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25 agosto, 2017
orla

Tololo sin apellido

Fue en un momento de fragilidad de la salud de su abuelo Nicanor Parra que Cristóbal Ugarte Parra (24), Tololo, el más cercano de sus nietos, tuvo la intuición de que la torre del clan estaba cerca de desmoronarse. Esa sensación vertiginosa lo llevó a indagar en sí mismo y así surgió Pérdida total, su segundo disco que lanzará el 1 de septiembre. De este proceso, y de cuánto pesa ser parte de ese linaje, habla en esta entrevista.

Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Rodrigo Chodil / Producción: Camila Letelier


Paula 1233. Sábado 26 de agosto de 2016.

Avenida Julia Bernstein. La Reina alta. Acera húmeda e interrumpida por ramas y árboles caídos, consecuencia de la nieve que roció de blanco Santiago, a mediados de julio. Por los huecos que deja ver una reja metálica negra y roída, se ve a Cristóbal Ugarte Parra, Tololo, en manga corta y jeans, bajando calmo por el camino cubierto de barro. Lleva puestas unas zapatillas de lona, pero no resbala ni titubea.

–Estamos sin luz hace un par de días–, suelta, iniciando la conversación.

Llegó a vivir ahí, a la parcela de su abuelo Nicanor, a los tres años, cuando su mamá Colombina, arquitecta de profesión e integrante del grupo Los Ex, se separó de su padre, Pablo Ugarte, entonces el líder de Upa! Hoy tiene 24 y vive solo en una de las tres casas de la parcela. Nicanor vive en Las Cruces. Su madre, Colombina, vive en Las Condes, junto a su nueva pareja y su hija Julieta, de 7 años.

Pasando la reja negra, a mano izquierda, se divisan entre un bosque de olmos y pinos, dos casas. Una detrás de la otra. La primera, es la que habitaba Nicanor y Nury Tuca, la abuela de Tololo, fallecida en 2014, y que hoy no está habitada. La segunda construcción era originalmente una capilla. Y la tercera, un poco más arriba, subiendo una escalera de piedras y pasando una reja de palos enclenque, es la casa de dos pisos que habita Tololo, que en su patio luce estacionado y a medio cubrir el Volkswagen escarabajo blanco, del año 62, que le obsequió su abuelo cuando nació, y que todavía anda.

La casa donde vive Tololo tiene una primera planta con grandes ventanales. En el living hay un piano Casio eléctrico que se confunde con la mesa de comedor. Encima está lleno de cartones y papeles. Ahí, lleva refugiado 10 meses preparando su proyecto de título para convertirse en arquitecto de la Universidad Católica. Allí también se dio el proceso creativo de su segundo disco, Pérdida total, que incluye 9 canciones de piano clásico e instrumentos digitalizados –como bajo, batería y chelo–, y letras propias, producido por Cristián Heyne, quien ha trabajado con artistas como Javiera Mena y Gepe.

“Esta parcela es el hilo conductor de mi vida”, dice sentándose en un sillón; atrás, colgada en la pared, una maqueta de arquitectura. “Aquí me crié y esto era como una burbuja, una propia cultura, una secta por así decirlo. Nunca me di cuenta bien de que era nieto e hijo de quien era. Simplemente sabía que era distinto a lo común”.

¿En qué notabas que eras distinto?
En cómo vivía, no tanto, porque la mayoría de mis compañeros vivían así, en estas parcelas, conectados con la naturaleza. En el colegio al que iba (Etievan), que está a dos cuadras, se hacía meditación y yudo, y no era obligación usar uniforme.

¿Hubo una intención de elegir un colegio de formación más artística-intelectual?
Fue accidental, pero cuando se enteraron de cómo era el colegio fue inmediato que era obvio.

¿Era natural para la comunidad del colegio que Nicanor te fuera a dejar a clases?
Sí, era natural. En otro colegio quizás habría sido un espectáculo que el viejo se hubiera metido con su escarabajo, haciendo ruido. Pero acá andaban todos un poco en la misma, era más el viejo del barrio, más cercano. Eso me ayudó a verlo con más naturalidad también. Creo que si hubiese estado en otro colegio yo habría sido más extraño en ese entorno. Por eso fue difícil darme cuenta de que la familia que me había tocado era distinta. Lo que sí percibía era que las casas de mis amigos tenían otra estructura: eran más parecidas a las casas que veía en la tele.

¿Qué diferencias notabas?
En los roles de los padres, por ejemplo. El padre que iba a trabajar en auto, la mamá dueña de casa llevando a los hijos al colegio, o a las clases de no sé qué. En mi casa todo era más al lote, uno se dejaba llevar por lo que estaba pasando en el momento. Era menos organizada y esa era su riqueza también, que era más espontánea. Claro, en ese entonces yo lo veía como un desastre nomás.

¿Esa era tu reacción?
Pensaba: “qué raro es lo mío”. Pero al mismo tiempo veía que causaba algo, porque cuando venía gente percibía ese fanatismo por conocer esta realidad. Entre que la entendía y la respetaba, pero también queriendo a ratos vivir la otra, la de todos los demás.

Si uno mira cómo está construida y distribuida tu casa, hace 20 años estaba muy a la vanguardia. Eso también debe haber llamado la atención.
Lo que me pasaba en esa época ya no me pasa. Pero en ese entonces no me gustaba que la casa fuera una sala de ensayo, sentía que no era casa y quizás tenía razón. Pero mis padres también, porque esa dinámica permitía que pasaran cosas que no se daban en otros ambientes.

¿Como qué?
Que la casa, la vida familiar, fuera tan musical, alegre, de fiesta. La música no se limitaba a una sala de ensayo o un concierto o tocata. En mi familia era algo de la intimidad, que se hacía acá y se compartía con los tuyos. No se ensayaba: fluía, se improvisaba.

¿Cuánto tuvo que ver venir de esta familia y que tu mamá sea arquitecta, con que hayas estudiado Arquitectura?
Resultó algo muy natural por el aprendizaje que fue vivir en esta parcela. La autoconstrucción que se dio en la casa de mis tíos y la mía a partir de demoliciones antiguas, que mi abuelo llamaba “poblaciones callampa de lujo”. Puertas de 4 metros, lámparas de palacios, alfombras. Muy ecléctico, muy propio, como es el sello familiar. Lo vi como una alternativa para armar, para crear.

Viejo chico 

Te han tildado como “el nieto favorito de Nicanor”, ¿cómo se fue desarrollando ese vínculo?
Mis papás tenían que ensayar 24/7, entonces los que más me ponían atención en mis primeros años deben haber sido mis abuelos, que tenían tiempo también. Me quedaba mucho con ellos, dormía en su casa. Enganchamos muy bien porque gozaba de las cosas que hacían. Mi abuelo se subía al auto y yo iba con él, e íbamos a pasear por ahí. “Mira ese que va caminando ahí, cojeando”, me decía, y anotaba. Me hacía detenerme a observar. Tenía un ojo que encontraba cosas interesantes donde nadie más las veía. Un ojo que empecé a entrenar y que mis pares no veían, porque no lo entrenaron. Por eso se me hacían una lata. Con mi abuelo aprendía cosas mucho más trascendentales que lo que aprendía en clases.

Eras como un viejo chico.
Sí. En el colegio era amigo de casi todos, pero no participaba en nada extraescolar. Ni paseos ni cumpleaños. Encontraba tan valioso lo que pasaba en mi casa que no me quería perder nada. Incluso estuve a punto de repetir por inasistencia, en mi casa estaba pasando de todo.

¿Te parecía más formativa la casa que el colegio?
Me apartaba más en un mundo Parra, me parecía ridículo lo que aprendíamos en el colegio y miraba un poco en menos esta cosa preadolescente de mis compañeros de querer ser adultos, de empezar a fumar, a tomar. Desde muy chico yo ya me había empapado del mundo adulto y de este imaginario de reventarse. Me daba un poco de vergüenza ajena esa búsqueda, la miraba con distancia.

Suena a que eras como un “bicho raro” entre tus pares.
Siempre tuve una identidad muy distinta. A los 10 años tenía un gusto especial por la ropa, heredado de mi abuelo, quien había vivido en Inglaterra y vestía muy inglés. Yo tenía un estilo muy preppy (de preparatoria inglesa): chaquetas de tweed, corbata, zapatos bien lustrados. Era también una máscara, había una intención de no estar en “el mismo saco”.

¿Cómo era pasar el día en la casa de Nicanor Parra?
Yo me metía en la dinámica que era nomás. Si mi abuelo tocaba la guitarra o recibía visitas, que era frecuente, yo me sentaba a un lado a escuchar, a observar. Era entretenido porque no habían momentos de ocio. Él no paraba, entonces siempre había algo que aprender o a qué ponerle atención.

La primera vez que Tololo interpretó una melodía completa en piano fue a los 11 años, con El claro de luna de Beethoven. La sacó a punta de oído, de manera autodidacta. Nunca ha estudiado música y no sabe leer una partitura. De ahí el nombre de su primer disco, Analfabeto (2013), que compila 5 canciones acústicas en piano, que compuso entre los 13 y los 19 años.

Tu primera aproximación al piano es a los 6 años. ¿Surge de manera espontánea?
Antes, te diría que desde los 3. Pero a los 6 tuve una intención musical de generar una melodía que yo gatillara, que no fuera accidental. Mi tío Juan de Dios (hermano de Colombina) vio mi interés y me fue impulsando. Después avancé nomás, solo. Las clases de música me parecían una idiotez en el colegio, por eso quizás nunca aprendí a leer música.

Eres hijo de figuras del rock chileno pero te inclinaste por hacer un disco de música clásica con letras de tu autoría. ¿Hay una intención de diferenciarse de lo intrínsecamente heredado?
Puede ser. Siento que tengo que desmarcarme. Es una especie de rebeldía, de no aferrarme a nada. De que se entienda que lo mío es propio y que basta escucharlo para advertir que nadie más de la familia va por ahí. Pero también me interesa que se sepa que soy una arista de esta familia, en la que mis abuelos y padres escuchaban música barroca y ópera. Yo tenía esos referentes en el oído y creía que había algo por explorar.

A diferencia de tu primer disco, a puro piano, en Pérdida total incluyes voz e instrumentos digitalizados.
Busqué darle un brillo distinto. Lo más difícil fue no “ensuciar” el piano, que fue mi preocupación inicial y final. Creo que se logró mantener la identidad de las composiciones en piano en su máxima expresión. Me tomé un año para decidir lo que sí y lo que no. Nada es al azar.

Las letras del disco son muy abstractas. Podrían hablar de una relación de pareja, de amigos, de madre e hijo.
Ese es el objetivo, que nace de mi experiencia de no redactar. Sentarme, tocar, abrir la boca y ver lo que sale. Dejar salir la emoción, como una forma de llorar. Me cuesta llorar, lo heredé de mi abuelo. Es como un mantra, palabras que por su sonoridad generan cosas.

¿Qué hay de cierto en que tu abuelo fue el primero en escuchar este segundo disco?
Los temas los empecé a hacer hace tres años y hace uno que mi familia los escuchó. Mi mamá fue la primera. No lo mostré antes porque era muy íntimo. Hoy me siento ajeno a esa experiencia, pero en ese minuto era contar demasiado, quedar desnudo. Cuando estaba componiendo el primer disco estaba meditando, en el segundo estoy llorando, depurando, hay un estado diferente.

¿Qué dirías que retrata el disco de ese momento de depuración?
La fragilidad que era incapaz de demostrar en persona, que viene un poco de mi abuelo. He tenido una vida muy de burbuja, en la que todo estaba calibrado. La música, la vida social-familiar, todo bajo control. Pero de repente sentí la necesidad, quizás porque mi abuelo estaba envejeciendo, de buscar un apoyo en otra parte.

Nicanor va a cumplir 103. ¿Qué te ha pasado con que él envejezca?
Sentí que todo el apoyo que tenía ahí se estaba debilitando. Que esta cosa Parra se iba a desarmar, que era una torre que se podía caer y lo veía como algo catastrófico. Quería buscar un apoyo emocional, ver cómo se sentía una relación de pareja. Ahí me encontré con un mundo que no respondía a nada de lo que yo tenía pensado. Me caí antes que la torre.

¿Experimentaste la desilusión?
Me desilusioné de muchas cosas y en el disco se lee entre líneas.

Tololo significa “a la altura de Dios” o “al borde del abismo” en aymara. ¿Le has encontrado sentido al apodo que te dio tu padre?
Cada vez toma más sentido. En el ámbito cultural-creativo estoy en una posición privilegiada, tiene una altura. Pero estar en altura tiene sus riesgos.

¿Tololo Ugarte o Tololo Parra?
Tololo. Sin apellido. Los apellidos son una carga que no suma ni resta.

 

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