Mundo Paula

Delia Vergara

Por

Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

Directora revista Paula 1967- 1975

Guardo como un tesoro la carta que me escribió Roberto Edwards para ofrecerme crear la revista Paula. Recuerdo la luz de ese momento en la ventana de mi casa en Ginebra, la premonición de que algo grande venía.

Le di un resonante sí.

Me contaba que había comprado maquinaria nueva para hacer revistas en papel couché. Yo venía saliendo de un posgrado de periodismo en la Universidad de Columbia y estaba en Ginebra acompañando a mi marido que trabajaba en Naciones Unidas.

Roberto sabía quién era yo y cómo pensaba, y tuvo el ojo y el atrevimiento de ofrecerme crear la revista que soñó.

Trabajé el proyecto en Ginebra. Plácidamente embarazada de mi hija Andrea, asumí al mismo tiempo el embarazo de la futura Paula.

Tenía a mi alcance todas las revistas de mujeres del mundo.  Roberto me mandaba las chilenas y yo quedaba impactada. Eran tan anticuadas, provincianas y aburridas que ni siquiera tenía paciencia para leerlas.

El espacio para una revista moderna, actual, era evidente. Yo me sentía lista para hacerla, a pesar de que tenía 26 años y no había trabajado nunca.

Las lumbreras que invité a formar el primer equipo de eran, la mayoría, compañeras de Periodismo en la Universidad de Chile.

Amanda Puz, la subdirectora, era mi amiga desde el primer año. Admiraba su sensibilidad para observar, su facilidad para hacer contacto, su curiosidad y cómo lo iluminaba todo con una escritura suelta y cristalina. A Amanda le interesaban los temas sociales. Sus reportajes nos mantuvieron permanentemente aterrizadas en el país en que vivíamos.

Con la genialidad de Isabel Allende me encontré en Ginebra, cuando su madre me invitaba a leer las fantásticas cartas que le enviaba desde Chile. Descubrí  ahí a la escritora, que trabajaba de secretaria en la FAO y no había ido nunca a la universidad.

Me impactó el arrojo de Malú Sierra cuando, además de buena alumna, se hizo candidata y luego Reina del Pedagógico. A mi vuelta ya se había forjado un nombre en el periodismo con reportajes originales y bien escritos.

Y cómo no le iba a pedir a Constanza Vergara que se encargara de la moda, cuando en la Universidad todas nos vestíamos de cualquier manera y ella no pues, con poco, a pura creatividad y buen gusto parecía modelo.

Roberto aportó el equipo de diseño, él sabía de eso. Trajo al argentino Normal Calabrese, que llegó con su discípula predilecta, la maravillosa Isabel Margarita Aguirre, a hacerse cargo del arte.

Ese fue el equipo pionero. Cuando nos juntamos a trabajar hicimos química instantánea.

Había tanto que innovar. Desde luego hacer periodismo sobre los temas de mujeres, algo que no existía. Romper el silencio sobre los problemas de la vida íntima, que eran tabú. Abrirle espacio a la moda, la cocina, al arte chileno. Desde el comienzo nos propusimos hablarlo todo, no esconder lo problemático debajo de la alfombra.

Nuestro primer número apareció en julio de 1967 y de ahí en adelante nos deslizamos en un tobogán de éxito y satisfacción. Las mujeres nos siguieron en tropel. En los 70 llegamos a vender 120.000 ejemplares, dejamos muy atrás a todas las revistas chilenas, hicimos historia.

Golpeamos y dimos que hablar a partir del primer número. Yo escribí sobre la píldora anticonceptiva, la famosa píldora, panacea para las mujeres de la que nadie les hablaba, ni siquiera los médicos, por temor a que cayeran en un supuesto “libertinaje sexual”.

Yo había sido educada sobre anticoncepción en Ginebra. Apenas aterricé ahí, recién casada, llegué a consultar a una ginecóloga que después de examinarme me preguntó:

-¿Usted quiere tener hijos ahora?

-¿Se puede no tenerlos?, le pregunté sorprendida.

-Por supuesto que se puede, me contestó, ¡existe la píldora anticonceptiva!

Salí de ahí instruida y con receta. Cómo no íbamos a dar esa buena noticia a las chilenas en el primer número.

Desde el comienzo golpeamos con temas desafiantes.

Isabel Allende provocó tremendo revuelo con su “Entrevista a una mujer infiel”.  Tuvimos noticia de que el artículo había sido denostado hasta en los púlpitos. La transgresión consistía en poner la infidelidad femenina en el mismo plano que la masculina. La entrevistada era una mujer que, igual que tantos hombres, tenía un amante y no quería romper su matrimonio. Tuvimos una espectacular alza en las ventas después la infiel, lo que nos alentó a seguir rompiendo tabúes.

Cada tanto hacíamos reportajes sobre el aborto clandestino y el peligro al que se sometían las mujeres cuando no podían criar un hijo. De inmediato se armaban acaloradas polémicas que ocupaban páginas y páginas de nuestra popular “Tribuna de las lectoras”.

Eran tiempos en que no había atado con las drogas, eran legales.  La marihuana campeaba en las fiestas y muchos jóvenes vivían en comunidad explorando con el LSD y toda clase de sustancias. El tema, sumamente atingente para mujeres y familias, tampoco tenía cabida en los medios.

Amanda se mandó otro golpe a la cátedra con un completo reportaje sobre la marihuana.  Isabel Allende se tomó un LSD para contar como era la experiencia; logró que la aceptaran de bataclana en el Bim Bam Bum para conocer en su salsa a esas mujeres.

Éramos arrojadas, curiosas, no le teníamos miedo a nada.

Las reuniones de pauta eran el momento sagrado en que nos juntábamos a discutir, planear, crear y reírnos muchísimo. Los hombres eran tema principal, y sobre todo los problemas que empezábamos a tener con nuestros hombres. Profesionales, enamoradas de nuestro trabajo, moviéndonos libremente entre fotógrafos, entrevistados y eventos, muy pronto en la intimidad nos empezó a apretar el machismo.

No llegamos feministas a Paula, no habíamos ni siquiera leído a Simone de Beauvoir, pero muy pronto nos vimos haciendo el malabarismo agotador que nos imponía nuestra condición de casadas y profesionales exitosas, y abrimos los ojos.

Eran tiempos revolucionarios en Chile, la política lo abarcaba todo, corríamos el riesgo de tornarnos irrelevantes, porque de política no queríamos nada, no podíamos. En el equipo convivían todas las visiones en pugna y el tema no se tocaba.  Eso nos llevó a tomar la acertada decisión de abrazar la única revolución que no ha fracasado, la revolución lenta pero segura de las mujeres para lograr su libertad y cambiar los términos de la convivencia.  En nuestras páginas empezaron a aparecer las ideas de las más destacadas líderes feministas.

No fuimos confrontacionales. A todas nos gustaban los hombres y no queríamos una guerra de los sexos. Nos sabíamos fuertes y más bien los mirábamos como si estuvieran en desventaja. Esta mirada la plasmó genialmente Isabel Allende en su columna “Civilice a su hombre”. Puso en evidencia al troglodita, esa simple, infantil, dependiente y desubicada creatura que osaba querer ponernos el pie encima.  El humor de Isabel fue un arma más disuasiva que muchos sesudos tratados feministas.

Roberto convivía con nosotras sin conflicto. El éxito de Paula lo ponía contento y lo que escribíamos lo tenía sin cuidado. Conociendo su talento para la fotografía, lo convencí de que se incorporara al equipo como fotógrafo de moda, oficio que en ese tiempo prácticamente no existía. Construyó un estudio espectacular, se trajo equipos supersónicos y empezaron a aparecer en nuestras páginas sus fotos maravillosas. En ese tiempo se destapó el artista que floreció después.

Él y Constanza se entendían sin hablar. Ella tenía revolucionada la incipiente moda chilena, que se reducía a un par de boutiques en Providencia y unas mujeres emprendedoras que hacían tejidos preciosos en sus casas. Las recorría una y otra vez mandándoles hacer las ropas para fotografiar, que por acuerdo editorial tenía que ser “ponible y copiable”. Descubrió genios, como Marco Correa, Maria Inés Solimano, Mónica Gelcic, Nelly Alarcón.

También éramos caseras. La sección casa/decoración/labores la llevaba al comienzo Isabel Allende, que le hacía a todo, incluso al Correo del Amor. Se aburrió luego y tuvimos que profesionalizarnos. Llegó a encargarse una mujer creativa y busquilla, Mónica Bravo. La cocina para todas era chino, la única que entendía algo era, por supuesto, Isabel, hija de embajadores. Terminó trayendo a su mamá, Panchita Llona, la embajadora en persona, quien por años se encargó de las recetas.

Una primera pérdida la sufrimos cuando Roberto se fue a vivir a Estados Unidos después que Allende salió elegido Presidente.  Perdimos ese apoyo incondicional y al fotógrafo de lujo que trabajaba sin costo para nuestro presupuesto.

Su partida de provocó un serio descalabro, pensamos que la Editorial y la revista se iban al tacho, pero no, llegaron a hacerse cargo los ejecutivos de El Mercurio.

Por primera vez me vi sometida a miradas reprobadoras.  Se me convocaba a un almuerzo de mantel largo en las oficinas de la Dirección cada vez que aparecía la revista, y me la tenían subrayada de amarillo, haciéndome notar lo que les parecía mal. Sin embargo, la primera vez que pasé ese examen, Hernán Cubillos, el nuevo presidente de la Editorial, me dijo una frase para el bronce que me dejó tranquila: “Con el éxito no se discute, Delia”.

Seguimos navegando a toda vela en un tiempo en que la libertad se adueñó de Chile y de los medios. La revista vendía y vendía, y con el éxito no se discutía.

Mi tiempo feliz en Paula terminó literalmente de golpe, con el golpe militar.  Persiguieron a Amanda, que debió exiliarse. Isabel Allende se fue a Venezuela. Paula se quedó sin sus dos puntales y yo sin dos amigas irreemplazables.

El país entró al oscurantismo. Paula dejó de ser Paula para mí, no tenía lenguaje para manejar una revista en la nueva cultura que se instalaba en Chile. Me fui poniendo cada día más triste y desmotivada.

Roberto volvió de Estados Unidos a fines del 73 y durante más de un año intentamos volver a congeniar. No hubo caso, él venía cambiado y yo no quería ni podía asimilarme a su nueva visión de la revista. Me puse rebelde y provocadora. Un día llegó a mi oficina apesadumbrado, se sentó al frente y con lágrimas en los ojos me dijo: te tienes que ir.

Fue doloroso, pero yo sabía que no podía seguir ahí.

Me costó encontrar un lugar en ese nuevo Chile dictatorial y machista, pero logré reinventarme y seguir adelante creando medios muy distintos a Paula. Trabajé siempre en lo que me hacía sentido, pero debo confesar que nunca logré el apoyo ni la satisfacción de esos tiempos felices.

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