casa, que se hizo al lado del museo, hasta el piso menos
uno. Trabaja todas las tardes junto a dos estrechos colaboradores: Graciela Aguilera, “Chelita”, y Eduardo Acuña. Ella era la costurera que le confeccionaba la ropa a su madre y él, obrero de la construcción. Ambos se han formado en el museo y forman parte del Departamento de Conservación. Los tres recorren religiosamente cada uno de los pasillos del depósito, abren los cajones, se aseguran de que las prendas estén bien puestas, que no topen en ninguno de los bordes, que los rellenos de papel den el volumen correcto a las prendas guardadas horizontalmente (como deben mantenerse las más delicadas) y que la delgada sábana de algodón que cubre a cada una esté impecable. Una mancha mínima, una arruga o una pelusa y la cara de Jorge Yarur se tensa.

Museo de la Moda

Yarur abre un pasillo corredizo, va directo a la repisa que le interesa y conoce de memoria, se agacha y con guantes blancos de algodón ciento por ciento natural acomoda un vestido. Solo
cuando comprueba que quedó perfecto recupera la tranquilidad. La calma dura poco. Ha abierto otra de las repisas en que descansa un vestido francés de algodón de 1823. “Era lo que estaba de
moda, las mujeres morían por algo así”, acota. Tiene una mancha amarilla en el cuello. “El apresto las pone así. Es terrible. Podríamos descoserle el cuello, mandarlo a lavar y coserlo nuevamente.
Pero significaría eliminar parte de su historia, las puntadas de la costurera. Mejor me lo llevo a Francia”, dice mientras mueve la cabeza de lado y lado como si algo terrible ocurriera.

Todo lo que merece ser lavado, se lava en París, en un laboratorio especializado. La prenda regresa junto a un informe de varias carillas que registra su antes y después; el color del agua en cada proceso de limpieza; y el comportamiento de las fibras. Es el propio Jorge quien la lleva, retira y devuelve al museo. Como si se tratase de un paciente saliendo de la UTI, la acarrea sobre una camilla por el inmaculado depósito, cubierta por una sábana para regresarla a su lugar.

“Parece exagerado, pero no lo es”, se excusa. “El propósito de la conservación es que el objeto tenga vida eterna”.

Semanas después, y en la misma dinámica de revisar el camino a la eternidad, Yarur dará más pistas sobre qué lo motiva a hacer todo lo que hace: seguir por el mundo piezas que lo obsesionan,
comprarlas, traerlas a Chile, estudiarlas, someterlas a largos proceso de restauración en caso necesario, exponer alguna de ellas en un país donde la moda no está arraigada en la cultura como sí ocurre en otras partes. “Lo que más me impresiona de estos trajes –dice mirando a su alrededor– es que hubo cuerpos, personas que los usaron y que ya no existen. Hay algo ahí sumamante nostálgico y que se relaciona con la muerte. Lo único que queda del cuerpo, de su forma, es el vestuario. No queda nada más”. Una frase que quedará retumbando en el subsuelo.

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