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7 septiembre, 2016
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Susan Sontag: La primera it girl

La nueva biografía de una de las mayores intelectuales norteamericanas revela las facetas de una mujer extraordinaria, que supo combinar como nadie en su época la belleza, la fama y el intelecto.

Por Andrés Benítez / Fotografía hecha en 1972 por Henri Cartier-Bresson, propiedad de Magnum Photos. Original en blanco y negro.


Paula 1208. Especial Moda, sábado 10 de septiembre de 2016.

Hay dos maneras de aproximarse a la vida de Susan Sontag. La primera, y más obvia, es a través de su obra. Considerada una de las intelectuales más destacadas de Estados Unidos, sus ensayos son hoy piezas de culto. Pero también está el personaje. Una mujer guapa, con estilo, glamorosa, irresistible, que se transformó en un ícono de su generación.

Sí hay dos manera de ver la vida de la Sontag, pero es la unión de ambas –su intelecto y glamour– lo que la hace irresistible. Fue ella quizás la primera en unir la alta inteligencia con el estilo. Así se convirtió en una superestrella, sin ser una actriz. En un ícono de la moda, sin ser modelo. En una agitadora, sin ser revolucionaria.

Algunos la califican como la primera “it girl” de la historia. Claro, este apelativo se usa hoy para describir a una serie de chicas guapas, de familias millonarias, conocidas por recorrer el mundo de fiesta en fiesta. Lo de Susan Sontag era distinto, porque fue una “it girl” intelectual. Era bonita, frecuentaba ambientes donde coincidía con artistas famosos, estrellas de cine, pero lo suyo era el intelecto.

Su gran debilidad fue buscar la fama. Pero, a diferencia de muchos, quería alcanzarla por su inteligencia. Es cierto, para ello, no dudó en promocionar su encanto y belleza, pero nunca cedió en lo suyo, lo intelectual. En el camino corrió la barrera de lo que se debía o no hacer. Fue pionera en tratar temas como el cine o la música como aspectos fundamentales de la cultura. De alguna manera, creó el concepto de cultura popular.

También fue precursora al salir de un reducido nicho de las publicaciones intelectuales, y no dudó en escribir ensayos de calidad en revistas de moda como Vogue o Esquire, incluso en Playboy, que le aseguraban una difusión mayor a sus ideas. De esta manera, rápidamente se convirtió en un referente cultural de su época.

En esto, su relación con la fama fue siempre ambivalente. Cada vez que la acosaba, se retiraba para no perder su aura de inteligencia. Le gustaban los focos, pero odiaba aparecer banal. Por eso no dudó en rechazar escribir la famosa columna de cine de la revista Esquire y también se negó a prologar un exclusivo libro de arte del artista pop Robert Rauschenberg. En la ocasión señaló: “¿No sería esta una de esas ocasiones ultra chic –yo y Rauschenberg–, predestinada a ser comentada en revistas sociales, confirmando mi imagen de ‘it girl’ que estoy tratando de sacarme de encima?”. Pero esta actitud se iba enredando en una complicada estrategia que consistía tanto en la búsqueda como en el rechazo de la popularidad. Como señala Daniel Schreiber, en su reciente libro Susan Sontag, intelectualidad y glamour, al mismo tiempo que quería alejarse de la fama, no dudaba en mantener un affaire con Warren Beatty, quien en aquel momento estaba en el auge de su carrera por la película Bonnie and Clyde. Beatty no fue el único en caer en sus encantos.

Susan Sontag (1933-2004), American writer, France, on November 3, 1972. (Photo by Jean-Regis Rouston/Roger Viollet/Getty Images) Huty18146 Literature american Writer portrait smile desk study typewriter library bookcase cigarette

Susan Sontag retratada por Jean-Regis Rouston. Original en blanco y negro.

Leyendas del arte como Jasper Johns e incluso Bobby Kennedy también se rindieron a ella. En este proceso, tampoco dejó de participar de los Screen Test de Andy Wharhol, esas películas de tres minutos, que representaban el quién es quién de la vanguardia de Nueva York de los 60.

Gracias a sus textos y a su personalidad, el renombre de Sontag alcanzó el estatus de estrella intelectual. Su consagración final llegó con la publicación del libro Contra la interpretación, que recopilaba una serie de ensayos publicados en diversas revistas.

El éxito fue rotundo. El texto que lleva el nombre del libro se convirtió en un referente de la crítica de literatura, arte o cine. Para qué hablar de Notas sobre lo camp –otro de los capítulos– que definió lo que estaba in y out de toda una generación.

Con esto, la crítica se rindió a sus pies. A la edad de 33 años, la revista Time, la mayor de su tiempo, la denominó una de las intelectuales jóvenes más talentosas del país. Más enfático fue The New York Times, que señaló: “de pronto, ahí estaba Susan Sontag; en lugar de ser anunciada, fue proclamada. No se había deslizado con modestia y vacilación en la escena intelectual, sino que entró de pronto y de la nada, recibida con algo similar a un desfile de carnaval”.

Su gran debilidad fue buscar la fama. Pero, a diferencia de muchos, quería alcanzarla por su inteligencia, es cierto, para ello, no dudó en promocionar su encanto uy belleza, pero nunca cedió en lo suyo, lo intelectual. En el camino corrió la barrera de lo que debía o no hacer.

Y así se convirtió en una diva. Tenía todos los atributos de una estrella. Sus fotografías de la época eran objeto de estudio. La muestran como una chica jovial, a menudo en poses elegantes y pensativas, sonriendo distraída o descalza, en jeans, apoyada contra el marco de una puerta. Cuando entraba a un fiesta, su actitud
era tal, que todos los presentes se daban vuelta a mirarla. Era una figura bella y dramática que exigía la atención de los otros en forma natural. Su carácter también seguía los parámetros de una superestrella. Era capaz de ser muy simpática, casi seductora con la gente de la que quería una cosa. Pero también implacable con la tontera. Tampoco dudaba en increpar duramente a los periodistas que no le rendían la reverencia suficiente y, en un oportunidad, se retiró de un almuerzo porque uno de sus compañeros de mesa no la reconoció.

Toda esta fama estuvo cruzada con una vida personal bastante agitada. Si bien ella se casó cuando tenía solo 17 años con un profesor mientras era estudiante de la Universidad de Chicago, relación de la cual nació su único hijo David, luego de su separación comenzó una serie de aventuras amorosas con hombres y mujeres, siendo la más recordada la relación que mantuvo con la fotógrafa Annie Leibovitz. Se trataba de la unión de dos celebridades toda vez que Leibovitz era una estrella de la fotografía, famosa por sus retratos en Vanity Fair y Rolling Stone.

Arriba y abajo: fotografiada por su pareja Annie Leibovitz. Originales en blanco y negro.

Sontag, de 55 años, conoció a Annie Leibovitz en 1988, cuando esta tenía 39. Rápidamente se convirtieron en la pareja de moda de Nueva York. Pese a ello, ambas siempre negaron presentarse como tal, haciendo oídos sordos al movimiento de gays y lesbianas que se los pedía una y otra vez. Pero Sontag siempre se negó. Y la prensa la respetó. Solo al final de su vida, en un par de entrevistas, reconoció que había estado con hombres y mujeres, pero que nunca le pareció algo que mereciera ser explicado.

Más que pudor, da la impresión de que Susan Sontag, así como luchó todo el tiempo por no ser considerada un escritora feminista, tampoco quería la etiqueta de escritora lesbiana.

Igual fue la relación más importante de Sontag, que solo terminó con su muerte, en diciembre de 2004 producto de un cáncer, enfermedad contra la que había dado una dura batalla por largos años. Fue un final doloroso para una mujer que, por sobre todo, amó la vida. En la últimas fotos que Leibovitz hizo de su compañera, Sontag ya no es reconocible. La posterior publicación de la imágenes de su enfermedad en el libro A Photografer’s Life, significó muchas críticas a Leibovitz. Sus amigos la acusaron de falta a la ética, pero la fotógrafa se defendió diciendo que Sontag, por su espíritu ilustrado y ambicioso en lo artístico, la habría apoyado. No es fácil saber la respuesta a esta polémica. Por un lado, es cierto que era una intelectual arriesgada, que buscaba correr los límites. Pero también que era una diva y nunca se dejó fotografiar si no aparecía bella. Así, la respuesta siempre estará en el aire, tal como posiblemente le hubiera gustado a Susan Sontag.

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