Equipo fundador 50×4

Mundo Paula

Equipo fundador 50×4

Por Ilustración: Manuela Montero

Formaron parte de los cimientos de Paula y, junto con el país y la revista, fueron cambiando ellas. ¿Qué queda de esas mujeres que en 1967 aprovecharon los aires nuevos que soplaban para volar? ¿Cuánto evolucionaron en estas cinco décadas, desde que estaban partiendo hasta que construyeron poderosas carreras profesionales? Delia Vergara, la visionaria fundadora; Isabel Allende, hoy Premio Nacional de Literatura y best seller internacional; Amanda Puz, mítica subdirectora de Paula entre 1967 y 1974 y hoy radicada en Lyon, y Malú Sierra, periodista aguda y jugada, escritora y ecologista, escriben sobre su camino de mujer, y sus recuerdos.

Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

Delia Vergara

“Guardo como un tesoro la carta que me escribió Roberto Edwards para ofrecerme crear la revista Paula. Recuerdo la luz de ese momento en la ventana de mi casa en Ginebra, la premonición de que algo grande venía. Le di un resonante sí.

Me contaba que había comprado maquinaria nueva para hacer revistas en papel cuché. Yo venía saliendo de un postgrado de Periodismo en la Universidad de Columbia y estaba en Ginebra acompañando a mi marido que trabajaba en Naciones Unidas.

Roberto sabía quién era yo y cómo pensaba y tuvo el ojo y el atrevimiento de ofrecerme crear la revista que soñó.

Trabajé el proyecto en Ginebra. Plácidamente embarazada de mi hija Andrea, asumí al mismo tiempo el embarazo de la futura Paula.

Tenía a mi alcance todas las revistas de mujeres del mundo. Roberto me mandaba las chilenas y yo quedaba impactada. Eran tan anticuadas, provincianas y aburridas que ni siquiera tenía paciencia para leerlas.

El espacio para una revista moderna, actual, era evidente. Yo me sentía lista para hacerla, a pesar de que tenía 26 años y no había trabajado nunca.

Las lumbreras que invité a formar el primer equipo eran, la mayoría, compañeras de Periodismo en la Universidad de Chile.

Amanda Puz, la subdirectora, era mi amiga desde el primer año. Admiraba su sensibilidad para observar, su facilidad para hacer contacto, su curiosidad, y cómo lo iluminaba todo con una escritura suelta y cristalina. A Amanda le interesaban los temas sociales. Sus reportajes nos mantuvieron permanentemente aterrizadas en el país que vivíamos.

Con la genialidad de Isabel Allende me encontré en Ginebra, cuando su madre me invitaba a leer las fantásticas cartas que le enviaba desde Chile. Descubrí ahí a la escritora, que trabajaba de secretaria en la FAO y no había ido nunca a la universidad.

Me impactó el arrojo de Malú Sierra cuando, además de buena alumna, se hizo candidata y luego Reina del Pedagógico. A mi vuelta ya se había forjado un nombre en el periodismo con reportajes originales y bien escritos.

Y cómo no le iba a pedir a Constanza Vergara que se encargara de la moda, cuando en la universidad todas nos vestíamos de cualquier manera y ella no pues, con poco, a pura creatividad y buen gusto parecía modelo.

Roberto aportó el equipo de diseño, él sabía de eso. Trajo al argentino Normal Calabrese, quien llegó con su discípula predilecta, la maravillosa Isabel Margarita Aguirre, a hacerse cargo del arte.

Ese fue el equipo pionero. Cuando nos juntamos a trabajar hicimos química instantánea.

Había tanto que innovar. Desde luego hacer periodismo sobre los temas de mujeres, algo que no existía. Romper el silencio sobre los problemas de la vida íntima, que eran tabú. Abrirle espacio a la moda, a la cocina, al arte chileno. Desde el comienzo nos propusimos hablarlo todo, no esconder lo problemático debajo de la alfombra.

Nuestro primer número apareció en julio de 1967 y de ahí en adelante nos deslizamos en un tobogán de éxito y satisfacción. Las mujeres nos siguieron en tropel. En los 70 llegamos a vender 120.000 ejemplares, dejamos muy atrás a todas las revistas chilenas, hicimos historia.

Golpeamos y dimos que hablar a partir del primer número. Yo escribí sobre la píldora anticonceptiva, la famosa píldora, panacea para las mujeres de la que nadie les hablaba, ni siquiera los médicos, por temor a que cayeran en un supuesto “libertinaje sexual”.

Yo había sido educada sobre anticoncepción en Ginebra. Apenas aterricé ahí recién casada llegué a consultar a una ginecóloga, que después de examinarme me preguntó:

–¿Usted quiere tener hijos ahora?

–¿Se puede no tenerlos?, le pregunté sorprendida.

–Por supuesto que se puede, me contestó, ¡existe la píldora anticonceptiva!

Salí de ahí instruida y con receta. Cómo no íbamos a dar esa buena noticia a las chilenas en el primer número.

Desde el comienzo golpeamos con temas desafiantes.

Isabel Allende provocó tremendo revuelo con su Entrevista a una mujer infiel. Tuvimos noticia de que el artículo había sido denostado hasta en los púlpitos. La transgresión consistía en poner la infidelidad femenina en el mismo plano que la masculina. La entrevistada era una mujer que, igual que tantos hombres, tenía un amante y no quería romper su matrimonio. Tuvimos una espectacular alza en las ventas después de la infiel, lo que nos alentó a seguir rompiendo tabúes.

Cada tanto hacíamos reportajes sobre el aborto clandestino y el peligro al que se sometían las mujeres cuando no podían criar un hijo. De inmediato se armaban acaloradas polémicas que ocupaban páginas y páginas de nuestra popular Tribuna de las lectoras.

Eran tiempos en que no había atado con las drogas, eran legales. La marihuana campeaba en las fiestas y muchos jóvenes vivían en comunidad explorando con el LSD y toda clase de sustancias. El tema, sumamente atingente para mujeres y familias, tampoco tenía cabida en los medios.

Amanda se mandó otro golpe a la cátedra con un completo reportaje sobre la marihuana. Isabel Allende se tomó un LSD para contar cómo era la experiencia; logró que la aceptaran de bataclana en el Bim Bam Bum para conocer en su salsa a esas mujeres.

Éramos arrojadas, curiosas, no le teníamos miedo a nada.

Las reuniones de pauta eran el momento sagrado en que nos juntábamos a discutir, planear, crear y reírnos muchísimo. Los hombres eran tema principal, y sobre todo los problemas que empezábamos a tener con nuestros hombres. Profesionales, enamoradas de nuestro trabajo, moviéndonos libremente entre fotógrafos, entrevistados y eventos, muy pronto en la intimidad nos empezó a apretar el machismo.

No llegamos feministas a Paula, no habíamos ni siquiera leído a Simone de Beauvoir, pero muy pronto nos vimos haciendo el malabarismo agotador que nos imponía nuestra condición de casadas y profesionales exitosas, y abrimos los ojos.

Eran tiempos revolucionarios en Chile, la política lo abarcaba todo, corríamos el riesgo de tornarnos irrelevantes, porque de política no queríamos nada, no podíamos. En el equipo convivían todas las visiones en pugna y el tema no se tocaba. Eso nos llevó a tomar la acertada decisión de abrazar la única revolución que no ha fracasado, la revolución lenta pero segura de las mujeres para lograr su libertad y cambiar los términos de la convivencia. En nuestras páginas empezaron a aparecer las ideas de las más destacadas líderes feministas.

No fuimos confrontacionales. A todas nos gustaban los hombres y no queríamos una guerra de los sexos. Nos sabíamos fuertes y más bien los mirábamos como si estuvieran en desventaja. Esta mirada la plasmó genialmente Isabel Allende en su columna Civilice a su hombre. Puso en evidencia al troglodita, esa simple, infantil, dependiente y desubicada creatura que osaba querer ponernos el pie encima. El humor de Isabel fue un arma más disuasiva que muchos sesudos tratados feministas.

Roberto convivía con nosotras sin conflicto. El éxito de Paula lo ponía contento y lo que escribíamos lo tenía sin cuidado. Conociendo su talento para la fotografía, lo convencí de que se incorporara al equipo como fotógrafo de moda, oficio que en ese tiempo prácticamente no existía. Construyó un estudio espectacular, se trajo equipos supersónicos, y empezaron a aparecer en nuestras páginas sus fotos maravillosas. En ese tiempo se destapó el artista que floreció después.

Él y Constanza se entendían sin hablar. Ella tenía revolucionada la incipiente moda chilena, que se reducía a un par de boutiques en Providencia y unas mujeres emprendedoras que hacían tejidos preciosos en sus casas. Las recorría una y otra vez mandándoles hacer las ropas para fotografiar, que por acuerdo editorial tenía que ser ponible y copiable. Descubrió genios, como Marco Correa, Maria Inés Solimano, Mónica Gelcic, Nelly Alarcón.

También éramos caseras. Las secciones sobre casa, decoración y labores las llevaba al comienzo Isabel Allende, que le hacía a todo, incluso al Correo del Amor. Se aburrió luego y tuvimos que profesionalizarnos. Llegó a encargarse una mujer creativa y busquilla, Mónica Bravo. La cocina para todas era chino, la única que entendía algo era, por supuesto, Isabel, hija de embajadores. Terminó trayendo a su mamá, Panchita Llona, la embajadora en persona, quien por años se encargó de las recetas.

Una primera pérdida la sufrimos cuando Roberto se fue a vivir a Estados Unidos después que Allende salió elegido Presidente. Perdimos ese apoyo incondicional y al fotógrafo de lujo que trabajaba sin costo para nuestro presupuesto.

Su partida provocó un serio descalabro, pensamos que la editorial y la revista se iban al tacho, pero no, llegaron a hacerse cargo los ejecutivos de El Mercurio.

Por primera vez me vi sometida a miradas reprobadoras. Se me convocaba a un almuerzo de mantel largo en las oficinas de la Dirección cada vez que aparecía la revista, y me la tenían subrayada de amarillo, haciéndome notar lo que les parecía mal. Sin embargo, la primera vez que pasé ese examen, Hernán Cubillos, el nuevo presidente de la editorial, me dijo una frase para el bronce que me dejó tranquila: “Con el éxito no se discute, Delia”.

Seguimos navegando a toda vela en un tiempo en que la libertad se adueñó de Chile y de los medios. La revista vendía y vendía, y con el éxito no se discutía.

Mi tiempo feliz en Paula terminó literalmente de golpe, con el golpe militar. Persiguieron a Amanda, quien debió exiliarse. Isabel Allende se fue a Venezuela. Paula se quedó sin sus dos puntales y yo sin dos amigas irremplazables.

El país entró al oscurantismo. Paula dejó de ser Paula para mí, no tenía lenguaje para manejar una revista en la nueva cultura que se instalaba en Chile. Me fui poniendo cada día más triste y desmotivada.

Roberto volvió de Estados Unidos a fines del 73 y durante más de un año intentamos volver a congeniar. No hubo caso, él venía cambiado y yo no quería ni podía asimilarme a su nueva visión de la revista. Me puse rebelde y provocadora. Un día llegó a mi oficina apesadumbrado, se sentó al frente y con lágrimas en los ojos me dijo: “Te tienes que ir”.

Fue doloroso, pero yo sabía que no podía seguir ahí.

Me costó encontrar un lugar en ese nuevo Chile dictatorial y machista, pero logré reinventarme y seguir adelante creando medios muy distintos a Paula. Trabajé siempre en lo que me hacía sentido, pero debo confesar que nunca logré el apoyo ni la satisfacción de esos tiempos felices”.

Isabel Allende

“¡Qué difícil sale comparar mi vida hace 50 años con la de ahora! Mi evolución nunca ha sido lineal, he avanzado y retrocedido a brincos y tropezones. En l967, cuando empecé a trabajar en Paula, tenía 25 años y me sentía antes que todo mamá de Paulita, de 3 años, y Nico, de pocos meses. Con mi marido, Miguel Frías, acabábamos de regresar de Europa, donde habíamos pasado un año estudiando y donde conocí brevemente a Delia Vergara. Vivíamos en una casita prefabricada con techo de coirón, que nos parecía un palacio. Estaba a punto de salir a buscar trabajo, porque necesitábamos otro sueldo y yo era demasiado inquieta para quedarme en la casa, cuando apareció Delia sorpresivamente a proponerme que escribiera algo humorístico para la revista que estaba creando, Paula. Con esa oferta me inicié en el periodismo y al poco tiempo me contrataron de planta. Mi ignorancia del oficio era total, escribía con faltas garrafales de ortografía y gramática, porque mi escolaridad fue de lo más accidentada, pero tuve una maravillosa maestra, Amanda Puz, quien me enseñó lo fundamental.

La primera imagen de esa época que me viene a la cabeza es de un Chile sobrio, clasista y mojigato, y de una Isabel curiosa e irreverente, que ni cuenta se daba de cómo la pelaban. Fueron años muy felices. Estaba enamorada de mi marido y de mis dos niños, me encantaba mi trabajo y me sentía dueña del mundo. El periodismo me permitía abordar cualquier tema o a cualquier persona sin timidez. Nunca me he sentido tan integrada a una comunidad como en ese tiempo bendito. Cada día aprendía algo nuevo. Vivía apurada, corriendo para alcanzar a cumplir con todas las responsabilidades que me echaba encima, pero siempre contenta. Me hacía cargo de la casa y de los niños sin ayuda del marido, como se usaba entonces, visitaba a diario a mi abuelo y a mis suegros, escribía lo que me pidieran en la Paula, colaboraba en la revista Mampato y poco después empecé a hacer televisión y escribir teatro. Además, tejía en forma compulsiva y me cosía toda la ropa. En la Paula se burlaban de mí porque yo era la más doméstica del grupo y trataba a Miguel como una geisha fiel –aunque bastante mandona– mientras predicaba el feminismo. Mis arrebatos de independencia consistían en no usar el apellido del marido, porque yo no era “de” nadie, y manejar mi plata sin ofrecer explicaciones. En todo lo demás era como esas esposas de los años 50, esperaba al marido con el pisco sour listo y le lustraba los zapatos.

Lo más entretenido de la Paula eran las reuniones de pauta, en que analizábamos el número recién publicado y planeábamos el que correspondía en el futuro, con dos meses de anticipación. En esas reuniones nos poníamos al día con la actualidad y proponíamos los temas, que Delia nos asignaba. A mí siempre me tocaban las latas que nadie quería hacer, como manualidades, decoración y cocina, y los reportajes más absurdos. Por ejemplo, aparecía un aviso clasificado en El Mercurio: “¿Quiere ser actriz? Preséntese en el Bim-Bam-Bum. Un metro setenta, bonita, buen sueldo, empleada particular”. Delia me lo asignaba, aunque yo era la única del equipo que no medía el metro setenta, porque según ella yo era la única que se atrevía. Y así yo terminaba vestida de corista en un teatro frívolo, con plumas en el rabo y una esmeralda pegada en el ombligo, ante el horror de mis suegros. Esa tremenda desfachatez y energía de la juventud me duró medio siglo. Solo ahora, que estoy en los 70, debo dosificarla un poco.

Creo haber sido feminista desde los 5 años, antes de que el término se conociera en Chile, porque intuía que era mucho más conveniente ser hombre. Mi madre era muy lista, pero era víctima de una sociedad y de una familia machista, católica, autoritaria y clasista. Yo no quería ser como ella, sino como mi abuelo. Fui una adolescente enojada con el mundo, pero no pude entender esa rabia ni canalizarla hasta que empecé a trabajar en la Paula, que desde el primer número se identificó como una revista femenina y feminista. Entonces leí autoras europeas y americanas y aprendí que existía un movimiento feminista desde hacía más de un siglo. Muy poco de eso se conocía en Chile y a nosotras, las mujeres de Paula, nos tocó la magnífica tarea de sacudir las telarañas del patriarcado nacional. ¡Para qué decir las reacciones adversas que provocábamos! Pero pagábamos el precio con gusto, porque por cada golpe recibido, dábamos dos.

Mis compañeras atacaban con un cuchillo entre los dientes, pero yo lo hacía con humor. Me burlaba de los hombres y ellos no lo tomaban a mal. “Tengo un amigo que es igual a tu troglodita,” me decían a cada rato. Siempre el amigo… Las periodistas de la Paula nos sentíamos poderosas, teníamos una misión. Pecábamos de ingenuas, creíamos que podíamos abarcarlo todo y que la lucha era tan razonable y justa, que en poco tiempo habríamos transformado a la sociedad. Han pasado varias décadas y Chile sigue siendo un país machista. Las madres tienen mucha culpa, porque crían a los hijos para ser servidos y a las hijas para servir. Ese no fue mi caso.

En la revista Paula pude medir mis fuerzas. Era evidente que las cuatro o cinco mujeres del equipo éramos mucho más lúcidas, trabajadoras y visionarias que los hombres que nos rodeaban, pero se requería el doble de esfuerzo para obtener la mitad de reconocimiento de cualquier hombre. En esa época acusaban a las feministas de ser unas lesbianas peludas y furiosas, pero nosotras defendíamos los valores femeninos tradicionales, como la maternidad o la coquetería. ¡Grandes contradicciones!

El mundo estaba cambiando, vinieron la píldora, la revolución sexual, la liberación femenina y mucho más. Paula seguía estando a la vanguardia y los temas, que antes eran muy polémicos y conflictivos, pasaron a formar parte de cualquier conversación normal. Pero entonces vino el golpe militar de 1973 y de un plumazo retrocedimos 20 años.

El equipo de Paula se desintegró, las periodistas fuimos rápidamente reemplazadas y la revista cambió por completo para adecuarse a la censura y al tono timorato y provinciano impuesto por la dictadura. En el plano personal nadie del equipo salió indemne. Amanda Puz partió al exilio de inmediato y yo me fui un año más tarde; a Malú la detuvieron dos veces y se quedó sin empleo; Delia navegó esos años haciendo periodismo muy valiente lejos de la revista que había formado.

Me fui con mi marido y mis hijos a Venezuela, con la idea de volver a Chile muy pronto; no imaginábamos que la dictadura duraría casi 17 años. El choque cultural fue enorme. Venezuela era otro planeta para nosotros, que veníamos de un Chile reprimido y pobretón. Era el segundo país más rico del mundo, después de Arabia Saudita, generoso, abundante, alegre y divertido, donde se trabajaba poco y cualquier pretexto servía para armar una fiesta. El machismo era más abierto que el chileno, los hombres andaban a la caza y ejercían su autoridad sin pudor, pero las mujeres eran más atrevidas y desafiantes que las chilenas. Había más mujeres profesionales que en Chile.

Andaban con taco aguja, medias y maquillaje a la moda, pero alcanzaban puestos altos en todos los campos y tenían acceso al divorcio y a anticonceptivos, entre otras cosas que nosotras no teníamos.

El aire estaba impregnado de erotismo. Hombres y mujeres disfrutaban su libertad por igual. La venezolanas se lucían con todo su plumaje, orgullosas de su capacidad de seducción. Por ejemplo, quien tenía un trasero formidable lo bamboleaba en pantalones ajustados color sandía, mientras que una chilena se lo habría tapado con una túnica almidonada. Desde el punto de vista feminista podía ser cuestionable, pero al poco tiempo le tomé el gusto a esa forma desenfadada de vivir y gozar. Llegué a aceptar mi trasero –que no era formidable, solo demasiado grande para mi metro cincuenta– y aprendí a cultivar la sensualidad, que después habría de servirme en la literatura.

En l981 escribí mi primera novela en la cocina de nuestro apartamento en Caracas. Trabajaba 12 horas diarias en un colegio y escribía de noche, en trance, a toda velocidad. Sentía que mi abuela me dictaba la historia desde el más allá. La casa de los espíritus, publicada en l982, fue un ejercicio de nostalgia y un intento desesperado de recuperar el mundo que había perdido y los recuerdos que empezaban a borrarse. Me salvó de una existencia banal, me dio una voz y pavimentó el camino para otros veintitantos libros. En los años siguientes fui aventurándome en un campo minado para las mujeres. El boom de la literatura latinoamericana” era un club exclusivamente masculino. Me costó mucho ser respetada. Aunque he tenido más aceptación entre los lectores que la mayoría de mis colegas masculinos, todavía hay quienes me descalifican y todavía suelo encontrarme con algún troglodita que me dice con cierto orgullo que él no lee libros escritos por mujeres.

Como tantas parejas en exilio, la mía también se deterioró. Mi marido trabajaba en provincia y yo me quedé con los niños en Caracas. Supongo que el fin habría sido inevitable aunque estuviéramos juntos, porque fuimos evolucionando en distintas direcciones. Finalmente nos separamos en l987, después de haber estado juntos casi 30 años, pero logramos salvar la amistad. Miguel se enamoró muy pronto de la mujer perfecta para él y regresó a Chile con su nueva familia; yo conocí a Willie Gordon unos meses más tarde, nos casamos y me instalé como inmigrante en California. Para entonces podía mantenerme con la escritura.

Estuve casada con Willie muchos años y nunca sentí de su parte ni el menor asomo de machismo. Antes de conocerme había pasado ocho años soltero, era autosuficiente, no se le pasaba por la mente la idea de ser servido y, cuando yo lo hacía, se desconcertaba. Le parecía sospechoso.

En Estados Unidos me sentí mucho mejor como escritora que en América Latina, porque hay cientos de autoras de gran éxito y las editoriales, conscientes de que las mujeres compran y leen más ficción que los hombres, las buscan. El machismo se nota bastante menos en el Hemisferio Norte, aunque también existe. Un libro tras otro fui ganando respeto como intelectual, se sumaron las críticas halagadoras, los premios, los doctorados, en fin, un reconocimiento que difícilmente habría obtenido en mi país.

Cuando Pinochet fue derrotado en el plebiscito volví a Chile por primera vez. Se sentía el peso de la dictadura en todos los ámbitos. Todavía había cautela, la gente andaba pisando huevos, el lenguaje estaba salpicado de eufemismos, reinaba un orden de cuartel. No reconocí al país, pero el reencuentro con las amigas fue fantástico, habíamos estado separadas por mucho tiempo y habíamos crecido en vías paralelas. Esas mujeres siguen siendo mis mejores amigas. Somos unas viejas tan irrespetuosas y luchadoras como las jóvenes que éramos en l967. Por el camino nos ha pasado de todo: pérdidas irreparables, divorcios, enfermedades, muerte de seres queridos, exilio y otras desgracias, pero también muchas cosas buenas, amistad, familia, amores exaltados y desamores fáciles de perdonar. Y todas somos feministas, por supuesto. Vemos con satisfacción a la juventud de ahora, que lucha por igualdad de género con la misma vehemencia nuestra hace medio siglo. Buena noticia, porque por un tiempo pareció que la liberación femenina estaba estancada o retrocediendo.

A los 75 años me siento sana y llena de entusiasmo. Sigo escribiendo, viajando y trabajando en mi fundación, cuya misión es, naturalmente, ayudar a mujeres y niñas de alto riesgo. Además, he vuelto a enamorarme como cabra chica. Llevo intactas por dentro a la niña, la joven y la mujer madura que fui, así como seguramente llevo también a la anciana que seré dentro de unos años. He tenido y sigo teniendo una vida plena. ¡Medio siglo pasó volando!”.

Amanda Puz

“Si escogiera una imagen mía de 1967, sería la que aparece en la portada de mi libro Última vez que me exilio, publicado por Catalonia en 2006, donde escribo en una máquina de escribir de esas antiguas. ¡Esa soy yo!, en esa foto tomada por Raúl Álvarez. Con la mirada de hoy me cuesta entender la cantidad de cosas que hacía. Siempre he sido muy “productiva”, ya no lo soy tanto. Pero todo eso no era tan cansador. Yo era joven, tenía mil proyectos, dormía poco y no necesitaba dormir más. A mí lo que me importaba era que mis hijas estuvieran bien, lo de “dueña de casa y esposa” estaba muy pero muy atrás. Hay que entender que cuando yo hablaba de “los problemas de las chilenas”, no me refería necesariamente a “mis” problemas. Era muy secreta. Nadie supo nunca “mis” problemas. Y los tenía.

Nunca firmé “de”. Siempre lo hice con el nombre que tuve desde mi nacimiento. Cuando me casé yo no sabía ni cuándo hervía el agua. Aprendí a cocinar en Francia… pero muy tarde. La verdad es que no me gusta cocinar, así que no cocino. El cambio en mí fue paulatino pero se produjo muy rápidamente, sobre todo porque dejamos Chile seis meses después del golpe de Estado, y poco después nos separamos con mi marido.

De esa mujer que era entonces, rescato todo, pero me hubiera gustado estar más con mis hijas, aunque la verdad es que pasaba mucho tiempo con ellas. Iba a todas partes con las tres. El ser mujer nunca me molestó. Al contrario, me parecía interesantísimo. Yo sabía que había mil cosas que andaban mal, pero pensaba que podían cambiar y que en eso nosotras, en la revista, jugábamos un papel muy importante.

La vida, simplemente, la vida fue mi inspiración para cambiar. Mi evolución fue paralela a la de la sociedad. Entre los grandes conflictos o grandes causas que tratamos estuvieron la igualdad de la mujer en el trabajo, el papel de esta en la vida política y social, la legalización del aborto, la despenalización de este, la mafia y las víctimas del aborto clandestino, el control de la natalidad, la píldora y los métodos anticonceptivos en general. Fuimos las primeras en hablar de la inseminación artificial. Nos interesábamos en los jóvenes, en esos años en que ellos hablaban de amor libre, ocio y paz, del hippismo. Hablamos de este último fenómeno y años más tarde nos referimos al de esos hijos pródigos a la sociedad. Publicamos los llamados Cuadernillos de educación sexual, que constituyeron una ayuda preciosa para los padres de adolescentes. Otros temas controvertidos fueron los relacionados con la Iglesia y sus posiciones negativas frente al uso de los anticonceptivos, y sobre el celibato.

En otro ámbito, Paula abrió sus páginas a escritores, pintores y artistas jóvenes. Muchas de las grandes figuras actuales de la literatura y el arte de Chile publicaron sus primeros cuentos, mostraron sus obras y se dieron a conocer en la revista. Y, si bien la revista llegaba a las capas de la sociedad más acomodadas, en los reportajes siempre se hablaba de las mujeres de todos los grupos sociales y se mostraban las diferencias de realidades de unas y otras  al mismo tiempo en que se insistía en los puntos en común de todas las chilenas.

Con el paso de los años, en mi propia mirada se ha ido acentuando, cada vez más, ¡cada vez más!, lo importante que es ser mujer independiente, y respetada por los que viven contigo o tienen que ver contigo. Y, si no te respetan, pues, ¡vives sola!

Yo estoy muy contenta de ser mujer. Pero ya no me interesa definir mi feminismo, forma parte de mÍ. Me considero una feminista.

De mi camino de mujer en estos 50 años no celebro ni critico nada; a lo hecho, pecho, me digo. En general, analizo lo que voy a hacer a futuro. Tengo cuidado, sobre todo, en no herir a los demás. No lamento haber dejado Chile, lo que expliqué muy bien en mi libro de memorias. Lo que sí siento es haber dejado a buena parte de mi familia allá, y ahora estoy demasiado cansada para seguir visitándolos. Tengo tres hijas, cinco nietos y dos bisnietos en Francia. Me toman gran parte de mi tiempo.

De mi vida, no cambiaría nada, por lo menos de lo que recuerdo. En líneas generales, este camino de ser mujer ha sido gozoso. Soy de las que se olvida muy pronto de los dolores”.

Malú Sierra

“El periodismo fue una vocación temprana que sorprendió a mi familia de marinos, médicos, músicos e ingenieros. Salvo a mi tío Coke Délano, hermano de mi abuela, que me incentivó a seguir por este camino poco ortodoxo, medio bohemio, no muy apropiado para una niñita de 17 años que venía saliendo de ocho años de internado en los Sagrados Corazones. Monjas francesas.

La universidad fue una revolución. Atrás del Pedagógico, en Macul. Por fin me encontré con el mundo real. Las clases de historia las hacía un profesor comunista, Hernán Ramírez Necochea, que contradijo en todo el Frías Valenzuela de las batallas militares.

Ha ido cambiando la forma. Desde la nota inocente sobre el zoológico del San Cristóbal hasta los libros de periodismo de investigación, insistiendo siempre en la entrevista. Enfermos de cáncer, drogadictos, hombres de la calle que duermen en las hospederías, locos que deambulan vestidos de militar. Artistas, actores, filósofos, presidentes de la República, todos tienen algo que contar y me gusta ser quien comunique esa noticia, ojalá siendo un canal lo más transparente posible.

A los 26 años me incorporé junto a Delia Vergara y Amanda Puz al equipo creador de revista Paula. Durante un año pensamos la revista, cuál sería su línea, en qué tema ahondaríamos, qué secciones íbamos a establecer. Un trabajo de creación. Roberto Edwards expresaba su opinión pero tenía que ver más con la forma que con el fondo.

Paula fue mi mejor escuela. De feminismo entendía poco. Mi padre fue de una ternura y una entrega total. Me apoyó siempre en mis aciertos y en mis desaciertos y nunca me juzgó. Cuando llegó Isabel Allende, el grupo resplandeció. Había harto cerebro reunido para hacer un producto excelente y las ventas nos afirmaron. Ganábamos un porcentaje que, cuando las utilidades subieron mucho, el porcentaje disminuyó. La Isabel, que era igual que ahora, nos hacía reír con sus ocurrencias. Como cuando nos dijo que para no tener que escoger todos los día qué ponerse ella se iba a hacer siete vestidos iguales. Y todas sabíamos lo trapera que era y que sigue siendo. Con sus tules y sus collares.

Amanda tenía una mayor conciencia social y política que yo, que aún no despertaba de los muchos y desgraciados años de internado. No tenía en mente hacer periodismo político.

Delia era la Madre Superiora y se lo tomaba en serio. Inteligente según todos, y adelantada a su tiempo. Había estudiado un posgrado de Periodismo en Estados Unidos y había vivido en Europa. El feminismo avanzaba raudo en los países más desarrollados, pero en Chile era una novedad. No nos costó nada embarcarnos en esa nave. Lo pasamos muy bien procurando “êpater les bourgeois”, que la píldora, que el aborto, que la infidelidad femenina. Riéndonos con las cartas indignadas de las damas conservadoras que pedían para nosotras los castigos del averno.

Hasta que llegó el golpe. A esas alturas ya tenía conciencia política y sabía que la dictadura, tan solicitada por la derecha, iba a ser una tragedia. Como efectivamente lo fue. La editorial quiso saber cómo era el nuevo amo de Chile y consiguió una entrevista con la pareja Pinochet en su casa de Presidente Errázuriz. Y me la encargaron a mí porque la Amanda había tenido que exiliarse en Francia. Frases hechas, lugares comunes, amabilidad forzada, nada bueno puede salir de esta clase de citas. Tan liviana y tan peligrosa. En enero de 1976, tal vez el mismo día en que detuvieron a Michelle Bachellet y a su madre, a mí me secuestraron en la calle General Bari donde tenía mi citroneta y me llevaron a la Villa Grimaldi. El delito: haber profanado el reducto más sagrado y más seguro de mi general.

Por eso tengo la beca Valech. Por tortura y prisión política.

Estando en Nueva York, Delia Vergara me avisó que había sido desvinculada de la empresa. Entonces decidí volver por Buenos Aires y conseguir una corresponsalía en un medio argentino, y lo primero que me encargaron fue una entrevista a Pinochet. Pasé por mil cedazos y finalmente accedió a que le enviara las preguntas por escrito, inocentes y de ningún interés para mí. Lo importante era la entrevista cara a cara. Fue la primera y se publicó en Argentina y en Chile, portada de la revista Ercilla. A cada golpe en la mesa me asustaba: “Señora o señorita”, enojado por la intención de mis preguntas, que eran, por cierto, saber por cuánto tiempo iba a quedarse en el poder. “Tengo metas y no plazos”. Ahí cayó en cuenta de quién tenía al frente y cuando fui a mostrarle la famosa entrevista me recibió con el Mamo Contreras a su lado. Que no me dio la mano. Por suerte.

10 años duró lo que yo llamo mi servicio civil a la patria, teniendo que convivir con gente mala y mentirosa. Los cinco de la Junta, los ministros militares y los civiles, los economistas de Chicago.

Desde entonces he elegido mis temas y he escrito 13 libros. Una trilogía sobre nuestros pueblos originarios: Mapuche, gente de la Tierra, Aymara, los hijos del Sol y Rapanui, náufragos del planeta. Uno sobre los sueños, con la doctora Lola Hoffmann, dos libros escritos en colaboración con Elizabeth Subercaseaux sobre Michelle Bachellet y Evo Morales y uno propio con José Mujica, mi personaje inolvidable.

Por primera vez me involucré con cuerpo y alma en una corriente política, la ecología. Como Nicanor Parra y Humberto Maturana. Con Adriana Hoffmann, escandalizadas por las montañas de astillas de bosque nativo en los puertos del sur, iniciamos la campaña Defensores del Bosque Chileno.

El llamado conflicto mapuche estaba en ciernes pero era predecible su desarrollo, ese que estamos viendo semana a semana. Las empresas forestales, Arauco y Mininco, plantaron pinos en reemplazo de la vegetación autóctona, subsidiadas hasta en un 90% por el Estado. Los mapuche, sin tierra y sin agua, cada vez más arrinconados, reactivaron la guerra de Arauco. Sigo siempre atenta a lo que ocurre en La Araucanía”.

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