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27 julio, 2016
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Tradición tejedora

Una historiadora en Santiago, un grupo de tejedoras en Panguipulli y unas alpacas vivas que viajarían a Europa. Acá, el relato de cómo se tejieron los primeros chales de Magdalena Le Blanc.

Por Alejandra Apablaza / Fotografía Rosario Oddó / Ilustraciones: Sofía Maturana


Paula 1205. Sábado 30 de julio de 2016

Magdalena camina por su taller con pelusas de lana pegadas en la ropa. Sentada en un rincón, una joven mujer anuda los flecos de una manta tan concentrada que apenas levanta la cabeza. Es Roxana, una de las tejedoras que trabaja con Magdalena. Roxana era parte del grupo de tejedoras que Magdalena reunió en una sede social en Panguipulli, hace 11 años, cuando todo esto comenzó.

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Eres historiadora, ¿en qué momento decidiste cambiar de rubro?
Estudié Historia y Estética. Hacía investigación y escribía. Pasaba los veranos en el sur, en un campo donde había un criadero de alpacas, las que esquilaban año por medio para exportarlas a Europa. En ese momento yo estaba escribiendo un libro sobre el vino chileno y no tejía. Había escuchado que se estaban acumulando kilos y kilos de vellón de alpaca y que años atrás hubo un intento por usar ese material con tejedoras de la zona, pero nadie continuó ese proyecto. Me di cuenta de que yo tenía que hacer algo.

¿Para aprovechar esa materia prima?
Y también porque es parte de la cultura que hay que preservar. En la época precolombina había alpacas en todo Chile, de a poco fueron desapareciendo. Yo necesitaba un cambio de aire y esta era una oportunidad de hacer algo distinto. Me daba vueltas la idea de trabajar con las mujeres de la zona. Ellas sabían tanto y varias estaban dedicadas a otras cosas. De vuelta a Santiago, tomé clases y aprendí a hilar, a teñir y a tejer a telar. No con la idea de hacer todo el proceso sola, mi inquietud tenía que ver con reunir a esas mujeres y trabajar con ellas.

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¿Cómo partiste?
Como no conocía a nadie, fui directo a la Municipalidad de Panguipulli. Quería saber si había alguna agrupación de tejedoras o si se juntaban en algún lado. Me contactaron con un lonco que era muy conocido y se corrió la voz. Al principio llegaron 15 mujeres. Nos empezamos a juntar en una sede social a hilar, luego les compré telares y me puse a dirigir más seriamente el grupo. Les pagaba por el trabajo hecho y ellas quedaban felices Siguieron llegando mujeres, llegamos a ser 30.

En ese momento, ¿ya estabas vendiendo los tejidos?
Sí, pero todo fue muy lento y muy a pulso. Vendía las mantas y chales a la gente conocida, luego empecé a ir a ferias de decoración. Me comprometí con el tema. Yo conocía al público que compraría el trabajo de estas mujeres y ellas tenían todo el conocimiento para trabajar. Se formó una especie de cooperativa donde yo trabajaba conectando esos mundos.

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¿Cómo es el público que compra?
Es gente que valora el trabajo hecho a mano. Le gusta conocer la historia y la procedencia de lo que está comprando. No transa en la calidad ni en la factura. Son exigentes y pagan por ello.

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¿Y cómo les transmites eso a tus tejedoras?
Soy exigente también. Ellas saben que si algo queda mal yo no lo voy a poder vender y todas trabajamos para un mismo fin. No hay paternalismos, eso se los dejo claro. Hay mujeres muy emprendedoras como la Sara Garrido, la Rosalía y Ángela Collinahuel, la Roxana y la Liliana Hueicha, que se vinieron a Santiago a trabajar conmigo.

“Tomé clases y aprendí a hilar, a teñir y a tejer a telar. No con la idea de hacer todo el proceso sola, mi inquietud tenía que ver con reunir a las mujeres de Panguipulli y trabajar con ellas”, recuerda Magdalena en su taller en Santiago.

¿Cuáles han sido tus mayores dificultades?
Me he tenido que enfrentar a mil adversidades. Al principio lo más difícil era el verano. Muchas mujeres preferían trabajar en las cosechas porque pagaban más. El hilado de alpaca es distinto al hilado de lana de oveja: primero se hila y después se lava porque bota mucho polvillo y es necesario hacerlo al aire libre, el verano es ideal. Hubo muchas temporadas en que me faltaron manos. También mi fuente de materia prima cambió; ya no tengo los kilos de vellón de alpaca que tenía antes. Hoy en Europa crían sus propias alpacas y la cantidad de vellón que tengo no es la misma. Con eso tuve que revisar el proyecto y trazar nuevamente el camino. Me abrí a nuevos materiales, ya no trabajo solo con alpaca, ahora tengo prendas en lana de oveja y lino con detalles bordados. Tampoco sigo con el mismo grupo de tejedoras, ya no sería rentable para nadie porque mis proveedores no están solo en el sur. Ahora trabajo con la Roxana y su hermana en Santiago y con algunas mujeres de La Ligua.

¿Qué cosas no han cambiado?
Sigo involucrándome en todo el proceso para mantener la calidad con la que partí. Aunque mis gustos van variando, siempre he sentido que estos tejidos no son los protagonistas de un ambiente. Son cálidos, austeros y honestos. Me gusta que perduren y que sean versátiles. Son un complemento, no la estrella de la decoración. Por eso creo que son eternos.

Lavar una fibra natural

Magdalena pone mucho énfasis en la postventa. Sabe que un mal lavado puede acabar con una prenda tejida. Estas son las claves para lavar una fibra natural:
1. Lavar el tejido con la misma temperatura de agua. Las fibras naturales son muy sensibles a los cambios de temperatura, si se usa agua tibia al principio, no cambiar a agua fría en el enjuague.
2. Usar jabón de glicerina.

3. No estrujar. Sumergir la prenda completa y mover suavemente. Quitar el exceso de agua sin torcer la prenda.
4. No usar centrífuga ni secadora. Dejar la prenda sobre una superficie plana o colgar a la sombra sin que se arrugue.
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